la despedida 4
Un bar de techos altos en Puerto Madero, luz tenue, botellas de whisky importado y habanos.
Gonzalo Traje de corte italiano, camisa entreabierta, relajado.
Rafa Urrutia): Su mirada de zorro, observando el movimiento del bar con la confianza de quien es dueño de la calle.
Ambos estaban sentados hasta que…
Rafa Urrutia : —(Deja el vaso de whisky en la mesa y señala con la barbilla hacia la entrada)— Che, Gonza... mirá lo que acaba de entrar. ¿Esa no es la yegua de Mariana, la amiga de tu jermu?
Gonzalo : —(Se da vuelta lentamente, reconociendo el cuerpo imponente de Tamara Bella en un vestido ajustado)— Sí, es ella. La que le quemó la cabeza a Paula en la costa.
Rafa Urrutia: —(Se ríe con esa voz ronca característica)— No me digas nada. Sé perfectamente lo que pasó esa noche... lo del yate, lo del pibe ese que gritaba como un loco y lo del pesadito del penal. Me enteré de todo, nene. En este ambiente nada queda oculto para mí.
Gonzalo: —(Sorprendido pero divertido)— ¿Sabías todo y no dijiste nada en el asado?
Rafa Urrutia: —(Le da una palmada en el hombro)— Son negocios, Gonza. Pero ahora... mirala bien. Está sola, buscando acción. ¿Qué te parece si nos comemos a este bombonazo entre los dos? Imaginate la cara de Paula cuando se entere de que su amiga también entró en el club de los Urrutia.
Gonzalo : —(Susurrando, nervioso)— No, pará, Rafa... No quiero mandar más cagadas con Paula. Ya bastante nos costó equilibrar las cosas después del country. Si hacemos esto, ella no se tiene que enterar de ninguna manera.
Rafa Urrutia : —(Se acomoda el saco, con una sonrisa de costado)— Mirame a los ojos, nene. ¿Cuándo me viste a mí dejar cabos sueltos? Esto queda entre caballeros. Pero mirá bien... la yegua no viene sola. Ese es un pez gordo.
Gonzalo: — ¿Quién es ese viejo? Tiene una cara de pocos amigos....
Rafa Urrutia: —(Reconociendo el terreno)— Es un peso pesado. Vamos a probar suerte. Vos haceme la corriente a mí, poné tu mejor cara de abogado exitoso y te juro que vamos a pasar una tarde que no te vas a olvidar en tu vida.
El lujoso auto negro de Tony Serrano se detuvo frente a la explanada de Puerto Madero. Mariana estaba a punto de subir, con esa elegancia natural que la hacía parecer intocable, cuando una mano firme y decidida se interpuso entre ella y la puerta.
—Mariana... qué alegría encontrarte después de tanto tiempo. —La voz de Rafael Urrutia sonó profunda, cargada de una ironía que solo ella pudo detectar.
Mariana se quedó petrificada. Al levantar la vista, se encontró con los ojos de zorro de Rafael y, justo detrás, la figura imponente de Gonzalo. El pulso se le aceleró. El pánico empezó a asomar por debajo de su maquillaje perfecto.
—¿Pasa algo, mi amor? ¿Los conocés a estos tipos? —preguntó Tony desde el asiento trasero, con ese acento italiano que imponía respeto.
Rafael no le dio tiempo a reaccionar. Con una sonrisa de comercial y una seguridad pasmosa, se asomó al interior del vehículo.
—¡Caballero, disculpe la interrupción! Soy Rafael Urrutia, compañero de secundaria de Marianita. Y acá mi socio, Gonzalo. La vimos pasar y no podíamos dejar de saludar a una vieja amiga.
Tony, relajado por la mención del colegio, les estrechó la mano con suficiencia. —Mucho gusto, Tony Serrano. Mariana, si son amigos de la infancia, dales un momento.
Rafael, aprovechando el hueco, disparó el anzuelo: —Sabe qué, Tony... con Gonzalo estamos organizando una fiesta de reencuentro del curso y justo necesitábamos a alguien con el gusto de Mariana para que nos ayude. Si no está muy ocupada...
—¡Justo me tengo que ir! —exclamó Mariana, tratando de cerrar la puerta, pero el celular de Tony vibró en ese instante. Era una llamada de negocios.
—Hablá con ellos, Mariana —ordenó Tony mientras atendía—. Bajate, yo tengo una reunión larga y sé que te aburrís. Vayan a tomar algo por ahí, invita la casa.
Tony sacó un fajo de dólares de su billetera y se los extendió a Rafael con un gesto de desprecio aristocrático. Luego, dio la orden al chofer y el auto desapareció en el tránsito, escoltado por sus guardaespaldas.
Mariana se quedó sola en la vereda, flanqueada por los dos hombres. La máscara de cortesía se cayó al suelo.
—¿Qué carajos quieren? —escupió ella, mirando a Gonzalo con odio—. ¿Y quién es este tipo?
Rafael dio un paso hacia adelante y, con una naturalidad que la dejó sin aire, la tomó firmemente de la cintura, pegándola a su cuerpo.
—Tranquila, Marianita... solo queremos hacerte pasar una linda tarde. —¿Quién sos vos? ¡Soltame! —forcejeó ella. —Gonzalo y Paula me conocen muy bien —le susurró Rafael al oído, sintiendo el perfume de su cuello—. Y me gustaría que vos también me conozcas. No queremos problemas, solo hablar un ratito.
—¿Hablar de qué? —Mariana intentó gritar, pero la voz de Rafael se volvió de acero.
—Si no querés que tu novio sepa quién es realmente su "diamante", te conviene callarte la boca. A Tony no le gustaría saber lo que hacías en el yate con el otro ... o lo cerca que estuviste del Pantera
Mariana se quedó helada. El secreto que creía enterrado en la costa estaba ahí, en manos de ese hombre desconocido y de un Gonzalo que ya no parecía el marido sumiso de antes.
Rafael no le quitó la mirada de encima a Mariana, disfrutando del pánico que se reflejaba en sus ojos. Sin soltarle la cintura, se giró levemente hacia su socio.
—Gonzalo, andá a buscar el auto. Traelo acá al frente —ordenó con una autoridad que no admitía réplicas.
Gonzalo asintió en silencio, alejándose a paso rápido hacia el estacionamiento, dejando a Mariana a merced de Rafael. Él se pegó aún más a ella, reduciendo cualquier distancia física, y le susurró con una voz cargada de un morbo oscuro:
—A esa boquita la quiero comiéndome este paquete...
Antes de que ella pudiera procesar la frase o intentar una bofetada, Rafael le tomó la mano izquierda con fuerza. Con un movimiento brusco y decidido, la obligó a bajar el brazo hasta que la palma de Mariana quedó presionada contra su entrepierna. Ella pudo sentir, a través del pantalón de vestir, la firmeza del bulto que empezaba a marcarse con fuerza.
—Tu amiga Paula la pasó muy bien con esto... —le soltó Rafael, clavándole la mirada como si pudiera ver a través de ella.
Mariana se quedó helada, con la respiración entrecortada y la mano atrapada contra la virilidad de Rafael. El impacto de la revelación sobre su amiga, sumado a la audacia del gesto, la dejó sin capacidad de reacción. Pero Rafael no había terminado.
Sin darle tiempo a decir una sola palabra, la tomó de la nuca y la selló en un beso profundo, invasivo y dominante. No era un beso de seducción, era un beso de propiedad. Mariana sintió el sabor del tabaco y el whisky de Rafael, mientras el pánico empezaba a mezclarse, muy a su pesar, con una chispa de excitación prohibida ante semejante despliegue de poder.
La tensión en esa vereda de Puerto Madero terminó de romperse. Lo que empezó como una demostración de poder de Rafael se transformó en un incendio mutuo cuando Mariana, lejos de retroceder, hundió sus dedos en la nuca de él y le devolvió el beso con una voracidad que lo tomó por sorpresa.
Aquí tenés la continuación de la escena, cargada de esa adrenalina de saberse observados pero impunes:
Mariana no solo aceptó el beso; lo reclamó. Sus labios, que hasta hacía un segundo temblaban de rabia, se abrieron para recibir la lengua de Rafael con una urgencia salvaje. Era el reconocimiento de dos depredadores que se encontraban en la oscuridad.
Rafael soltó una risa sorda contra su boca, disfrutando de la reacción. Sin dejar de besarla, bajó su mano derecha con decisión, aferrándose a la tela del vestido ajustado de Mariana. Con un movimiento experto, le levantó la falda, sintiendo la piel fría de sus muslos hasta llegar al encaje de su lencería.
—Lo bien que la voy a pasar con ese culito... —le susurró Rafael entre besos, hundiendo sus dedos en la carne firme de Mariana, marcando territorio frente a los ventanales de los edificios de lujo.
Ella soltó un gemido ahogado, atrapada entre la pared y el cuerpo macizo de Rafael, sintiendo la presión de su entrepierna contra su mano, que seguía ahí, firme.
El momento se rompió con el sonido seco y potente de una bocina. Una Amarok negra con los vidrios polarizados frenó justo frente a ellos, subiéndose un poco al cordón. La ventanilla del conductor bajó lentamente y apareció la cara de Gonzalo, que los miraba con una mezcla de envidia y excitación contenida.
—¡Epa! No empiecen sin mí, eh... —soltó Gonzalo con una sonrisa cínica, apoyando el brazo en el marco de la puerta—. Miren que el viaje es largo y no me quiero perder ni un segundo del show.
Rafael se separó de Mariana lo justo para mirarla a los ojos, con la respiración pesada y el pelo revuelto. Le bajó el vestido con un gesto posesivo y le abrió la puerta del acompañante de la camioneta.
Rafael: —Subí, Marianita. No le hagas esperar al chofer —dijo con una ironía filosa mientras le señalaba el asiento con un gesto de caballero oscuro.
Mariana, todavía con los labios hinchados por el beso y las mejillas encendidas, no dudó. Se subió a la Amarok negra acomodándose el vestido, dejando escapar una risita nerviosa pero cargada de desafío. Rafael entró justo detrás de ella, cerrando la puerta con un golpe seco que selló el destino de la tarde.
Gonzalo: —(Arrancando con un movimiento brusco, mirando a Mariana por el espejo retrovisor)— Qué rápido que te convencieron de ir a la "reunión de exalumnos", Marianita. Pensé que eras más difícil.
Mariana: —(Acomodándose el pelo, recuperando su aire de diva)— Sos un hijo de puta, Gonzalo. Y tu amigo es peor.
El ambiente en el reservado del telo era denso, cargado de vapor y bañado por una luz roja intensa que hacía que la piel de los tres brillara de forma irreal. El agua del jacuzzi burbujeaba con fuerza, pero el sonido quedaba tapado por los gemidos de Mariana y la respiración pesada de los hombres.
Rafael estaba de pie, dominando la escena con su presencia física. Tenía a Mariana pegada a él, sosteniéndola de la nuca mientras la besaba con una voracidad que parecía querer devorarla. Sus manos, grandes y expertas, le apretaban las tetas con fuerza, hundiendo los dedos en la carne mientras ella echaba la cabeza hacia atrás, entregada por completo al juego de poder de Urrutia.
Mariana: —(Gimiendo entre besos)— Dios... sos un animal, Rafael...
Justo detrás de ella, Gonzalo estaba sentado en el borde interno del jacuzzi, aprovechando la posición de Mariana. Con las piernas de ella abiertas, Gonzalo se perdía entre sus nalgas, masajeándolas con saña mientras le chupaba el orto con una desesperación que delataba cuánto tiempo había estado deseando ese momento.
Rafael: —(Mirando a Gonzalo por encima del hombro de Mariana, con una sonrisa de satisfacción)— ¿Viste que valía la pena el riesgo, Gonza? Mirá lo que es esta yegua... está prendida fuego.
Mariana soltó un grito ahogado cuando sintió la lengua de Gonzalo y, al mismo tiempo, el apretón de Rafael en sus pezones. El contraste entre la dominación de Rafael y la devoción de Gonzalo la tenía en un estado de trance.
Mariana: —No paren... sigan... ¡hagan lo que quieran conmigo! —exclamó, mientras se arqueaba, ofreciéndose por completo a los dos socios que, financiados por los dólares de Tony, estaban cumpliendo cada una de sus fantasías más oscuras en esa suite teñida de rojo.
Mariana estaba en un trance de placer absoluto. Con una pierna apoyada firmemente en el borde del mármol del jacuzzi, su cuerpo quedaba totalmente expuesto, una invitación abierta al castigo y al goce.
Rafael la tenía contra las cuerdas. Sus lenguas se entrelazaban en una lucha feroz, un intercambio de saliva y deseo que se sentía en toda la habitación. Mariana, con una mano experta, rodeaba el miembro de Rafael, moviéndola con un ritmo frenético, adorando el grosor y la dureza de esa verga que tanto le habían contado. Sus ojos, entrecerrados bajo la luz carmesí, buscaban la mirada dominante de Echarri, reconociendo en él a un verdadero macho alfa que no pedía permiso.
Mientras tanto, abajo, Gonzalo estaba entregado a la zona más íntima de la arquitecta. Con la cara hundida entre las nalgas de Mariana, su lengua trabajaba con una saña casi vengativa. La introducía en el ano de ella una y otra vez, explorando cada pliegue, mientras que con su mano derecha clavaba dos dedos en la vagina, entrando y saliendo con una velocidad que hacía que Mariana se arqueara.
—¡Mmmmuuuaaaahhh! —gemía Mariana contra los labios de Rafael, ahogando los gritos mientras sentía los dedos de Gonzalo golpear su cuello uterino.
El sonido era una sinfonía de perversión: el glup, glup de la lengua de Gonzalo, el roce de la mano de Mariana en la verga de Rafael y los suspiros pesados que rebotaban en el techo espejado.
—Mirala, Gonza... mirá cómo le gusta a la santita —susurró Rafael, separándose apenas un milímetro de la boca de Mariana para verla sufrir de placer—. Es un elástico.
Gonzalo levantó la vista, con la cara empapada en los fluidos de Mariana y los ojos inyectados en sangre.
—Es una perra, Rafa... Siempre fue una perra. Y hoy la vamos a romper —respondió Gonzalo, sacando los dedos para volver a hundir su lengua con más fuerza, provocando que Mariana soltara un sollozo de excitación pura.
Mariana apretó más fuerte la verga de Rafael, llevándola cerca de su cara, lista para lo que seguía. El aire olía a cloro, a perfume caro y a la revancha que los dos socios estaban cobrando sobre la piel de la mujer que creía que podía jugar con ellos.
El ambiente en la suite estaba al borde del colapso. Rafael bajó la cabeza con hambre, enterrando la cara en el pecho de Mariana mientras sus manos le masajeaban las tetas con una fuerza bruta, deformándolas entre sus dedos. Le prendía fuego la piel a base de chupones y mordiscos, succionando sus pezones como si quisiera dejarle una marca permanente de propiedad que ni Tony Serrano pudiera borrar.
Abajo, el sonido era todavía más explícito. Gonzalo no le daba tregua; sus dedos seguían hundiéndose y saliendo de la vagina de Mariana, que a esta altura era un manantial. El chapoteo de los fluidos se escuchaba rítmico y constante, un eco húmedo que se mezclaba con el burbujeo del jacuzzi.
Mariana tenía la cabeza tirada hacia atrás, los ojos en blanco, entregada a esa doble estimulación que la estaba quebrando. Sentía la boca caliente de Rafael arriba y el castigo constante de Gonzalo abajo, mientras el agua roja del jacuzzi salpicaba los cuerpos entrelazados.
—(Gimiendo fuera de control)— ¡Si... ahí! ¡No paren, por favor, rómpanme toda!
Rafael se separó un segundo de su pecho, con los labios húmedos y una sonrisa de triunfo, mirándola directo a los ojos.
—¿Viste que somos mejores que la secundaria, nena? —le soltó con la voz ronca— Ahora preparate, porque con ese chapoteo que tiene Gonzalo ahí abajo, me parece que ya es hora de que pruebes carne de verdad.
Gonzalo sacó los dedos un momento, solo para ver cómo el líquido chorreaba por sus manos, y miró a Rafael asintiendo, listo para el siguiente paso del plan.
Rafael se separó de su pecho, la tomó del pelo con firmeza pero sin violencia, y le obligó a bajar la mirada hacia donde el poder de los Urrutia se hacía evidente.
—Bueno, ahora te toca a vos... Chupanos bien la pija —le ordenó Rafael con esa voz de mando que no admitía una sola duda.
Rafael y Gonzalo se sentaron en el borde de mármol del jacuzzi, uno al lado del otro, con las piernas abiertas y la respiración todavía agitada. Mariana, de rodillas en el agua tibia que le llegaba a la cintura, no esperó un segundo. El brillo en sus ojos demostraba que estaba más que dispuesta a cumplir la orden.
Comenzó con Rafael. Se inclinó hacia adelante, dejando que su pelo cayera sobre los muslos de él, y rodeó la base de su miembro con una mano mientras con la otra se apoyaba en su rodilla. Abrió la boca y empezó a lamer la punta con una lentitud torturante, mirando a Rafael de abajo hacia arriba, desafiante y sumisa a la vez.
Rafael: —(Soltando un gruñido profundo mientras cerraba los ojos)— Eso... Así, nena. Usá esa boquita que tanto habló de más.
Mariana lo tomó por completo, hundiéndose hasta el fondo, haciendo que Rafael se arqueara y apretara los puños contra el mármol. El sonido de la succión llenaba el silencio de la habitación roja, mientras Gonzalo observaba la escena a pocos centímetros, frotándose a sí mismo y esperando su turno, viendo cómo la mujer de Tony Serrano se entregaba al placer más básico frente a ellos.
Gonzalo: —No te olvides de mí, Mariana... Mirá que yo fui el que te trajo hasta acá —le dijo Gonzalo, tocándole el hombro para recordarle que el banquete recién empezaba.
Mariana se separó de Rafael con un sonido húmedo, le lanzó un guiño y, sin perder el ritmo, se desplazó por el agua para enfrentar la virilidad de Gonzalo, lista para demostrarles que podía con los dos al mismo tiempo.
Rafael no le dio tregua. Mientras ella intentaba llevar el ritmo, él le calzó la mano en la nuca, hundiendo los dedos en su pelo, y empezó a bombearle la boca con una fuerza bruta. La obligaba a recibirlo hasta el fondo, haciendo que el sonido de la succión fuera un glup, glup constante que rebotaba en las paredes del telo. Mariana, lejos de quejarse, se desesperaba por tragarlo todo, soltando esos quejidos ahogados, ese gggglllllaaaa que delataba que estaba al borde de la asfixia por placer.
Pero no se olvidaba de Gonzalo. Mientras Rafael le manejaba la cabeza como un títere, ella estiró la mano y rodeó la verga de Gonzalo, que la tenía ahí nomás, a centímetros de su cara. Empezó a pajeársela con una furia mecánica, subiendo y bajando con la palma bien apretada, coordinando el movimiento de su mano con el ritmo de las embestidas de Rafael en su garganta.
Rafael: —(Gruñendo, con las venas del cuello marcadas)— ¡Eso! ¡Comé, perra! Mirá cómo se la pajea a Gonzalo mientras se atraganta conmigo... Sos una máquina de vicio, Mariana.
Gonzalo: —(Echando la cabeza hacia atrás, sintiendo el calor de la mano de ella)— ¡Uff, Rafa! No sabés cómo aprieta la hdp... Dale, Mariana, no me dejes atrás que me vengo ahí mismo.
La escena en el borde del jacuzzi era un cuadro de pura lujuria: Rafael dominándola desde arriba, hundiéndole la verga hasta la garganta, y ella, de rodillas en el agua roja, trabajando a dos manos y a boca llena para tener a los dos socios al límite del estallido. Mariana los miraba de reojo, disfrutando de ver a esos dos tipos poderosos totalmente sacados por su culpa.
Mariana se movía en el agua del jacuzzi con la agilidad de una sirena hambrienta. Empezó a alternar entre los dos con una voracidad que los dejó mudos, intercambiándolos como si no quisiera que ninguno se enfriara ni un segundo.
Primero se hundía en la entrepierna de Rafael, recorriéndole la verga de cabo a rabo, lamiendo la base y subiendo con la lengua bien firme hasta la punta, succionando con una fuerza que hacía que el "zorro" soltara maldiciones en voz baja. Después, sin previo aviso, se soltaba con un sonido húmedo y se lanzaba sobre la de Gonzalo, repitiendo la operación con la misma intensidad, devorándolo por completo mientras sus ojos iban de uno al otro, disfrutando del poder que tenía sobre ellos en ese momento.
Rafael: —(Con la voz totalmente quebrada)— Mirá cómo los trabaja... no deja un centímetro sin chupar. ¡Sos una fiera, Mariana!
Gonzalo: —(Apretando los dientes mientras sentía la lengua de ella recorrerle todo el tronco)— Me vas a sacar el alma, nena... Dale, seguí así que no aguanto más.
Era un baile de pura lujuria bajo la luz roja. Ella no se conformaba con un simple movimiento; se esmeraba en cada pasada, usando la lengua para bordear cada vena, cada detalle, haciéndolos sentir el calor de su boca de punta a punta. Los dos socios estaban entregados, con las manos apoyadas en el mármol y las cabezas echadas hacia atrás, mientras la mujer de Tony Serrano les demostraba que, en ese jacuzzi, la que mandaba con su boca era ella.
Mariana estaba decidida a no dejar a ninguno con las ganas. Con el cuerpo empapado por el agua del jacuzzi y la piel ardiendo bajo la luz roja, se arrodilló frente a Rafael. Aprovechando sus pechos, que todavía estaban marcados por los masajes de hace un momento, los juntó con fuerza presionando la verga de Rafael entre ellos.
Comenzó a subir y bajar con un ritmo frenético, bañando el miembro de Rafael con sus propios fluidos y el agua tibia, mientras lo miraba con una sonrisa lasciva. El "turca" era perfecto; la fricción de su piel contra la de él hacía que Rafael soltara gemidos roncos, agarrándose de los hombros de ella para no venirse ahí mismo.
Rafael: —¡Uff, nena! ¡Qué bien que lo hacés! Mirá cómo me tenés...
Sin darle respiro, en cuanto terminó con Rafael, se desplazó apenas unos centímetros hacia Gonzalo. Repitió la operación, atrapando la verga de Gonzalo entre sus tetas y moviéndose con una agilidad que lo dejó sin aire. El sonido del roce de la piel húmeda y el chapoteo del agua creaban una atmósfera de pura perdición.
Gonzalo: —(Casi sin aliento)— ¡Dios, Mariana! Me vas a volver loco... Sos una profesional, hdp.
Mariana alternaba la presión, apretando más o menos según sentía la reacción de cada uno, disfrutando de tener a los dos socios al borde del abismo, atrapados entre sus pechos en ese rincón de Puerto Madero que el viejo Serrano estaba pagando sin tener la más mínima idea.
El ambiente en el telo estaba saturado de olor a sexo, cloro y la adrenalina de la traición. Mariana, con la mirada perdida en el techo espejado, sentía cómo el cuerpo le vibraba mientras se acomodaba en el sofá de cuero, todavía con el sabor de Gonzalo en la boca.
Rafael no le dio ni un segundo para recuperar el aliento. La obligó a ponerse en cuatro, hundiéndole las rodillas en el tapizado. La tomó del pelo con una mano, enroscando sus dedos con fuerza para tirarle la cabeza hacia atrás, obligándola a arquear la espalda de una forma casi irreal. Con la otra mano, le asestó una nalgada seca que resonó en toda la habitación, dejando la marca de sus dedos en la piel blanca de Mariana.
Rafael: —(Con la voz ronca, pegado a su oído)— Ahora vas a saber lo que es que te coja un tipo de verdad, nena. Olvidate de los modales de Puerto Madero.
De un solo empujón, le metió la pija hasta el fondo. Mariana soltó un alarido que se mezcló con el sonido del cuero crujiendo bajo el peso de los dos. Rafael empezó a bombearla con una saña animal, dándole embestidas cortas y violentas que hacían que ella se sacudiera entera. Cada vez que él golpeaba contra su culo, le tiraba del pelo con más ganas, marcando el ritmo de una cacería.
Mariana: —¡Si! ¡Dama más, Rafa! ¡Rómpeme toda, hijo de puta! —gritaba ella, empujando hacia atrás, buscando que cada centímetro de la verga de Urrutia le tocara el alma.
Gonzalo, que se estaba recuperando a un costado, no se quedó mirando. Se acercó por delante y le agarró la cara a Mariana, obligándola a mirarlo mientras Rafael la seguía demoliendo por atrás. Le metió los dedos en la boca para que ella los succionara mientras recibía el castigo de su socio.
Rafael: —(Apretando los dientes, al borde del estallido)— Mirala, Gonza... mirá cómo pide más. No es una mujer, es una cloaca de vicio. ¡Tomá, perra!
Las nalgadas de Rafael se volvieron constantes, rítmicas con sus embestidas, dejando los glúteos de Mariana rojos y calientes. El sonido de la carne chocando era ensordecedor. Ella ya no coordinaba palabras, solo eran gemidos guturales y súplicas de más dolor y más placer, totalmente entregada a la brutalidad de los dos ho
Mariana, insaciable, se dio vuelta y se horcajó sobre Gonzalo, que ya estaba listo de nuevo, apuntando al techo con una dureza que reclamaba atención inmediata. Ella se dejó caer con todo su peso, ensartándose de frente, soltando un suspiro largo mientras sentía cómo él la llenaba por completo otra vez.
Empezó a cabalgar con un ritmo frenético, subiendo y bajando mientras sus tetas rebotaban frente a los ojos de Gonzalo. Él no perdió el tiempo: la tomó de la cintura para ayudarla con el envión y enterró la cara en su pecho, alternando entre morderle los pezones y chuparle las tetas con una desesperación que hacía que Mariana se arqueara hacia atrás, entregada al vaivén.
Mientras tanto, Rafael salió del jacuzzi con el agua chorreándole por el cuerpo esculpido. Caminó con total impunidad por la suite hasta el mueble del bar, donde había dejado el kit del telo. Volvió a la cama con un pomo de gel anal en la mano, con esa sonrisa de zorro que anunciaba que lo peor —o lo mejor— estaba por venir.
Rafael: —(Abriendo el pomo mientras observaba cómo Gonzalo la devoraba)— No se me cansen todavía, que recién vamos por la mitad del postre.
Se acercó por detrás de Mariana mientras ella seguía galopando sobre Gonzalo. Rafael vertió una cantidad generosa de gel frío en sus dedos y, sin mediar palabra, empezó a masajear el anillo de Mariana, preparándola para la verdadera invasión mientras ella gritaba el nombre de los dos en medio de un caos de luces rojas y fluidos.
Rafael se ubicó justo detrás de ella, aprovechando que Mariana estaba totalmente entregada al vaivén sobre Gonzalo. Con una mano le sujetó la cadera para inmovilizarla y, con la otra, guio la punta de su pene, ya empapada en gel, hacia el centro de su orto.
—(Voz ronca al oído)— Ahora vas a saber lo que es que te llenen por todos lados, marianita. Aguantátela como la perra que sos.
De un solo empujón decidido, Rafael hundió la cabeza de su miembro en el estrecho anillo de Mariana. Ella soltó un grito que fue mitad dolor y mitad un placer eléctrico, abriendo los ojos de par en par mientras sentía la doble penetración. Rafael no se detuvo; empezó a entrar y salir, forzando la entrada centímetro a centímetro hasta que estuvo adentro por completo.
Mariana: —(Gimiendo fuera de sí)— ¡Aaaahhh! ¡Me rompen... me están rompiendo toda! ¡Sigan, hijos de puta, sigan!
El espectáculo era dantesco bajo la luz roja. Gonzalo la sostenía de las tetas, succionando sus pezones mientras ella cabalgaba su pija, y Rafael, desde atrás, le daba rítmicos y violentos estocazos por el culo que hacían que el cuerpo de Mariana se sacudiera como un elástico.
Rafael: —¡Mirá cómo te estirás, sucia! Te encanta que te usemos de juguete, ¿no? Sos una adicta a la leche de los Urrutia.
El sonido era puramente guarro: el chapoteo de los fluidos de Gonzalo, el roce del látex y el gel en el orto de Mariana, y las palabras obscenas que Rafael le escupía mientras le daba nalgadas en los muslos. Ella estaba totalmente abierta, convertida en un canal de carne para los dos socios, que se turnaban para ver quién la castigaba con más fuerza mientras el lujo de Puerto Madero quedaba a kilómetros de distancia de esa depravación total.
El sonido del celular rompió la atmósfera de sudor y gemidos. Era una melodía persistente que venía desde el bolso de Mariana, tirado en la entrada de la habitación junto a su vestido de seda. En la pantalla, el nombre de Tony Serrano brillaba con insistencia, acompañado de un mensaje de texto que quedó flotando en el aire: "¿Dónde estás, mi amor? Me dejaste preocupado".
A kilómetros de la suite, el contraste era total. Tony Serrano estaba sentado en la parte trasera de su coche blindado, rodeado de un silencio gélido que solo era interrumpido por el golpeteo rítmico de sus dedos contra el cuero del asiento. Su rostro, habitualmente una máscara de frialdad y control, empezaba a mostrar grietas de una ansiedad que no lograba dominar.
Miraba la pantalla de su celular con una fijación casi enfermiza. La llamada se cortó por quinta vez, saltando directamente al contestador.
Tony: —(Para sí mismo, con la voz cargada de una sospecha creciente)— No me atiende... ¿Por qué carajo no me atiende?
Se acomodó la corbata, sintiendo que el nudo le apretaba más de lo normal. Tony era un hombre acostumbrado a que sus órdenes se cumplieran al instante, y el hecho de que Mariana hubiera desaparecido con esos "amigos de la infancia" empezaba a pesarle en el pecho como un bloque de plomo.
La luz roja de la suite parecía palpitar al ritmo de los embates. Mariana, la mujer que siempre aparecía impecable en las fotos de las revistas como la relacionista pública más influyente del circuito, ahora estaba irreconocible. Estaba tumbada sobre Gonzalo, con las piernas abiertas al máximo, recibiendo a su amante por la concha con una violencia que le sacaba gritos desgarradores.
—¡Aaaahhh! ¡Siii! ¡Dajame más, Gonzalo! ¡Hacé lo que quieras con tu perrita! —gemía Mariana, con la voz ya ronca de tanto gritar, mientras su cuerpo rebotaba contra el colchón.
Rafael, desde atrás, no se quedaba atrás. La tenía agarrada de la cintura con una fuerza que le dejaba marcas, hundiéndole la pija por el orto con una saña animal. El sonido de la carne chocando y el chapoteo de los fluidos era constante, una sinfonía sucia que inundaba la habitación.
—(Rafael, con la mirada de zorro fija en el movimiento)— ¡Mirá cómo se mueve esta yegua, Gonza! ¡Mirá cómo la tenés de ensartada a la mejor amiga de tu esposa! ¡La que toma el té con Paula mientras le miente en la cara!
Gonzalo soltó una carcajada cargada de morbo, agarrando a Mariana de las tetas y sacudiéndola mientras seguía bombeando con furia.
—¡Ufff, Rafa! —jadeaba Gonzalo— ¡No sabés lo que es esto! Pensar que Paula me habla de ella como si fuera una santa... ¡Y mirá cómo la tengo ahora, me está pidiendo que la rompa toda! ¡Sos una sucia, Mariana! ¡La amiga más traidora del mundo!
—¡Aaaagggghhh! ¡Siii, soy una sucia! ¡No me importa Paula, no me importa nadie! —gritaba Mariana, arqueando la espalda mientras sentía la doble penetración— ¡Quiero que me llenen los dos! ¡Gggllaaaa! ¡Más fuerte, Rafa! ¡Rómpeme el orto!
Rafael le dio un tirón de pelo para obligarla a mirarlo por encima del hombro mientras le daba un pijazo seco que le llegó hasta el alma.
—¡Tomá, perra! ¡Esto es lo que te gusta! —le escupía Rafael al oído— ¡Chupar la plata del viejo y la leche de los Urrutia! ¡Sos un elástico de vicio!
La suite era un hervidero. Mariana no paraba de gemir y sollozar de placer, perdida en el trance de ser usada por los dos socios. Mientras tanto, en el bolso tirado en la entrada, el teléfono volvía a iluminarse con una llamada de Tony Serrano, pero el sonido quedaba sepultado por los gritos de la "amiga de Paula", que en ese momento solo quería que el castigo no terminara nunca.
El clímax de la noche estalló con una violencia animal. Rafael, con un movimiento brusco, obligó a Mariana a soltarse de la doble penetración. El sonido del desenganche fue un chapoteo húmedo que resonó en el silencio cargado de vapor de la suite.
—¡Arriba, nena! ¡Ponete de rodillas que te vamos a bautizar! —ordenó Rafael, con la voz quebrada por la inminencia del orgasmo.
Rafael y Gonzalo se pusieron de pie frente a ella, como dos torres de carne sudada bajo el resplandor carmesí. Mariana, con las rodillas hundidas en la alfombra empapada del telo, quedó a la altura perfecta. Tenía la cara brillante de sudor, los labios hinchados y los ojos desenfocados, perdida en ese trance de vicio.
—¡Eso, miranos bien, sucia! —le gritó Gonzalo, agarrándosela con una mano mientras con la otra le sujetaba la mandíbula—. Mirá cómo le acabamos a la amiga de Paula... ¡Abrí bien la boca, perra!
Mariana soltó un gemido largo, un "¡Ooooohhh, sí, denme todo... quiero toda su leche!", mientras sacaba la lengua, esperando el impacto.
Rafael fue el primero. Con un gruñido gutural, empezó a soltar chorros espesos y calientes que impactaron directamente en las tetas de Mariana, decorándole el pecho como si fuera un trofeo. —¡Tomá, Mariana! ¡Esto es lo que te ganaste por traidora! —exclamó Rafael, mientras su semen salpicaba también su cuello y sus hombros.
Segundos después, Gonzalo soltó un grito de pura liberación. —¡Aaaagggghhh! ¡Ahí va, Mariana! ¡Tragatela toda! —vociferó mientras su descarga le bañaba la cara, los pómulos y la frente, hasta que un chorro certero entró en su boca abierta.
Mariana cerró los ojos, soltando ruidos de atragantamiento, ese "glup, gggglllllaaaa" que tanto les excitaba, mientras intentaba saborear cada gota del doble estallido. Sus tetas, rojas por las nalgadas y los masajes de hace un momento, ahora estaban bañadas en blanco, brillando bajo las luces rojas del telo.
—(Rafael, respirando como un animal herido)— Mirala... quedó hecha un desastre. Sos un mapa de vicio, nena.
Mariana se pasó la mano por la cara, desparramándose el semen de los dos socios por las mejillas y el pelo, soltando una risita ronca y satisfecha mientras los miraba con devoción.
—¿Están contentos ahora? —susurró ella, con la voz hecha trizas.
En ese momento, el celular en el bolso volvió a vibrar por enésima vez. Era Tony, el hombre que creía que la tenía comprada, llamando a una mujer que, en ese preciso instante, estaba arrodillada y cubierta por el placer de los dos hombres que él mismo le había presentado.
El Mercedes blindado de Tony estaba estacionado frente a la zona de bares de Puerto Madero, con el motor encendido y el clima tenso. Tony bajó del auto apenas vio la silueta de Mariana caminando bajo la luz de las farolas. Tenía el pelo ligeramente húmedo —ella le diría que era por el vapor del lugar— y caminaba con una parsimonia que Tony interpretó como cansancio, sin sospechar que era el resultado de la paliza de placer que acababa de recibir.
Tony se acercó a ella con el rostro desencajado, el celular todavía en la mano.
—¡Mariana! ¿Dónde carajo estabas? Te llamé cincuenta veces. Estuve a punto de llamar a la policía o de entrar a buscarte a patadas en ese antro —le espetó, tomándola de los hombros con una mezcla de alivio y rabia.
Mariana lo miró con los ojos lánguidos, fingiendo una vulnerabilidad perfecta. Se acomodó el escote del vestido, asegurándose de que las marcas rojas en su pecho estuvieran bien cubiertas, y forzó una voz ronca y quebrada.
—Perdón, mi amor, de verdad... no sabés lo que pasó —dijo, lanzándose a sus brazos para que él no pudiera verle la cara de cerca—. Entramos a un reservado con los chicos para hablar de unos temas viejos y me empecé a sentir pésimo. Creo que la comida del evento me cayó mal... me bajó la presión y terminé encerrada en el baño del VIP vomitando.
Tony suavizó el agarre, su instinto de protección (o de posesión) ganándole a la sospecha.
—¿En el baño? ¿Y por qué no atendías?
—El bolso quedó en la mesa, Tony. Rafael y Gonzalo se quedaron afuera cuidando que nadie entrara, estaban re preocupados. Cuando me recuperé, salí y ellos ya se habían ido para no molestarte más, me dijeron que te pidiera disculpas por ellos. Me dio tanta vergüenza que me vieras así de descompuesta...
Mariana hundió la cara en el cuello de Tony, oliendo su perfume caro mientras sentía, todavía caliente entre sus piernas y en el fondo de su garganta, el rastro de los dos socios.
—Está bien, ya pasó —susurró Tony, dándole un beso en la frente, totalmente comprado por la actuación—. Estás helada. Subí al auto, vamos a casa. Mañana mismo llamo a esos dos para agradecerles que te cuidaron.
Mariana sonrió para sus adentros mientras el chofer le abría la puerta del blindado. Se sentó en el cuero impecable, sintiendo el leve escozor en su orto y el eco de los gemidos en su cabeza. Tony le tomó la mano, creyéndose el dueño del mundo, sin saber que su "diamante" acababa de ser pulido a fondo por los Urrutia bajo una luz roja que él nunca llegaría a ver.
UNA SEMANA después:
Ana estaba en el shopping, distraída, mirando un vestido ajustado en la vidriera de una boutique de lujo. Llevaba puesta ropa normal (jean azul apretado que remarcaban sus curvas y su orto junto con una camisa blanca) De repente, una voz masculina, profunda y segura, la sacó de sus pensamientos.
—Ese vestido te quedaría pintado, pero sospecho que cualquier cosa que te pongas te queda igual de bien —dijo Rafael, parado a unos metros, recorriéndola con una mirada que Ana sintió como un roce físico.
Ana se dio vuelta, sorprendida por el atrevimiento. Se encontró con un hombre imponente, de traje impecable y una sonrisa cínica que denotaba poder. —¿Ah, sí? ¿Nos conocemos? —preguntó ella, cruzándose de brazos, lo que acentuó su escote. —Todavía no, pero eso tiene fácil solución. Me llamo Rafael —respondió él, omitiendo su apellido y su relación con Gonzalo—. Y como castigo por no conocerme, me vas a tener que aceptar un trago. Hay un bar acá a la vuelta que preparan los mejores cócteles de la ciudad.
Ana lo dudó un segundo, pero la seguridad de Rafael la intrigó. Unas horas más tarde, después de que ella pasara por el hotel a cambiarse, se encontraron en la cafetería del shopping
—¿Querés tomar algo? —fue lo primero que se le ocurrió a Rafael por pura educación.
—Eh, sí, claro... —aceptó Ana.
—Perdoná, ya sé que es muy grosero, pero, ¿te llamas...?
—Ana —contestó ella ruborizándose por
—. y vos —¿ja, ja, ja...
—rafael¿Qué tomás? —Y, no sé, en la cena tomé un poco de vino, ahora champán, no tengo ganas de mezclar más cosas o... —Un frappuchino n. —le pidió Rafael al mozo sin consultarla—. Proba esto, seguro que te gusta.
—Ah, dale, perfecto —y justo le sonó el celular—. Discúlpame un momento.
Ana se levantó de la silla y se apartó cinco metros para hablar por teléfono. Rafael estaba seguro de que era su novio. Lo había visto tantas veces que era lo más típico, así que aprovechó para pegarle otro buen repaso del orto.
Su primera impresión no había sido acertada del todo; se había quedado corto. Sus tetas eran bastante más grandes de lo que le pareció al principio; por cómo se le movían al caminar se notaba que eran naturales y, además, las tenía muy bien puestas, con unas venas marcadas que recorrían la cara interna de sus pechos. Pero lo que más le gustó fue el trasero que se adivinaba bajo esa falda ibicenca de color verde militar. Se le pegaba al cuerpo como una segunda piel y dejaba ver perfectamente el contorno de sus caderas.
Rafael apenas pudo escuchar lo que hablaba, aunque sí entendió algo como: "me encontré con una amiga a tomar algo después te cuento". Le pareció curioso que en ningún momento le comentara a su pareja que estaba sola con un hombre, aunque tampoco pudo explayarse porque la conversación apenas duró tres minutos.
—Ya estoy de vuelta, disculpa —dijo Ana, apagó el celu y lo guardó en la cartera—. Así ya no nos interrumpen más. —¿Cómo fue tu dia , Ana? —Muy, muy bien, estoy encantada. Con el trabajo que tengo –
Y hablaban de la vida sus trabajos y rafa le invento que se estaba separando luego de un rato
—tomamos otro —dijo Rafael mostrándose amable
—. Hacía tiempo que no tenía una charla tan animada.
—lo acompañamos lemon pei . —
—Está biennn —afirmó ella dudosa. —Gracias, Rafael, es una pena que me tenga que ir. —
Sí, aunque también es una suerte que nos hayamos conocido. —¿Te cuento un secreto? —susurró él acercándose y poniéndose interesante—. Le llamaste mucho la atención a mozo, me comentó que le parecías muy atractiva. Seguro que le hubiera encantado que fueras el que te invitase. —
Bueno me gusta despertar interés en los hombres pero eso no significa que pase algo —
Sí, claro, tenés novio... ¿Es celoso?
—No... ¿por? —
No sé, ¿qué pensaría tomando algo con un tipo como yo? —
Ja, ja, ja, y supongo que nada. No tendría por qué molestarse, es solo eso, tomar algo –.
—pero no me conoces —siguió Rafael—, y no te importa
—bueno no estamos conociendo ahora si quizás pensas que conocer a una chica te la vas a coger mmm me sorprende tu falta de inteligencia —lo reprimió ella bastante enojada.
—No quise decirlo así... perdoná si te molestó. Pero si que sos muy apetecible —soltó Rafael de manera vulgar.
—Casi prefería no saberlo. Parece que dan por hecho que pueden acostarse con nosotras cuando quieran. —
Sos tonta y ya lo vas a ir viendo. La mayoría de las veces algunos hombrs podemos elegir. Los que tenemos un estatus superior al de ustedes, el uniforme les encanta... aunque viéndome a mí ya te estarás dando cuenta de que no es para tanto. —
¿Y por eso ya caemos rendidas a sus pies? —
Si yo te contara... Si no tuvieras pareja, ¿estariamos cogiendo?
—Sinceramente, te digo que no. Prefiero esto, tomar algo en un lugar tranquilo y una buena charla. Quizás debería irme ya —y terminó su cafe—. Me siento mareada... —se tambaleó al intentar ponerse de pie.
—Ey, ey, cuidado —Rafael se incorporó, sujetándola con fuerza contra su cuerpo. Ana se ruborizó y enseguida retrocedió, sentándose otra vez.
—Te levantaste muy rápido, ¿estás bien?
—Sí, sí, no te preocupes, estoy perfectamente. —Creo que una mujer puede decidir lo que toma o no.
—Ey, dale, perdoná. Che, ¿no serás una de esas feministas radicales?
—¿Feminista radical? Si lo fuera ya te hubiera dejado plantado hace rato, porque no paraste de soltar tópicos machistas uno tras otro. Y tranquilo, que aunque haya sido un poco grosero, tampoco me voy a asustar porque uses palabras como "garchar" con una chica que recién conocés.
Rafael afirmó con la cabeza y llamó al mozo. —Chetenes whisky. — si reponde el mozo y este le pide 2 –
No nada de alcohol —le respondio ella.
—esto se puso interesante. Me gustan las mujeres con carácter, aunque sinceramente, creo que vos no sos de esas... ¿te gusta mandar o que te manden?
—¡¿Perdón?!
—Eso, ¿cuál de las dos opciones preferís? —insistió Rafael pasándole el nuevo trago.
Ana tomó su vaso, le dio un buen trago mirando a Rafael directamente a los ojos. —Me gusta mandar... a la mierda a giles machistas.
—¿Como yo?
—Yo no dije...
—Está bien, como veo que no me contestás, te respondo yo. Vos sos de las que creen que tienen el control, vas de mujer empoderada, pero en el fondo te encanta que te digan lo que tenés que hacer. Y lo siento por vos, pero tu novio no es de esos.
Era lo que le faltaba a Ana: que encima ese tipo se metiera con su novio. Se había quedado con él por pura lástima, ni más ni menos. Nadie hubiera dicho que aquel hombre tan bien vestido fuesa asi
. No lograba entender de qué carajo iba ese tipo.
—¿Y vos qué sabes cómo es mi novio? —le preguntó Ana, cada vez más enojada.
—Y, me hago una idea —respondió Rafael—. Seguro es un carilindo, en casa hace todo lo que le pedís y en la cama garcha de maravilla, ¿estoy en lo cierto?
—¡Pues sí, mira, acertaste! ¡Sobre todo en que garcha de maravilla! —exclamó ella.
Rafael sonrió con suficiencia. Ana comprendió enseguida que había caído en su juego por culpa del alcohol.
—Aunque antes te equivocaste —confesó ella tratando de recuperar terreno—. Es de los que les gusta mandar, a mí me gustan muy hombres.
—¡Uy, eso no te pega nada! Me parece que me estás verseando —sonrió él mientras se rascaba la barbilla—. Seguro que ya lo tenés bien adiestrado; son todas iguales, solo quieren perritos falderos.
—Paso... no quiero discutir con vos sobre lo que hago o no con mi novio —sentenció Ana.
—Y yo solo quiero que nos saquemos las caretas, Ana. Reconocé que te gusta que te manden; ahí adentro tenés una parte sumisa escondida.
—Y a vos te gustaría encontrarla, ¿no?
—No me molestaría. Si me dejás, podemos probar.
—Ja, ja, ja, en tus sueños —respondió ella cortante.
En ese momento, Rafael agarró una poco de crema que quedo en el lemon pie y se la acercó a la boca. Le rozó los labios y Ana, de manera involuntaria, los abrió, dejando que el dedo de el reposara en su lengua antes de chupar sin dejar de mirarlo. Rafael volvió a sentarse con mirada arrogante, mientras Ana se arrepentía al instante, bajando la cabeza avergonzada por su propia reacción.
—Estarías más imponente con otro botón desabrochado —le soltó él señalándole el escote de la camisa—. Sería lo ideal para mostrarte sensual sin parecer vulgar.
—Me parece muy bien, pero no lo voy a hacer y menos para darte el gusto.
—Ooooh, qué pena... Pensé que te había gustado la sensación de sentirte dominada.
Rafael se incorporó y se plantó desafiante delante de ella.
—¿Por qué abriste la boca antes? Solo sería este botón...
—¡Ey! ¿Qué hacés? —alcanzó a decir ella.
Con una habilidad asombrosa, Rafael consiguió desabrochárselo sin apenas rozarla. Al mirar hacia abajo, Ana se encontró con sus pechos hinchados, mostrándose de manera impúdica ante la cínica sonrisa de Rafael.
—La verdad es que no me extraña que todos quisieran garcharte, ¡estás bastante buena! —soltó con una risa—.!
—No te di motivos para estas confianzas. No vuelvas a mencionar mi físico, ¿entendido?
—Entonces, ¿te quedás o no? —preguntó él con una desfachatez total.
—Por supuesto que no, ahí te quedás —respondió ella tajante.
De repente, Rafael la rodeó por la cintura con su gran brazo, atrayéndola con fuerza contra su cuerpo.
—¡No te vayas así! Te prometo que me disculpo...
—Te dije que no quería más, ya me voy —insistió ella, liberándose suavemente de su brazo.
—Está bien, podés irte si querés —le dijo él—, pero ahora te vas a acabar pensando en mí toda la tarde
—¡Andate a la mierda, imbécil! —le gritó Ana antes de marcharse.
Rafael — para no te enojes yo se que te llevas bien con los raféales — y entonces ella se queda sorprendía — no queres pasarla bien conmigo? —
Ana se detuvo en seco, con la mano en la puerta y el corazón galopando contra sus costillas. Se dio vuelta lentamente, con la camisa todavía entreabierta y la mirada cargada de una mezcla de furia y desconcierto.
—¿Qué dijiste? —preguntó con la voz apenas en un hilo—. ¿Cómo sabés eso?
Rafael soltó una risita seca, apoyó su vaso de Rusty Nail en la barra y la recorrió de arriba abajo con una parsimonia que la ponía nerviosa. La estaba cazando y ambos lo sabían.
—Y... el mundo es un pañuelo, Ana. Especialmente cuando tenemos amigos en común —dijo él, acortando la distancia hasta quedar a centímetros de su rostro—. No te pongas así, no te enojes... Yo sé muy bien que te llevás bárbaro con los "rafaeles".
Ana sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del bar. La mención del Rafael del yate era la prueba de que este hombre tenía información privilegiada, probablemente de boca del mismo Gonzalo. Se sintió desnuda ante él, mucho más que cuando él le había desabrochado el botón de la camisa.
Sin embargo, en lugar de escapar, la adrenalina y el alcohol terminaron de romper sus defensas. Si él ya sabía quién era ella y lo que había hecho, ya no tenía sentido seguir careteando. Se humedeció los labios, lo miró fijo a esos ojos arrogantes y dio un paso adelante, pegando su cuerpo al de él.
—Así que sos un tipo informado... —susurró ella, dejando que una sonrisa desafiante asomara en su cara—. Mirá vos. Si ya sabés de lo que soy capaz y de lo que me gusta...
.—¿Entonces No querés pasarla bien conmigo? – dice rafael
—Me parece que la que está desesperado por pasarla bien sos vos, rafa —le contestó élla
Rafael la tomo del brazo la llevo al estacionamiento del shopping
—¿Y? —la apuró él—. ¿ Demostrame qué tan bien te llevás con los Rafaeles? La tomo de los hombros y la hizo arrodillarse frente a auto de alta gama
Ana, entregada totalmente al juego de poder, se arrodilló frente a él sobre el cemento frío del estacionamiento. Sus manos temblorosas fueron directo al cinturón del pantalón de Rafael. Con una destreza que delataba su experiencia, lo desabrochó y bajó el cierre lentamente, dejando que la virilidad de Rafael, ya al límite por la excitación del bar, saltara frente a su cara.
—Mirame —le ordenó él, tomándola del pelo para obligarla a levantar la vista mientras ella empezaba a acariciarlo—. Así me gusta. Bien sumisa.
Ana no esperó más. Abrió la boca y comenzó a hacerle una mamada impresionante, tragándoselo de golpe mientras Rafael soltaba un gruñido de satisfacción. El eco de los sonidos húmedos de la boca de Ana rebotaba en las paredes del estacionamiento desierto.
Rafael le acariciaba la cabeza con fuerza, guiando el ritmo, mientras ella se esmeraba en demostrarle que lo que Gonzalo le había contado era poco comparado con la realidad. Ana lo succionaba con una desesperación que hacía que Rafael tuviera que apretar los dientes para no acabar ahí mismo.
rafael no iba a conformarse con eso en el suelo del estacionamiento. Quería verla en todo su esplendor y estar cómodo para disfrutar de lo que Ana tenía para ofrecer.
Rafael la detuvo justo antes de que ella continuara, la tomó del brazo con firmeza y abrió la puerta del acompañante del auto.
—Subí. Acá vamos a estar más cómodos y no quiero que te distraigas —le ordenó con esa voz de mando que ya la tenía totalmente dominada.
Ana obedeció sin decir una palabra. Se acomodó en el asiento de cuero, que todavía conservaba el olor a auto nuevo y caro. Rafael rodeó el vehículo, se subió al lugar del conductor y reclinó ambos asientos hacia atrás, creando un espacio amplio y privado en la penumbra del habitáculo.
—Ahora sí —susurró él—. Me dijiste que querías pasarla bien, ¿no? Vamos a ver si sos tan buena como dicen los rumores.
Rafael se quitó el saco y se desabrochó los pantalones del todo. Ana, entendiendo perfectamente lo que él buscaba, se giró sobre el asiento. Se colocó por encima de él, pero de forma invertida, apoyando sus rodillas a los costados de la cabeza de Rafael. El jean azul, aunque apretado, cedió lo suficiente cuando ella se lo bajó hasta las rodillas, dejando su intimidad expuesta justo a la altura de la boca de él.
Se acomodaron en un 69 perfecto.
Ana volvió a tomar la virilidad de Rafael con una mano, guiándola hacia su boca para retomar la impresionante mamada que había empezado afuera. Al mismo tiempo, sintió la lengua experta de Rafael buscándola entre sus piernas. El contraste fue inmediato: la firmeza de él llenándole la boca y la humedad cálida de la lengua de Rafael lamiéndola con una técnica que la hizo arquear la espalda.
El interior del auto se llenó de sonidos húmedos y respiraciones entrecortadas. Ana se esmeraba, moviendo la cabeza con ritmo, mientras Rafael la sujetaba de las caderas, enterrando su rostro en el sexo de ella. El placer era doble y abrumador. Ana sentía que perdía el control; ese hombre sabía exactamente dónde tocar y cómo lamer para volverla loca.
Rafael, sintiendo que ella estaba llegando al límite por la forma en que sus muslos temblaban cerca de sus oídos, incrementó la succión. Ana soltó un gemido ahogado contra la verga de él, mientras lo devoraba con una intensidad que casi lo hacía perder el sentido. El espacio cerrado del auto potenciaba el aroma del sexo y el perfume de Rafael, creando una atmósfera de lujuria pura.
Rafael no tenía ninguna intención de frenar, y Ana mucho menos. El placer se volvió una competencia de resistencia y lujuria en el silencio del habitáculo.
- Aaahahahahhh aaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhh – gritaba ana – glup glup gluip
- seguía chupando
El habitáculo del auto se transformó en una cámara de vapor y deseo. Rafael, con las manos firmes en las naderas de Ana, la hundió más contra su rostro. No se limitaba a lamer; su lengua exploraba cada rincón, probando con voracidad los jugos vaginales de ella, que fluían sin control ante la estimulación experta del socio de Gonzalo.
– Que rica conchita yegua –
– Que buena poronga que tenes hijo de puta – decía ana
Ana estaba en trance. Sentía la lengua de Rafael como una llama que la recorría, y esa sensación la impulsó a entregarse más. Se aferró al asiento y aceleró el ritmo de su boca. Los sonidos eran explícitos, un "glu glu glup" rítmico y desesperado mientras intentaba tragarse toda la virilidad de Rafael, queriendo demostrarle que ninguna mujer lo iba a complacer como ella.
Los gemidos de Ana, que al principio eran sutiles, terminaron por inundar el espacio. Eran sonidos guturales, mezclas de placer y rendición, que rebotaban en los vidrios polarizados del auto. Rafael saboreaba la humedad de ella, disfrutando del rastro salado y dulce de su excitación, mientras sentía cómo la garganta de Ana lo apretaba en cada succión.
—Eso... seguí así —gruñó Rafael entre la humedad de las piernas de ella, sin detener su lengua ni un segundo—. Comeme todo, sumisa...
Ana respondió con un movimiento de cadera más frenético, perdiendo la noción de dónde estaba. Solo existía el sabor de Rafael en su boca y la lengua de él volviéndola loca. El 69 se volvió una danza salvaje de fluidos y respiraciones calientes, hasta que el placer fue tan insoportable que Ana sintió que el mundo desaparecía bajo el mando del hombre que, finalmente, le había encontrado su parte más sumisa.
- Aaahhhah aaaaaggggggg gritaba
Rafael no aguantaba más. El 69 lo había dejado al límite y necesitaba sentirla, poseerla por completo. Con una brusquedad que a Ana la excitó aún más, la separó de su rostro y la obligó a girarse en el asiento
Rafael la tomó firme de las caderas y, con un movimiento rápido, la acomodó sobre sus rodillas, poniéndola en cuatro patas sobre el cuero del asiento del acompañante, mirando hacia el respaldo. Ana, entregada totalmente, arqueó la espalda, ofreciéndole su trasero prominente que el jean azul resaltaba a la perfección.
- Eso ponete asi como la perrita que sos putita de mierda- le decía rafa
Rafael no perdió tiempo. Se acomodó detrás de ella y, con un empuje decidido, la comenzó a penetrar de atrás de una sola vez, arrancándole un gemido ahogado a Ana. La sensación de llenado fue inmediata y abrumadora. Rafael la sujetaba con fuerza, hundiéndose en ella con un ritmo frenético y posesivo.
Con cada embestida salvaje de Rafael, el cuerpo de Ana se sacudía. Sus enormes tetas naturales, liberadas por la camisa blanca desabrochada, bailaban al compás del impacto, rozando contra el respaldo del asiento en un vaivén erótico que Rafael no podía dejar de mirar. Él la tomaba del pelo para obligarla a levantar la cabeza y ver su reflejo en el espejo retrovisor, mientras seguía dándole con fuerza, disfrutando del sonido húmedo de la penetración y de los gemidos desesperados de Ana.
El auto era una caldera. El sudor corría por la espalda de ambos, mezclándose con el aroma del sexo y el perfume caro de Rafael. Él no tenía piedad; la penetraba con una profundidad que la hacía temblar, mientras sus manos recorrían su cuerpo, apretándole las tetas y marcándole la piel de las caderas con cada arremetida. Era un baile salvaje y primitivo, donde Rafael demostraba quién tenía el mando, y Ana, completamente sumisa, solo podía entregarse al placer devastador que él le provocaba en la intimidad de ese estacionamiento desierto.
Rafael se sentó firme en el asiento, dejando sus piernas abiertas para que ella tomara su lugar. Ana, con la mirada encendida y la respiración totalmente rota, se dio vuelta y se sentó sobre él, dándole la espalda. Se acomodó con cuidado y, de un solo movimiento, se dejó caer, sintiendo cómo él la llenaba por completo una vez más.
Apoyada con fuerza, Ana se tomó de los asientos de adelante para mantener el equilibrio y comenzó a cabalgarlo con una furia desesperada. El movimiento era rítmico y salvaje; subía y bajaba con un vaivén que hacía crujir el cuero del auto de alta gama. Mientras ella se movía, Rafael no se quedaba quieto: estiró sus manos enormes hacia adelante y le sobaba las tetas con fuerza, apretándolas y disfrutando de cómo rebotaban con cada salto que ella daba.
Él se pegó a su espalda, hundiendo la cara en su nuca, y empezó a besarle el cuello con mordiscos suaves que la hacían estremecer. En el calor sofocante del habitáculo, el aire se volvió pesado por la lujuria y las palabras que empezaron a soltarse sin filtro. Se decían guarradas al oído, frases sucias que terminaron de romper cualquier rastro de decencia que quedara entre ellos.
—¡Así, movete así, zorra! —le gruñía Rafael al oído, mientras le apretaba los pezones con saña—. Demostrame que sos la mejor de los Rafaeles.
Ana, completamente ida por el placer, le respondía con insultos cargados de deseo, pidiéndole que no parara, que la rompiera toda, entregada al cien por ciento a la dominación de ese hombre que la conocía mejor que nadie. El estacionamiento seguía en silencio, pero adentro del auto, el caos de gemidos, insultos y carne chocando contra carne era total.
Rafael estaba totalmente fuera de sí, disfrutando de tener a Ana entregada y cabalgando sobre él con ese ritmo frenético. Mientras ella se aferraba a los asientos de adelante para no caerse por la fuerza del movimiento, él se pegó a su espalda como una sombra.
Rafael buscó su oreja y comenzó a besársela, recorriendo el lóbulo con los labios para después meterle la lengua profundamente, provocando que un escalofrío eléctrico recorriera toda la columna de Ana. Ella soltó un gemido agudo, perdiendo el ritmo por un segundo ante la intensidad de la caricia húmeda y caliente en su oído.
Pero Rafael no le daba tregua. Mientras la devoraba a besos y lengüetazos en la oreja y el cuello, sus manos no dejaban de trabajar. Con una mezcla de lujuria y posesión, empezó a pellizcarle las tetas con fuerza, atrapando sus pezones endurecidos entre los dedos y tironeando de ellos al compás de cada embestida.
—¡Eso, gritá! —le susurraba Rafael con voz ronca, mientras sentía cómo ella se apretaba más contra él—. Sos una fiera, Ana... Me vas a dejar seco.
Ana arqueaba la espalda, ofreciéndole más de su pecho y sintiendo cómo el dolor placentero de los pellizcos se mezclaba con la sensación de vacío que Rafael llenaba una y otra vez. El vaivén era incontrolable, los vidrios del auto ya estaban totalmente empañados y el sonido de los besos húmedos y los gemidos sucios inundaba el estacionamiento desierto. Estaban en la cima del placer, perdidos en esa sociedad de deseo que acababan de sellar.
Rafael se reclinó por completo en el asiento del conductor, dejando que el respaldo cediera para quedar casi acostado, entregándole todo el mando visual a ella. Ana, con el pelo revuelto y la camisa blanca colgando de sus hombros, se giró para quedar de frente, pasando sus piernas por encima de él y volviéndolo a montar con una determinación salvaje.
En esa posición, el contacto visual era total. Ana se apoyó en el pecho de Rafael y comenzó a subir y bajar con una energía renovada, clavándole la mirada fija, desafiante y sumisa al mismo tiempo. Cada vez que caía sobre él, el impacto era seco y profundo, arrancándole gritos y gemidos que ya no intentaba ocultar. El eco de sus alaridos llenaba el habitáculo, mezclándose con el sonido del cuero crujiendo bajo el peso de sus cuerpos.
Rafael, aunque estaba recostado, no era un espectador pasivo. La tomaba con fuerza de la cintura, hundiendo sus dedos en la piel de Ana para controlar los movimientos. Él marcaba el ritmo: a veces la frenaba en seco para dejarla suspendida y torturarla con el deseo, y otras veces la tironeaba hacia abajo con violencia para que el choque fuera más intenso.
—¡Mirame, Ana! ¡Mirame cómo te garcho! —le gruñía Rafael, mientras sus manos subían de la cintura a sus costillas, apretándola con posesión.
Ella echaba la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, mientras seguía cabalgando con un vaivén frenético. Sus tetas golpeaban contra el pecho de Rafael en cada movimiento, y el sudor hacía que sus cuerpos se deslizaran con una facilidad lujuriosa. Ana estaba totalmente ida, gritando el nombre de Rafael entre jadeos, mientras sentía que él, con el control absoluto de sus caderas, la estaba llevando directo al orgasmo más intenso de su vida en ese rincón olvidado del estacionamiento.
Rafael no podía quitarle las manos de encima, pero ahora quería probarla. Mientras Ana seguía cabalgando sobre él con ese ritmo frenético, él la atrajo hacia abajo con fuerza, obligándola a encorvarse para que sus pechos quedaran a la altura de su boca.
Sin perder un segundo, él empezó a chuparle las tetas con una avidez salvaje. No eran besos suaves; Rafael envolvía cada pezón con su boca y succionaba con fuerza, llenándoselas de baba hasta que la piel de Ana brillaba bajo la tenue luz del auto. Usaba la lengua para recorrerle toda la superficie de los senos, dejando un rastro húmedo y caliente que se enfriaba con el aire acondicionado, volviéndola loca.
Ana sentía cómo la humedad de la boca de Rafael empapaba su piel y se mezclaba con su propio sudor. Él pasaba de un pecho al otro, mordisqueando suavemente y luego lamiendo con desesperación, mientras sus manos seguían firmes en la cintura de ella, guiando el vaivén.
—¡Estás riquísima, Ana! —le gruñó Rafael con la boca húmeda, antes de volver a hundir la cara entre sus pechos—. Mirá cómo te estoy dejando... sos toda mía.
Los sonidos de la succión se sumaron al coro de gemidos y al ruido de la penetración. Ana, sintiendo el calor de la saliva de Rafael en su pecho, arqueó más la espalda y apretó los músculos, entregándose por completo a ese festín de fluidos y placer desenfrenado. El interior del auto era un caos de humedad, con Ana gritando cada vez más fuerte mientras Rafael no paraba de devorarla.
l clímax de la tensión fue insoportable. Rafael, sintiendo que ya no podía contenerse más, apretó con fuerza la cintura de Ana, hundiéndola contra su cuerpo para que el contacto fuera total y absoluto. El ritmo se volvió errático, más rápido y mucho más profundo, mientras el aire en el auto parecía escasear.
Ana, totalmente entregada, apretó las piernas alrededor de su torso y soltó un grito desgarrador, arqueando la espalda mientras sentía las primeras pulsaciones del orgasmo. Rafael soltó un gruñido gutural, clavando sus dedos en la piel de ella, y con una última estocada violenta, acabó dentro de ella.
Fue una descarga larga y potente que Ana sintió como un fuego invadiéndola. Rafael se quedó rígido por unos segundos, disfrutando de cada espasmo, mientras ella se desplomaba sobre su pecho, jadeando, con el cuerpo todavía temblando por la intensidad de la entrega. El silencio regresó al estacionamiento, roto solo por sus respiraciones pesadas y el latido desbocado de sus corazones, dejando claro que la cacería de Rafael había terminado con una victoria absoluta.
El silencio en el auto solo estaba roto por el sonido de sus respiraciones agitadas tratando de recuperar el aire. Ana seguía sentada sobre él, con la frente apoyada en su hombro, sintiendo el calor del momento desvaneciéndose lentamente.
Rafael, recuperando su habitual aire de suficiencia y arrogancia, la tomó de la barbilla para que lo mirara. Tenía esa sonrisa cínica que tanto la descolocaba. Con un movimiento suave pero firme, la ayudó a incorporarse un poco para que se separara de él.
Fue entonces cuando Rafael miró hacia abajo, disfrutando del rastro de lo que acababa de pasar.
—Mirá cómo te chorrea mi leche en tu concha... —le soltó al oído con una voz ronca y cruda, señalando la humedad que se deslizaba por los muslos de Ana y manchaba el cuero del asiento.
Ana se ruborizó, pero no pudo evitar mirar también, sintiéndose extrañamente orgullosa de la marca que él había dejado en ella. El contraste de la piel húmeda y el rastro blanco contra el jean azul que todavía colgaba de sus piernas era la prueba final de su rendición.
Sin dejar de mirarla a los ojos, Rafael estiró la mano hacia la guantera del auto y sacó un paquete de pañuelos de seda.
—Toma, limpiate —le dijo, extendiéndole un pañuelo mientras se acomodaba su propia ropa con una parsimonia irritante, como si no acabara de tener un encuentro salvaje en un estacionamiento.
Ana tomó el pañuelo con las manos todavía temblorosas. Mientras se limpiaba, Rafael se encendió un cigarrillo (o simplemente suspiró con satisfacción), observándola con la mirada de quien sabe que ha ganado la partida. La cacería de Rafael Urrutia no solo había sido física; le había demostrado a Ana que, por más que ella fuera de "mujer empoderada", él conocía sus puntos débiles mejor que nadie.
Ana lo miró con una mezcla de indignación y deseo residual, todavía procesando la crudeza de sus palabras. Le arrebató el pañuelo de la mano con un gesto brusco.
—Sos un tarado, Rafael —le soltó entre dientes, aunque su voz todavía sonaba quebrada por el orgasmo.
Sin esperar respuesta, Ana abrió la puerta del auto. En un arranque de impulsividad y orgullo, no se terminó de acomodar la ropa ahí dentro. Se bajó del vehículo así como estaba, con la camisa blanca abierta y el jean azul por las rodillas, quedando prácticamente desnuda ante la mirada atónita y divertida de Rafael.
Comenzó a caminar por el cemento frío del estacionamiento, con una seguridad desafiante. Mientras iba caminando, en la penumbra de las columnas de hormigón, comenzó a vestirse con movimientos decididos: se subió el jean de un tirón, cerró el botón con fuerza y empezó a abotonarse la camisa mientras sus pasos resonaban en el silencio del lugar.
Rafael, apoyado en el marco de la puerta del auto, se quedó observándola, disfrutando del espectáculo de verla alejarse mientras se recomponía. Ana no miró atrás ni una sola vez; se terminó de acomodar el pelo, se cerró el último botón de la camisa y desapareció hacia el sector de los ascensores, dejando a Rafael con el sabor de su victoria y el aroma de su perfume impregnado en el cuero del auto.
2 DIAS después:
Rafael estaba en una reunión pero Fabiana si estaba en casa pero no sola ni tampoco aburrida
La tarde caía sobre la ciudad, pero dentro de la casa, cargada de una electricidad prohibida. Fabiana permanecía de pie frente al ventanal del dormitorio principal, contemplando el horizonte. Llevaba una bata de seda negra, corta y suave, que caía abierta sobre sus hombros, revelando una tanguita de encaje del mismo color que se perdía en sus curvas.
Hacía días que la historia de Paula y lo que había pasado en su despedida de soltera le daba vueltas en la cabeza. Ese morbo, esa necesidad de sentir algo más allá de la fría elegancia de Rafael, la había llevado a marcar el número.
Detrás de ella, una sombra imponente se materializó. El Pantera se acercó sin hacer ruido, su presencia física llenando el espacio de inmediato. Sus manos, enormes y oscuras, se deslizaron por debajo de la seda negra, encontrando la piel cálida de la cintura de Fabiana.
—(Pantera, con voz profunda y vibrante)— Estás temblando, reina... ¿Es miedo o son las ganas?
Fabiana echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello. El Pantera enterró la cara en su nuca, inhalando su perfume antes de empezar a lamer y morder su piel con una parsimonia que la hizo gemir bajito. Sus manos subieron con decisión, atrapando las tetas de Fabiana por debajo de la bata. Empezó a sobarlas con fuerza, apretando la carne firme y recorriendo los pezones con los pulgares hasta que los sintió duros como piedras.
—(Fabiana, cerrando los ojos con fuerza)— ¡Ahhh... sí! Así, Pantera... No aguanto más. Paula tenía razón... sos un animal.
—(Pantera, soltando una risa ronca mientras seguía besándole el cuello)— Paula solo fue muy putita espero que vos lo sea aunmas
Él le abrió la bata del todo, dejando que la prenda resbalara por sus brazos hasta el suelo, mientras seguía amasando sus pechos con una mano y bajando la otra hacia la tanguita negra.
—esta mojadita, Fabiana —metiendo la mano dentro la tanguita, mientras le mordía el lóbulo de la oreja—. Mirá cómo te toco, mirá cómo te tengo...
Fabiana estaba entregada, lista para que el Pantera la destruyera en la misma cama donde Rafael dormía ajeno a todo.
Mientras sus lenguas se entrelazaban en una lucha húmeda, el Pantera no perdió el tiempo. Bajó una de sus manos y, apartando el fino encaje de la tanguita negra, buscó su intimidad. Cuando encontró su centro, que ya estaba empapado y ardiendo, hundió sus dedos gruesos y curtidos de un solo golpe.
—¡Mmmghh! —el gemido de Fabiana quedó ahogado en la boca del Pantera.
Sentir el grosor de esos dedos invadiéndola fue un choque eléctrico. Eran fuertes, rudos, nada que ver con la delicadeza a la que estaba acostumbrada. El Pantera empezó a mover la mano con un ritmo exigente, entrando y saliendo, mientras con el pulgar presionaba su clítoris con una precisión que la hacía temblar de pies a cabeza.
— Estás chorreando, nena... mirá cómo me recibís. Te gusta que te usen así, ¿no?
—¡Siii! ¡Dama más... meteme toda la mano si querés! —jadeaba Fabiana, prendida de sus hombros musculosos, mientras sentía cómo esos dedos la abrían y la reclamaban en medio del dormitorio de lujo.
El sonido de la lubricación chocando contra la mano del Pantera llenaba el espacio entre los dos. Fabiana se arqueaba, buscando más profundidad, entregada por completo al placer de ser profanada por el hombre que su amiga le había recomendado, mientras la seda negra de su bata quedaba olvidada en el suelo como un rastro de su antigua decencia.
El ambiente en la habitación se volvió sofocante, cargado del olor a sexo y el roce de la piel. Fabiana estaba completamente fuera de sí, entregada a esa experiencia que desafiaba toda su vida de apariencias. Mientras los dedos gruesos del Pantera la trabajaban por dentro con un ritmo que la hacía ver estrellas, ella buscó más contacto, más dominio.
— Aahahahah hijo de puta estoy sintiendo tu verga ya dura aahahaahahah ggggg —
— Y los dedos los sentís puta —
— Aaaahahahah ssisisisisisi —
Llevó sus manos hacia atrás, recorriendo la espalda musculosa del Pantera hasta llegar a su trasero. Clavó las uñas en esos glúteos de acero, apretando el orto del moreno con una fuerza que buscaba anclarse a esa realidad brutal. Sentir la firmeza de ese cuerpo contra sus manos la hacía vibrar de una manera que Rafael nunca había logrado despertar.
—¡Eso, reina! Agarrate fuerte que ahora empieza lo bueno... —gruñó el Pantera al oído, mientras su mano libre no dejaba de masajearle las tetas, apretujándolas y retorciendo sus pezones con una saña que a Fabiana la volvía loca.
El sonido en el dormitorio era puramente animal: el "chick-chick" húmedo de los dedos entrando y saliendo de su vagina empapada, los jadeos pesados de él y los gritos ahogados de ella. Fabiana sentía cada milímetro de esos dedos recorriéndola, expandiéndola, mientras ella seguía apretando el culo del Pantera, fascinada por la potencia que emanaba de cada uno de sus músculos.
—¡Ay, sí! ¡Dame más... no pares! —gritaba Fabiana, echando la cabeza hacia atrás, mientras la luz del atardecer dibujaba sus sombras contra la ventana—. ¡Rompeme toda, Pantera! !
Él la pegó más contra su cuerpo, sujetándola con una mano de la nuca para volver a devorarle la boca, mientras la otra seguía hundiéndose en su intimidad, prometiéndole que esa tarde sería solo el comienzo de su verdadera liberación.
El Pantera soltó una risa profunda, una vibración que Fabiana sintió en todo el cuerpo mientras él le quitaba la seda de los hombros, dejando que la bata cayera como un charco negro a sus pies. Con un movimiento lento pero cargado de autoridad, puso sus manos pesadas sobre los hombros de ella y, con una presión firme, la hizo descender hasta que sus rodillas tocaron la alfombra.
—Primero lo primero, reina... —dijo él, con su voz de trueno—. Te tengo presentar a mi amigo.
Fabiana levantó la vista y se quedó sin aliento. Frente a sus ojos, el bóxer del Pantera estaba a punto de estallar. El bulto era imponente, una silueta masiva que prometía una experiencia radicalmente distinta a cualquier cosa que hubiera conocido. Ella sonrió con una mezcla de morbo y devoción, fascinada por el tamaño de lo que se adivinaba detrás de la tela.
—Mmm... qué bien se ve esto... es enorme como se llama?—susurró ella, casi para sí misma, antes de lanzarse sobre él.
Empezó a besarlo sobre la tela, sintiendo el calor abrasador y la dureza del miembro del Pantera. El olor a hombre y a testosterona la envolvió por completo. Pasó su lengua sobre el bóxer, humedeciendo la zona justo donde se marcaba la punta, mientras sus manos subían por los muslos de ébano del semental, apretando esos músculos que parecían tallados en piedra.
—¡Eso, nena! Usá esa boquita —gruñó el Pantera, hundiéndole los dedos en el pelo y empujándole la cara contra su entrepierna—. Disfrutá del paisaje, porque cuando esto salga de acá, no te va a quedar espacio ni para respirar.
Fabiana, con las manos temblorosas por la adrenalina, sujetó con firmeza los elásticos laterales del bóxer. Lo hizo despacio, saboreando el momento, hasta que con un tirón decidido los bajó por completo. En ese instante, la verga del Pantera se liberó con la fuerza de un resorte, saltando con un golpe seco y pesado directamente contra la mejilla de ella.
—¡Oohhh Dios mío! Que pedazo de poronga por favor—exclamó Fabiana, echándose un poco hacia atrás para poder admirar la magnitud de lo que tenía enfrente.
Era una bestia de carne oscura, larga y con un grosor que la dejó muda. Estaba completamente tensa, con las venas ramificadas como raíces gruesas que latían bajo la piel, dándole un aspecto rudo y primitivo. El glande, de un tono más violáceo y brillante por el deseo, quedó a la altura de sus ojos, desprendiendo un calor que Fabiana sentía en toda la cara.
—(Pantera, con una sonrisa de suficiencia mientras le acariciaba el pelo)— ¿Qué pasa, reina? ¿Te asusta el tamaño o te gusta lo que ves? Mirá cómo late... está esperando que la cuides.
Fabiana no pudo evitarlo. Estiró la mano y rodeó la base con sus dedos, dándose cuenta de que ni siquiera con ambas manos lograba cerrarla por completo. El contraste de su piel pálida y cuidada contra la oscuridad rugosa y venosa de la verga del Pantera era el cuadro más pornográfico que había visto en su vida.
—Es... es perfecta —susurró ella, antes de acercarse y pasar la punta de la lengua por todo el largo, desde la base hasta la punta, saboreando el rastro salado que empezaba a brotar—. Nunca vi nada igual, Pantera... es una locura.
—Entonces no pierdas tiempo admirándola y ponete a trabajar —ordenó él, agarrándola de la nuca para guiarla—. Quiero sentir esa boquita de mujer fina envuelta en mi carne. ¡Dale, tragátela toda!
Fabiana cerró los ojos y abrió la boca al máximo, preparándose para recibir ese impacto de placer que prometía borrar cualquier rastro de la aburrida vida que llevaba junto a Rafael.
Fabiana cerraba los ojos, disfrutando del roce de la tela húmeda contra sus labios, totalmente entregada al ritual de iniciación con el hombre que iba a convertir la mansión de Rafael en un templo de puro vicio.
Fabiana se lanzó sobre él con una voracidad que ni ella misma sabía que poseía. Abrió la boca al máximo y la hundió en esa carne caliente y nervuda. El impacto fue inmediato: el grosor era tal que sus mejillas se deformaban, estirándose y cediendo a la forma imponente de la pija del Pantera. Se podía ver desde afuera cómo la verga empujaba su piel, marcando el relieve de las venas mientras ella succionaba con desesperación.
—¡Gggllaaa... mmmph! —el sonido de la succión era pesado y rítmico, un chapoteo constante de saliva que bañaba la base oscura del miembro.
Fabiana la recorría entera, usando su lengua para bordear el glande y luego bajando hasta el fondo, ignorando el reflejo de náusea porque el morbo la tenía anestesiada. Sus manos no se quedaban quietas; mientras una rodeaba el tronco, la otra buscaba los huevos pesados del Pantera, apretándolos con la misma fuerza con la que él le sujetaba la cabeza.
—¡Eso es, nena! ¡Chupá como la sucia que sos! —rugía el Pantera, arqueando la espalda mientras sentía el vacío que ella hacía con su boca—. Mirá cómo te deforma la cara... ¡Te queda perfecta, Fabiana!
Él empezó a darle estocadas cortas, usando la boca de la mujer de Rafael como si fuera su propio juguete personal. Cada vez que él empujaba, el cachete de Fabiana se inflaba y se tensaba, mostrando la magnitud de lo que estaba intentando domar. Ella cerraba los ojos, sintiendo el calor invadirle la garganta, entregada totalmente al ritmo animal de ese semental que no tenía ninguna intención de ser delicado con la "reina" de la casa.
El Pantera la obligó a incorporarse un poco, aunque manteniéndola de rodillas. Con sus manos enormes, agarró las tetas de Fabiana y las apretó una contra la otra, creando un canal estrecho y profundo de carne blanca y firme.
—Mirá qué lindo contraste, reina... tu piel de seda y mi pija de acero —gruñó él, acomodando su verga justo en medio del escote apretado.
Comenzó a deslizarse, haciendo una turca salvaje. El roce de la carne venosa y caliente contra la suavidad de los pechos de Fabiana generaba un sonido húmedo y rítmico, un "frot-frot" que volvía loca a la mujer de Rafael. Fabiana, con los ojos entrecerrados y la respiración entrecortada, bajó la vista para ver cómo la verga oscura del Pantera subía y bajaba, desapareciendo entre sus tetas y volviendo a salir para golpear casi contra su mentón.
—¡Ay, sí! ¡Aplastame con eso! —gemía Fabiana, mientras ella misma ayudaba a apretar sus pechos contra el miembro de él para que la fricción fuera mayor.
El Pantera no tenía piedad. Aceleró el ritmo, usando sus tetas como si fueran un juguete, mientras con sus pulgares le retorcía los pezones que sobresalían por encima de la fricción. La cara de Fabiana estaba a centímetros de la punta de la verga, recibiendo el calor y el aroma intenso de la excitación del moreno.
—¡Mirá cómo te la lleno de baba, nena! ¡Vas a quedar toda marcada por el Pantera! —le gritaba él, mientras le daba estocadas rápidas y secas contra el pecho.
Fabiana estaba en trance. Sentir ese grosor moviéndose entre sus senos, ver cómo su piel pálida se enrojecía por el roce bruto de esa verga llena de venas, era el máximo nivel de morbo que había experimentado. Se sentía usada, marcada y deseada de una forma que la hacía olvidar por completo quién era y dónde estaba. Solo importaba el ritmo frenético de la turca y la promesa de que, en cualquier momento, ese semental iba a decidir por dónde la quería reventar de verdad.
El Pantera la tomó de los brazos y la puso de pie con un movimiento brusco, recordándole quién tenía el control absoluto. Sin mediar palabra, metió los dedos en los costados de la tanguita de encaje negro y tiró con una fuerza animal hacia abajo; el sonido de la tela rompiéndose fue la señal de que ya no había vuelta atrás.
La empujó contra el ventanal, haciendo que la espalda de Fabiana chocara contra el cristal frío, que vibró bajo el impacto. El contraste entre el frío del vidrio en su espalda y el calor del cuerpo del Pantera la hizo soltar un grito de puro morbo.
—¡Piernas arriba, reina! Vamos a ver si el postre es tan dulce como parece —rugió el Pantera.
Le levantó las piernas con una facilidad pasmosa, acomodando los muslos de Fabiana sobre sus anchos hombros de ébano. Ella quedó suspendida, con el sexo totalmente expuesto y abierto frente a la cara del moreno. El Pantera no perdió un segundo: hundió su cara entre las piernas de ella, devorándole la concha con una voracidad que la hizo temblar de pies a cabeza.
—¡Aaaahhh! ¡Siii, Pantera! ¡Comeme toda! —gritaba Fabiana, agarrándose de los marcos de la ventana mientras veía, a través del reflejo del vidrio, cómo ese gigante oscuro le pasaba la lengua de arriba abajo, succionando su clítoris con una fuerza que le sacaba chispas.
El sonido era puramente guarro: un chapoteo constante de saliva y succiones profundas. El Pantera le metía la lengua hasta el fondo, saboreando cada gota de su lubricación, mientras sus manos enormes le apretaban las nalgas contra el cristal, dejando marcas rojas en su piel pálida.
—¡Mmmghh... estás riquísima, nena! ¡Chorreás como una loca! —decía él entre lamida y lamida, con la voz ahogada por la carne de ella.
Fabiana estaba en el cielo. La sensación de la lengua rugosa del Pantera, sumada a la vista prohibida de ella misma siendo devorada frente al ventanal de su propia casa, la llevó al límite. Se arqueaba y gritaba, sin importarle si alguien afuera podía escucharla, entregada por completo al ritual del hombre que la estaba haciendo olvidar hasta su propio nombre.
La vagina de Fabiana era un manantial de deseo; los fluidos bajaban por sus muslos y por la barba del Pantera, que no le daba ni un segundo de respiro. Él la devoraba con una técnica que la hacía ver estrellas, succionando su clítoris hasta que ella sentía que el cuerpo se le iba a partir al medio.
Fabiana estaba totalmente fuera de sí. El frío del cristal en su espalda ya no existía, solo sentía el fuego que ese negro le estaba metiendo entre las piernas. Sus manos se enterraban en el pelo corto del Pantera, empujándole la cara contra su sexo para que no parara.
—¡Siiiii! ¡Comeme toda, negro sucio! ¡Rompeme el clítoris con esa lengua de animal que tenés! —gritaba Fabiana, con la voz quebrada y los ojos en blanco mientras se retorcía sobre sus hombros.
—(Pantera, entre lamidas y succiones ruidosas)— ¡Mmmgh... mirá cómo chorreás, puta! ¡Me vas a ahogar con tanta leche! ¡Sos una perra sedienta, Fabiana!
—¡Siii, soy tu perra! ¡Haceme lo que quieras! ¡Tragate todo mi jugo mientras tu marido cree que estoy tomando el té! —vociferaba ella, soltando una carcajada histérica cargada de morbo—. ¡No parés, Pantera! ¡Llamame sucia, decime que no sirvo para nada más que para esto!
El sonido en la habitación era un festival de guarangadas y fluidos. El "slap-slap" de la lengua del Pantera chocando contra los labios empapados de Fabiana se mezclaba con los insultos que ella le devolvía, alimentando un fuego que estaba a punto de estallar.
—¡Me vengo, Pantera! ¡Me voy a venir en toda tu cara, negro! ¡Sosteneme fuerte! —rugió Fabiana, sintiendo que el espasmo final le recorría la columna, mientras el Pantera, lejos de aflojar, le metía dos dedos en la concha para terminar de hacerla explotar contra el ventanal.
Fabiana, con el cuerpo temblando y la respiración hecha un caos, empujó suavemente los hombros del Pantera para que se detuviera. El cristal del ventanal estaba totalmente empañado por el calor de sus cuerpos y el sudor. Ella se separó, tambaleándose un poco sobre sus piernas, mientras un hilo de fluido bajaba por su muslo.
—Pará... pará un segundo que no puedo respirar —jadeó ella, secándose la boca con el dorso de la mano y mirando al gigante oscuro con una mezcla de lujuria y complicidad—. Dame el celular... traeme el que está en la mesa de luz.
El Pantera soltó una risa ronca, disfrutando de ver a la "gran señora" tan desarmada. Caminó con su desnudez imponente hasta la cama, agarró el iPhone de Fabiana y volvió hacia ella, entregándoselo mientras le apretaba una teta con fuerza.
—¿Qué pasa, reina? —le susurró al oído—. ¿Vas a llamar a Rafael para decirle que el Pantera te está dejando la concha como un colador?
Fabiana sonrió con malicia, desbloqueando la pantalla con los dedos todavía húmedos.
—No seas ansioso... —dijo ella, mientras buscaba el contacto de Paula en WhatsApp—. Quiero que mi amiga se sume —
Paula caminaba por el hall del edificio de oficinas, el eco de sus tacos sobre el mármol marcaba el fin de una jornada agotadora. Estaba por cruzar la puerta giratoria cuando su celular vibró. En la pantalla: Fabiana Urrutia.
—¿Hola, Fabi? —atendió Paula, mientras buscaba las llaves del auto en su cartera.
Del otro lado, el silencio fue interrumpido por un suspiro profundo, casi un quejido, seguido de un sonido rítmico de piel golpeando contra piel.
—Pau... —la voz de Fabiana sonaba entrecortada, húmeda—. No sabés... lo que... ¡ahhh!... lo que te estás perdiendo.
Paula se detuvo en seco junto a una columna, sintiendo un calor súbito recorrerle la nuca. El sonido de los gemidos de Fabiana era nítido, desvergonzado.
—Fabi, ¿qué hacés? —preguntó Paula con una sonrisa nerviosa, bajando el volumen del teléfono por si alguien pasaba cerca—. Supongo que Rafael llegó temprano a casa, ¿no?
—¿Rafa? —Fabiana soltó una carcajada que terminó en un grito de placer—. No, mi amor... Rafa está en el club. Estoy con un... ¡uf!... con un viejo amigo tuyo. ¿A que no adivinás quién me está dando el postre hoy?
Paula frunció el ceño, confundida. Su mente repasó la lista de conocidos, pero no lograba encajar las piezas.
—No tengo idea, Fabi. Dejate de misterios y decime.
En ese momento, una voz masculina, grave y potente, se escuchó de fondo: "Movete así, fiera, que hoy no te escapás".
Paula sintió que las piernas le temblaban. Reconocería ese tono de mando en cualquier lugar. Era la misma voz que la había dominado en la cabaña de la costa.
—¿El... el Pantera? —susurró Paula, casi sin aliento.
—El mismo —respondió Fabiana, mientras se escuchaba cómo el hombre aumentaba el ritmo—. Me lo presentó Mariana hoy a la tarde y no pude resistirme. Es una bestia, Pau... y no para de preguntar por vos. Dice que dejó un trabajo pendiente esa noche.
Paula escuchaba los impactos secos y los jadeos de Pantera a través del auricular. El recuerdo de esa piel morena y esa fuerza bruta la invadió por completo.
—Vení para casa, Paula —le ordenó Fabiana, ya sin aliento
—. Dale que te estamos esperando
Continuara……
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