la despedida final
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Un bar de techos altos en Puerto Madero, luz tenue, botellas de whisky importado y habanos.
Gonzalo Traje de corte italiano, camisa entreabierta, relajado.
Rafa Urrutia): Su mirada de zorro, observando el movimiento del bar con la confianza de quien es dueño de la calle.
Ambos estaban sentados hasta que…
Rafa Urrutia : —(Deja el vaso de whisky en la mesa y señala con la barbilla hacia la entrada)— Che, Gonza... mirá lo que acaba de entrar. ¿Esa no es la yegua de Mariana, la amiga de tu jermu?
Gonzalo : —(Se da vuelta lentamente, reconociendo el cuerpo imponente de Tamara Bella en un vestido ajustado)— Sí, es ella. La que le quemó la cabeza a Paula en la costa.
Rafa Urrutia: —(Se ríe con esa voz ronca característica)— No me digas nada. Sé perfectamente lo que pasó esa noche... lo del yate, lo del pibe ese que gritaba como un loco y lo del pesadito del penal. Me enteré de todo, nene. En este ambiente nada queda oculto para mí.
Gonzalo: —(Sorprendido pero divertido)— ¿Sabías todo y no dijiste nada en el asado?
Rafa Urrutia: —(Le da una palmada en el hombro)— Son negocios, Gonza. Pero ahora... mirala bien. Está sola, buscando acción. ¿Qué te parece si nos comemos a este bombonazo entre los dos? Imaginate la cara de Paula cuando se entere de que su amiga también entró en el club de los Urrutia.
Gonzalo : —(Susurrando, nervioso)— No, pará, Rafa... No quiero mandar más cagadas con Paula. Ya bastante nos costó equilibrar las cosas después del country. Si hacemos esto, ella no se tiene que enterar de ninguna manera.
Rafa Urrutia : —(Se acomoda el saco, con una sonrisa de costado)— Mirame a los ojos, nene. ¿Cuándo me viste a mí dejar cabos sueltos? Esto queda entre caballeros. Pero mirá bien... la yegua no viene sola. Ese es un pez gordo.
Gonzalo: — ¿Quién es ese viejo? Tiene una cara de pocos amigos....
Rafa Urrutia: —(Reconociendo el terreno)— Es un peso pesado. Vamos a probar suerte. Vos haceme la corriente a mí, poné tu mejor cara de abogado exitoso y te juro que vamos a pasar una tarde que no te vas a olvidar en tu vida.
El lujoso auto negro de Tony Serrano se detuvo frente a la explanada de Puerto Madero. Mariana estaba a punto de subir, con esa elegancia natural que la hacía parecer intocable, cuando una mano firme y decidida se interpuso entre ella y la puerta.
—Mariana... qué alegría encontrarte después de tanto tiempo. —La voz de Rafael Urrutia sonó profunda, cargada de una ironía que solo ella pudo detectar.
Mariana se quedó petrificada. Al levantar la vista, se encontró con los ojos de zorro de Rafael y, justo detrás, la figura imponente de Gonzalo. El pulso se le aceleró. El pánico empezó a asomar por debajo de su maquillaje perfecto.
—¿Pasa algo, mi amor? ¿Los conocés a estos tipos? —preguntó Tony desde el asiento trasero, con ese acento italiano que imponía respeto.
Rafael no le dio tiempo a reaccionar. Con una sonrisa de comercial y una seguridad pasmosa, se asomó al interior del vehículo.
—¡Caballero, disculpe la interrupción! Soy Rafael Urrutia, compañero de secundaria de Marianita. Y acá mi socio, Gonzalo. La vimos pasar y no podíamos dejar de saludar a una vieja amiga.
Tony, relajado por la mención del colegio, les estrechó la mano con suficiencia. —Mucho gusto, Tony Serrano. Mariana, si son amigos de la infancia, dales un momento.
Rafael, aprovechando el hueco, disparó el anzuelo: —Sabe qué, Tony... con Gonzalo estamos organizando una fiesta de reencuentro del curso y justo necesitábamos a alguien con el gusto de Mariana para que nos ayude. Si no está muy ocupada...
—¡Justo me tengo que ir! —exclamó Mariana, tratando de cerrar la puerta, pero el celular de Tony vibró en ese instante. Era una llamada de negocios.
—Hablá con ellos, Mariana —ordenó Tony mientras atendía—. Bajate, yo tengo una reunión larga y sé que te aburrís. Vayan a tomar algo por ahí, invita la casa.
Tony sacó un fajo de dólares de su billetera y se los extendió a Rafael con un gesto de desprecio aristocrático. Luego, dio la orden al chofer y el auto desapareció en el tránsito, escoltado por sus guardaespaldas.
Mariana se quedó sola en la vereda, flanqueada por los dos hombres. La máscara de cortesía se cayó al suelo.
—¿Qué carajos quieren? —escupió ella, mirando a Gonzalo con odio—. ¿Y quién es este tipo?
Rafael dio un paso hacia adelante y, con una naturalidad que la dejó sin aire, la tomó firmemente de la cintura, pegándola a su cuerpo.
—Tranquila, Marianita... solo queremos hacerte pasar una linda tarde. —¿Quién sos vos? ¡Soltame! —forcejeó ella. —Gonzalo y Paula me conocen muy bien —le susurró Rafael al oído, sintiendo el perfume de su cuello—. Y me gustaría que vos también me conozcas. No queremos problemas, solo hablar un ratito.
—¿Hablar de qué? —Mariana intentó gritar, pero la voz de Rafael se volvió de acero.
—Si no querés que tu novio sepa quién es realmente su "diamante", te conviene callarte la boca. A Tony no le gustaría saber lo que hacías en el yate con el otro ... o lo cerca que estuviste del Pantera
Mariana se quedó helada. El secreto que creía enterrado en la costa estaba ahí, en manos de ese hombre desconocido y de un Gonzalo que ya no parecía el marido sumiso de antes.
Rafael no le quitó la mirada de encima a Mariana, disfrutando del pánico que se reflejaba en sus ojos. Sin soltarle la cintura, se giró levemente hacia su socio.
—Gonzalo, andá a buscar el auto. Traelo acá al frente —ordenó con una autoridad que no admitía réplicas.
Gonzalo asintió en silencio, alejándose a paso rápido hacia el estacionamiento, dejando a Mariana a merced de Rafael. Él se pegó aún más a ella, reduciendo cualquier distancia física, y le susurró con una voz cargada de un morbo oscuro:
—A esa boquita la quiero comiéndome este paquete...
Antes de que ella pudiera procesar la frase o intentar una bofetada, Rafael le tomó la mano izquierda con fuerza. Con un movimiento brusco y decidido, la obligó a bajar el brazo hasta que la palma de Mariana quedó presionada contra su entrepierna. Ella pudo sentir, a través del pantalón de vestir, la firmeza del bulto que empezaba a marcarse con fuerza.
—Tu amiga Paula la pasó muy bien con esto... —le soltó Rafael, clavándole la mirada como si pudiera ver a través de ella.
Mariana se quedó helada, con la respiración entrecortada y la mano atrapada contra la virilidad de Rafael. El impacto de la revelación sobre su amiga, sumado a la audacia del gesto, la dejó sin capacidad de reacción. Pero Rafael no había terminado.
Sin darle tiempo a decir una sola palabra, la tomó de la nuca y la selló en un beso profundo, invasivo y dominante. No era un beso de seducción, era un beso de propiedad. Mariana sintió el sabor del tabaco y el whisky de Rafael, mientras el pánico empezaba a mezclarse, muy a su pesar, con una chispa de excitación prohibida ante semejante despliegue de poder.
La tensión en esa vereda de Puerto Madero terminó de romperse. Lo que empezó como una demostración de poder de Rafael se transformó en un incendio mutuo cuando Mariana, lejos de retroceder, hundió sus dedos en la nuca de él y le devolvió el beso con una voracidad que lo tomó por sorpresa.
Aquí tenés la continuación de la escena, cargada de esa adrenalina de saberse observados pero impunes:
Mariana no solo aceptó el beso; lo reclamó. Sus labios, que hasta hacía un segundo temblaban de rabia, se abrieron para recibir la lengua de Rafael con una urgencia salvaje. Era el reconocimiento de dos depredadores que se encontraban en la oscuridad.
Rafael soltó una risa sorda contra su boca, disfrutando de la reacción. Sin dejar de besarla, bajó su mano derecha con decisión, aferrándose a la tela del vestido ajustado de Mariana. Con un movimiento experto, le levantó la falda, sintiendo la piel fría de sus muslos hasta llegar al encaje de su lencería.
—Lo bien que la voy a pasar con ese culito... —le susurró Rafael entre besos, hundiendo sus dedos en la carne firme de Mariana, marcando territorio frente a los ventanales de los edificios de lujo.
Ella soltó un gemido ahogado, atrapada entre la pared y el cuerpo macizo de Rafael, sintiendo la presión de su entrepierna contra su mano, que seguía ahí, firme.
El momento se rompió con el sonido seco y potente de una bocina. Una Amarok negra con los vidrios polarizados frenó justo frente a ellos, subiéndose un poco al cordón. La ventanilla del conductor bajó lentamente y apareció la cara de Gonzalo, que los miraba con una mezcla de envidia y excitación contenida.
—¡Epa! No empiecen sin mí, eh... —soltó Gonzalo con una sonrisa cínica, apoyando el brazo en el marco de la puerta—. Miren que el viaje es largo y no me quiero perder ni un segundo del show.
Rafael se separó de Mariana lo justo para mirarla a los ojos, con la respiración pesada y el pelo revuelto. Le bajó el vestido con un gesto posesivo y le abrió la puerta del acompañante de la camioneta.
Rafael: —Subí, Marianita. No le hagas esperar al chofer —dijo con una ironía filosa mientras le señalaba el asiento con un gesto de caballero oscuro.
Mariana, todavía con los labios hinchados por el beso y las mejillas encendidas, no dudó. Se subió a la Amarok negra acomodándose el vestido, dejando escapar una risita nerviosa pero cargada de desafío. Rafael entró justo detrás de ella, cerrando la puerta con un golpe seco que selló el destino de la tarde.
Gonzalo: —(Arrancando con un movimiento brusco, mirando a Mariana por el espejo retrovisor)— Qué rápido que te convencieron de ir a la "reunión de exalumnos", Marianita. Pensé que eras más difícil.
Mariana: —(Acomodándose el pelo, recuperando su aire de diva)— Sos un hijo de puta, Gonzalo. Y tu amigo es peor.
El ambiente en el reservado del telo era denso, cargado de vapor y bañado por una luz roja intensa que hacía que la piel de los tres brillara de forma irreal. El agua del jacuzzi burbujeaba con fuerza, pero el sonido quedaba tapado por los gemidos de Mariana y la respiración pesada de los hombres.
Rafael estaba de pie, dominando la escena con su presencia física. Tenía a Mariana pegada a él, sosteniéndola de la nuca mientras la besaba con una voracidad que parecía querer devorarla. Sus manos, grandes y expertas, le apretaban las tetas con fuerza, hundiendo los dedos en la carne mientras ella echaba la cabeza hacia atrás, entregada por completo al juego de poder de Urrutia.
Mariana: —(Gimiendo entre besos)— Dios... sos un animal, Rafael...
Justo detrás de ella, Gonzalo estaba sentado en el borde interno del jacuzzi, aprovechando la posición de Mariana. Con las piernas de ella abiertas, Gonzalo se perdía entre sus nalgas, masajeándolas con saña mientras le chupaba el orto con una desesperación que delataba cuánto tiempo había estado deseando ese momento.
Rafael: —(Mirando a Gonzalo por encima del hombro de Mariana, con una sonrisa de satisfacción)— ¿Viste que valía la pena el riesgo, Gonza? Mirá lo que es esta yegua... está prendida fuego.
Mariana soltó un grito ahogado cuando sintió la lengua de Gonzalo y, al mismo tiempo, el apretón de Rafael en sus pezones. El contraste entre la dominación de Rafael y la devoción de Gonzalo la tenía en un estado de trance.
Mariana: —No paren... sigan... ¡hagan lo que quieran conmigo! —exclamó, mientras se arqueaba, ofreciéndose por completo a los dos socios que, financiados por los dólares de Tony, estaban cumpliendo cada una de sus fantasías más oscuras en esa suite teñida de rojo.
Mariana estaba en un trance de placer absoluto. Con una pierna apoyada firmemente en el borde del mármol del jacuzzi, su cuerpo quedaba totalmente expuesto, una invitación abierta al castigo y al goce.
Rafael la tenía contra las cuerdas. Sus lenguas se entrelazaban en una lucha feroz, un intercambio de saliva y deseo que se sentía en toda la habitación. Mariana, con una mano experta, rodeaba el miembro de Rafael, moviéndola con un ritmo frenético, adorando el grosor y la dureza de esa verga que tanto le habían contado. Sus ojos, entrecerrados bajo la luz carmesí, buscaban la mirada dominante de Echarri, reconociendo en él a un verdadero macho alfa que no pedía permiso.
Mientras tanto, abajo, Gonzalo estaba entregado a la zona más íntima de la arquitecta. Con la cara hundida entre las nalgas de Mariana, su lengua trabajaba con una saña casi vengativa. La introducía en el ano de ella una y otra vez, explorando cada pliegue, mientras que con su mano derecha clavaba dos dedos en la vagina, entrando y saliendo con una velocidad que hacía que Mariana se arqueara.
—¡Mmmmuuuaaaahhh! —gemía Mariana contra los labios de Rafael, ahogando los gritos mientras sentía los dedos de Gonzalo golpear su cuello uterino.
El sonido era una sinfonía de perversión: el glup, glup de la lengua de Gonzalo, el roce de la mano de Mariana en la verga de Rafael y los suspiros pesados que rebotaban en el techo espejado.
—Mirala, Gonza... mirá cómo le gusta a la santita —susurró Rafael, separándose apenas un milímetro de la boca de Mariana para verla sufrir de placer—. Es un elástico.
Gonzalo levantó la vista, con la cara empapada en los fluidos de Mariana y los ojos inyectados en sangre.
—Es una perra, Rafa... Siempre fue una perra. Y hoy la vamos a romper —respondió Gonzalo, sacando los dedos para volver a hundir su lengua con más fuerza, provocando que Mariana soltara un sollozo de excitación pura.
Mariana apretó más fuerte la verga de Rafael, llevándola cerca de su cara, lista para lo que seguía. El aire olía a cloro, a perfume caro y a la revancha que los dos socios estaban cobrando sobre la piel de la mujer que creía que podía jugar con ellos.
El ambiente en la suite estaba al borde del colapso. Rafael bajó la cabeza con hambre, enterrando la cara en el pecho de Mariana mientras sus manos le masajeaban las tetas con una fuerza bruta, deformándolas entre sus dedos. Le prendía fuego la piel a base de chupones y mordiscos, succionando sus pezones como si quisiera dejarle una marca permanente de propiedad que ni Tony Serrano pudiera borrar.
Abajo, el sonido era todavía más explícito. Gonzalo no le daba tregua; sus dedos seguían hundiéndose y saliendo de la vagina de Mariana, que a esta altura era un manantial. El chapoteo de los fluidos se escuchaba rítmico y constante, un eco húmedo que se mezclaba con el burbujeo del jacuzzi.
Mariana tenía la cabeza tirada hacia atrás, los ojos en blanco, entregada a esa doble estimulación que la estaba quebrando. Sentía la boca caliente de Rafael arriba y el castigo constante de Gonzalo abajo, mientras el agua roja del jacuzzi salpicaba los cuerpos entrelazados.
—(Gimiendo fuera de control)— ¡Si... ahí! ¡No paren, por favor, rómpanme toda!
Rafael se separó un segundo de su pecho, con los labios húmedos y una sonrisa de triunfo, mirándola directo a los ojos.
—¿Viste que somos mejores que la secundaria, nena? —le soltó con la voz ronca— Ahora preparate, porque con ese chapoteo que tiene Gonzalo ahí abajo, me parece que ya es hora de que pruebes carne de verdad.
Gonzalo sacó los dedos un momento, solo para ver cómo el líquido chorreaba por sus manos, y miró a Rafael asintiendo, listo para el siguiente paso del plan.
Rafael se separó de su pecho, la tomó del pelo con firmeza pero sin violencia, y le obligó a bajar la mirada hacia donde el poder de los Urrutia se hacía evidente.
—Bueno, ahora te toca a vos... Chupanos bien la pija —le ordenó Rafael con esa voz de mando que no admitía una sola duda.
Rafael y Gonzalo se sentaron en el borde de mármol del jacuzzi, uno al lado del otro, con las piernas abiertas y la respiración todavía agitada. Mariana, de rodillas en el agua tibia que le llegaba a la cintura, no esperó un segundo. El brillo en sus ojos demostraba que estaba más que dispuesta a cumplir la orden.
Comenzó con Rafael. Se inclinó hacia adelante, dejando que su pelo cayera sobre los muslos de él, y rodeó la base de su miembro con una mano mientras con la otra se apoyaba en su rodilla. Abrió la boca y empezó a lamer la punta con una lentitud torturante, mirando a Rafael de abajo hacia arriba, desafiante y sumisa a la vez.
Rafael: —(Soltando un gruñido profundo mientras cerraba los ojos)— Eso... Así, nena. Usá esa boquita que tanto habló de más.
Mariana lo tomó por completo, hundiéndose hasta el fondo, haciendo que Rafael se arqueara y apretara los puños contra el mármol. El sonido de la succión llenaba el silencio de la habitación roja, mientras Gonzalo observaba la escena a pocos centímetros, frotándose a sí mismo y esperando su turno, viendo cómo la mujer de Tony Serrano se entregaba al placer más básico frente a ellos.
Gonzalo: —No te olvides de mí, Mariana... Mirá que yo fui el que te trajo hasta acá —le dijo Gonzalo, tocándole el hombro para recordarle que el banquete recién empezaba.
Mariana se separó de Rafael con un sonido húmedo, le lanzó un guiño y, sin perder el ritmo, se desplazó por el agua para enfrentar la virilidad de Gonzalo, lista para demostrarles que podía con los dos al mismo tiempo.
Rafael no le dio tregua. Mientras ella intentaba llevar el ritmo, él le calzó la mano en la nuca, hundiendo los dedos en su pelo, y empezó a bombearle la boca con una fuerza bruta. La obligaba a recibirlo hasta el fondo, haciendo que el sonido de la succión fuera un glup, glup constante que rebotaba en las paredes del telo. Mariana, lejos de quejarse, se desesperaba por tragarlo todo, soltando esos quejidos ahogados, ese gggglllllaaaa que delataba que estaba al borde de la asfixia por placer.
Pero no se olvidaba de Gonzalo. Mientras Rafael le manejaba la cabeza como un títere, ella estiró la mano y rodeó la verga de Gonzalo, que la tenía ahí nomás, a centímetros de su cara. Empezó a pajeársela con una furia mecánica, subiendo y bajando con la palma bien apretada, coordinando el movimiento de su mano con el ritmo de las embestidas de Rafael en su garganta.
Rafael: —(Gruñendo, con las venas del cuello marcadas)— ¡Eso! ¡Comé, perra! Mirá cómo se la pajea a Gonzalo mientras se atraganta conmigo... Sos una máquina de vicio, Mariana.
Gonzalo: —(Echando la cabeza hacia atrás, sintiendo el calor de la mano de ella)— ¡Uff, Rafa! No sabés cómo aprieta la hdp... Dale, Mariana, no me dejes atrás que me vengo ahí mismo.
La escena en el borde del jacuzzi era un cuadro de pura lujuria: Rafael dominándola desde arriba, hundiéndole la verga hasta la garganta, y ella, de rodillas en el agua roja, trabajando a dos manos y a boca llena para tener a los dos socios al límite del estallido. Mariana los miraba de reojo, disfrutando de ver a esos dos tipos poderosos totalmente sacados por su culpa.
Mariana se movía en el agua del jacuzzi con la agilidad de una sirena hambrienta. Empezó a alternar entre los dos con una voracidad que los dejó mudos, intercambiándolos como si no quisiera que ninguno se enfriara ni un segundo.
Primero se hundía en la entrepierna de Rafael, recorriéndole la verga de cabo a rabo, lamiendo la base y subiendo con la lengua bien firme hasta la punta, succionando con una fuerza que hacía que el "zorro" soltara maldiciones en voz baja. Después, sin previo aviso, se soltaba con un sonido húmedo y se lanzaba sobre la de Gonzalo, repitiendo la operación con la misma intensidad, devorándolo por completo mientras sus ojos iban de uno al otro, disfrutando del poder que tenía sobre ellos en ese momento.
Rafael: —(Con la voz totalmente quebrada)— Mirá cómo los trabaja... no deja un centímetro sin chupar. ¡Sos una fiera, Mariana!
Gonzalo: —(Apretando los dientes mientras sentía la lengua de ella recorrerle todo el tronco)— Me vas a sacar el alma, nena... Dale, seguí así que no aguanto más.
Era un baile de pura lujuria bajo la luz roja. Ella no se conformaba con un simple movimiento; se esmeraba en cada pasada, usando la lengua para bordear cada vena, cada detalle, haciéndolos sentir el calor de su boca de punta a punta. Los dos socios estaban entregados, con las manos apoyadas en el mármol y las cabezas echadas hacia atrás, mientras la mujer de Tony Serrano les demostraba que, en ese jacuzzi, la que mandaba con su boca era ella.
Mariana estaba decidida a no dejar a ninguno con las ganas. Con el cuerpo empapado por el agua del jacuzzi y la piel ardiendo bajo la luz roja, se arrodilló frente a Rafael. Aprovechando sus pechos, que todavía estaban marcados por los masajes de hace un momento, los juntó con fuerza presionando la verga de Rafael entre ellos.
Comenzó a subir y bajar con un ritmo frenético, bañando el miembro de Rafael con sus propios fluidos y el agua tibia, mientras lo miraba con una sonrisa lasciva. El "turca" era perfecto; la fricción de su piel contra la de él hacía que Rafael soltara gemidos roncos, agarrándose de los hombros de ella para no venirse ahí mismo.
Rafael: —¡Uff, nena! ¡Qué bien que lo hacés! Mirá cómo me tenés...
Sin darle respiro, en cuanto terminó con Rafael, se desplazó apenas unos centímetros hacia Gonzalo. Repitió la operación, atrapando la verga de Gonzalo entre sus tetas y moviéndose con una agilidad que lo dejó sin aire. El sonido del roce de la piel húmeda y el chapoteo del agua creaban una atmósfera de pura perdición.
Gonzalo: —(Casi sin aliento)— ¡Dios, Mariana! Me vas a volver loco... Sos una profesional, hdp.
Mariana alternaba la presión, apretando más o menos según sentía la reacción de cada uno, disfrutando de tener a los dos socios al borde del abismo, atrapados entre sus pechos en ese rincón de Puerto Madero que el viejo Serrano estaba pagando sin tener la más mínima idea.
El ambiente en el telo estaba saturado de olor a sexo, cloro y la adrenalina de la traición. Mariana, con la mirada perdida en el techo espejado, sentía cómo el cuerpo le vibraba mientras se acomodaba en el sofá de cuero, todavía con el sabor de Gonzalo en la boca.
Rafael no le dio ni un segundo para recuperar el aliento. La obligó a ponerse en cuatro, hundiéndole las rodillas en el tapizado. La tomó del pelo con una mano, enroscando sus dedos con fuerza para tirarle la cabeza hacia atrás, obligándola a arquear la espalda de una forma casi irreal. Con la otra mano, le asestó una nalgada seca que resonó en toda la habitación, dejando la marca de sus dedos en la piel blanca de Mariana.
Rafael: —(Con la voz ronca, pegado a su oído)— Ahora vas a saber lo que es que te coja un tipo de verdad, nena. Olvidate de los modales de Puerto Madero.
De un solo empujón, le metió la pija hasta el fondo. Mariana soltó un alarido que se mezcló con el sonido del cuero crujiendo bajo el peso de los dos. Rafael empezó a bombearla con una saña animal, dándole embestidas cortas y violentas que hacían que ella se sacudiera entera. Cada vez que él golpeaba contra su culo, le tiraba del pelo con más ganas, marcando el ritmo de una cacería.
Mariana: —¡Si! ¡Dama más, Rafa! ¡Rómpeme toda, hijo de puta! —gritaba ella, empujando hacia atrás, buscando que cada centímetro de la verga de Urrutia le tocara el alma.
Gonzalo, que se estaba recuperando a un costado, no se quedó mirando. Se acercó por delante y le agarró la cara a Mariana, obligándola a mirarlo mientras Rafael la seguía demoliendo por atrás. Le metió los dedos en la boca para que ella los succionara mientras recibía el castigo de su socio.
Rafael: —(Apretando los dientes, al borde del estallido)— Mirala, Gonza... mirá cómo pide más. No es una mujer, es una cloaca de vicio. ¡Tomá, perra!
Las nalgadas de Rafael se volvieron constantes, rítmicas con sus embestidas, dejando los glúteos de Mariana rojos y calientes. El sonido de la carne chocando era ensordecedor. Ella ya no coordinaba palabras, solo eran gemidos guturales y súplicas de más dolor y más placer, totalmente entregada a la brutalidad de los dos ho
Mariana, insaciable, se dio vuelta y se horcajó sobre Gonzalo, que ya estaba listo de nuevo, apuntando al techo con una dureza que reclamaba atención inmediata. Ella se dejó caer con todo su peso, ensartándose de frente, soltando un suspiro largo mientras sentía cómo él la llenaba por completo otra vez.
Empezó a cabalgar con un ritmo frenético, subiendo y bajando mientras sus tetas rebotaban frente a los ojos de Gonzalo. Él no perdió el tiempo: la tomó de la cintura para ayudarla con el envión y enterró la cara en su pecho, alternando entre morderle los pezones y chuparle las tetas con una desesperación que hacía que Mariana se arqueara hacia atrás, entregada al vaivén.
Mientras tanto, Rafael salió del jacuzzi con el agua chorreándole por el cuerpo esculpido. Caminó con total impunidad por la suite hasta el mueble del bar, donde había dejado el kit del telo. Volvió a la cama con un pomo de gel anal en la mano, con esa sonrisa de zorro que anunciaba que lo peor —o lo mejor— estaba por venir.
Rafael: —(Abriendo el pomo mientras observaba cómo Gonzalo la devoraba)— No se me cansen todavía, que recién vamos por la mitad del postre.
Se acercó por detrás de Mariana mientras ella seguía galopando sobre Gonzalo. Rafael vertió una cantidad generosa de gel frío en sus dedos y, sin mediar palabra, empezó a masajear el anillo de Mariana, preparándola para la verdadera invasión mientras ella gritaba el nombre de los dos en medio de un caos de luces rojas y fluidos.
Rafael se ubicó justo detrás de ella, aprovechando que Mariana estaba totalmente entregada al vaivén sobre Gonzalo. Con una mano le sujetó la cadera para inmovilizarla y, con la otra, guio la punta de su pene, ya empapada en gel, hacia el centro de su orto.
—(Voz ronca al oído)— Ahora vas a saber lo que es que te llenen por todos lados, marianita. Aguantátela como la perra que sos.
De un solo empujón decidido, Rafael hundió la cabeza de su miembro en el estrecho anillo de Mariana. Ella soltó un grito que fue mitad dolor y mitad un placer eléctrico, abriendo los ojos de par en par mientras sentía la doble penetración. Rafael no se detuvo; empezó a entrar y salir, forzando la entrada centímetro a centímetro hasta que estuvo adentro por completo.
Mariana: —(Gimiendo fuera de sí)— ¡Aaaahhh! ¡Me rompen... me están rompiendo toda! ¡Sigan, hijos de puta, sigan!
El espectáculo era dantesco bajo la luz roja. Gonzalo la sostenía de las tetas, succionando sus pezones mientras ella cabalgaba su pija, y Rafael, desde atrás, le daba rítmicos y violentos estocazos por el culo que hacían que el cuerpo de Mariana se sacudiera como un elástico.
Rafael: —¡Mirá cómo te estirás, sucia! Te encanta que te usemos de juguete, ¿no? Sos una adicta a la leche de los Urrutia.
El sonido era puramente guarro: el chapoteo de los fluidos de Gonzalo, el roce del látex y el gel en el orto de Mariana, y las palabras obscenas que Rafael le escupía mientras le daba nalgadas en los muslos. Ella estaba totalmente abierta, convertida en un canal de carne para los dos socios, que se turnaban para ver quién la castigaba con más fuerza mientras el lujo de Puerto Madero quedaba a kilómetros de distancia de esa depravación total.
El sonido del celular rompió la atmósfera de sudor y gemidos. Era una melodía persistente que venía desde el bolso de Mariana, tirado en la entrada de la habitación junto a su vestido de seda. En la pantalla, el nombre de Tony Serrano brillaba con insistencia, acompañado de un mensaje de texto que quedó flotando en el aire: "¿Dónde estás, mi amor? Me dejaste preocupado".
A kilómetros de la suite, el contraste era total. Tony Serrano estaba sentado en la parte trasera de su coche blindado, rodeado de un silencio gélido que solo era interrumpido por el golpeteo rítmico de sus dedos contra el cuero del asiento. Su rostro, habitualmente una máscara de frialdad y control, empezaba a mostrar grietas de una ansiedad que no lograba dominar.
Miraba la pantalla de su celular con una fijación casi enfermiza. La llamada se cortó por quinta vez, saltando directamente al contestador.
Tony: —(Para sí mismo, con la voz cargada de una sospecha creciente)— No me atiende... ¿Por qué carajo no me atiende?
Se acomodó la corbata, sintiendo que el nudo le apretaba más de lo normal. Tony era un hombre acostumbrado a que sus órdenes se cumplieran al instante, y el hecho de que Mariana hubiera desaparecido con esos "amigos de la infancia" empezaba a pesarle en el pecho como un bloque de plomo.
La luz roja de la suite parecía palpitar al ritmo de los embates. Mariana, la mujer que siempre aparecía impecable en las fotos de las revistas como la relacionista pública más influyente del circuito, ahora estaba irreconocible. Estaba tumbada sobre Gonzalo, con las piernas abiertas al máximo, recibiendo a su amante por la concha con una violencia que le sacaba gritos desgarradores.
—¡Aaaahhh! ¡Siii! ¡Dajame más, Gonzalo! ¡Hacé lo que quieras con tu perrita! —gemía Mariana, con la voz ya ronca de tanto gritar, mientras su cuerpo rebotaba contra el colchón.
Rafael, desde atrás, no se quedaba atrás. La tenía agarrada de la cintura con una fuerza que le dejaba marcas, hundiéndole la pija por el orto con una saña animal. El sonido de la carne chocando y el chapoteo de los fluidos era constante, una sinfonía sucia que inundaba la habitación.
—(Rafael, con la mirada de zorro fija en el movimiento)— ¡Mirá cómo se mueve esta yegua, Gonza! ¡Mirá cómo la tenés de ensartada a la mejor amiga de tu esposa! ¡La que toma el té con Paula mientras le miente en la cara!
Gonzalo soltó una carcajada cargada de morbo, agarrando a Mariana de las tetas y sacudiéndola mientras seguía bombeando con furia.
—¡Ufff, Rafa! —jadeaba Gonzalo— ¡No sabés lo que es esto! Pensar que Paula me habla de ella como si fuera una santa... ¡Y mirá cómo la tengo ahora, me está pidiendo que la rompa toda! ¡Sos una sucia, Mariana! ¡La amiga más traidora del mundo!
—¡Aaaagggghhh! ¡Siii, soy una sucia! ¡No me importa Paula, no me importa nadie! —gritaba Mariana, arqueando la espalda mientras sentía la doble penetración— ¡Quiero que me llenen los dos! ¡Gggllaaaa! ¡Más fuerte, Rafa! ¡Rómpeme el orto!
Rafael le dio un tirón de pelo para obligarla a mirarlo por encima del hombro mientras le daba un pijazo seco que le llegó hasta el alma.
—¡Tomá, perra! ¡Esto es lo que te gusta! —le escupía Rafael al oído— ¡Chupar la plata del viejo y la leche de los Urrutia! ¡Sos un elástico de vicio!
La suite era un hervidero. Mariana no paraba de gemir y sollozar de placer, perdida en el trance de ser usada por los dos socios. Mientras tanto, en el bolso tirado en la entrada, el teléfono volvía a iluminarse con una llamada de Tony Serrano, pero el sonido quedaba sepultado por los gritos de la "amiga de Paula", que en ese momento solo quería que el castigo no terminara nunca.
El clímax de la noche estalló con una violencia animal. Rafael, con un movimiento brusco, obligó a Mariana a soltarse de la doble penetración. El sonido del desenganche fue un chapoteo húmedo que resonó en el silencio cargado de vapor de la suite.
—¡Arriba, nena! ¡Ponete de rodillas que te vamos a bautizar! —ordenó Rafael, con la voz quebrada por la inminencia del orgasmo.
Rafael y Gonzalo se pusieron de pie frente a ella, como dos torres de carne sudada bajo el resplandor carmesí. Mariana, con las rodillas hundidas en la alfombra empapada del telo, quedó a la altura perfecta. Tenía la cara brillante de sudor, los labios hinchados y los ojos desenfocados, perdida en ese trance de vicio.
—¡Eso, miranos bien, sucia! —le gritó Gonzalo, agarrándosela con una mano mientras con la otra le sujetaba la mandíbula—. Mirá cómo le acabamos a la amiga de Paula... ¡Abrí bien la boca, perra!
Mariana soltó un gemido largo, un "¡Ooooohhh, sí, denme todo... quiero toda su leche!", mientras sacaba la lengua, esperando el impacto.
Rafael fue el primero. Con un gruñido gutural, empezó a soltar chorros espesos y calientes que impactaron directamente en las tetas de Mariana, decorándole el pecho como si fuera un trofeo. —¡Tomá, Mariana! ¡Esto es lo que te ganaste por traidora! —exclamó Rafael, mientras su semen salpicaba también su cuello y sus hombros.
Segundos después, Gonzalo soltó un grito de pura liberación. —¡Aaaagggghhh! ¡Ahí va, Mariana! ¡Tragatela toda! —vociferó mientras su descarga le bañaba la cara, los pómulos y la frente, hasta que un chorro certero entró en su boca abierta.
Mariana cerró los ojos, soltando ruidos de atragantamiento, ese "glup, gggglllllaaaa" que tanto les excitaba, mientras intentaba saborear cada gota del doble estallido. Sus tetas, rojas por las nalgadas y los masajes de hace un momento, ahora estaban bañadas en blanco, brillando bajo las luces rojas del telo.
—(Rafael, respirando como un animal herido)— Mirala... quedó hecha un desastre. Sos un mapa de vicio, nena.
Mariana se pasó la mano por la cara, desparramándose el semen de los dos socios por las mejillas y el pelo, soltando una risita ronca y satisfecha mientras los miraba con devoción.
—¿Están contentos ahora? —susurró ella, con la voz hecha trizas.
En ese momento, el celular en el bolso volvió a vibrar por enésima vez. Era Tony, el hombre que creía que la tenía comprada, llamando a una mujer que, en ese preciso instante, estaba arrodillada y cubierta por el placer de los dos hombres que él mismo le había presentado.
El Mercedes blindado de Tony estaba estacionado frente a la zona de bares de Puerto Madero, con el motor encendido y el clima tenso. Tony bajó del auto apenas vio la silueta de Mariana caminando bajo la luz de las farolas. Tenía el pelo ligeramente húmedo —ella le diría que era por el vapor del lugar— y caminaba con una parsimonia que Tony interpretó como cansancio, sin sospechar que era el resultado de la paliza de placer que acababa de recibir.
Tony se acercó a ella con el rostro desencajado, el celular todavía en la mano.
—¡Mariana! ¿Dónde carajo estabas? Te llamé cincuenta veces. Estuve a punto de llamar a la policía o de entrar a buscarte a patadas en ese antro —le espetó, tomándola de los hombros con una mezcla de alivio y rabia.
Mariana lo miró con los ojos lánguidos, fingiendo una vulnerabilidad perfecta. Se acomodó el escote del vestido, asegurándose de que las marcas rojas en su pecho estuvieran bien cubiertas, y forzó una voz ronca y quebrada.
—Perdón, mi amor, de verdad... no sabés lo que pasó —dijo, lanzándose a sus brazos para que él no pudiera verle la cara de cerca—. Entramos a un reservado con los chicos para hablar de unos temas viejos y me empecé a sentir pésimo. Creo que la comida del evento me cayó mal... me bajó la presión y terminé encerrada en el baño del VIP vomitando.
Tony suavizó el agarre, su instinto de protección (o de posesión) ganándole a la sospecha.
—¿En el baño? ¿Y por qué no atendías?
—El bolso quedó en la mesa, Tony. Rafael y Gonzalo se quedaron afuera cuidando que nadie entrara, estaban re preocupados. Cuando me recuperé, salí y ellos ya se habían ido para no molestarte más, me dijeron que te pidiera disculpas por ellos. Me dio tanta vergüenza que me vieras así de descompuesta...
Mariana hundió la cara en el cuello de Tony, oliendo su perfume caro mientras sentía, todavía caliente entre sus piernas y en el fondo de su garganta, el rastro de los dos socios.
—Está bien, ya pasó —susurró Tony, dándole un beso en la frente, totalmente comprado por la actuación—. Estás helada. Subí al auto, vamos a casa. Mañana mismo llamo a esos dos para agradecerles que te cuidaron.
Mariana sonrió para sus adentros mientras el chofer le abría la puerta del blindado. Se sentó en el cuero impecable, sintiendo el leve escozor en su orto y el eco de los gemidos en su cabeza. Tony le tomó la mano, creyéndose el dueño del mundo, sin saber que su "diamante" acababa de ser pulido a fondo por los Urrutia bajo una luz roja que él nunca llegaría a ver.
UNA SEMANA después:
Ana estaba en el shopping, distraída, mirando un vestido ajustado en la vidriera de una boutique de lujo. Llevaba puesta ropa normal (jean azul apretado que remarcaban sus curvas y su orto junto con una camisa blanca) De repente, una voz masculina, profunda y segura, la sacó de sus pensamientos.
—Ese vestido te quedaría pintado, pero sospecho que cualquier cosa que te pongas te queda igual de bien —dijo Rafael, parado a unos metros, recorriéndola con una mirada que Ana sintió como un roce físico.
Ana se dio vuelta, sorprendida por el atrevimiento. Se encontró con un hombre imponente, de traje impecable y una sonrisa cínica que denotaba poder. —¿Ah, sí? ¿Nos conocemos? —preguntó ella, cruzándose de brazos, lo que acentuó su escote. —Todavía no, pero eso tiene fácil solución. Me llamo Rafael —respondió él, omitiendo su apellido y su relación con Gonzalo—. Y como castigo por no conocerme, me vas a tener que aceptar un trago. Hay un bar acá a la vuelta que preparan los mejores cócteles de la ciudad.
Ana lo dudó un segundo, pero la seguridad de Rafael la intrigó. Unas horas más tarde, después de que ella pasara por el hotel a cambiarse, se encontraron en la cafetería del shopping
—¿Querés tomar algo? —fue lo primero que se le ocurrió a Rafael por pura educación.
—Eh, sí, claro... —aceptó Ana.
—Perdoná, ya sé que es muy grosero, pero, ¿te llamas...?
—Ana —contestó ella ruborizándose por
—. y vos —¿ja, ja, ja...
—rafael¿Qué tomás? —Y, no sé, en la cena tomé un poco de vino, ahora champán, no tengo ganas de mezclar más cosas o... —Un frappuchino n. —le pidió Rafael al mozo sin consultarla—. Proba esto, seguro que te gusta.
—Ah, dale, perfecto —y justo le sonó el celular—. Discúlpame un momento.
Ana se levantó de la silla y se apartó cinco metros para hablar por teléfono. Rafael estaba seguro de que era su novio. Lo había visto tantas veces que era lo más típico, así que aprovechó para pegarle otro buen repaso del orto.
Su primera impresión no había sido acertada del todo; se había quedado corto. Sus tetas eran bastante más grandes de lo que le pareció al principio; por cómo se le movían al caminar se notaba que eran naturales y, además, las tenía muy bien puestas, con unas venas marcadas que recorrían la cara interna de sus pechos. Pero lo que más le gustó fue el trasero que se adivinaba bajo esa falda ibicenca de color verde militar. Se le pegaba al cuerpo como una segunda piel y dejaba ver perfectamente el contorno de sus caderas.
Rafael apenas pudo escuchar lo que hablaba, aunque sí entendió algo como: "me encontré con una amiga a tomar algo después te cuento". Le pareció curioso que en ningún momento le comentara a su pareja que estaba sola con un hombre, aunque tampoco pudo explayarse porque la conversación apenas duró tres minutos.
—Ya estoy de vuelta, disculpa —dijo Ana, apagó el celu y lo guardó en la cartera—. Así ya no nos interrumpen más. —¿Cómo fue tu dia , Ana? —Muy, muy bien, estoy encantada. Con el trabajo que tengo –
Y hablaban de la vida sus trabajos y rafa le invento que se estaba separando luego de un rato
—tomamos otro —dijo Rafael mostrándose amable
—. Hacía tiempo que no tenía una charla tan animada.
—lo acompañamos lemon pei . —
—Está biennn —afirmó ella dudosa. —Gracias, Rafael, es una pena que me tenga que ir. —
Sí, aunque también es una suerte que nos hayamos conocido. —¿Te cuento un secreto? —susurró él acercándose y poniéndose interesante—. Le llamaste mucho la atención a mozo, me comentó que le parecías muy atractiva. Seguro que le hubiera encantado que fueras el que te invitase. —
Bueno me gusta despertar interés en los hombres pero eso no significa que pase algo —
Sí, claro, tenés novio... ¿Es celoso?
—No... ¿por? —
No sé, ¿qué pensaría tomando algo con un tipo como yo? —
Ja, ja, ja, y supongo que nada. No tendría por qué molestarse, es solo eso, tomar algo –.
—pero no me conoces —siguió Rafael—, y no te importa
—bueno no estamos conociendo ahora si quizás pensas que conocer a una chica te la vas a coger mmm me sorprende tu falta de inteligencia —lo reprimió ella bastante enojada.
—No quise decirlo así... perdoná si te molestó. Pero si que sos muy apetecible —soltó Rafael de manera vulgar.
—Casi prefería no saberlo. Parece que dan por hecho que pueden acostarse con nosotras cuando quieran. —
Sos tonta y ya lo vas a ir viendo. La mayoría de las veces algunos hombrs podemos elegir. Los que tenemos un estatus superior al de ustedes, el uniforme les encanta... aunque viéndome a mí ya te estarás dando cuenta de que no es para tanto. —
¿Y por eso ya caemos rendidas a sus pies? —
Si yo te contara... Si no tuvieras pareja, ¿estariamos cogiendo?
—Sinceramente, te digo que no. Prefiero esto, tomar algo en un lugar tranquilo y una buena charla. Quizás debería irme ya —y terminó su cafe—. Me siento mareada... —se tambaleó al intentar ponerse de pie.
—Ey, ey, cuidado —Rafael se incorporó, sujetándola con fuerza contra su cuerpo. Ana se ruborizó y enseguida retrocedió, sentándose otra vez.
—Te levantaste muy rápido, ¿estás bien?
—Sí, sí, no te preocupes, estoy perfectamente. —Creo que una mujer puede decidir lo que toma o no.
—Ey, dale, perdoná. Che, ¿no serás una de esas feministas radicales?
—¿Feminista radical? Si lo fuera ya te hubiera dejado plantado hace rato, porque no paraste de soltar tópicos machistas uno tras otro. Y tranquilo, que aunque haya sido un poco grosero, tampoco me voy a asustar porque uses palabras como "garchar" con una chica que recién conocés.
Rafael afirmó con la cabeza y llamó al mozo. —Chetenes whisky. — si reponde el mozo y este le pide 2 –
No nada de alcohol —le respondio ella.
—esto se puso interesante. Me gustan las mujeres con carácter, aunque sinceramente, creo que vos no sos de esas... ¿te gusta mandar o que te manden?
—¡¿Perdón?!
—Eso, ¿cuál de las dos opciones preferís? —insistió Rafael pasándole el nuevo trago.
Ana tomó su vaso, le dio un buen trago mirando a Rafael directamente a los ojos. —Me gusta mandar... a la mierda a giles machistas.
—¿Como yo?
—Yo no dije...
—Está bien, como veo que no me contestás, te respondo yo. Vos sos de las que creen que tienen el control, vas de mujer empoderada, pero en el fondo te encanta que te digan lo que tenés que hacer. Y lo siento por vos, pero tu novio no es de esos.
Era lo que le faltaba a Ana: que encima ese tipo se metiera con su novio. Se había quedado con él por pura lástima, ni más ni menos. Nadie hubiera dicho que aquel hombre tan bien vestido fuesa asi
. No lograba entender de qué carajo iba ese tipo.
—¿Y vos qué sabes cómo es mi novio? —le preguntó Ana, cada vez más enojada.
—Y, me hago una idea —respondió Rafael—. Seguro es un carilindo, en casa hace todo lo que le pedís y en la cama garcha de maravilla, ¿estoy en lo cierto?
—¡Pues sí, mira, acertaste! ¡Sobre todo en que garcha de maravilla! —exclamó ella.
Rafael sonrió con suficiencia. Ana comprendió enseguida que había caído en su juego por culpa del alcohol.
—Aunque antes te equivocaste —confesó ella tratando de recuperar terreno—. Es de los que les gusta mandar, a mí me gustan muy hombres.
—¡Uy, eso no te pega nada! Me parece que me estás verseando —sonrió él mientras se rascaba la barbilla—. Seguro que ya lo tenés bien adiestrado; son todas iguales, solo quieren perritos falderos.
—Paso... no quiero discutir con vos sobre lo que hago o no con mi novio —sentenció Ana.
—Y yo solo quiero que nos saquemos las caretas, Ana. Reconocé que te gusta que te manden; ahí adentro tenés una parte sumisa escondida.
—Y a vos te gustaría encontrarla, ¿no?
—No me molestaría. Si me dejás, podemos probar.
—Ja, ja, ja, en tus sueños —respondió ella cortante.
En ese momento, Rafael agarró una poco de crema que quedo en el lemon pie y se la acercó a la boca. Le rozó los labios y Ana, de manera involuntaria, los abrió, dejando que el dedo de el reposara en su lengua antes de chupar sin dejar de mirarlo. Rafael volvió a sentarse con mirada arrogante, mientras Ana se arrepentía al instante, bajando la cabeza avergonzada por su propia reacción.
—Estarías más imponente con otro botón desabrochado —le soltó él señalándole el escote de la camisa—. Sería lo ideal para mostrarte sensual sin parecer vulgar.
—Me parece muy bien, pero no lo voy a hacer y menos para darte el gusto.
—Ooooh, qué pena... Pensé que te había gustado la sensación de sentirte dominada.
Rafael se incorporó y se plantó desafiante delante de ella.
—¿Por qué abriste la boca antes? Solo sería este botón...
—¡Ey! ¿Qué hacés? —alcanzó a decir ella.
Con una habilidad asombrosa, Rafael consiguió desabrochárselo sin apenas rozarla. Al mirar hacia abajo, Ana se encontró con sus pechos hinchados, mostrándose de manera impúdica ante la cínica sonrisa de Rafael.
—La verdad es que no me extraña que todos quisieran garcharte, ¡estás bastante buena! —soltó con una risa—.!
—No te di motivos para estas confianzas. No vuelvas a mencionar mi físico, ¿entendido?
—Entonces, ¿te quedás o no? —preguntó él con una desfachatez total.
—Por supuesto que no, ahí te quedás —respondió ella tajante.
De repente, Rafael la rodeó por la cintura con su gran brazo, atrayéndola con fuerza contra su cuerpo.
—¡No te vayas así! Te prometo que me disculpo...
—Te dije que no quería más, ya me voy —insistió ella, liberándose suavemente de su brazo.
—Está bien, podés irte si querés —le dijo él—, pero ahora te vas a acabar pensando en mí toda la tarde
—¡Andate a la mierda, imbécil! —le gritó Ana antes de marcharse.
Rafael — para no te enojes yo se que te llevas bien con los raféales — y entonces ella se queda sorprendía — no queres pasarla bien conmigo? —
Ana se detuvo en seco, con la mano en la puerta y el corazón galopando contra sus costillas. Se dio vuelta lentamente, con la camisa todavía entreabierta y la mirada cargada de una mezcla de furia y desconcierto.
—¿Qué dijiste? —preguntó con la voz apenas en un hilo—. ¿Cómo sabés eso?
Rafael soltó una risita seca, apoyó su vaso de Rusty Nail en la barra y la recorrió de arriba abajo con una parsimonia que la ponía nerviosa. La estaba cazando y ambos lo sabían.
—Y... el mundo es un pañuelo, Ana. Especialmente cuando tenemos amigos en común —dijo él, acortando la distancia hasta quedar a centímetros de su rostro—. No te pongas así, no te enojes... Yo sé muy bien que te llevás bárbaro con los "rafaeles".
Ana sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del bar. La mención del Rafael del yate era la prueba de que este hombre tenía información privilegiada, probablemente de boca del mismo Gonzalo. Se sintió desnuda ante él, mucho más que cuando él le había desabrochado el botón de la camisa.
Sin embargo, en lugar de escapar, la adrenalina y el alcohol terminaron de romper sus defensas. Si él ya sabía quién era ella y lo que había hecho, ya no tenía sentido seguir careteando. Se humedeció los labios, lo miró fijo a esos ojos arrogantes y dio un paso adelante, pegando su cuerpo al de él.
—Así que sos un tipo informado... —susurró ella, dejando que una sonrisa desafiante asomara en su cara—. Mirá vos. Si ya sabés de lo que soy capaz y de lo que me gusta...
.—¿Entonces No querés pasarla bien conmigo? – dice rafael
—Me parece que la que está desesperado por pasarla bien sos vos, rafa —le contestó élla
Rafael la tomo del brazo la llevo al estacionamiento del shopping
—¿Y? —la apuró él—. ¿ Demostrame qué tan bien te llevás con los Rafaeles? La tomo de los hombros y la hizo arrodillarse frente a auto de alta gama
Ana, entregada totalmente al juego de poder, se arrodilló frente a él sobre el cemento frío del estacionamiento. Sus manos temblorosas fueron directo al cinturón del pantalón de Rafael. Con una destreza que delataba su experiencia, lo desabrochó y bajó el cierre lentamente, dejando que la virilidad de Rafael, ya al límite por la excitación del bar, saltara frente a su cara.
—Mirame —le ordenó él, tomándola del pelo para obligarla a levantar la vista mientras ella empezaba a acariciarlo—. Así me gusta. Bien sumisa.
Ana no esperó más. Abrió la boca y comenzó a hacerle una mamada impresionante, tragándoselo de golpe mientras Rafael soltaba un gruñido de satisfacción. El eco de los sonidos húmedos de la boca de Ana rebotaba en las paredes del estacionamiento desierto.
Rafael le acariciaba la cabeza con fuerza, guiando el ritmo, mientras ella se esmeraba en demostrarle que lo que Gonzalo le había contado era poco comparado con la realidad. Ana lo succionaba con una desesperación que hacía que Rafael tuviera que apretar los dientes para no acabar ahí mismo.
rafael no iba a conformarse con eso en el suelo del estacionamiento. Quería verla en todo su esplendor y estar cómodo para disfrutar de lo que Ana tenía para ofrecer.
Rafael la detuvo justo antes de que ella continuara, la tomó del brazo con firmeza y abrió la puerta del acompañante del auto.
—Subí. Acá vamos a estar más cómodos y no quiero que te distraigas —le ordenó con esa voz de mando que ya la tenía totalmente dominada.
Ana obedeció sin decir una palabra. Se acomodó en el asiento de cuero, que todavía conservaba el olor a auto nuevo y caro. Rafael rodeó el vehículo, se subió al lugar del conductor y reclinó ambos asientos hacia atrás, creando un espacio amplio y privado en la penumbra del habitáculo.
—Ahora sí —susurró él—. Me dijiste que querías pasarla bien, ¿no? Vamos a ver si sos tan buena como dicen los rumores.
Rafael se quitó el saco y se desabrochó los pantalones del todo. Ana, entendiendo perfectamente lo que él buscaba, se giró sobre el asiento. Se colocó por encima de él, pero de forma invertida, apoyando sus rodillas a los costados de la cabeza de Rafael. El jean azul, aunque apretado, cedió lo suficiente cuando ella se lo bajó hasta las rodillas, dejando su intimidad expuesta justo a la altura de la boca de él.
Se acomodaron en un 69 perfecto.
Ana volvió a tomar la virilidad de Rafael con una mano, guiándola hacia su boca para retomar la impresionante mamada que había empezado afuera. Al mismo tiempo, sintió la lengua experta de Rafael buscándola entre sus piernas. El contraste fue inmediato: la firmeza de él llenándole la boca y la humedad cálida de la lengua de Rafael lamiéndola con una técnica que la hizo arquear la espalda.
El interior del auto se llenó de sonidos húmedos y respiraciones entrecortadas. Ana se esmeraba, moviendo la cabeza con ritmo, mientras Rafael la sujetaba de las caderas, enterrando su rostro en el sexo de ella. El placer era doble y abrumador. Ana sentía que perdía el control; ese hombre sabía exactamente dónde tocar y cómo lamer para volverla loca.
Rafael, sintiendo que ella estaba llegando al límite por la forma en que sus muslos temblaban cerca de sus oídos, incrementó la succión. Ana soltó un gemido ahogado contra la verga de él, mientras lo devoraba con una intensidad que casi lo hacía perder el sentido. El espacio cerrado del auto potenciaba el aroma del sexo y el perfume de Rafael, creando una atmósfera de lujuria pura.
Rafael no tenía ninguna intención de frenar, y Ana mucho menos. El placer se volvió una competencia de resistencia y lujuria en el silencio del habitáculo.
- Aaahahahahhh aaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhh – gritaba ana – glup glup gluip
- seguía chupando
El habitáculo del auto se transformó en una cámara de vapor y deseo. Rafael, con las manos firmes en las naderas de Ana, la hundió más contra su rostro. No se limitaba a lamer; su lengua exploraba cada rincón, probando con voracidad los jugos vaginales de ella, que fluían sin control ante la estimulación experta del socio de Gonzalo.
– Que rica conchita yegua –
– Que buena poronga que tenes hijo de puta – decía ana
Ana estaba en trance. Sentía la lengua de Rafael como una llama que la recorría, y esa sensación la impulsó a entregarse más. Se aferró al asiento y aceleró el ritmo de su boca. Los sonidos eran explícitos, un "glu glu glup" rítmico y desesperado mientras intentaba tragarse toda la virilidad de Rafael, queriendo demostrarle que ninguna mujer lo iba a complacer como ella.
Los gemidos de Ana, que al principio eran sutiles, terminaron por inundar el espacio. Eran sonidos guturales, mezclas de placer y rendición, que rebotaban en los vidrios polarizados del auto. Rafael saboreaba la humedad de ella, disfrutando del rastro salado y dulce de su excitación, mientras sentía cómo la garganta de Ana lo apretaba en cada succión.
—Eso... seguí así —gruñó Rafael entre la humedad de las piernas de ella, sin detener su lengua ni un segundo—. Comeme todo, sumisa...
Ana respondió con un movimiento de cadera más frenético, perdiendo la noción de dónde estaba. Solo existía el sabor de Rafael en su boca y la lengua de él volviéndola loca. El 69 se volvió una danza salvaje de fluidos y respiraciones calientes, hasta que el placer fue tan insoportable que Ana sintió que el mundo desaparecía bajo el mando del hombre que, finalmente, le había encontrado su parte más sumisa.
- Aaahhhah aaaaaggggggg gritaba
Rafael no aguantaba más. El 69 lo había dejado al límite y necesitaba sentirla, poseerla por completo. Con una brusquedad que a Ana la excitó aún más, la separó de su rostro y la obligó a girarse en el asiento
Rafael la tomó firme de las caderas y, con un movimiento rápido, la acomodó sobre sus rodillas, poniéndola en cuatro patas sobre el cuero del asiento del acompañante, mirando hacia el respaldo. Ana, entregada totalmente, arqueó la espalda, ofreciéndole su trasero prominente que el jean azul resaltaba a la perfección.
- Eso ponete asi como la perrita que sos putita de mierda- le decía rafa
Rafael no perdió tiempo. Se acomodó detrás de ella y, con un empuje decidido, la comenzó a penetrar de atrás de una sola vez, arrancándole un gemido ahogado a Ana. La sensación de llenado fue inmediata y abrumadora. Rafael la sujetaba con fuerza, hundiéndose en ella con un ritmo frenético y posesivo.
Con cada embestida salvaje de Rafael, el cuerpo de Ana se sacudía. Sus enormes tetas naturales, liberadas por la camisa blanca desabrochada, bailaban al compás del impacto, rozando contra el respaldo del asiento en un vaivén erótico que Rafael no podía dejar de mirar. Él la tomaba del pelo para obligarla a levantar la cabeza y ver su reflejo en el espejo retrovisor, mientras seguía dándole con fuerza, disfrutando del sonido húmedo de la penetración y de los gemidos desesperados de Ana.
El auto era una caldera. El sudor corría por la espalda de ambos, mezclándose con el aroma del sexo y el perfume caro de Rafael. Él no tenía piedad; la penetraba con una profundidad que la hacía temblar, mientras sus manos recorrían su cuerpo, apretándole las tetas y marcándole la piel de las caderas con cada arremetida. Era un baile salvaje y primitivo, donde Rafael demostraba quién tenía el mando, y Ana, completamente sumisa, solo podía entregarse al placer devastador que él le provocaba en la intimidad de ese estacionamiento desierto.
Rafael se sentó firme en el asiento, dejando sus piernas abiertas para que ella tomara su lugar. Ana, con la mirada encendida y la respiración totalmente rota, se dio vuelta y se sentó sobre él, dándole la espalda. Se acomodó con cuidado y, de un solo movimiento, se dejó caer, sintiendo cómo él la llenaba por completo una vez más.
Apoyada con fuerza, Ana se tomó de los asientos de adelante para mantener el equilibrio y comenzó a cabalgarlo con una furia desesperada. El movimiento era rítmico y salvaje; subía y bajaba con un vaivén que hacía crujir el cuero del auto de alta gama. Mientras ella se movía, Rafael no se quedaba quieto: estiró sus manos enormes hacia adelante y le sobaba las tetas con fuerza, apretándolas y disfrutando de cómo rebotaban con cada salto que ella daba.
Él se pegó a su espalda, hundiendo la cara en su nuca, y empezó a besarle el cuello con mordiscos suaves que la hacían estremecer. En el calor sofocante del habitáculo, el aire se volvió pesado por la lujuria y las palabras que empezaron a soltarse sin filtro. Se decían guarradas al oído, frases sucias que terminaron de romper cualquier rastro de decencia que quedara entre ellos.
—¡Así, movete así, zorra! —le gruñía Rafael al oído, mientras le apretaba los pezones con saña—. Demostrame que sos la mejor de los Rafaeles.
Ana, completamente ida por el placer, le respondía con insultos cargados de deseo, pidiéndole que no parara, que la rompiera toda, entregada al cien por ciento a la dominación de ese hombre que la conocía mejor que nadie. El estacionamiento seguía en silencio, pero adentro del auto, el caos de gemidos, insultos y carne chocando contra carne era total.
Rafael estaba totalmente fuera de sí, disfrutando de tener a Ana entregada y cabalgando sobre él con ese ritmo frenético. Mientras ella se aferraba a los asientos de adelante para no caerse por la fuerza del movimiento, él se pegó a su espalda como una sombra.
Rafael buscó su oreja y comenzó a besársela, recorriendo el lóbulo con los labios para después meterle la lengua profundamente, provocando que un escalofrío eléctrico recorriera toda la columna de Ana. Ella soltó un gemido agudo, perdiendo el ritmo por un segundo ante la intensidad de la caricia húmeda y caliente en su oído.
Pero Rafael no le daba tregua. Mientras la devoraba a besos y lengüetazos en la oreja y el cuello, sus manos no dejaban de trabajar. Con una mezcla de lujuria y posesión, empezó a pellizcarle las tetas con fuerza, atrapando sus pezones endurecidos entre los dedos y tironeando de ellos al compás de cada embestida.
—¡Eso, gritá! —le susurraba Rafael con voz ronca, mientras sentía cómo ella se apretaba más contra él—. Sos una fiera, Ana... Me vas a dejar seco.
Ana arqueaba la espalda, ofreciéndole más de su pecho y sintiendo cómo el dolor placentero de los pellizcos se mezclaba con la sensación de vacío que Rafael llenaba una y otra vez. El vaivén era incontrolable, los vidrios del auto ya estaban totalmente empañados y el sonido de los besos húmedos y los gemidos sucios inundaba el estacionamiento desierto. Estaban en la cima del placer, perdidos en esa sociedad de deseo que acababan de sellar.
Rafael se reclinó por completo en el asiento del conductor, dejando que el respaldo cediera para quedar casi acostado, entregándole todo el mando visual a ella. Ana, con el pelo revuelto y la camisa blanca colgando de sus hombros, se giró para quedar de frente, pasando sus piernas por encima de él y volviéndolo a montar con una determinación salvaje.
En esa posición, el contacto visual era total. Ana se apoyó en el pecho de Rafael y comenzó a subir y bajar con una energía renovada, clavándole la mirada fija, desafiante y sumisa al mismo tiempo. Cada vez que caía sobre él, el impacto era seco y profundo, arrancándole gritos y gemidos que ya no intentaba ocultar. El eco de sus alaridos llenaba el habitáculo, mezclándose con el sonido del cuero crujiendo bajo el peso de sus cuerpos.
Rafael, aunque estaba recostado, no era un espectador pasivo. La tomaba con fuerza de la cintura, hundiendo sus dedos en la piel de Ana para controlar los movimientos. Él marcaba el ritmo: a veces la frenaba en seco para dejarla suspendida y torturarla con el deseo, y otras veces la tironeaba hacia abajo con violencia para que el choque fuera más intenso.
—¡Mirame, Ana! ¡Mirame cómo te garcho! —le gruñía Rafael, mientras sus manos subían de la cintura a sus costillas, apretándola con posesión.
Ella echaba la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, mientras seguía cabalgando con un vaivén frenético. Sus tetas golpeaban contra el pecho de Rafael en cada movimiento, y el sudor hacía que sus cuerpos se deslizaran con una facilidad lujuriosa. Ana estaba totalmente ida, gritando el nombre de Rafael entre jadeos, mientras sentía que él, con el control absoluto de sus caderas, la estaba llevando directo al orgasmo más intenso de su vida en ese rincón olvidado del estacionamiento.
Rafael no podía quitarle las manos de encima, pero ahora quería probarla. Mientras Ana seguía cabalgando sobre él con ese ritmo frenético, él la atrajo hacia abajo con fuerza, obligándola a encorvarse para que sus pechos quedaran a la altura de su boca.
Sin perder un segundo, él empezó a chuparle las tetas con una avidez salvaje. No eran besos suaves; Rafael envolvía cada pezón con su boca y succionaba con fuerza, llenándoselas de baba hasta que la piel de Ana brillaba bajo la tenue luz del auto. Usaba la lengua para recorrerle toda la superficie de los senos, dejando un rastro húmedo y caliente que se enfriaba con el aire acondicionado, volviéndola loca.
Ana sentía cómo la humedad de la boca de Rafael empapaba su piel y se mezclaba con su propio sudor. Él pasaba de un pecho al otro, mordisqueando suavemente y luego lamiendo con desesperación, mientras sus manos seguían firmes en la cintura de ella, guiando el vaivén.
—¡Estás riquísima, Ana! —le gruñó Rafael con la boca húmeda, antes de volver a hundir la cara entre sus pechos—. Mirá cómo te estoy dejando... sos toda mía.
Los sonidos de la succión se sumaron al coro de gemidos y al ruido de la penetración. Ana, sintiendo el calor de la saliva de Rafael en su pecho, arqueó más la espalda y apretó los músculos, entregándose por completo a ese festín de fluidos y placer desenfrenado. El interior del auto era un caos de humedad, con Ana gritando cada vez más fuerte mientras Rafael no paraba de devorarla.
l clímax de la tensión fue insoportable. Rafael, sintiendo que ya no podía contenerse más, apretó con fuerza la cintura de Ana, hundiéndola contra su cuerpo para que el contacto fuera total y absoluto. El ritmo se volvió errático, más rápido y mucho más profundo, mientras el aire en el auto parecía escasear.
Ana, totalmente entregada, apretó las piernas alrededor de su torso y soltó un grito desgarrador, arqueando la espalda mientras sentía las primeras pulsaciones del orgasmo. Rafael soltó un gruñido gutural, clavando sus dedos en la piel de ella, y con una última estocada violenta, acabó dentro de ella.
Fue una descarga larga y potente que Ana sintió como un fuego invadiéndola. Rafael se quedó rígido por unos segundos, disfrutando de cada espasmo, mientras ella se desplomaba sobre su pecho, jadeando, con el cuerpo todavía temblando por la intensidad de la entrega. El silencio regresó al estacionamiento, roto solo por sus respiraciones pesadas y el latido desbocado de sus corazones, dejando claro que la cacería de Rafael había terminado con una victoria absoluta.
El silencio en el auto solo estaba roto por el sonido de sus respiraciones agitadas tratando de recuperar el aire. Ana seguía sentada sobre él, con la frente apoyada en su hombro, sintiendo el calor del momento desvaneciéndose lentamente.
Rafael, recuperando su habitual aire de suficiencia y arrogancia, la tomó de la barbilla para que lo mirara. Tenía esa sonrisa cínica que tanto la descolocaba. Con un movimiento suave pero firme, la ayudó a incorporarse un poco para que se separara de él.
Fue entonces cuando Rafael miró hacia abajo, disfrutando del rastro de lo que acababa de pasar.
—Mirá cómo te chorrea mi leche en tu concha... —le soltó al oído con una voz ronca y cruda, señalando la humedad que se deslizaba por los muslos de Ana y manchaba el cuero del asiento.
Ana se ruborizó, pero no pudo evitar mirar también, sintiéndose extrañamente orgullosa de la marca que él había dejado en ella. El contraste de la piel húmeda y el rastro blanco contra el jean azul que todavía colgaba de sus piernas era la prueba final de su rendición.
Sin dejar de mirarla a los ojos, Rafael estiró la mano hacia la guantera del auto y sacó un paquete de pañuelos de seda.
—Toma, limpiate —le dijo, extendiéndole un pañuelo mientras se acomodaba su propia ropa con una parsimonia irritante, como si no acabara de tener un encuentro salvaje en un estacionamiento.
Ana tomó el pañuelo con las manos todavía temblorosas. Mientras se limpiaba, Rafael se encendió un cigarrillo (o simplemente suspiró con satisfacción), observándola con la mirada de quien sabe que ha ganado la partida. La cacería de Rafael Urrutia no solo había sido física; le había demostrado a Ana que, por más que ella fuera de "mujer empoderada", él conocía sus puntos débiles mejor que nadie.
Ana lo miró con una mezcla de indignación y deseo residual, todavía procesando la crudeza de sus palabras. Le arrebató el pañuelo de la mano con un gesto brusco.
—Sos un tarado, Rafael —le soltó entre dientes, aunque su voz todavía sonaba quebrada por el orgasmo.
Sin esperar respuesta, Ana abrió la puerta del auto. En un arranque de impulsividad y orgullo, no se terminó de acomodar la ropa ahí dentro. Se bajó del vehículo así como estaba, con la camisa blanca abierta y el jean azul por las rodillas, quedando prácticamente desnuda ante la mirada atónita y divertida de Rafael.
Comenzó a caminar por el cemento frío del estacionamiento, con una seguridad desafiante. Mientras iba caminando, en la penumbra de las columnas de hormigón, comenzó a vestirse con movimientos decididos: se subió el jean de un tirón, cerró el botón con fuerza y empezó a abotonarse la camisa mientras sus pasos resonaban en el silencio del lugar.
Rafael, apoyado en el marco de la puerta del auto, se quedó observándola, disfrutando del espectáculo de verla alejarse mientras se recomponía. Ana no miró atrás ni una sola vez; se terminó de acomodar el pelo, se cerró el último botón de la camisa y desapareció hacia el sector de los ascensores, dejando a Rafael con el sabor de su victoria y el aroma de su perfume impregnado en el cuero del auto.
2 DIAS después:
Rafael fuera de la ciudad en una reunión pero Fabiana si estaba en casa pero no sola ni tampoco aburrida
La tarde caía sobre la ciudad, pero dentro de la casa, cargada de una electricidad prohibida. Fabiana permanecía de pie frente al ventanal del dormitorio principal, contemplando el horizonte. Llevaba una bata de seda negra, corta y suave, que caía abierta sobre sus hombros, revelando una tanguita de encaje del mismo color que se perdía en sus curvas.
Hacía días que la historia de Paula y lo que había pasado en su despedida de soltera le daba vueltas en la cabeza. Ese morbo, esa necesidad de sentir algo más allá de la fría elegancia de Rafael, la había llevado a marcar el número.
Detrás de ella, una sombra imponente se materializó. El Pantera se acercó sin hacer ruido, su presencia física llenando el espacio de inmediato. Sus manos, enormes y oscuras, se deslizaron por debajo de la seda negra, encontrando la piel cálida de la cintura de Fabiana.
—(Pantera, con voz profunda y vibrante)— Estás temblando, reina... ¿Es miedo o son las ganas?
Fabiana echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello. El Pantera enterró la cara en su nuca, inhalando su perfume antes de empezar a lamer y morder su piel con una parsimonia que la hizo gemir bajito. Sus manos subieron con decisión, atrapando las tetas de Fabiana por debajo de la bata. Empezó a sobarlas con fuerza, apretando la carne firme y recorriendo los pezones con los pulgares hasta que los sintió duros como piedras.
—(Fabiana, cerrando los ojos con fuerza)— ¡Ahhh... sí! Así, Pantera... No aguanto más. Paula tenía razón... sos un animal.
—(Pantera, soltando una risa ronca mientras seguía besándole el cuello)— Paula solo fue muy putita espero que vos lo sea aunmas
Él le abrió la bata del todo, dejando que la prenda resbalara por sus brazos hasta el suelo, mientras seguía amasando sus pechos con una mano y bajando la otra hacia la tanguita negra.
—esta mojadita, Fabiana —metiendo la mano dentro la tanguita, mientras le mordía el lóbulo de la oreja—. Mirá cómo te toco, mirá cómo te tengo...
Fabiana estaba entregada, lista para que el Pantera la destruyera en la misma cama donde Rafael dormía ajeno a todo.
Mientras sus lenguas se entrelazaban en una lucha húmeda, el Pantera no perdió el tiempo. Bajó una de sus manos y, apartando el fino encaje de la tanguita negra, buscó su intimidad. Cuando encontró su centro, que ya estaba empapado y ardiendo, hundió sus dedos gruesos y curtidos de un solo golpe.
—¡Mmmghh! —el gemido de Fabiana quedó ahogado en la boca del Pantera.
Sentir el grosor de esos dedos invadiéndola fue un choque eléctrico. Eran fuertes, rudos, nada que ver con la delicadeza a la que estaba acostumbrada. El Pantera empezó a mover la mano con un ritmo exigente, entrando y saliendo, mientras con el pulgar presionaba su clítoris con una precisión que la hacía temblar de pies a cabeza.
— Estás chorreando, nena... mirá cómo me recibís. Te gusta que te usen así, ¿no?
—¡Siii! ¡Dama más... meteme toda la mano si querés! —jadeaba Fabiana, prendida de sus hombros musculosos, mientras sentía cómo esos dedos la abrían y la reclamaban en medio del dormitorio de lujo.
El sonido de la lubricación chocando contra la mano del Pantera llenaba el espacio entre los dos. Fabiana se arqueaba, buscando más profundidad, entregada por completo al placer de ser profanada por el hombre que su amiga le había recomendado, mientras la seda negra de su bata quedaba olvidada en el suelo como un rastro de su antigua decencia.
El ambiente en la habitación se volvió sofocante, cargado del olor a sexo y el roce de la piel. Fabiana estaba completamente fuera de sí, entregada a esa experiencia que desafiaba toda su vida de apariencias. Mientras los dedos gruesos del Pantera la trabajaban por dentro con un ritmo que la hacía ver estrellas, ella buscó más contacto, más dominio.
— Aahahahah hijo de puta estoy sintiendo tu verga ya dura aahahaahahah ggggg —
— Y los dedos los sentís puta —
— Aaaahahahah ssisisisisisi —
Llevó sus manos hacia atrás, recorriendo la espalda musculosa del Pantera hasta llegar a su trasero. Clavó las uñas en esos glúteos de acero, apretando el orto del moreno con una fuerza que buscaba anclarse a esa realidad brutal. Sentir la firmeza de ese cuerpo contra sus manos la hacía vibrar de una manera que Rafael nunca había logrado despertar.
—¡Eso, reina! Agarrate fuerte que ahora empieza lo bueno... —gruñó el Pantera al oído, mientras su mano libre no dejaba de masajearle las tetas, apretujándolas y retorciendo sus pezones con una saña que a Fabiana la volvía loca.
El sonido en el dormitorio era puramente animal: el "chick-chick" húmedo de los dedos entrando y saliendo de su vagina empapada, los jadeos pesados de él y los gritos ahogados de ella. Fabiana sentía cada milímetro de esos dedos recorriéndola, expandiéndola, mientras ella seguía apretando el culo del Pantera, fascinada por la potencia que emanaba de cada uno de sus músculos.
—¡Ay, sí! ¡Dame más... no pares! —gritaba Fabiana, echando la cabeza hacia atrás, mientras la luz del atardecer dibujaba sus sombras contra la ventana—. ¡Rompeme toda, Pantera! !
Él la pegó más contra su cuerpo, sujetándola con una mano de la nuca para volver a devorarle la boca, mientras la otra seguía hundiéndose en su intimidad, prometiéndole que esa tarde sería solo el comienzo de su verdadera liberación.
El Pantera soltó una risa profunda, una vibración que Fabiana sintió en todo el cuerpo mientras él le quitaba la seda de los hombros, dejando que la bata cayera como un charco negro a sus pies. Con un movimiento lento pero cargado de autoridad, puso sus manos pesadas sobre los hombros de ella y, con una presión firme, la hizo descender hasta que sus rodillas tocaron la alfombra.
—Primero lo primero, reina... —dijo él, con su voz de trueno—. Te tengo presentar a mi amigo.
Fabiana levantó la vista y se quedó sin aliento. Frente a sus ojos, el bóxer del Pantera estaba a punto de estallar. El bulto era imponente, una silueta masiva que prometía una experiencia radicalmente distinta a cualquier cosa que hubiera conocido. Ella sonrió con una mezcla de morbo y devoción, fascinada por el tamaño de lo que se adivinaba detrás de la tela.
—Mmm... qué bien se ve esto... es enorme como se llama?—susurró ella, casi para sí misma, antes de lanzarse sobre él.
Empezó a besarlo sobre la tela, sintiendo el calor abrasador y la dureza del miembro del Pantera. El olor a hombre y a testosterona la envolvió por completo. Pasó su lengua sobre el bóxer, humedeciendo la zona justo donde se marcaba la punta, mientras sus manos subían por los muslos de ébano del semental, apretando esos músculos que parecían tallados en piedra.
—¡Eso, nena! Usá esa boquita —gruñó el Pantera, hundiéndole los dedos en el pelo y empujándole la cara contra su entrepierna—. Disfrutá del paisaje, porque cuando esto salga de acá, no te va a quedar espacio ni para respirar.
Fabiana, con las manos temblorosas por la adrenalina, sujetó con firmeza los elásticos laterales del bóxer. Lo hizo despacio, saboreando el momento, hasta que con un tirón decidido los bajó por completo. En ese instante, la verga del Pantera se liberó con la fuerza de un resorte, saltando con un golpe seco y pesado directamente contra la mejilla de ella.
—¡Oohhh Dios mío! Que pedazo de poronga por favor—exclamó Fabiana, echándose un poco hacia atrás para poder admirar la magnitud de lo que tenía enfrente.
Era una bestia de carne oscura, larga y con un grosor que la dejó muda. Estaba completamente tensa, con las venas ramificadas como raíces gruesas que latían bajo la piel, dándole un aspecto rudo y primitivo. El glande, de un tono más violáceo y brillante por el deseo, quedó a la altura de sus ojos, desprendiendo un calor que Fabiana sentía en toda la cara.
—(Pantera, con una sonrisa de suficiencia mientras le acariciaba el pelo)— ¿Qué pasa, reina? ¿Te asusta el tamaño o te gusta lo que ves? Mirá cómo late... está esperando que la cuides.
Fabiana no pudo evitarlo. Estiró la mano y rodeó la base con sus dedos, dándose cuenta de que ni siquiera con ambas manos lograba cerrarla por completo. El contraste de su piel pálida y cuidada contra la oscuridad rugosa y venosa de la verga del Pantera era el cuadro más pornográfico que había visto en su vida.
—Es... es perfecta —susurró ella, antes de acercarse y pasar la punta de la lengua por todo el largo, desde la base hasta la punta, saboreando el rastro salado que empezaba a brotar—. Nunca vi nada igual, Pantera... es una locura.
—Entonces no pierdas tiempo admirándola y ponete a trabajar —ordenó él, agarrándola de la nuca para guiarla—. Quiero sentir esa boquita de mujer fina envuelta en mi carne. ¡Dale, tragátela toda!
Fabiana cerró los ojos y abrió la boca al máximo, preparándose para recibir ese impacto de placer que prometía borrar cualquier rastro de la aburrida vida que llevaba junto a Rafael.
Fabiana cerraba los ojos, disfrutando del roce de la tela húmeda contra sus labios, totalmente entregada al ritual de iniciación con el hombre que iba a convertir la mansión de Rafael en un templo de puro vicio.
Fabiana se lanzó sobre él con una voracidad que ni ella misma sabía que poseía. Abrió la boca al máximo y la hundió en esa carne caliente y nervuda. El impacto fue inmediato: el grosor era tal que sus mejillas se deformaban, estirándose y cediendo a la forma imponente de la pija del Pantera. Se podía ver desde afuera cómo la verga empujaba su piel, marcando el relieve de las venas mientras ella succionaba con desesperación.
—¡Gggllaaa... mmmph! —el sonido de la succión era pesado y rítmico, un chapoteo constante de saliva que bañaba la base oscura del miembro.
Fabiana la recorría entera, usando su lengua para bordear el glande y luego bajando hasta el fondo, ignorando el reflejo de náusea porque el morbo la tenía anestesiada. Sus manos no se quedaban quietas; mientras una rodeaba el tronco, la otra buscaba los huevos pesados del Pantera, apretándolos con la misma fuerza con la que él le sujetaba la cabeza.
—¡Eso es, nena! ¡Chupá como la sucia que sos! —rugía el Pantera, arqueando la espalda mientras sentía el vacío que ella hacía con su boca—. Mirá cómo te deforma la cara... ¡Te queda perfecta, Fabiana!
Él empezó a darle estocadas cortas, usando la boca de la mujer de Rafael como si fuera su propio juguete personal. Cada vez que él empujaba, el cachete de Fabiana se inflaba y se tensaba, mostrando la magnitud de lo que estaba intentando domar. Ella cerraba los ojos, sintiendo el calor invadirle la garganta, entregada totalmente al ritmo animal de ese semental que no tenía ninguna intención de ser delicado con la "reina" de la casa.
El Pantera la obligó a incorporarse un poco, aunque manteniéndola de rodillas. Con sus manos enormes, agarró las tetas de Fabiana y las apretó una contra la otra, creando un canal estrecho y profundo de carne blanca y firme.
—Mirá qué lindo contraste, reina... tu piel de seda y mi pija de acero —gruñó él, acomodando su verga justo en medio del escote apretado.
Comenzó a deslizarse, haciendo una turca salvaje. El roce de la carne venosa y caliente contra la suavidad de los pechos de Fabiana generaba un sonido húmedo y rítmico, un "frot-frot" que volvía loca a la mujer de Rafael. Fabiana, con los ojos entrecerrados y la respiración entrecortada, bajó la vista para ver cómo la verga oscura del Pantera subía y bajaba, desapareciendo entre sus tetas y volviendo a salir para golpear casi contra su mentón.
—¡Ay, sí! ¡Aplastame con eso! —gemía Fabiana, mientras ella misma ayudaba a apretar sus pechos contra el miembro de él para que la fricción fuera mayor.
El Pantera no tenía piedad. Aceleró el ritmo, usando sus tetas como si fueran un juguete, mientras con sus pulgares le retorcía los pezones que sobresalían por encima de la fricción. La cara de Fabiana estaba a centímetros de la punta de la verga, recibiendo el calor y el aroma intenso de la excitación del moreno.
—¡Mirá cómo te la lleno de baba, nena! ¡Vas a quedar toda marcada por el Pantera! —le gritaba él, mientras le daba estocadas rápidas y secas contra el pecho.
Fabiana estaba en trance. Sentir ese grosor moviéndose entre sus senos, ver cómo su piel pálida se enrojecía por el roce bruto de esa verga llena de venas, era el máximo nivel de morbo que había experimentado. Se sentía usada, marcada y deseada de una forma que la hacía olvidar por completo quién era y dónde estaba. Solo importaba el ritmo frenético de la turca y la promesa de que, en cualquier momento, ese semental iba a decidir por dónde la quería reventar de verdad.
El Pantera la tomó de los brazos y la puso de pie con un movimiento brusco, recordándole quién tenía el control absoluto. Sin mediar palabra, metió los dedos en los costados de la tanguita de encaje negro y tiró con una fuerza animal hacia abajo; el sonido de la tela rompiéndose fue la señal de que ya no había vuelta atrás.
La empujó contra el ventanal, haciendo que la espalda de Fabiana chocara contra el cristal frío, que vibró bajo el impacto. El contraste entre el frío del vidrio en su espalda y el calor del cuerpo del Pantera la hizo soltar un grito de puro morbo.
—¡Piernas arriba, reina! Vamos a ver si el postre es tan dulce como parece —rugió el Pantera.
Le levantó las piernas con una facilidad pasmosa, acomodando los muslos de Fabiana sobre sus anchos hombros de ébano. Ella quedó suspendida, con el sexo totalmente expuesto y abierto frente a la cara del moreno. El Pantera no perdió un segundo: hundió su cara entre las piernas de ella, devorándole la concha con una voracidad que la hizo temblar de pies a cabeza.
—¡Aaaahhh! ¡Siii, Pantera! ¡Comeme toda! —gritaba Fabiana, agarrándose de los marcos de la ventana mientras veía, a través del reflejo del vidrio, cómo ese gigante oscuro le pasaba la lengua de arriba abajo, succionando su clítoris con una fuerza que le sacaba chispas.
El sonido era puramente guarro: un chapoteo constante de saliva y succiones profundas. El Pantera le metía la lengua hasta el fondo, saboreando cada gota de su lubricación, mientras sus manos enormes le apretaban las nalgas contra el cristal, dejando marcas rojas en su piel pálida.
—¡Mmmghh... estás riquísima, nena! ¡Chorreás como una loca! —decía él entre lamida y lamida, con la voz ahogada por la carne de ella.
Fabiana estaba en el cielo. La sensación de la lengua rugosa del Pantera, sumada a la vista prohibida de ella misma siendo devorada frente al ventanal de su propia casa, la llevó al límite. Se arqueaba y gritaba, sin importarle si alguien afuera podía escucharla, entregada por completo al ritual del hombre que la estaba haciendo olvidar hasta su propio nombre.
La vagina de Fabiana era un manantial de deseo; los fluidos bajaban por sus muslos y por la barba del Pantera, que no le daba ni un segundo de respiro. Él la devoraba con una técnica que la hacía ver estrellas, succionando su clítoris hasta que ella sentía que el cuerpo se le iba a partir al medio.
Fabiana estaba totalmente fuera de sí. El frío del cristal en su espalda ya no existía, solo sentía el fuego que ese negro le estaba metiendo entre las piernas. Sus manos se enterraban en el pelo corto del Pantera, empujándole la cara contra su sexo para que no parara.
—¡Siiiii! ¡Comeme toda, negro sucio! ¡Rompeme el clítoris con esa lengua de animal que tenés! —gritaba Fabiana, con la voz quebrada y los ojos en blanco mientras se retorcía sobre sus hombros.
—(Pantera, entre lamidas y succiones ruidosas)— ¡Mmmgh... mirá cómo chorreás, puta! ¡Me vas a ahogar con tanta leche! ¡Sos una perra sedienta, Fabiana!
—¡Siii, soy tu perra! ¡Haceme lo que quieras! ¡Tragate todo mi jugo mientras tu marido cree que estoy tomando el té! —vociferaba ella, soltando una carcajada histérica cargada de morbo—. ¡No parés, Pantera! ¡Llamame sucia, decime que no sirvo para nada más que para esto!
El sonido en la habitación era un festival de guarangadas y fluidos. El "slap-slap" de la lengua del Pantera chocando contra los labios empapados de Fabiana se mezclaba con los insultos que ella le devolvía, alimentando un fuego que estaba a punto de estallar.
—¡Me vengo, Pantera! ¡Me voy a venir en toda tu cara, negro! ¡Sosteneme fuerte! —rugió Fabiana, sintiendo que el espasmo final le recorría la columna, mientras el Pantera, lejos de aflojar, le metía dos dedos en la concha para terminar de hacerla explotar contra el ventanal.
Fabiana, con el cuerpo temblando y la respiración hecha un caos, empujó suavemente los hombros del Pantera para que se detuviera. El cristal del ventanal estaba totalmente empañado por el calor de sus cuerpos y el sudor. Ella se separó, tambaleándose un poco sobre sus piernas, mientras un hilo de fluido bajaba por su muslo.
—Pará... pará un segundo que no puedo respirar —jadeó ella, secándose la boca con el dorso de la mano y mirando al gigante oscuro con una mezcla de lujuria y complicidad—. Dame el celular... traeme el que está en la mesa de luz.
El Pantera soltó una risa ronca, disfrutando de ver a la "gran señora" tan desarmada. Caminó con su desnudez imponente hasta la cama, agarró el iPhone de Fabiana y volvió hacia ella, entregándoselo mientras le apretaba una teta con fuerza.
—¿Qué pasa, reina? —le susurró al oído—. ¿Vas a llamar a Rafael para decirle que el Pantera te está dejando la concha como un colador?
Fabiana sonrió con malicia, desbloqueando la pantalla con los dedos todavía húmedos.
—No seas ansioso... —dijo ella, mientras buscaba el contacto de Paula en WhatsApp—. Quiero que mi amiga se sume —
Paula caminaba por el hall del edificio de oficinas, el eco de sus tacos sobre el mármol marcaba el fin de una jornada agotadora. Estaba por cruzar la puerta giratoria cuando su celular vibró. En la pantalla: Fabiana Urrutia.
—¿Hola, Fabi? —atendió Paula, mientras buscaba las llaves del auto en su cartera.
Del otro lado, el silencio fue interrumpido por un suspiro profundo, casi un quejido, seguido de un sonido rítmico de piel golpeando contra piel.
—Pau... —la voz de Fabiana sonaba entrecortada, húmeda—. No sabés... lo que... ¡ahhh!... lo que te estás perdiendo.
Paula se detuvo en seco junto a una columna, sintiendo un calor súbito recorrerle la nuca. El sonido de los gemidos de Fabiana era nítido, desvergonzado.
—Fabi, ¿qué hacés? —preguntó Paula con una sonrisa nerviosa, bajando el volumen del teléfono por si alguien pasaba cerca—. Supongo que Rafael llegó temprano a casa, ¿no?
—¿Rafa? —Fabiana soltó una carcajada que terminó en un grito de placer—. No, mi amor... Rafa está en el club. Estoy con un... ¡uf!... con un viejo amigo tuyo. ¿A que no adivinás quién me está dando el postre hoy?
Paula frunció el ceño, confundida. Su mente repasó la lista de conocidos, pero no lograba encajar las piezas.
—No tengo idea, Fabi. Dejate de misterios y decime.
En ese momento, una voz masculina, grave y potente, se escuchó de fondo: "Movete así, fiera, que hoy no te escapás".
Paula sintió que las piernas le temblaban. Reconocería ese tono de mando en cualquier lugar. Era la misma voz que la había dominado en la cabaña de la costa.
—¿El... el Pantera? —susurró Paula, casi sin aliento.
—El mismo —respondió Fabiana, mientras se escuchaba cómo el hombre aumentaba el ritmo—. Me lo presentó Mariana hoy a la tarde y no pude resistirme. Es una bestia, Pau... y no para de preguntar por vos. Dice que dejó un trabajo pendiente esa noche.
Paula escuchaba los impactos secos y los jadeos de Pantera a través del auricular. El recuerdo de esa piel morena y esa fuerza bruta la invadió por completo.
—Vení para casa, Paula —le ordenó Fabiana, ya sin aliento
—. Dale que te estamos esperando
Paula
bajó del auto con el corazón en la boca, las piernas hechas gelatina y la
respiración totalmente alterada. Cruzó el jardín de la entrada de la mansión
sintiendo que los tacos se le enterraban en el césped, pero no le importó. El
aire de la noche empezaba a refrescar, pero ella sentía un fuego abrasador
entre las piernas que la hacía sudar.
Llegó al porche de entrada, devorada por los nervios, y golpeó la
pesada puerta de madera con los nudillos.
Toc, toc,
toc.
Nada. Solo el silencio de la calle residencial y el eco de los
grillos. Paula miró hacia los costados, paranoica, pensando en lo loco de la
situación: estaba ahí, a punto de meterse en la casa de su amiga para
entregarse a un semental mientras el marido de esta ni se lo imaginaba.
Volvió a golpear, esta vez con más fuerza, descargando toda la
ansiedad que traía encima.
Toc, toc,
toc.
Al segundo impacto, la puerta no ofreció resistencia. Con un leve
quejido de las bisagras, se abrió sola unos centímetros, revelando la penumbra
del lujoso recibidor de la casa. El silencio adentro era engañoso, porque si
prestaba atención, desde la planta alta ya se empezaba a escuchar un eco
rítmico y apagado, un constante golpeteo de carne y unos jadeos que Paula
reconoció al instante.
Empujó la puerta despacio, metiéndose en la boca del lobo
Paula dio un
paso hacia el interior y el lujo de la casa la recibió bajo el brillo
implacable de las luces encendidas. Todo el living y el recibidor estaban
iluminados, pero la casa se sentía completamente desierta, como si el mundo
exterior hubiera dejado de existir.
Fue
en ese instante, al pie de la gran escalera de mármol, cuando los sonidos la
golpearon de lleno.
Desde
la planta alta, sin ningún tipo de filtro ni pudor, bajaba el eco ensordecedor
de los gemidos de Fabiana. Eran gritos agudos, rotos, jadeos desesperados que
se mezclaban con el aplauso seco y rítmico de la carne chocando contra la
carne. El "chick-chick" de la lubricación era tan nítido que Paula
sintió un vuelco en el estómago. Su amiga estaba siendo devastada en el piso de
arriba.
—¡¡Ahhh...
sí, negro... más adentro... me rompés toda... aaahhh!! —los gritos de Fabiana
resonaban por todo el hueco de la escalera, seguidos por la risa ronca y
dominante del Pantera que le ordenaba que se callara y aguantara el viaje.
Paula
se quedó congelada un segundo, apretando la cartera contra su pecho. Ver la
casa tan iluminada y escuchar semejante salvajada viniendo del dormitorio
principal le encendió la entrepierna al instante. Sentía el corazón latiéndole
en la garganta. La decencia que le quedaba de la oficina se evaporó en un
segundo bajo el calor de esos gemidos.
Despacio,
como hipnotizada por el morbo, Paula empezó a subir los escalones de mármol,
uno a uno, mientras el sonido de la cogida se volvía cada vez más fuerte, más
sucio y más real.
Paula llegó
al final del pasillo de la planta alta, guiada por el sonido ensordecedor de
los azotes y los gritos de su amiga. La puerta del dormitorio principal estaba
apenas entornada, dejando escapar una línea de luz cálida y el olor denso,
sofocante, a sexo puro y sudor.
Con
los dedos temblando por la adrenalina, Paula apoyó la mano en el picaporte de
bronce y empujó la madera despacio, sin hacer el menor ruido, abriendo la
puerta lo suficiente para clavar la mirada en el interior.
La
escena que la recibió la dejó sin aliento, congelada en el umbral.
En
medio de la enorme cama matrimonial de Rafael, el Pantera tenía a Fabiana
completamente en cuatro, sometida bajo su imponente figura de ébano. La silueta
masiva del moreno subía y bajaba con una violencia animal, descargando
embestidas brutales que hacían que el colchón entero crujiera y se sacudiera
bajo su peso. Fabiana tenía el rostro hundido entre las almohadas de seda, con
la espalda arqueada al máximo y las manos aferradas con desesperación a las
sábanas de lujo para no salir volando por la potencia de los impactos.
Cada
estocada del Pantera entraba hasta la raíz, hundiéndose por completo en la
intimidad de Fabiana, que estaba totalmente dilatada, roja y chorreando
lubricación. El aplauso carnal de los pubis chocando era constante, un ritmo
frenético y demoledor que llenaba todo el espacio.
—¡¡¡Aaaaahhhh...
negro... me matás... me vas a romper toda... síiii!!! —gritaba Fabiana con la
voz completamente rota, soltando gemidos agudos y agitando la cabeza de un lado
al otro, entregada al vicio más absoluto.
El
Pantera, con el torso perlado de sudor y los músculos de la espalda tensos como
el acero, no aflojaba ni un milímetro. Le sujetaba las caderas con sus manos
enormes, clavándole los dedos en la piel pálida, controlando cada movimiento
mientras la castigaba con una saña salvaje.
—¡Callate
y tragatela entera, puta! ¡Mirá cómo te tengo el culo, bien colorado! —rugió el
Pantera con su voz de trueno, dándole una estocada tan profunda que hizo que
Fabiana soltara un quejido ahoga
Paula miraba
la escena con los ojos desorbitados, sintiendo cómo el calor le invadía la cara
y una humedad intensa le empapaba la bombacha de encaje que traía de la
oficina. Ver a su amiga fina y elegante reducida a una perra sumisa, siendo
devastada de esa manera por la bestia que ella ya conocía, la dejó
completamente hipnotizada, incapaz de dar un paso atrás.
En medio de
un espasmo de placer, mientras la verga del Pantera la estiraba por dentro de
un solo golpe, Fabiana giró la cabeza hacia atrás con los ojos entrecerrados.
Fue ahí cuando, a través de la melena revuelta y el sudor, divisó la silueta de
Paula recortada en el umbral de la puerta.
Una
sonrisa cargada de pura malicia y perversión se dibujó en los labios húmedos de
la mujer de Rafael.
—¡Ahhh...
mirá... mirá quién vino...! —jadeó Fabiana a los gritos, apuntando con la
barbilla hacia la entrada mientras se arqueaba para recibir otra embestida
brutal del moreno.
El
Pantera detuvo el movimiento por un segundo, dejándola clavada hasta el fondo
de su intimidad, lo que hizo que Fabiana soltara un quejido agudo de puro gozo.
El semental giró su torso musculoso y paseó sus ojos oscuros por el cuerpo de
Paula, que seguía estática junto al picaporte, con la cartera en la mano y la
respiración hecha un caos.
—Vaya,
vaya... la señora se dignó a aparecer
—gruñó el Pantera, con una sonrisa de suficiencia que derrochaba dominio—. Mirá
cómo tiembla, Fabiana. Se muere de ganas de que le haga lo mismo que te estoy
haciendo a vos.
Paula
sintió que la mirada de los dos la desnudaba por completo. Ver a Fabiana en esa
pose tan explícita, entregada y con el sexo chorreando alrededor de esa
tremenda pija oscura, terminó de demoler las pocas defensas que le quedaban.
—Entrá
y cerrá la puerta, Pau... —le ordenó Fabiana, con la voz pastosa por el morbo—.
No te quedes ahí mirando... vení a ayudarme que este animal me va a dejar en
silla de ruedas.
Fabiana, con
las piernas temblorosas y un hilo de lubricación corriendo por su muslo, se
deslizó fuera del colchón. Estaba completamente desnuda, con la piel enrojecida
por el roce rudo y el cabello revuelto, pero sus ojos brillaban con una
picardía salvaje.
Mientras
tanto, el Pantera se dejó caer hacia atrás en el centro de la cama matrimonial
de Rafael. Se acomodó boca arriba, apoyando los brazos musculosos detrás de la
cabeza, exhibiendo su imponente físico de ébano sin el menor pudor. Justo en el
centro de su anatomía, su enorme verga oscura y venosa apuntaba directamente al
techo, completamente erecta, rígida como el acero y latiendo con cada pulsación
de su sangre. El glande violáceo brillaba bajo la luz de las lámparas,
desprendiendo un calor casi visible.
Paula
se quedó estática a un lado de la cama, con la cartera aún apretada contra el
vientre, completamente abrumada por la magnitud de lo que tenía enfrente. Su
mirada iba de la pija monstruosa del moreno a la figura desinhibida de su
amiga.
—Dale,
Pau... no te hagas la tímida ahora que ya nos conocés a los dos —le susurró
Fabiana con una sonrisa de complicidad, acercándose a ella sin rodeos.
Sin
darle tiempo a reaccionar, Fabiana soltó la cartera de Paula, dejándola caer al
suelo, y estiró sus manos finas hacia el cuello de su camisa de oficina. Con
movimientos rápidos pero decididos, empezó a desprender los botones uno a uno,
abriendo la tela y dejando al descubierto la piel blanca de Paula y el encaje
de su corpiño.
—Mirá
cómo le late el corazón, Pantera... está que se muere por vos —dijo Fabiana,
dándole un leve empujón a su amiga para arrimarla más al borde del colchón,
justo donde la bestia esperaba.
Fabiana
terminó de arrancar la camisa blanca de Paula con un tirón seco, mandándola
directamente al suelo alfombrado junto al resto de la ropa de oficina. Sin
darle tiempo a reaccionar, se le fue encima y le plantó un beso húmedo,
profundo, metiéndole la lengua sin ningún tipo de filtro. Al mismo tiempo,
Fabiana bajó las manos con desesperación por la espalda de su amiga hasta
llegar a su cola; le clavó las uñas en el encaje de la bombacha y le apretó las
nalgas con una fuerza bruta, soldando los cuerpos en el borde del colchón.
Paula,
completamente sorprendida por la iniciativa de su amiga, abrió los ojos de par
en par en medio del beso, pero la descarga de morbo fue tan intensa que
enseguida se dejó llevar. Cerró los párpados y empezó a devolver el chape con
la misma furia, aferrándose a los hombros desnudos de Fabiana mientras sentía
el calor de su cuerpo.
Desde
el centro de la cama, el Pantera observaba todo el despliegue con una sonrisa
de absoluta suficiencia, completamente encantado con el espectáculo. Apoyado
sobre sus codos, con los músculos del pecho brillando por el sudor y su enorme
verga negra latiendo con fuerza entre las piernas, el semental disfrutaba del
cuadro pornográfico que las dos mujeres le estaban regalando en la mansión de
Urrutia.
—¡Qué
lindo verlas así, carajo! —rugió el Pantera con su voz de trueno, la excitación
subiéndole a los ojos—. Dos señoras bien de San Isidro devorándose como dos
perras frente al negro. Dale, Fabiana, traela más cerca que esa cola de Paula
no va a dar abasto hoy.
Paula se
separó del beso de su amiga con un hilo de saliva uniendo sus labios, soltando
una sonrisa pícara que delataba que ya estaba totalmente perdida en el trance
del vicio. Las últimas defensas de la abogada seria se habían desmoronado por
completo.
Fabiana,
con los ojos encendidos de pura perversión, la tomó de las caderas y la dio
vuelta con decisión, acomodándola de espaldas al Pantera, justo al borde del
colchón. Paula quedó entregada a la vista del semental, sintiendo la
respiración caliente del moreno a pocos centímetros de su nuca.
Sin
perder un segundo, Fabiana se agachó frente a ella. Con movimientos rápidos y
cargados de morbo, le aferró los elásticos del pantalón que le quedaba y se lo
bajó de un tirón seco, arrastrándolo por las piernas hasta dejarlo tirado en la
alfombra.
El
cuadro que quedó a la vista hizo que el Pantera soltara un bufido de pura
satisfacción. El hermoso orto de Paula quedó completamente al descubierto,
perfectamente enmarcado y realzado por esa lencería roja encendida que generaba
un contraste demoledor con su piel pálida. El encaje se hundía justo en el
medio de sus nalgas firmes, dejando el centro de su intimidad expuesto y
brillando por la lubricación que ya bajaba por sus muslos.
—¡Mirá
lo que es este culo, negro! ¡Te lo traje en bandeja! —gritó Fabiana,
cacheteando una de las nalgas de Paula con un golpe seco que dejó la marca roja
de sus dedos en la piel—. Mirá cómo tiembla la santita... está esperando que la
revientes.
El
Pantera se incorporó de inmediato, arrodillándose justo detrás de Paula. Le
puso sus manos enormes de ébano en las caderas, apretándola con una fuerza
animal, mientras su descomunal verga venosa rozaba el encaje rojo, lista para
empezar la demolición.
—¡Dale,
vengan! —ordenó el Pantera con su voz de trueno, dándose dos palmadas secas en
los muslos de ébano, impaciente por coronar el banquete.
Paula
y Fabiana se miraron de reojo con una complicidad totalmente perversa y, sin
dudarlo, subieron a la enorme cama matrimonial. Avanzaron a gatas sobre las
sábanas de seda de Rafael, moviendo las caderas con un ritmo lascivo que hacía
rebotar sus tetas bajo la mirada caliente del moreno.
Se
acomodaron una de cada lado, de rodillas junto a la entrepierna del semental.
El contraste era una locura: las dos mujeres, pálidas, finas y con la lencería
alborotada, rindiéndole culto a esa bestia de carne oscura que apuntaba al
techo, completamente rígida y venosa.
—A
ver cuál de las dos tiene la boquita más golosa —las azuzó el Pantera,
hundiéndole los dedos en el pelo a ambas para marcar el terreno.
Paula
comenzó por la izquierda y Fabiana por la derecha. Se inclinaron al mismo
tiempo sobre la pija monstruosa del negro. Fabiana abrió la boca y empezó a
lamerle la base y los huevos pesados con pasiones de adicta, mientras Paula se
concentraba en el glande violáceo, rodeándolo con la lengua antes de abrirse de
par en par para tragárselo hasta donde la garganta se lo permitía.
El
sonido húmedo no tardó en inundar el dormitorio principal de la mansión. Era un
glup, ggglllllaaa, slap, slap
constante y rítmico. Se turnaban los movimientos: mientras una succionaba con
fuerza haciendo el vacío, la otra le recorría las venas del tronco con la
lengua húmeda, dejándole el miembro completamente empapado en saliva.
—¡Uff...
eso, perras! ¡Chupen las dos juntas! —gruñía el Pantera, arqueando la espalda
sobre el colchón, entregado al castigo de las dos amigas que se desesperaban
por esa verga
El nivel de
morbo en la habitación llegó a un punto de no retorno. La enorme pija del
Pantera ya estaba completamente cubierta por una capa espesa y brillante de
baba, un reflejo del frenesí de las dos amigas que no paraban de gemir con la
boca llena, totalmente desbocadas. El aire se volvió pesado, saturado por el olor
a testosterona y a fluidos que impregnaba las sábanas de Rafael.
En
un sincronismo perfecto, las dos mujeres se dividieron el trabajo para no darse
respiro. Fabiana se concentró abajo: abrió la boca grande y metió los huevos
pesados y oscuros del moreno, succionándolos con una fuerza que hacía que al
Pantera se le tensaran todos los músculos del abdomen. Los gemidos ahogados de
la esposa de Urrutia resonaban sordos contra la entrepierna de ébano,
disfrutando del sabor fuerte y rústico del semental.
Los glup
glup glup seguían sin cesar
Al
mismo tiempo, Paula se encargaba de demoler el tronco. Con las manos firmes en
la base para contener el vaivén, hundía la cara una y otra vez en esa carne
caliente y llena de venas. Se la tragaba hasta el fondo, ignorando las náuseas,
dejando que el glande violáceo le golpeara la garganta mientras sus propios
quejidos de placer salían húmedos por las comisuras de sus labios.
—¡¡Aaaahhh...
carajo... me van a volver loco entre las dos!! —rugía el Pantera, tirando la
cabeza hacia atrás, con las manos enterradas en las melenas de las dos mujeres,
empujándolas alternativamente para marcarles un ritmo bruto y sofocante—.
¡Chupen, bien!
El
slap, slap de la saliva
chocando contra la piel, sumado a los quejidos lascivos de Paula y Fabiana,
transformaron la elegante cama matrimonial en un verdadero matadero de lujuria,
donde la decencia de San Isidro ya no era más que un recuerdo lejano.
A varios
kilómetros de distancia, en la otra punta de la ciudad, el Mercedes blindado
entró al garaje de la casa de Gonzalo. Él bajó del auto con el cuerpo relajado
y una sonrisa cínica que todavía le duraba después de la paliza de placer que
le habían dado a Mariana en el telo de Puerto Madero. Al entrar a la casa, el
silencio lo recibió de golpe. Caminó por el living, notando que las luces
estaban apagadas.
—¿Paula?
¿Mi amor, ya llegaste? —llamó Gonzalo, pero nadie respondió.
Frunció
el ceño, extrañado, y sacó su celular del bolsillo. Buscó el número de su
esposa y le dio marcar, esperando escuchar su voz para inventarle cualquier
excusa sobre una reunión de abogados de última hora.
Mientras
tanto, en la mansión de los Urrutia, la pantalla del iPhone de Paula empezó a
iluminarse con insistencia dentro de la cartera de oficina, tirada en el piso
alfombrado. La vibración hacía un ruido sordo contra la madera, pero a Paula no
le importaba en lo más mínimo. El mundo real se había evaporado.
Paula
estaba completamente concentrada en la imponente verga del Pantera. Guiada y
azuzada por Fabiana, que manejaba la escena con la experiencia de una adicta,
Paula se acomodó de rodillas frente al semental. Fabiana se estiró desde un
costado y, con sus manos finas, le agarró las tetas naturales a Paula con
fuerza, apretándolas una contra la otra hasta formar un canal de carne blanca,
turgente y apretadísimo.
—¡Dale,
metésela ahí, negro! ¡Mirá cómo te entran! —gritaba Fabiana con los ojos
desorbitados por el morbo.
El
Pantera guió su miembro, brillante por la baba y las venas totalmente brotadas,
justo en medio del escote de Paula. Ella comenzó a mover el torso de adelante
hacia atrás con un ritmo frenético, haciendo una turca salvaje que generaba un
sonido húmedo y rítmico, un frot-frot
ensordecedor en la penumbra del cuarto.
La
verga oscura del moreno subía y bajaba, desapareciendo entre los pechos de
Paula y saliendo para rozarle la barbilla, salpicándole el cuello con las gotas
de lubricación que desprendía el glande violáceo.
—¡¡Aaaahhh...
sí, negro, sentí mis tetas... sentí cómo aprietan!! —gemía Paula, completamente
fuera de sí, con la mirada fija en el contraste erótico de su piel pálida
contra el ébano del semental.
Fabiana
no soltaba el agarre; le masajeaba y le estiraba los pezones a Paula por encima
de la fricción, coordinando la presión para que la pija del Pantera entrara y
saliera con la máxima resistencia posible. El Pantera tiraba la cabeza hacia
atrás en las almohadas de Rafael, soltando gruñidos cavernosos, completamente
sacado por el trabajo en equipo de las dos amigas, mientras el teléfono de
Gonzalo seguía llamando al vacío.
Paula no
aguantó más la distancia y soltó un quejido de pura necesidad. Soltándose de la
fricción de sus pechos, volvió a manotear la pija del Pantera con las dos
manos, apretando la carne caliente y llena de venas para enterrársela otra vez
en la boca de un solo viaje. Volvió a comérsela con una desesperación salvaje,
hundiéndose hasta la raíz, decidida a no dejar enfriar al semental ni un
segundo. El ruidoso glup,
ggglllllaaa de su garganta trabajando al límite volvió a dominar el aire.
Aaaaggg aaaagggollgiiiiuuuuuup
Como necesitabas
mi pija perraa ooooooh decía el pantera
Agradece que
estoy recaliente hijo de puta dice paula
Aprovechando
que Paula estaba completamente entregada al pete, arrodillada y con el cuerpo
hacia adelante, Fabiana se posicionó justo detrás de ella sobre las sábanas de
seda. Con los ojos encendidos de puro vicio, la esposa de Urrutia metió los
dedos en los hilos de la tanguita roja de Paula y se la bajó de un tirón seco,
arrastrándola por los muslos hasta dejar su hermoso culo totalmente al desnudo.
Fabiana
no perdió un segundo. Con sus manos finas, le abrió bien las nalgas firmes a su
amiga, exponiendo por completo su concha empapada, que chorreaba una
lubricación densa que brillaba bajo la luz de las lámparas. Enterrando la cara
entre los muslos de Paula, Fabiana hundió la lengua con una saña perversa,
devorándole la concha a lamidas largas y profundas, succionándole el clítoris
con una fuerza que hizo que Paula se sacudiera entera.
Que rica
conchita amiga mmmmmmm
La
habitación matrimonial de los Urrutia se transformó en un festival de fluidos y
perversión absoluta. El contraste de los gemidos ahogados de Paula con la boca
llena de carne negra y los quejidos lascivos de Fabiana lamiéndole el sexo por
detrás creaban una atmósfera sofocante. El Pantera, estirado boca arriba bajo
el techo de lujo, les clavaba las manos en las nucas a ambas, hundiéndose en la
boca de Paula mientras sentía cómo el cuerpo de la abogada temblaba por el
castigo que su propia amiga le estaba dando en la intimidad.
Al otro lado
de la ciudad, Gonzalo tiró el teléfono sobre la mesa ratona del living,
completamente sacado.
—¡Atendé,
la puta madre! ¿Dónde carajo están metidas estas dos yeguas? —maldijo para sí
mismo, sin imaginarse que su esposa estaba con la concha dada vuelta arriba de
un semental.
En
la mansión de San Isidro, el celular de Fabiana seguía sonando sobre la cómoda,
pero su melodía quedaba sepultada por la sinfonía de guarangadas y fluidos que
inundaba el dormitorio principal. El Pantera las tenía completamente dominadas,
usándolas como un trapo de piso en la cama de Rafael.
Paula
estaba montada arriba de la poronga monstruosa del moreno, subiendo y bajando
con una furia mecánica. Se le hundían las rodillas en el colchón de seda
mientras la carne oscura la estiraba por dentro hasta el cogote del útero. El
chapoteo era asqueroso; la concha de la abogada era un manantial que salpicaba
las sábanas en cada bajada.
—¡¡Aaaahhh...
mmmgh... negro hijo de puta, cómo me rompés el pozo... aaagggghhh!! —gritaba
Paula con los ojos desorbitados, la cara empapada en sudor y saliva—. ¡Mirá
cómo me entra toda esa poronga... gggllaaa... metémela hasta el hígado, negro
sucio!
—¡Movete
más rápido, perra! ¡Dale que el negro te va a dejar el nido bien flojo hoy!
—rugía el Pantera desde abajo, clavándole las manos enormes en el orto,
abriéndole bien las nalgas para ver cómo la carne pálida envolvía el tronco
venoso que no paraba de latir.
Inmediatamente,
el semental tomó a Fabiana del pelo y la acomodó boca arriba debajo de Paula,
dejándole la concha abierta de par en par, chorreando lubricación justo abajo
de la cara de su amiga. Paula no esperó una orden: se inclinó hacia adelante y
enterró la nariz y la boca en la intimidad de la esposa de Urrutia, pasándole
la lengua de arriba abajo con una saña perversa.
—¡¡¡Oooohhh...
síii... Pau... comeme todo el clítoris... aaahhh... meteme la lengua en la
argolla, sucia!!! —gritaba Fabiana a puro llanto de la excitación, arqueando la
espalda, mientras sentía las lamidas profundas de su amiga al mismo tiempo que
el Pantera, desde el fondo, usaba el envión para levantar a Paula en el aire y
volver a ensartarla con un golpe seco.
El
slap, slap, slap carnal de los
pubis chocando era ensordecedor, mezclado con el ruido húmedo de la succión en
la concha de Fabiana y los quejidos ahogados de Paula. Las dos amigas,
completamente borrachas de vicio, se buscaron las caras en medio del vaivén. Se
agarraron de los pelos con violencia y se encajaron un beso asqueroso,
pasándose las lenguas calientes, saboreando el jugo de la otra mezclado con el
aroma espeso a testosterona del semental que las estaba demoliendo.
—¡¡Mmmmuuuaaahhh...
sos una puta, Fabiana... nos estamos garchando al negro en tu cama... aaahhh!!
—le escupió Paula en la boca entre beso y beso, con la voz rota de tanto
gritar.
—¡¡Siii,
Pau... somos dos perras... no me importa nada, que nos rompa todas el negro...
ggglllaaaa... dale más fuerte, Pantera!! —aullaba Fabiana, totalmente entregada
a la depravación más absoluta mientras el teléfono de Gonzalo saltaba al
contestador por enésima vez.
Gonzalo se
resignó, tiró el celular sobre el sillón y se fue a bañar, tratando de sacarse
de encima el olor de Mariana y el vapor del telo de Puerto Madero. Se metió
bajo el agua caliente sin tener la más mínima idea de que, a esa misma hora, la
habitación matrimonial de su socio era un verdadero matadero de lujuria.
El
Pantera se puso de pie en medio del colchón desarmado, con los músculos de
ébano brillando por el sudor y la pija monstruosa apuntando al techo,
completamente rígida y chorreando baba y fluidos mezclados.
—¡Al
piso no, acá arriba! ¡Las dos en cuatro, ya! —ordenó la bestia con su voz de
trueno, dándole una nalgada seca a Fabiana que la hizo chillar.
Paula
y Fabiana, con las cabezas quemadas por el vicio y la lencería hecha jirones,
se acomodaron una al lado de la otra sobre las sábanas de seda de Rafael.
Pusieron los ortos bien arriba, arqueando la columna al máximo, entregándole al
moreno un cuadro de pura perversión: dos señoras bien de San Isidro, pálidas,
finas, entregadas como perras sedientas en la penumbra roja del cuarto.
El
semental se posicionó primero detrás de Paula. Agarró sus caderas firmes con
una mano y, de un solo viaje, le enterró la verga venosa por la concha hasta la
raíz.
—¡¡¡Aaaaahhhh...
negro hijo de puta... me partís... me partís el útero... aaagggghhh!!! —aulló
Paula, hundiendo los dedos en las almohadas de lujo, sintiendo cómo el grosor
descomunal la abría por completo por dentro.
El
chapoteo húmedo del plaf, plaf,
plaf estalló en la habitación, un ruido asqueroso de fluidos que salpicaban
el colchón con cada embestida violenta del moreno. Pero el Pantera no se
quedaba conforme con una sola. Mientras le demolía la concha a Paula a puro
pijazo limpio, estiró su mano libre hacia el culo de Fabiana. Con los dedos
embadurnados en la lubricación de las sábanas, le hundió dos dedos de golpe en
el ano, abriéndoselo sin ningún tipo de anestesia.
—¡¡¡Ooooohhh...
síii... negro sucio... abrime bien el orto... aaahhh!!! —gritaba Fabiana de
rodillas al lado, retorciéndose del dolor y el placer eléctrico que le causaba
la invasión en el anillo, mientras veía de reojo cómo la pija negra entraba y
salía de la concha de su amiga.
—¡Tomá,
perra! ¡Mirá cómo las tengo trabajando en equipo! —rugía el Pantera, dándole
tres estocadas criminales a Paula que le sacaron lágrimas de los ojos, para
después salir de su concha con un sonido húmedo, un chick ruidoso que dejó a la abogada chorreando un
manantial.
Sin
darles un segundo para respirar, el semental cambió de blanco. Se pasó detrás
de Fabiana y, apuntando directamente a su concha totalmente dilatada, se le
hundió de un solo empuje, haciéndola golpear la cabeza contra la cabecera de la
cama.
—¡¡¡Aaaajhhhh...
Dios... Rafael no me la mete así ni en mil años... aaahhh... rompermela toda,
negro!!! —aullaba la esposa de Urrutia, entregada a la violencia del moreno,
mientras el Pantera le metía ahora los dedos en el culo a Paula, estirándola
por detrás con la misma saña.
—¡Eso,
griten, putas! ¡Griten que la leche de los Urrutia no les alcanza y tienen que
venir a pedirle carne al negro! —les escupía el Pantera, aumentando la
velocidad del bombeo sobre Fabiana hasta que el eco de los cuerpos chocando y
las guarangadas borraron por completo cualquier rastro de decencia.
El Pantera
no les dio ni un segundo para recuperar el aliento. Salió de la concha de
Fabiana con un sonido húmedo y pesado, un chick ruidoso que dejó a la esposa de Rafael
temblando sobre el colchón. El moreno tomó a Paula de los hombros, la dio
vuelta con una fuerza descomunal y la acostó boca arriba en el centro de las
sábanas de seda, con las piernas abiertas de par en par.
Sin
mediar palabra, el semental se le tiró encima, aplastándola con sus músculos de
ébano, y de un solo empujón decidido le hundió toda la verga venosa en la
concha, que a esa altura era un manantial hirviendo.
—¡¡¡Aaaaahhh...
mmmgh... sí, negro... adentro, todo adentro... aaagggghhh!!! —gritó Paula,
arqueando la espalda sobre la cama, sintiendo el peso masivo del moreno y ese
grosor descomunal que le abría las entrañas.
El
Pantera bajó la cabeza con hambre y le tapó la boca con un beso asqueroso,
profundo, metiéndole la lengua con una furia mecánica. El cuarto se inundó con
el ruido de los chupetones y las succión húmeda, un chuic, chuic, slap constante que se mezclaba con el plaf, plaf, plaf de sus pubis
chocando con una violencia animal. El moreno se despegaba apenas un milímetro
de sus labios para enterrar la cara en las tetas naturales de Paula,
mordiéndole los pezones y dejándole chupones violetas en la piel pálida.
—¡¡Mmmmuuuaaahhh...
cómo me gustás, negro sucio... comeme toda... aaahhh!! —gemía Paula fuera de
control, con las manos clavadas en la espalda de acero del semental.
Mientras
tanto, Fabiana no se quedó mirando. Completamente sacada por el morbo, se trepó
detrás del Pantera, horcajadas sobre sus glúteos de piedra. Se estiró por
encima de los hombros del moreno para sumarse a la fiesta de fluidos. Empezó a
besar al Pantera en el cuello y la nuca, lamiéndole el sudor, y luego bajaba la
cabeza para encajarle besos en la boca a Paula al mismo tiempo que el negro la
seguía demoliendo por abajo.
El
cuadro era una locura de pura depravación: las dos amigas unidas por las
lenguas en un chape desesperado y baboso, compartiendo los gemidos y el
aliento, mientras la boca del Pantera se turnaba entre los labios y las tetas
de Paula. Los ruidos de los besos húmedos, el chapoteo de la concha de Paula
totalmente dilatada y las guarangadas que se escupían entre los tres
transformaron la cama matrimonial de los Urrutia en un altar de puro vicio,
ajenos por completo al mundo exterior.
El Pantera
sacó su miembro de la concha de Paula con un zarpazo húmedo que dejó a la
abogada temblando y chorreando sobre las sábanas de seda. Sin dejar que el
ritmo cayera un solo segundo, el semental agarró a Fabiana de los muslos y la
acomodó en el centro de la cama, exigiéndole sumisión total.
—¡Abrite
bien, reina, dale! ¡Mostrame cómo recibe el postre la dueña de casa! —rugió el
moreno con su voz de trueno, acomodándole las piernas a Fabiana en una
"V" bien pronunciada, apuntando directamente al techo de lujo.
Fabiana
no esperó. Abrió los muslos de par en par, exponiendo su intimidad totalmente
roja, dilatada y empapada en jugos compartidos. El Pantera se le fue encima con
todo el peso de sus músculos de ébano y, apuntando el glande violáceo, se le
hundió de un solo viaje hasta tocarle el fondo de la matriz.
—¡¡¡Aaaaahhhh...
negro... mmmgh... me matás... me la metés hasta la garganta... aaagggghhh!!!
—chilló Fabiana, tirando la cabeza hacia atrás, con las venas del cuello
brotadas por el impacto brute de la embestida.
El
plaf, plaf, plaf carnal volvió
a retumbar con una violencia demencial, haciendo crujir los tirantes de la cama
matrimonial de Rafael. Pero el morbo no terminaba ahí. Para redoblar la apuesta
de la perversión, el Pantera agarró a Paula de la cintura y la arrastró arriba
del cuerpo de Fabiana, acomodándola en una posición invertida, de cara a la
entrepierna de la esposa de Urrutia.
El
cuadro era un monumento a la lujuria: Paula, completamente desnuda y con el
pelo revuelto, quedó montada sobre el pecho de Fabiana. Sin dudarlo un segundo,
Paula bajó la cabeza y le enterró la boca y la lengua en la concha a Fabiana,
succionándole el clítoris con una desesperación salvaje, tragándose sus propios
jugos mezclados con la saliva del semental.
—¡¡¡Ooooohhh...
síii... Pau... comeme ahí... ¡ahh!... ¡chupame la argolla que el negro me la
está empujando desde abajo... ooohhh, puta, qué bien que lamés... aaahhh!!!
—aullaba Fabiana, delirando del placer eléctrico de sentir la lengua húmeda y
experta de su amiga devorándola por delante, mientras la pija masiva del
Pantera la seguía destrozando por dentro con estocadas secas, rítmicas y
criminales.
—¡Eso,
muérdense entre ustedes, yeguas! ¡Disfruten de la carne del negro juntas! —les
gritaba el semental, completamente sacado, dándole un ritmo frenético al bombeo
que levantaba los cuerpos de las dos amigas en el aire con cada impacto,
inundando el cuarto con el ruido asqueroso del slap, slap, slap de los fluidos y los quejidos más
guarros.
A varios
kilómetros de ahí, Gonzalo salió de la ducha secándose la cabeza con una
toalla. Se cambió, se tiró en el sillón y prendió la tele para mirar un
partido, totalmente relajado. Agarró el celular, vio que seguía sin tener
llamadas ni mensajes de Paula, pero se encogió de hombros con desinterés.
—Bah,
se habrá quedado instalada en lo de Fabiana tomando vino y criticando al
marido... Mejor, así no me rompe las pelotas —murmuró para sí mismo, clavando
la vista en la pantalla, sin imaginarse el nivel de degradación que se estaba
viviendo en la mansión de Urrutia.
En
el dormitorio principal, el aire era un veneno de testosterona, sudor y
fluidos. El Pantera salió de la concha de Fabiana con un crujido húmedo y
asqueroso, un chick-chick que
dejó a la mujer de Rafael abierta de piernas y temblando en el colchón. El
moreno se paró arriba de la cama, imponente, con sus músculos de ébano
brillando bajo las luces y su pija monstruosa totalmente brotada de venas,
latiendo con furia y chorreando los jugos mezclados de las dos amigas.
—¡A
ver, las dos de rodillas acá abajo! ¡Llegó la hora de los postres, perras!
—rugió la bestia con su voz de trueno, empezando a pajearse con fuerza,
subiendo y bajando su mano enorme por el tronco venoso con un sonido húmedo de
fricción salvaje.
Paula
y Fabiana, con las cabezas totalmente quemadas por el morbo, se arrastraron a
gatas por las sábanas de seda y se arrodillaron frente a él, con las caras a la
altura de su entrepierna. Estaban completamente desbocadas. Mientras el Pantera
se sacudía la poronga en frente de ellas, las dos amigas se agarraron de las
nucas y se encajaron un beso asqueroso, profundo y baboso, pasándose las
lenguas calientes llenas de sabor a sexo.
—¡¡Mmmmuuuaaahhh...
mirá cómo se pajea el negro, Pau... nos va a llenar la cara de chele...
aaahhh!! —gemía Fabiana en medio del chape, con los ojos en blanco, mientras se
apretaba las tetas con las dos manos, haciéndose masajes brutos en los pezones.
—¡¡Siii,
frotame las tetas, Fabi... aaahhh... gggllaaa... poné la boca que ya viene el
guascaço!! —gritaba Paula fuera de sí, totalmente perdida en el vicio,
apretándose sus propios pechos para juntárselos, buscando el chorro del
semental mientras le seguía chupando la lengua a su amiga con un ruido a
succión ensordecedor.
El
Pantera aceleró el ritmo de la paja, soltando gruñidos cavernosos que
retumbaban en las paredes de lujo de la mansión. Las venas de su miembro
parecían ir a estallar, y el glande violáceo se puso al rojo vivo.
—¡¡Uffff...
abran las tarascas, yeguas... abran bien que las vacuna el negro...
aaaagggghhh!! —rugió el semental, arqueando la espalda por completo en el
orgasmo más violento de la noche.
Un
chorro espeso, caliente y abundante de leche hirviendo saltó con una fuerza
animal, cruzando el aire del cuarto. La primera descarga le dio de lleno a
Paula en la boca y la mejilla, salpicándole los ojos; los siguientes chorrazos
le cayeron a Fabiana entre el escote y los labios, pegoteándoles el pelo
revuelto. Las dos amigas, lejos de asquearse, empezaron a reírse con malicia y
a lamerse la chele de la cara de la otra con besos húmedos y hambrientos,
saboreando juntas el final del castigo.
El Pantera
se bajó de la cama sin el más mínimo apuro, dejando un rastro de pisadas
húmedas sobre la alfombra de lujo. Con una tranquilidad absoluta, se puso los
pantalones, se calzó la remera y se acomodó la campera, dejando escapar una
risa ronca al mirar el desastre que quedaba atrás.
—Estuvieron
hermosas, reinas. Limpien bien la camita antes de que vuelvan los patrones —se
mofó el moreno, dándole un último cachetazo seco en la cola a Fabiana antes de
dar la vuelta e irse del dormitorio, cerrando la puerta principal con un golpe
sordo que retumbó en toda la mansión.
Paula
y Fabiana se quedaron tiradas boca arriba en el medio del colchón desarmado,
con los cuerpos exhaustos, brillando por el sudor mezclado y el aroma espeso a
testosterona que flotaba en el aire denso de la habitación. Ninguna de las dos
se movía; tenían las sábanas de seda de Rafael completamente manchadas de
fluidos y la leche del semental secándoseles en la piel, los pechos y la cara.
—¡¡¡Aaaahhh...
Dios mío, Fabi... quedé rota... me duele hasta el alma... mmmgh...!!! —suspiró
Paula, estirando un brazo con pesadez, sintiendo la concha totalmente al rojo
vivo y dilatada por el castigo del negro.
—¡¡¡Uff...
callate, Pau... mirá lo que somos... aaahhh!!! —contestó Fabiana, soltando una
risita floja, exhausta, dándose vuelta de costado para quedar de frente a su
amiga.
Se
buscaron las manos entre los pliegues de las sábanas sucias y se entrelazaron
los dedos. Todavía tenían restos de saliva en las comisuras de los labios y los
ojos entrecerrados por el cansancio eléctrico del orgasmo. Miraron el techo de
la habitación de San Isidro, disfrutando del silencio posterior a la tormenta,
totalmente entregadas a la culpa y al morbo de saber que, a partir de esa
noche, la vida de las dos señoras bien había cambiado para siempre.
Epílogo
El zumbido constante de los motores de los aviones y
el murmullo de la terminal de Ezeiza formaban el fondo ruidoso de una despedida
que, en el fondo, todos deseaban que fuera rápida. Rafael Urrutia lucía demacrado,
con ojeras profundas que ni los lentes oscuros lograban tapar, sosteniendo con
fuerza el pasaporte que lo llevaría lejos de los juzgados federales y de la
quiebra inminente. A su lado, Fabiana mantenía una postura rígidamente
elegante, aunque sus ojos delataban la abstinencia del lujo al que estaba
acostumbrada.
Gonzalo y Paula los acompañaban a la boca de embarque,
manteniendo una distancia prudencial que reflejaba la tensión del ambiente.
—Bueno, che... parece que llegó el momento —dijo
Gonzalo, acomodándose el cuello del saco con incomodidad—. Al final los
abogados no pudieron estirar más la prórroga.
—Era esto o Comodoro Py, Gonzalo. No había mucha
opción —respondió Rafael con la voz apagada, amarga—. Allá en Madrid tengo un
par de contactos de la época de la constructora. Vamos a ver si podemos
levantar cabeza de cero.
Fabiana dio un paso al frente y miró fijamente a
Paula. Entre las dos mujeres no hacían falta palabras. En la mirada descarada
de Fabiana todavía se leía el recuerdo vivo de aquella tarde salvaje en San
Isidro con el Pantera, las sábanas de seda arruinadas y el secreto que se
llevaban a la tumba.
—Cuidate, Pau —le dijo Fabiana, dándole un beso seco
en la mejilla que olió a despedida definitiva—. No dejes que la chatura de San
Isidro te aburra.
—Vos también, Fabi. Suerte con la nueva vida
—respondió Paula con una sonrisa enigmática, la voz firme de quien ya no le
debe explicaciones a nadie.
Tras un frío apretón de manos entre los hombres, la
pareja cruzó la línea de migraciones sin mirar atrás, perdiéndose entre la
multitud.
Mientras
caminaban de regreso hacia el estacionamiento de la terminal, el silencio entre
Gonzalo y Paula se volvió espeso, cortado solo por el eco de sus propios pasos
sobre el piso brillante. Paula se detuvo antes de subir al auto y se cruzó de
brazos, clavándole la mirada a su todavía esposo.
—Te
recuerdo que el lunes a primera hora firmamos el divorcio en el estudio,
Gonzalo. No quiero demoras con los peritos —sentenció ella, con el tono
cortante de la abogada implacable en la que se había convertido.
Gonzalo
soltó un suspiro largo, resignado. Sabía que ya no tenía sentido pelear por un
matrimonio que venía muerto desde hacía años, mucho antes de que él buscara
consuelo en otras camas.
—Sí,
Paula, ya sé. No te preocupes que voy a estar a las nueve en punto con mi
abogado —respondió él, mirando hacia la autopista—. Ya está todo hablado con el
escribano. La casa de San Isidro queda a tu nombre, tal como me pediste. Yo ya
me alquilé un departamento en Palermo Chico, así que podés disponer de la
propiedad cuando quieras.
Paula
asintió con frialdad, subiéndose al auto. Pensar en esa enorme casa, ahora
completamente suya, le trajo un cosquilleo de morbo. Esas paredes, que alguna
vez representaron el encierro de una vida perfecta e hipócrita, ahora serían el
escenario de su absoluta libertad.
Lejos de los
escándalos judiciales y los divorcios millonarios de la alta sociedad, la vida
se reacomodaba para el resto en escenarios muy distintos.
En
San Martín de los Andes, frente a la inmensidad del Lago Lácar y bajo el aire
puro de la cordillera, Ana
acomodaba las últimas mesas de madera rústica de su nuevo emprendimiento
gastronómico. El cartel de la entrada, iluminado con luces cálidas, anunciaba
la inauguración de su propio restaurante de fuegos y cocina patagónica.
Desde
la cocina, Camila, su novia,
salió con una bandeja de copas de vino y dos platos de ciervo ahumado. Se
acercó por detrás y le dio un beso tierno en el cuello, haciéndola sonreír.
—Está
todo listo, mi amor —le dijo Camila, dejando la bandeja en la barra—. En media
hora abrimos las puertas del salón. Vas a ver que va a ser un éxito total.
—No
lo dudo, hermosa —respondió Ana, abrazándola por la cintura mientras
contemplaba el atardecer dorado sobre las montañas—. Dejamos todo atrás para
esto. Valió la pena cada segundo del viaje.
Mientras
tanto, a miles de kilómetros de la fría Patagonia, el calor sofocante de Dubái envolvía una realidad
completamente opuesta. En la terraza privada de un hotel siete estrellas, con
vista a la imponente silueta del Burj Al Arab, Mariana disfrutaba del sol de los Emiratos Árabes.
Vestía una bikini de diseñador y unos lentes de sol gigantes, sosteniendo una
copa de champagne helado.
A
su lado, un hombre mayor, de cabello canoso impecable, traje de lino a medida y
un reloj de oro que encandilaba, le acariciaba la espalda con condescendencia
mientras hablaba por un teléfono satelital sobre negocios de petróleo.
Mariana
sonrió para sus adentros, acomodándose en la reposera. Atrás habían quedado los
apuros económicos, los telos escondidos en Puerto Madero y las promesas vacías
de amantes a mitad de camino. Miró el Golfo Pérsico y le dio un sorbo a su
copa; el lujo absoluto, finalmente, era todo lo que necesitaba para olvidar el
pasado.
Fin
Escribir siempre fue, para mí, una forma de abrir puertas a mundos que muchos prefieren mantener cerrados. A través de este blog, compartí con ustedes historias de deseo, de sombras, de secretos y de realidades crudas que ocurren cuando las luces de la decencia se apagan.
Hoy me toca poner el punto final a este espacio. Como todo buen relato, este ciclo también ha llegado a su desenlace natural. Las historias que aquí nacieron quedan ahora en sus manos; que cada párrafo y cada giro sigan viviendo en su imaginación.
Me retiro con la satisfacción de haber explorado los rincones más intensos de la ficción y agradecido por cada lectura, cada comentario y por haberme acompañado en este viaje entre la tinta y el morbo. Las persianas se bajan, el teclado queda en silencio, pero las palabras siempre quedan flotando en el aire.
Gracias por ser parte de este universo.
Hasta siempre.
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