5 sentidos 2
Oído
El silencio del departamento se rompió con el
clic-clac seco y rítmico de sus
tacones rojos sobre el parqué. Jesica se miró por última vez al espejo; el
vestido negro, corto y ajustado, crujía levemente con cada uno de sus
movimientos, un sonido casi imperceptible que solo ella podía sentir en la
piel.
Al salir a la calle, el aire denso del verano
la envolvió. A lo lejos, el murmullo constante de la ciudad se sentía como un
latido. El Uber ya la esperaba con el motor en marcha, un ronroneo bajo y
vibrante que parecía anticipar la energía de la noche.
En el lobby del hotel, el silencio era casi
clínico, solo interrumpido por el zumbido eléctrico de las luces y el tic-tac
de un reloj de pared. Flor,
impecable en su uniforme de pollera tubo negra y camisa blanca almidonada,
ajustó su corbata negra mientras revisaba unos documentos.
De pronto, un sonido rompió la calma: el golpeteo seco, firme y arrogante de
unos tacones sobre el mármol. Clac. Clac. Clac. Flor levantó la mirada y
se encontró con la imagen de Jesica.
La mujer no solo vestía para matar; también sonaba desafiante mientras
masticaba chicle con una cadencia perezosa.
— Hola, buenas noches. ¿En qué puedo
ayudarla? —preguntó Flor, manteniendo su tono profesional, aunque sus oídos se
habían agudizado ante la presencia de la extraña.
— En mucho me podés ayudar, hermosa
—respondió Jesica. Su voz era ronca, juguetona—. Busco al señor Alejandro.
Flor consultó la pantalla. Recordó la nota
del huésped Duarte: “Se permite el acceso de una acompañante a la
habitación”.
— Ah, sí. Usted es... —Flor dejó la frase en
el aire, esperando un apellido.
— La
trola —la interrumpió Jesica sin parpadear.
El silencio que siguió fue denso. Flor
parpadeó, descolocada por la crudeza de la palabra.
— ¿Cómo dice? —atinó a preguntar, sintiendo
un calor repentino en las orejas.
— Que soy la trola que pidió Ale —repitió
Jesica con una sonrisa ladeada—. ¿O acaso no me veo como una?
— Ah... yo... yo preguntaba su nombre para el
registro —balbuceó Flor, tratando de recuperar la compostura.
— Perdoná, linda. Soy Jesica —dijo ella, y
justo en ese momento cerró los labios para hacer explotar un globo de chicle. El "¡pop!" resonó en el
vestíbulo vacío como un disparo de salida—. ¿Y el tuyo?
— Flor —respondió la recepcionista casi en un
susurro.
— Lindo nombre... y más lindo quién lo lleva
—Jesica se inclinó sobre el mostrador, y Flor pudo escuchar el leve crujido del
vestido negro de Jesica al tensarse—. ¿Me llevás? Me pierdo rápido en estos
lugares tan... elegantes.
Flor asintió, incapaz de articular palabra, y
el único sonido que llenó el pasillo hacia el ascensor fue el ritmo desigual de sus pasos: los
zapatos bajos y discretos de Flor contra los tacones rojos de Jesica, marcando
el pulso de una noche que acababa de empezar.
El ascensor comenzó su ascenso con un suave movimiento hidráulico. El espacio
era tan reducido que Flor podía escuchar la respiración pausada de Jesica y el
leve roce de su bolso contra el vestido.
— ¿Hace mucho trabajás acá? —preguntó Jesica.
Su voz, ahora sin el ruido del lobby, sonaba más profunda, casi como un
ronroneo que rebotaba en las paredes de acero inoxidable.
Flor mantuvo la vista fija en los números
digitales que cambiaban con un "bip"
rítmico.
— Sí, hace cinco años en este hotel
—respondió Flor, intentando que su voz sonara estable—, pero estoy en la
industria hotelera hace veinte.
Jesica dejó escapar un silbido bajo, un
sonido de aire filtrándose entre sus dientes.
— Veinte años... —repitió Jesica, acercándose
un paso más. El sonido de sus tacones al moverse sobre el piso metálico fue un chasquido nítido. — Eso es mucha
experiencia atendiendo gente, Flor. Me imagino que ya sabés reconocer el sonido
de alguien que sabe exactamente lo que quiere en cuanto entra por la puerta,
¿no?
Jesica se pegó a su espalda. Flor pudo oír el
crujido del cuero de la cartera
de Jesica y, sobre todo, el sonido del chicle siendo masticado justo detrás de
su oreja.
— Veinte años siendo una chica buena,
siguiendo las reglas... —susurró Jesica, y su aliento caliente hizo que Flor
soltara un suspiro entrecortado
que resonó en todo el cubículo. — Esta noche, el único sonido que quiero que
sigas es el de mi voz.
El ascensor seguía subiendo. Jesica observó a
Flor de arriba abajo, deteniéndose en la firmeza de su rostro.
— Pero si sos una nena... —soltó Jesica con
una sonrisa juguetona, mientras estiraba su mano para apretarle los cachetes con un gesto casi maternal pero cargado de
intención.
— Tengo cuarenta —respondió Flor, manteniendo
la voz firme pese al contacto.
— Bien llevados entonces —replicó Jesica,
guiñándole un ojo.
— ¿Y vos? —preguntó Flor, intentando
recuperar el hilo de la conversación.
— Treinta y cinco añitos.
— No me refería a la edad... me refiero a su
profesión —aclaró Flor, bajando el tono de voz mientras las puertas del
ascensor se abrían.
Jesica salió al pasillo, y el sonido de sus
tacones rojos sobre la alfombra era lo único que se escuchaba. — Ah... desde
chica trabajo de puta —dijo con una naturalidad que dejó a Flor sin aliento—.
También atiendo mujeres, Flor... por si te interesa probar algo distinto a los
formularios del hotel.
. Llegaron a la puerta de la 69. Flor dio dos
golpes secos sobre la madera. La
puerta se abrió y apareció Alejandro: 45 años, impecablemente rasurado, con el
cabello blanco contrastando con una bata de seda negra.
— Vaya, al fin llegaste —dijo Alejandro. Su voz era profunda y mandona.
— Lo bueno se hace esperar, bombón —respondió Jesica con un ronroneo,
entrando en la habitación como si fuera la dueña del lugar.
— Bien, pasa —asintió él.
Flor hizo un ademán de retirarse: — Perfecto, los dejo. Que lo pasen bien.
— Espere, Flor —la detuvo Alejandro, su voz resonando en el umbral—.
Tráiganos una botella de champagne, por favor.
— Sí, por supuesto —asintió Flor, sintiendo una extraña mezcla de alivio y
curiosidad mientras se alejaba escuchando cómo la puerta se cerraba con un clic definitivo.
La Habitación:
La Función Comienza
Adentro, el ambiente cambió. Alejandro se cruzó de brazos, observándola con
intensidad. — A ver... quiero saber por qué pagué —dijo, dando un paso hacia
ella.
Jesica lo detuvo poniendo sus manos en el pecho de él, sintiendo el latido
de su corazón bajo la seda de la bata. — Ahora vas a ver por lo que pagaste,
pero sentadito ahí —le ordenó con autoridad. Lo guió hasta la punta de la cama
y lo hizo sentar.
Con un movimiento elegante, Jesica se sacó el chicle y lo lanzó al cesto;
el sonido metálico del impacto
marcó el inicio del show. Se puso de espaldas a él, moviendo sus caderas de
forma hipnótica. Sus manos buscaron el cierre del vestido negro. El sonido del deslizamiento de la cremallera bajando
lentamente fue lo único que rompió el silencio de la suite.
El vestido cayó al suelo con un leve
siseo. Jesica se quitó los tacones y se giró lentamente, quedando solo
en una pequeña tanga turquesa. Alejandro soltó un suspiro pesado, casi un
gruñido, al ver la perfección de sus pechos.
— Upa... se ve que son de calidad —logró decir él, con la voz algo ronca.
Jesica soltó una carcajada vibrante, se acercó a él y se sentó en su
regazo, haciendo que la cama crujiera suavemente bajo su peso combinado.
Inclinó su cuerpo hacia adelante, ofreciéndole su pecho. El sonido de la
respiración agitada de Alejandro fue el preludio justo antes de que él la
tomara para empezar a succionar con deseo.
Flor llegó a la zona de servicio con el
corazón todavía acelerado. El ambiente allí era una mezcla de tintineo de cubiertos y el vapor de la
cocina.
— Faustino, ¿podés llevar este champagne a la
69? —preguntó Flor, tratando de que su voz no delatara su inquietud.
— Imposible, Flor —le contestó el camarero
sin frenar su paso—. Tengo que entregar este pedido en la 38 ahora mismo —el
sonido del metal de la campana cubriendo el plato de comida resonó con un "clanc" seco.
— Está bien... lo llevo yo —suspiró ella,
tomando la cubeta de plata. El tintineo
del hielo contra el metal y el roce de la botella fría contra sus palmas
fueron los únicos compañeros de Flor en el trayecto de vuelta.
Mientras tanto, del otro lado de la puerta de
madera noble, el ambiente era radicalmente distinto. El silencio elegante de la
suite había sido reemplazado por una cadencia
de sonidos húmedos y rítmicos.
Alejandro, con las manos enterradas en la
firmeza del trasero de Jesica, succionaba sus pechos con una desesperación casi
violenta. El sonido era constante, un "muaaack...
muaaaack... muaaaack" ruidoso y húmedo que llenaba el espacio entre
los dos. Sus dedos jugaban con el elástico de la tanga turquesa, haciéndolo
chasquear suavemente contra la piel de Jesica: un "fap" rítmico que marcaba el compás de sus caricias.
— Qué rico, mi amor... qué delicia —gruñó
Alejandro, con una voz que salía desde lo más profundo de su garganta, ronca y
cargada de testosterona.
Jesica echó la cabeza hacia atrás, dejando
que su melena oscura rozara los hombros de la bata de seda de él. Su respuesta
no fue solo una palabra, fue un gemido
largo y agudo que terminó en un susurro entrecortado:
— Aaaaahh... ¿te gusta, bebé? —le dijo al
oído, mientras el sonido de su propia respiración se mezclaba con los
chasquidos de los besos de Alejandro en su piel.
Jesica no le daba respiro. Mientras sus
lenguas se entrelazaban en un beso profundo y húmedo, ella comenzó a explorar
su oreja con la punta de la lengua, trazando cada relieve con un sonido de succión suave. Se soltó de
él con un susurro travieso y se puso de pie, dejando que su tanga turquesa
cayera al suelo con un leve roce
sobre la alfombra.
— Bueno... ahora vamos a ver qué tenés vos —dijo
ella, con una voz cargada de una seguridad felina.
Alejandro, dejándose llevar, se recostó en la
cama. El crujido de las sábanas de
satén bajo su peso precedió al sonido de la seda de su bata al
desatarse. Al abrirse la prenda, su miembro erecto quedó expuesto, palpitante.
— Mmmm... a ver —murmuró Jesica.
Se arrodilló entre sus piernas. Primero, el
sonido fue el de su mano cerrándose alrededor de él: un deslizamiento rítmico de piel contra piel. Luego, sin preámbulos,
lo tomó en su boca. El silencio de la habitación fue reemplazado por un eco
ruidoso y profundo: "glup, glup,
glup...", el sonido de la garganta de Jesica trabajando con fuerza,
rítmica y constante.
— Aaaaah... sí, putita... qué bien que lo
hacés —gruñó Alejandro. Su voz era ahora un rugido ahogado, una mezcla de dolor
y placer que vibraba en el aire.
Del otro lado de la puerta, Flor llegó con la
cubeta de plata. Estaba a punto de levantar el nudillo para golpear, pero se
quedó petrificada.
A través de la madera fina de la suite, los
sonidos eran devastadores para su compostura:
·
El chasquido de la saliva y la succión
constante de Jesica.
·
Los gemidos roncos de Alejandro, que
golpeaban la puerta desde el interior.
·
El sonido de los
cuerpos moviéndose pesadamente sobre el colchón.
Flor cerró los ojos, apretando el asa de la
cubeta. El tintineo del hielo al
chocar contra la botella de champagne parecía un sonido ridículo y pequeño
comparado con la tempestad de placer que escuchaba del otro lado. Podía
distinguir perfectamente el momento en que Alejandro perdía el control de su
respiración, convirtiéndola en un jadeo animal.
Estaba atrapada. No podía irse sin entregar
el pedido, pero entrar significaba romper esa sinfonía de gemidos que,
extrañamente, hacían que su propio uniforme empezara a sentirse demasiado
ajustado
Del lado del pasillo, el mundo de Flor se había reducido a lo que sus oídos
podían captar. La bandeja de plata vibraba levemente en sus manos, produciendo
un tintineo metálico que
delataba el temblor de sus dedos. Estaba paralizada. Los gemidos de Alejandro,
antes roncos, ahora eran constantes, una nota sostenida de placer que
atravesaba la puerta con una vibración que Flor sentía en la boca del estómago.
Ella pegó un poco más la oreja a la madera, atrapada por la morbosidad del
momento. Podía escuchar el "ggllluuuu
gllluuuup" rítmico, un sonido denso y húmedo que no dejaba lugar a
la imaginación. Era el sonido de la entrega total de Jesica, una profesional
que sabía exactamente cómo usar su boca para anular la voluntad de un hombre.
Dentro de la habitación, Jesica decidió elevar la apuesta. Se retiró apenas
unos centímetros, rompiendo el vacío de la succión con un chasquido de labios que resonó en el
silencio de la habitación. Alejandro soltó un quejido de protesta, un llanto de placer contenido.
— Esperá... todavía hay más —susurró Jesica.
Se inclinó sobre él de una manera imposible. Alejandro, con los ojos en
blanco, sintió algo nuevo: Jesica tomó uno de sus pechos, firme y erecto por la
excitación, y comenzó a rozar el pezón contra la cabeza de su miembro. El
sonido era casi imperceptible para alguien de afuera, pero para ellos era el
roce de la seda contra el fuego.
— Mirá cómo se pone... —le dijo Jesica, y su voz llegó a Flor como un
susurro fantasmal.
Afuera, Flor cerró los ojos con fuerza. El contraste entre su vida de
"chica buena" de los últimos veinte años y el festín de sonidos carnales que estaba presenciando la estaba
quebrando. Escuchaba el roce de la piel, los suspiros calientes y esa succión
intermitente que parecía no tener fin.
De pronto, un gemido más fuerte de Alejandro, un "¡Oh, Dios!" que retumbó en toda la suite, hizo que Flor
diera un respingo. En su confusión y excitación, el hielo de la cubeta se
desplazó con un estruendo cristalino.
Se hizo un silencio repentino dentro de la habitación. Flor contuvo el
aliento. El único sonido que quedaba era el de su propio corazón, golpeando sus
costados como un tambor frenético.
Afuera, en la penumbra del pasillo, Flor ya no era la recepcionista
impecable del turno noche. Con un movimiento torpe y febril, dejó la cubeta de
plata sobre una mesa de arrimo. El tintineo
del metal contra la madera fue lo último que escuchó de su mundo
profesional. El calor le subía por el cuello, asfixiante, como si el aire del
pasillo se hubiera vuelto denso.
Sus dedos temblorosos buscaron el nudo de su corbata. El roce de la seda negra al desanudarla
sonó como un susurro de liberación. Luego, uno a uno, desabrochó los botones
superiores de su camisa blanca; el pequeño
chasquido plástico de cada botón al soltarse marcaba el ritmo de su
propia excitación. Pegó el oído a la puerta, cerrando los ojos para dejar que
el sonido la invadiera por completo.
Uhhhhffff suspiro
Adentro, Jesica había llevado el juego a un nivel superior. Se había
inclinado sobre Alejandro, quien yacía hipnotizado, y aprisionaba el miembro
erecto de su cliente entre sus generosos pechos.
— Mirá esto, bombón... sentí cómo te abrazan —le susurró Jesica con una voz
que era puro aire.
Comenzó el movimiento rítmico, subiendo y bajando, mientras la piel de sus
pechos, lubricada por la saliva y el deseo, se deslizaba contra la piel de él.
Los sonidos eran una sinfonía carnal que atravesaba la puerta directo a los
oídos de Flor:
- "¡Frot, frot, ssshhh...!": El sonido del roce constante de la piel contra
la piel, un deslizamiento húmedo y rítmico.
- "¡Mmmmuaaa... slap!": Jesica intercalaba besos rápidos y el sonido de
sus pechos chocando suavemente contra el abdomen de Alejandro.
- "¡Ggggnnn... ahhh!": Alejandro emitía gruñidos sordos, ruidos que
nacían en el fondo de su garganta, incapaz de articular palabras.
·
Flor, del otro lado,
sentía que cada onomatopeya de
placer era una caricia en su propia piel. Podía escuchar el crujido del colchón a cada embestida
de Alejandro y el jadeo entrecortado
de Jesica, que ahora se esforzaba más en el movimiento.
·
— "¡Chlip, chlip, chlip...!"
—el sonido de la "turca" se volvió más intenso, más rápido.
·
Flor se llevó una
mano a la boca para no gemir ella también. El sonido de su propia respiración
agitada se mezclaba con la de ellos. Ya no había vuelta atrás; el muro de la
formalidad se había derrumbado ante la evidencia acústica de lo que estaba
pasando a solo unos centímetros de distancia.
·
Jesica, con un
movimiento felino, ayudó a Alejandro a deshacerse por completo de la bata de
seda, que cayó al suelo con un "fush"
casi inaudible. Ahora, ella estaba al mando. Se posicionó sobre él, sosteniendo
su miembro erecto y apuntándolo con precisión hacia su intimidad.
·
Al hundirse de un
solo golpe, el sonido fue un "¡Sllluppp!"
húmedo y profundo que sacó un aire pesado de los pulmones de Alejandro.
·
— ¡Aaaaaoooh! Qué
mojadita está esa conchita... —gruñó él, con la voz rota.
·
— Mmmmm... ¿viste?
Aaaaahhh... —respondió Jesica, comenzando a cabalgar en movimientos circulares.
·
El sonido de la
fricción interna, un "shhlic,
shhlic, shhlic" rítmico, se mezclaba con el crujido metálico y rítmico de la cama: "¡Criiic, craaac, criiic!". Jesica, en un trance de
placer, se llevó el dedo índice a la boca, succionándolo con un "¡Mmm-uaaap!" mientras sus
gemidos subían de tono.
Alejandro estiró las manos y atrapó sus pechos con desesperación. La
velocidad aumentó. El sonido ambiente fue reemplazado por el "¡Plaf, plaf,
plaf!" incesante de la pelvis de él chocando contra los glúteos de ella.
— ¡Aaaaaajjjja! ¡Aaaahhhahh! ¡Aaaa-papittttooo! —gritaba Jesica, arqueando
la espalda, mientras sus pechos rebotaban con fuerza.
— ¡Aaaaahh! ¡Tocate las tetas, puta! ¡Dale, tocatelas! —le ordenó Alejandro con un rugido animal, mientras bajaba sus manos para apretarle la cola con fuerza, enterrando los dedos en su carne con un sonido de presión sorda.
Jesica obedeció, apretando su propio pecho mientras gemía: "¡Ohhh,
síi... ahhh, ahhh!".
Del otro lado de la puerta, Flor ya no era una espectadora pasiva. El "plaf, plaf, plaf" que
retumbaba desde adentro se había sincronizado con los latidos de su propio
corazón. El calor era insoportable. Con la camisa abierta y la corbata
colgando, Flor se llevó las manos a su propio pecho, apretándose sobre la
encaje del corpiño.
— Mmmhh... —soltó Flor en un susurro, un gemido pequeño que se
perdió en el pasillo.
Sentía su propia humedad empapando la tela de su bombacha, un calor líquido
que la hacía temblar. El sonido de los jadeos de Jesica y los gritos de
Alejandro eran como caricias directas. Flor se pegó a la madera fría de la
puerta, buscando un contraste, mientras sus dedos masajeaban sus pezones con
desesperación, imitando el ritmo que escuchaba desde la suite.
Afuera, la atmósfera se había vuelto eléctrica. Flor, la mujer de los veinte
años de carrera impecable, ya no existía. Con un movimiento brusco, se levantó
la pollera tubo negra hasta la cintura. El sonido de la tela sintética rozando
sus muslos fue un "fush-fush"
frenético. Sus dedos empezaron a frotar su intimidad sobre la seda de la
bombacha con una urgencia que nunca antes había sentido.
El calor era una presencia física. Flor cerró los ojos, apretando sus
pechos con las manos mientras su respiración se convertía en un silbido
entrecortado. Cada gemido que atravesaba la madera de la puerta era como un
latigazo de placer.
Adentro, la embestida de Alejandro era implacable. El sonido de los cuerpos
chocando se había vuelto más húmedo y pesado.
— ¡Aaaaahahahahaha! ¡Hijo de putaaaaaaa! ¡Qué duraaaaaaaa que la tenés!
—gritaba Jesica, con la voz quebrada por el éxtasis.
— ¡Toma! ¡Tomaaaaa, putaaaaaaa! —respondía Alejandro con gruñidos
guturales: "¡Grrr-uh!
¡Grrr-uh!".
De pronto, el ritmo cambió. Se escuchó el sonido de los cuerpos separándose
con un "¡Sllluppp!"
viscoso y el golpe de las rodillas de Jesica contra el colchón al acomodarse.
— Ahora... cogeme como una perra —sentenció ella, con un jadeo profundo.
La Sinfonía del
"Plaf-Plaf"
Alejandro la tomó con fuerza de la cadera. El sonido de sus manos golpeando
la piel firme de Jesica fue un "¡Tasss!"
seco que resonó en toda la suite. Al entrar nuevamente, el estruendo de la
carne contra la carne se volvió rítmico y violento: "¡Plaf, plaf, plaf, plaf!". La cama gritaba bajo ellos: "¡Cric-cric-cric!".
Al oír ese ritmo animal, Flor no pudo resistir más. En medio del pasillo
desierto, se corrió la bombacha hacia un costado. El contacto de sus dedos
directamente sobre su piel mojada produjo un sonido húmedo, un "shlic-shlic" que se
sincronizó perfectamente con las embestidas de adentro.
— Ahhh... ahhh... —susurraba Flor, mordiéndose el labio para no
gritar, mientras apretaba sus pezones con una mano y se exploraba con la otra,
dejando que la música del sexo ajeno guiara su propio orgasmo.
Afuera, la compostura de Flor se había derretido por completo. Ya no le
importaba el riesgo; la necesidad era un ruido sordo en sus oídos que lo
apagaba todo. Con la pollera levantada y la bombacha a un lado, hundió sus
dedos en su propia intimidad, que estaba empapada. El sonido fue un chapoteo
rítmico y viscoso: "¡Schlap,
schlap, schlap!".
— ¡Aaaaaahhh! ¡Aaaaahahahahaha! —soltó Flor, pero inmediatamente se tapó la
boca con el dorso de la mano, ahogando el grito para que no cruzara la puerta.
Sus ojos estaban en blanco, y el sonido de su propia respiración agitada contra
su palma sonaba como un vendaval: "¡Hhh-fff,
hhh-fff!".
Adentro, el frenesí no se detenía. Alejandro seguía embistiendo en cuatro,
con un ritmo mecánico y feroz: "¡Plaf,
plaf, plaf, plaf!". De pronto, se detuvo con un gruñido, dejando
que el silencio —solo roto por sus jadeos— se apoderara de la suite. Jesica,
apoyada sobre sus antebrazos, miró por encima del hombro.
Alejandro estiró el brazo hacia la mesa de noche. Se escuchó el "clic" de un cajón
abriéndose y el sonido de un envase plástico siendo arrastrado.
— ¿Qué es eso? —preguntó Jesica, con la voz entrecortada y un hilo de sudor
recorriéndole la espalda.
— ¿Qué va a ser, nena? Lo que sigue —respondió Alejandro con una voz ruda,
mientras se escuchaba el "¡plop!"
del envase al destaparse.
— Eso es otro precio, bombón... —advirtió ella, aunque sus ojos brillaban
de curiosidad.
— Lo pago. Lo que sea —sentenció él sin dudar.
Jesica soltó una risita vibrante, un sonido travieso que resonó en la
habitación. — Bueno... pero despacito, ¿eh?
Se escuchó el sonido del lubricante saliendo del envase: un "¡froush!" seguido del roce
de los dedos de Alejandro esparciendo la sustancia. El aroma dulce del gel
inundó el aire mientras él comenzaba a masajear suavemente la entrada de
Jesica. El sonido de la fricción se volvió extremadamente húmedo, un "¡squirsh, squirsh!" que
anunciaba la nueva dirección que tomaría la noche.
Jesica hundió la cara en la almohada, dejando escapar gemidos nuevos, más
agudos y expectantes: — ¡Mmmmmm! ¡Aaaah, sí! ¡D-despacio, Ale! ¡Aaaaahhh!
Del otro lado de la puerta, Flor escuchó ese nuevo tono en la voz de Jesica
y el sonido de la lubricación. El chapoteo de sus propios dedos dentro de sí
misma se volvió más errático. Sabía exactamente lo que estaba por pasar. La
curiosidad visual la estaba matando; ya no le alcanzaba con solo oír.
Esta escena marca el clímax de la tensión auditiva, donde las palabras se
vuelven órdenes y los sonidos de la habitación 69 se transforman en una fuerza
que empuja a Flor a perder cualquier rastro de decoro profesional.
Aquí tienes la versión mejorada, intensificando el ambiente sonoro y las
sensaciones:
Afuera, la voz de Alejandro retumbó contra la madera de la puerta con una
fuerza animal.
— ¡Ahora te voy a romper el orto! —gritó él, su voz cargada de una
autoridad brutal que atravesó el pasillo desierto.
Al oírlo, Flor sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna. La
formalidad de su uniforme terminó de desmoronarse: se liberó por completo de la
camisa, dejando sus pechos al aire bajo la luz tenue del pasillo. En un estado
de trance, se inclinó hacia adelante, lamiendo sus propios pezones con
desesperación mientras sus dedos no dejaban de chapotear en su intimidad
empapada. El sonido de su propia succión, un "¡muack, muack!" húmedo, se mezclaba con el eco de los
gritos de adentro.
Adentro, Jesica arqueó la espalda, desafiante, con la mirada perdida en las
sábanas.
— ¡Dale, papito! ¡Ponemela toda! —exigió ella, con un jadeo que era mitad
ruego y mitad orden.
Se escuchó el "¡shlick!"
viscoso de Alejandro untando su miembro con el lubricante. El sonido era denso,
prometiendo una penetración sin retorno. Cuando apoyó la punta y comenzó a
presionar, el aire en la habitación pareció detenerse.
— ¡Aaaaaahh! —soltó Jesica, un grito agudo que Flor escuchó con total
nitidez.
— Dejala un ratito así, para que te acostumbres... —murmuró Alejandro, con
la respiración pesada cerca de su nuca.
— ¿Para qué? —respondió ella entre dientes, con una risa cargada de
adrenalina—. ¡Si me cansé de comerme pijas más grandes que la tuya!
La provocación fue el detonante. Alejandro no esperó más y se hundió en
ella de un solo golpe seco.
— ¡Ah, sí! ¡Tomaaaaaa! —rugidó él mientras el sonido del impacto de sus
cuerpos, un "¡PLAF!"
violento, sacudía la cama.
— ¡Jjaaaoooouuuuhhhh-aaaa-pa-pa-pa-ouuugggg! —el grito de Jesica fue
desgarrador y triunfal a la vez—. ¡Hijo de putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
— ¡No era lo que querías! ¡Aaaaaah! —respondió él, moviéndose con una furia
renovada.
Pero Jesica no se quedó atrás. Con un rugido de placer, fue ella quien tomó
el control del ritmo, moviéndose de adelante hacia atrás con una cadencia
salvaje. El sonido de la fricción anal, un "¡squirsh, squirsh, squirsh!" rítmico y profundo, inundó
la habitación, mientras los gemidos de ambos se fundían en una sola nota de
éxtasis que Flor, del otro lado, sentía como si le estuvieran gritando
directamente al oído.
Esta escena marca el clímax absoluto de la experiencia auditiva, donde el sonido de la liberación final une a los tres personajes en una explosión sensorial.
Aquí tienes la versión ampliada y mejorada, enfocada en la potencia del Oído:
Dentro de la habitación, el ritmo se había vuelto frenético. Alejandro,
poseído por el instinto, acompañaba cada embestida con golpes secos sobre la
piel de Jesica. El sonido de los cachetazos
—un "¡Tass, tass, tass!"
rítmico— se mezclaba con el incesante "¡Plaf,
plaf, plaf!" del choque de sus cuerpos.
— ¡Aaaaaoaoaoaoaohhhaaaaaa! —rugía Alejandro, con una voz que ya no era
humana, sino un eco gutural de puro placer.
Jesica, con la cara hundida en las sábanas que crujían violentamente,
respondía con una risa histérica y cargada de goce: — ¡Aaaahaahahah!
¡Aahahahhaahahh! ¡D-dale, no pares, hijo de puta!
Del otro lado de la puerta, Flor ya no podía sostenerse en pie. Apoyada
contra la madera, con la pollera por la cintura y sus dedos trabajando a una
velocidad suicida, escuchaba cómo el ritmo de ellos llegaba a su punto crítico.
El sonido de su propia excitación, un chapoteo
frenético, se volvió ensordecedor en sus oídos.
De pronto, el cuerpo de Flor se tensó como una cuerda de violín. Un gemido
largo y mudo escapó de su garganta mientras sentía el espasmo final. El sonido
del líquido liberándose, un "¡Sshhh-fluash!"
casi imperceptible en el pasillo pero devastador para ella, marcó su propio
final. Se quedó jadeando, con la frente pegada a la puerta, escuchando cómo
adentro la tormenta también llegaba a su fin.
Aaaaaaaaaaaahha hhhhhhaaaaaaahhhhhh grito flor que por suerte dentro de la
habitación y la demás no la oyeron
— ¡Aaaaah, voy a acabar! ¡Voy a acabar ya! —gritó Alejandro, cuya
respiración sonaba como un fuelle roto.
— ¿Dónde querés acabar, papito? —le preguntó Jesica con un susurro ronco,
desprendiéndose de él con un sonido de succión viscosa: "¡Sllluppp!".
— En tus tetas... —logró articular él.
Jesica se puso de rodillas frente a él con una agilidad felina. El sonido
de la seda de la cama al frotarse contra su piel precedió al de sus propias
manos masajeando sus pechos, preparándolos. Alejandro, ahora masturbándose con
urgencia, emitía jadeos cortos: "¡Hhh,
hhh, hhh!".
Finalmente, el silencio de la habitación se rompió con el sonido de la
liberación: un "¡Tchick, tchick,
tchick!" rítmico. Jesica echó la cabeza hacia atrás, soltando una
carcajada suave mientras sentía el calor de los chorros cubriéndole la piel y
empapándole incluso los mechones de su cabello oscuro
Afuera, Flor escuchó el último suspiro de
Alejandro y el silencio pesado que siguió. Solo quedaba el zumbido del aire acondicionado y el
latido de su propio corazón, que todavía resonaba en sus oídos como un tambor
lejano.
Este cierre es perfecto para redondear el relato del Oído, dejando que los sonidos finales
de la noche marquen la transición hacia la soledad y la complicidad.
Aquí tienes la versión mejorada del final:
Flor se tomó un momento para recuperar el aliento. El silencio del pasillo
ahora se sentía pesado, cargado de la energía que acababa de presenciar. Con
las manos todavía temblando un poco, se abrochó los botones de la camisa, se
ajustó la pollera y se anudó la corbata con una precisión mecánica. El "clic" del hielo en la
cubeta al levantarla fue la señal de que la Flor profesional estaba de vuelta.
Dio dos golpes secos en la puerta. Toc, toc.
La puerta se abrió y Alejandro apareció, todavía envuelto en su bata de
seda negra, con el cabello algo revuelto. — Uh, cómo tardaste, nena, eh —dijo
él. Su voz sonaba relajada, con ese tono post-coital profundo. Tomó la cubeta y
el metal sonó al chocar con sus anillos—. Gracias.
Flor no dijo nada, solo asintió con una leve sonrisa profesional y se
retiró. El sonido de la puerta cerrándose tras ella fue como el final de una
película.
Minutos después, el silencio del lobby se vio interrumpido por el taconeo rítmico que ya conocía tan
bien. Clac, clac, clac. Jesica caminaba hacia la salida, luciendo
impecable, con los labios rojos retocados y esa actitud de dueña del mundo. Al
pasar frente al mostrador, se detuvo y dejó una tarjeta sobre el mármol. El golpe suave de la cartulina contra el
frío del mostrador fue lo único que se oyó.
— ¿Y esto? —preguntó Flor, mirando el nombre impreso.
— Por si querés llamarme... es mi tarjeta personal —respondió Jesica con un
guiño—. Atiendo a mujeres, ¿te acordás?
Flor sintió un cosquilleo en el estómago al recordar los sonidos que había
escuchado minutos antes. — Gracias —murmuró.
— Ah, y tomá —Jesica sacó unos billetes de su cartera y los deslizó. El crujido del papel moneda (dólares)
sobre el mostrador sonó a victoria—. ¿Esto? —preguntó Flor, confundida.
— Por la atención, muñeca. Fuiste una excelente audiencia —le susurró
Jesica con una sonrisa cómplice, sabiendo perfectamente que Flor había estado
del otro lado.
Jesica le tiró un beso al aire —un "muack"
sonoro y juguetón— y salió del hotel. El sonido de la puerta giratoria fue lo
último que Flor escuchó antes de quedarse sola con el silencio de la recepción,
la tarjeta en la mano y el recuerdo de una noche que sus oídos jamás
olvidarían.
FIN
Tacto
—¡Luaaaaaannnnaaa, luaaaaaannnnnna! ¡Vas a
llegar tarde a la escuela, carajo! —gritó Celeste desde la cocina, mientras
intentaba hacer el desayuno con una mano y revisar correos de trabajo con la
otra.
Refunfuñando, subió las escaleras a paso
firme hasta el cuarto de su pequeña. Al entrar, vio que seguía dormida. La
samarrea con frustración.
—¿Qué pasa, ma? Qué pesada... —protestó la
niña, entre sueños. —¡Pesada nada! Dale, que ya llegas tarde a la escuela.
—Uhhhhh... —Para hablar con tu padre hasta la madrugada no te molesta, ¿eh? —Y
no, lo que pasa es que él está en Japón. —Bueno, la próxima decile que te
lleve, pero ahora ¡vamos al cole!
El viaje al colegio fue un caos. Mientras
manejaba con una mano y trataba de apurar a Luanna, una moto se le cruzó
bruscamente en una esquina, casi haciendo que Celeste perdiera el control y
chocara.
—¡¿Qué haces, pelotudo?! —gritó Celeste por
la ventana, con el corazón en la boca. El motociclista, lejos de disculparse,
frenó un segundo, la miró con desprecio y gritó: —¡Fíjate cómo manejas, mal
cogida!
Antes de que Celeste pudiera contestar a
semejante insulto, el tipo aceleró y desapareció. Celeste temblaba de furia y
adrenalina, respirando agitada. Luanna, sin dejar de mirar su celular, soltó
con desdén:
—Papá tiene razón, sos bastante histérica.
Celeste sintió un pinchazo en el pecho, una
mezcla de dolor y rabia. —Bien que antes no le molestaba mi histeria —respondió
seca, con la voz entrecortada.
Luanna se encogió de hombros, ignorándola.
—¿Podés dejar ese celular, por favor? Me llamaron la atención de la escuela el
otro día por esto. —¡Ahhhh, todo te jode, che! —exclamó la niña, guardando el
aparato de mala gana.
Al llegar a la oficina, el ambiente no fue
mejor. Celeste entró corriendo, sintiendo la mirada de todos. Al llegar a su
escritorio, su corazón se hundió al ver una pila de carpetas amarillas
esperando por ella. Antes de que pudiera siquiera dejar su bolso, su jefa
apareció detrás de ella.
—Llegas tarde, Celeste. De nuevo —dijo con
tono gélido—. Y necesito esos informes de finanzas sobre mi escritorio antes
del mediodía. No me importa lo que tengas que hacer.
Mientras intentaba concentrarse en los
números, sintió una mano sobre su hombro. Era Matías, un compañero de marketing
que siempre intentaba pasarse de listo.
—Hola, linda. Estás muy tensa hoy... —dijo
él, deslizando la mano hacia su cuello con una familiaridad que a ella le daba
náuseas—. Si necesitas que te ayude a "soltarte" luego de la oficina,
solo avísame. —Estoy trabajando, Matías. Déjame en paz —respondió ella
cortante.
En medio de la frustración, vibró el celular.
Era un mensaje de Iara, su amiga seis años
menor. "¡Hola, buenas, buenas!", decía el mensaje, acompañado
de una foto de Iara en la pileta, relajada.
Celeste contestó de inmediato: "Qué
suerte tenés, yo acá tapada de laburo y vos con unos mates en la pile".
"Ehhh, ni un buen día che", respondió Iara.
"Perdón, buen día, pero yo hace tiempo
no los ando teniendo", se sinceró Celeste.
"Bueno, es que con la separación, tu
nena, el trabajo, el poco sexo... te pone estresada", lanzó Iara sin filtros.
"Bueno, lo de poco sexo lo arreglo yo,
pero lo otro no sé", contestó Celeste
con una sonrisa amarga.
iara"Che, ¿por qué no venís a casa y
te hago un masajito?"
"Dejate de joder, mirá si con un masaje
se me van los quilombos". Cele
Iara "No, pero te vas a sentir mejor,
dale, así te distraés".
cele"¿Y con Luana qué hago?"
iara"Y que se vaya con una
amiguita".
Cele "Bueno, te aviso".
iara"Te espero".
La jornada siguió siendo un infierno de
números, gritos y el recuerdo de Luanna llamándola histérica. Finalmente,
Celeste decidió llamar a la madre de la mejor amiga de Luanna y aceptar la
propuesta de Iara.
Cuando Celeste llegó a la casa de Iara, la
encontró esperándola en la sala, luciendo un bikini blanco que resaltaba su
figura.
—Cada vez más grandes tenés las tetas vos, eh
—comentó Celeste con una mezcla de envidia y admiración.
—Vos tampoco estás mal, eh —respondió Iara
con una sonrisa pícara, dándole un fuerte abrazo y ofreciéndole un exprimido de
naranja.
—Gracias, me viene bárbaro. —
Bueno, che, ¿cómo has estado? —preguntó Iara
sentándose en un sillón, rodeada de imágenes de Buda y con un gran ventanal que
daba hacia la piscina.
—Y lo de siempre... el pelotudo de mi ex va a
Japón, Londres, Madrid, por negocios con la pendeja que se coge, pero yo me
llego a recargar con las cuentas —exhaló Celeste, sintiendo cómo la tensión
volvía a subir.
—¿Pero
le dijiste?
—Sí, le dije, pero me manda todo a fin de mes
—respondió Celeste frustrada.
—Bueno, te va a cumplir... —
Sí, en eso cumple, pero en el tanto...
—Celeste hizo una pausa.
—En el tanto... vamos a hacernos ese masaje
—dijo Iara con complicidad.
—Bueno, ¿dónde tenés la habitación de los
masajes?
—¿Qué habitación? Hagámoslo afuera, al aire
libre —dijo Iara, señalando el ventanal.
—¿Y tus vecinos? Nos van a ver.
—Los vecinos están en otra. Dejá de fijarte
en qué piensan y vení a ver lo demás. Yo armo la camilla afuera, vos andá
sacándote la ropita —le guiñó el ojo.
Celeste salió al patio envuelta apenas en una
bata de toalla blanca, sintiendo el aire fresco de la tarde sobre sus hombros
descubiertos. Iara la esperaba junto a la camilla, ya preparada al lado de la
piscina.
—Dale, sacate y recostate boca abajo —dijo
Iara con voz suave pero firme.
Celeste, mirando nerviosamente hacia las
casas vecinas por encima del hombro, se quitó la bata con rapidez, mostrando su
monumental cuerpo. La brisa chocó contra su piel desnuda, provocándole un
escalofrío inmediato, antes de acostarse boca abajo en la camilla de masaje.
Iara, con movimientos precisos y cálidos, colocó un toallón sobre su parte
inferior, cubriendo su intimidad pero dejando la espalda y las piernas
expuestas.
—Relajate, Cel. Ahora solo importás vos
—susurró Iara mientras comenzaba a frotar sus manos, calentando un aceite con
aroma a sándalo.
El primer contacto fue un impacto de calor
sobre la piel tensa de la espalda de Celeste. Iara ejerció una presión firme
con el talón de la mano, recorriendo desde la nuca hasta la zona lumbar.
Celeste soltó un suspiro profundo, sintiendo cómo los nudos de la semana
empezaban a ceder ante la textura firme y experta de las manos de su amiga.
El aceite se deslizaba, convirtiendo cada
caricia en una exploración sensorial. El tacto de Iara era posesivo pero
liberador, alternando entre roces suaves en los omóplatos y presiones intensas
en los músculos contraídos. Celeste dejó de pensar en los vecinos; el mundo
exterior dejó de existir. Solo quedaba la fricción del aceite, el calor de las
manos de Iara y la intensa sensación de ser tocada con deseo y cuidado.
Las manos de Iara, impregnadas del aceite
tibio, comenzaron a recorrer la espalda de Celeste con una suavidad hipnótica.
No era un masaje convencional; era una exploración lenta y deliberada. Sus
dedos largos trazaban líneas ardientes que comenzaban en la nuca y descendían
lentamente, desviándose hacia los costados para acariciar suavemente la piel
sensible de las axilas, un gesto que hizo que Celeste se estremeciera
levemente.
Desde allí, las manos de Iara descendieron
por las costillas hasta posarse firmemente en la curva de su cadera, apretando
con la presión justa para transmitir posesión y calma a la vez. Continuaron
bajando, bordeando la cintura antes de deslizarse por la parte posterior de los
muslos, recorriendo la longitud de sus piernas con una caricia que alternaba
entre la firmeza y la caricia sutil.
Finalmente, las manos de Iara llegaron a los
pies de Celeste. Con movimientos circulares y profundos, presionó la planta de
los pies, buscando los puntos de tensión. Celeste soltó un jadeo ahogado,
sintiendo cómo el placer táctil se concentraba en cada centímetro que su amiga
recorría, convirtiendo la tensión acumulada en una vibración constante de
deseo.
Sin dejar de deslizar sus manos por las
piernas de Celeste, Iara tomó el borde del toallón que cubría la parte inferior
de su amiga y lo deslizó suavemente hacia abajo, dejando las nalgas de Celeste
expuestas al aire fresco de la tarde y a la mirada intensa de Iara.
—¿Qué haces? —preguntó Celeste, con la voz
entrecortada, sintiéndose vulnerable pero extrañamente excitada al sentirse tan
descubierta en el patio.
Iara no dejó de moverse. Sus manos, ahora
libres de la barrera de la tela, comenzaron a masajear la piel firme de las
nalgas de Celeste con movimientos circulares y profundos.
—Hay que relajar todo el cuerpo, Cele. Dejame
a mí —susurró Iara cerca de su oído, mientras aumentaba la presión, sintiendo
cómo Celeste se arqueaba levemente bajo su toque firme y experto.
La barrera entre el alivio del dolor y el
despertar del deseo se desvaneció por completo. Celeste cerró los ojos,
entregándose por completo a la textura de las manos de Iara recorriendo su piel
desnuda.
Iara intensificó el masaje, comenzando a
apretar con firmeza las nalgas de Celeste, moldeándolas y rodeándolas por
completo con sus manos cálidas y aceitadas. La sensación de posesión era
absoluta.
—Qué buen culo, Cele —susurró Iara con tono
ronco y admirado, justo antes de darle un beso lento y húmedo en la curva de su
cachete.
Celeste soltó un jadeo profundo, sintiendo
cómo la excitación se extendía desde el lugar del beso hacia el resto de su
cuerpo. Iara, sin interrumpir el ritmo, continuó trabajando la zona con
movimientos envolventes, fusionando la relajación muscular con una urgencia
eléctrica que recorría cada centímetro de la piel de Celeste.
ara continuó con el masaje firme en las
nalgas, pero mientras su mano derecha trabajaba la carne firme con movimientos
circulares, su mano izquierda comenzó a explorar con una lentitud tortuosa.
Deslizó sus dedos aceitados por la parte interna del muslo de Celeste,
acercándose peligrosamente a su centro.
Con una suavidad eléctrica, Iara comenzó a
rozar apenas la entrada de la vagina de Celeste, un toque apenas perceptible
que contrastaba con la firmeza del masaje en sus nalgas. Celeste se tensó por
un segundo, su respiración se volvió errática y un jadeo agudo escapó de su
boca.
—Shhh, tranquila... —susurró Iara, vertiendo
un hilo de aceite tibio directamente sobre las nalgas de Celeste, sintiendo
cómo el líquido se deslizaba por la hendidura y llegaba a su mano que
exploraba—. Dejate llevar.
Iara siguió masajeando las nalgas con fuerza,
mientras sus dedos continuaban con el roce sutil y constante en su zona más
sensible, llevando a Celeste a un estado de tensión y placer insoportable.
—Ahora date vuelta, ponete boca arriba —pidió
Iara con voz suave pero imperiosa.
Celeste obedeció lentamente, girando sobre la
camilla mientras intentaba cubrirse apresuradamente la zona íntima con el
toallón.
—No te preocupes que no ve nadie —dijo Iara
con una sonrisa ladeada, contemplando el cuerpo de su amiga expuesto al sol de
la tarde. —Es que sos medio peligrosa vos... —confesó Celeste, sintiendo cómo
su corazón latía con fuerza, dividida entre el miedo a ser vista y la creciente
excitación. —Medio... totalmente peligrosa soy, siempre y cuando vos me dejes
serlo —respondió Iara guiñando un ojo mientras se acercaba.
Iara comenzó a masajear suavemente las orejas
de Celeste, bajando luego hacia su cuello con una presión lenta y envolvente.
Sus dedos aceitados rozaban delicadamente su rostro, apartando el pelo de la
frente de Celeste.
—Vos relajate, disfrutá —susurró Iara
mientras sus manos empezaban a descender lentamente por su clavícula hasta
posarse sobre sus pechos, sintiendo la firmeza de su piel bajo sus dedos.
Sus manos se deslizaron con lentitud por la
cadera de Celeste, desviándose hacia el centro de su ser. El roce de sus dedos,
cargados de aceite y deseo, fue directo a la intimidad de Celeste, buscando y
encontrando su punto más sensible.
Sin romper el ritmo, Iara comenzó a
masturbarla con movimientos firmes y rítmicos, aumentando la intensidad a
medida que sentía cómo Celeste respondía. El lubricante natural mezclado con el
aceite tibio hizo que cada caricia fuera suave pero intensamente estimulante.
Celeste arqueó la espalda, soltando un gemido
que esta vez fue más fuerte, perdiendo el miedo a ser escuchada. Sus dedos se
clavaron en la camilla mientras Iara, con movimientos rítmicos y posesivos, la
llevaba hacia el borde del abismo. El mundo se redujo a la fricción, al calor y
a la intensidad de la textura de su amiga explorándola.
—¡Iara, Iara...! —exclamó Celeste, sintiendo
cómo la tensión acumulada por meses se convertía en una vibración insoportable.
Cuando el clímax llegó, fue una liberación
total, un grito de placer puro que se fundió con el sonido de la pileta de
fondo. Celeste quedó respirando agitadamente, sintiendo el peso de su amiga
sobre ella y la sensación táctil de haber vuelto a vivir.
Aún respirando agitadamente, Celeste sintió
cómo Iara se inclinaba sobre ella. Sus labios se encontraron en un beso lento,
húmedo y profundo, un beso que ya no era solo de amigas, sino de dos mujeres
consumidas por el deseo. Celeste correspondió el beso con la misma intensidad,
dejando de lado cualquier duda o remordimiento.
Con las manos temblorosas por la adrenalina,
Celeste deslizó sus dedos por la espalda de Iara y desató rápidamente la parte
superior del bikini blanco. El top cayó al suelo, dejando al descubierto los
pechos firmes de su amiga.
Celeste, impulsada por una urgencia voraz, se
incorporó un poco y comenzó a chupar y lamer los pezones de Iara, disfrutando
del contraste entre la calidez de su piel y la frescura de la brisa en el
patio. Iara soltó un suspiro ahogado, acariciando el cabello de Celeste
mientras se entregaba por completo a la sensación táctil de sus labios y lengua
sobre su pecho.
El masaje había terminado, pero la
exploración de texturas, calores y sensaciones físicas apenas comenzaba.
-
Mmmmm gemia - iara de
placer – ssshhhh oooohhh –
-
Mmmmuuauuaaakkkk
muuuualll – supcionaa cele
-
A ver esa boquita – y
iara se inclino para besar a su amiga
-
Mmmmuaaajajajj –
El aroma de agua de
pileta y el sexo producía mas éxtasis en las amigas para que luego iara apoye
una de las piernas de su amiga en su hombro e inclinarse nuevamente para
hacerle sexo oral
Iara, con la piel brillando por el vapor y el
aceite, tomó la iniciativa física. Con un movimiento fluido y firme, agarró la
pierna derecha de Celeste y la elevó, apoyando la pantorrilla sobre su propio
hombro. El contacto de la piel suave de Iara contra la corva de Celeste hizo
que esta última soltara un gemido ronco.
— Iara... —susurró Celeste, con los dedos
enterrados en la camilla, sintiendo cómo su cuerpo se abría por completo ante
su amiga.
Iara no respondió con palabras. Se inclinó
hacia adelante, dejando que su aliento cálido rozara primero la cara interna
del muslo de Celeste. El contraste entre el aire fresco de la sala y el calor
de la boca de Iara era una tortura deliciosa.
Cuando Iara finalmente se fundió en ella para
continuar con el sexo oral, el mundo exterior (Luana, el ex marido, los gritos
de la mañana) desapareció por completo. Solo existía el ritmo de la lengua y la presión de la pierna de Celeste sobre el
hombro de Iara, que servía de palanca para profundizar el contacto.
·
"¡Sss-hlic!": El
sonido húmedo del encuentro, una música carnal que resonaba en la pequeña sala
de masajes.
·
"¡Mmmh-ahhh!":
Celeste arqueó la espalda, perdiendo el control. Sus manos, que antes estaban
rígidas por el estrés, ahora buscaban desesperadamente el cabello de Iara para
guiar el movimiento.
— ¡Sí, ahí... justo ahí! —gritó Celeste, mientras
los espasmos del tacto más puro
empezaban a recorrerle las piernas, liberando toda la tensión que había
acumulado durante años.
— Vení, mamita... —susurró Iara con una voz ronca, casi un mando.
Con un movimiento firme, tomó a Celeste de las manos y la ayudó a bajar de
la camilla. El contacto de sus
pies descalzos sobre el suelo tibio fue el último anclaje a la realidad. Se
acomodaron en el suelo, sobre una alfombra de texturas suaves, entrelazando sus
cuerpos hasta formar un 69
perfecto.
Ahora, ella sentía el peso de Iara sobre ella, el roce del vello, el calor
de la piel y ese aroma a cloro y deseo que las envolvía como una segunda piel.
sin mediar palabra, ambas se entregaron a la exploración mutua. Las manos
de Celeste, antes entumecidas por la rutina, ahora recorrían con desesperación
los glúteos de su amiga, mientras sus lenguas encontraban el ritmo exacto.
- "¡Schlup, schlick...!": El sonido de la succión y el roce húmedo
inundaba el silencio de la sala, interrumpido solo por los jadeos entrecortados.
- "¡Mmmmmm-hff!": Celeste ahogó un grito contra la piel de Iara,
sintiendo cómo la tensión de años de peleas con su ex y gritos con su hija
se disolvía en una corriente de placer eléctrico.
- "¡Ahhh, sí... así, Cele...!": Iara arqueaba la espalda, sus dedos
enterrándose en los muslos de Celeste, dejando marcas rojas que
desaparecían bajo el aceite.
Celeste cerró los ojos y se dejó llevar. Por primera vez en décadas, no era
la "madre agotada" ni la "ex esposa frustrada". Era
simplemente un cuerpo sintiendo, vibrando bajo el tacto experto de otra mujer que sabía exactamente dónde presionar,
dónde lamer y dónde morder suavemente.
Los cuerpos giraban y se apretaban en el suelo, una danza de piel y humedad
donde cada onomatopeya marcaba
el camino hacia un clímax que prometía borrarlas del mapa.
Iara guio el cuerpo de Celeste hasta que quedaron frente a frente, tendidas
sobre la suave alfombra. Con un movimiento experto, entrelazaron sus piernas,
permitiendo que sus zonas más íntimas quedaran alineadas, vagina contra vagina. El primer roce,
húmedo y caliente por el aceite y el deseo, sacó chispas de sus cuerpos. Plaf
plafplaf plaf plaf plaf
Aaaahhhggggaghhhahahahagagaga de ambas y sus enormes tetas bailaban,
reboteaba en ellas
Seguía penetrándose mutuamente mediante el roce rítmico de sus clítoris, un
contacto eléctrico que las hacía temblar. Mientras tanto, sus bocas se buscaron
con una sed desesperada. El beso fue profundo, una lucha de lenguas que
compartía el sabor del sándalo y el rastro de la pasión previa.
El ritmo de sus caderas se volvió frenético. Los sonidos en césped narraban la intensidad de la entrega:
- "¡Sssch-lap, sssch-lap!": El sonido del choque rítmico de sus pelvis, una
percusión húmeda y constante que aceleraba el pulso.
- "¡Mmmmua-glup...!": Los besos eran voraces, succionándose los
labios mientras sus lenguas se entrelazaban con fuerza.
- "¡Ahhh-ggrrr-síii!": Celeste soltó un gruñido desde el fondo de su
garganta, sintiendo cómo el roce mutuo la llevaba a un punto de no
retorno.
Iara apretaba los muslos de Celeste, pegándola más a ella para que la
fricción fuera absoluta. pero aquí Celeste estaba viviendo el Tacto en su máxima expresión. Sentía
cada vello, cada gota de sudor y la firmeza de los músculos de Iara bajo sus
manos.
— ¡No pares... por Dios, Cele, no pares! —gemía Iara contra sus labios,
mientras ambas se fundían en un movimiento de vaivén que parecía querer borrar
los límites entre sus cuerpos.
El éxtasis final estaba a milímetros. Celeste sentía que su cuerpo
estallaba, liberando toda la amargura de su vida cotidiana en una ráfaga de
placer líquido y táctil.
Se besaban como locas hasta que acabaron ambas
aahhhhggahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
Luego de tiraron a la pileta se besaron un poco más hasta que celeste se
tuvo que
-
Te vas más relajada – despidiéndola en la puerta
-
Demasiado relajada – y se va
FIN
Vista
Eran casi las doce de la noche. No sabían por
qué habían elegido ese horario, justo cuando termina un día y comienza otro.
Quizá lo hicieron como una analogía que expresaba lo que les pasaba como
pareja: terminaban con una etapa para empezar otra. Lo que no sabían era si
esta nueva etapa serviría para afianzar su vínculo o terminaría por producir
una terrible crisis en su relación. Pero en todo caso ya lo habían hablado
detenidamente y habían decidido correr ese riesgo.
Tamara estuvo encerrada en el baño durante una hora, y luego
otro tanto en el cuarto. José se
había dado una ducha y en cinco minutos estaba listo. Se vistió con un saco y pantalón gris, acompañado de una
remera blanca. La esperó, y en cierto punto cree que fue lo mejor que
ella se quedara en el cuarto hasta el último momento. Esperar junto a ella
podría ser una tortura.
Tamara se vino para la sala de estar cuando faltaban cinco
minutos para las doce. Llevaba un
vestido rojo que resaltaba su figura: era una mujer alta, de curvas pronunciadas,
grandes pechos y una buena cola. Su cabello rubio caía sobre sus hombros. José la miró, admirando la imponente presencia de su pareja.
Tamara le sonrió a José
con nerviosismo, mostrando sus perfectos dientes blancos. A él le generó un
extraño alivio comprobar que ella parecía tan cohibida como él mismo. Aunque en
ninguno de los dos, el sentimiento resultó suficiente como para mitigar su
determinación. —Ay, estoy nerviosa —dijo ella.
Tamara poseía una belleza imponente e innegable, imposible de
pasar por alto. Su vestido rojo, la hacían el centro de atención.
—Estás preciosa —le dijo José, con voz temblorosa. En la mirada
de Tamara él pudo ver la
complicidad que los mantuvo juntos los últimos meses.
Ella lo abrazó. El cuello de Tamara despedía un olor a perfume
delicioso.
Él la miró atentamente, admirando cómo el
vestido rojo ceñía su cintura y resaltaba sus formas. Besó su boca. Sus miradas
no se desviaban de los ojos del otro. —Acordate de todo lo que hablamos. Si no…
—No me lo repitas —la interrumpió José—.
En serio, no hace falta.
Y era cierto. Habían hablado de ello muchas
veces, y de manera detallada. Al principio se planteó como una broma. Luego se
dieron cuenta de que el escenario hipotético del que debatían les resultaba muy
atractivo. Pero lo dejaron en el terreno de la fantasía.
Después de muchos meses, cuando ya lo creían
olvidado, reflotaron el tema, y esta vez ya no parecía una mera hipótesis.
Igual después de eso pasó mucho tiempo, y muchas conversaciones, hasta que se
decidieron a concretarlo. Así que no, no valía la pena volver ahora a lo mismo.
Tamara le sonrió a José.
Creo que había algo de lástima en su mirada, como si se compadeciera de la
inseguridad que siempre caracterizó a José,
y que en ese momento era más palpable que nunca.
Entonces sonó el timbre. —Yo abro —dijo José, aferrándome a una de las pocas
cosas sobre la que tenía control. Claudio
y Juan estaban al otro lado de
la puerta. Él los hizo pasar. —Cómo andás, chabón —saludó Claudio, exageradamente efusivo. Era
un tipo imponente: alto, musculoso,
con el pelo y la barba candado
totalmente blancos. Vestía un pantalón
chupín negro que acentuaba su estilo rockero. José sabía
que era músico. Tamara lo
conocía de alguna página de internet y varias veces le había hablado de él, sin
que José le diera mucha
importancia. El estilo rockero de Claudio
era imponente. El otro, Juan,
era amigo de Claudio. Era alto, de pelo negro y bigote, vestido
con una camisa y pantalón jean.
Parecía un poco más serio que Claudio.
Tamara se había mantenido atrás. Cuando los muchachos
terminaron de saludar a José, se
acercaron a ella. Claudio le dio
un beso en la mejilla, agarrándola de la cintura. Tamara enrojeció levemente. —Mucho gusto —dijo ella después,
cuando saludó a Juan. —Bueno,
por fin nos conocemos —dijo este último, sosteniéndole la mirada. —¿Quieren
tomar algo? —preguntó ella. —Una cerveza estaría bien —dijo Claudio—. Te ayudo —agregó después, y
fue detrás de ella a la cocina. José
sintió que el corazón se le encogía cuando los vio alejarse, una al lado del
otro, hasta que se perdieron de su vista.
José acompañó a Juan
al living. De la cocina escuchó una carcajada de Tamara que le heló la sangre. Al rato volvieron con unas botellas
de cerveza artesanal y cuatro vasos. Tamara
se sentó al lado de José. Los
visitantes quedaron enfrente de ellos, en otro sofá. José tenía que reconocer que siempre tuvo una faceta prejuiciosa.
Nunca le cayeron bien los chetos de Capital.
Hubo unos cuantos segundos de tenso silencio.
Hasta que Juan rompió el hielo.
—¿A qué te dedicás? —preguntó.
Me pareció una pregunta tonta, pero al menos
dijo algo. —Abogado —contestó José. —Qué interesante —dijo Claudio. A José le dieron ganas de preguntarle qué tenía de interesante ser abogado, pero se contuvo.
Era obvio que estaba siendo condescendiente,
pero quizás no lo hacía con mala intención. Claudio llenó los vasos de cerveza, mientras cruzaba miradas
cómplices con Tamara. Era como
si se estuvieran transmitiendo información sin la necesidad de emitir ninguna
palabra. —Sabes, creo que no te dije —comentó Claudio después dirigiéndose a Tamara—, felicidades por tu nuevo trabajo. Creo que el otro día,
cuando me lo comentaste, no te felicité, soy un colgado. —No pasa nada, todo
bien. Gracias —contestó ella, mirando a José,
como esperando que él agregara algo. —¿Hace mucho que viven acá? Es un lindo
barrio —preguntó Juan. —En
realidad 5 años —aclaró Tamara,
bebiendo un trago de birra
. —Qué buena colección de libros tienen. No
sabía que te gustaba leer, Tamara
—comentó Claudio, mirando el
mueble que estaba contra la pared. —Sí, me encanta. Y a José también —contestó ella, intentando incluirlo en la charla.
Pero Claudio no dio la menor
importancia a ese detalle.
En parte José lo agradeció, porque la verdad es que Tamara había hecho ese comentario por pura amabilidad.. —Mirá vos,
tantas veces que hablamos y no sabía que también compartíamos el gusto por la
literatura. —Una cosa más para que charlen —dijo Juan, mirando a José
de reojo, como para ver su reacción. Esta vez su malicia sí se le hizo evidente
a José.
Además, se estaba haciendo eco de algo que él
mismo había pensado. Sin embargo, sólo atinó a tragar saliva. —Y ¿hace mucho que
están casados? —preguntó Juan.
—Tres años ¿no? —dijo Claudio.
—Sí, tres años tambien—corroboró José.
—Demasiado tiempo —acotó Juan.
La conversación siguió por un rato, siempre
con cosas banales. Tamara les
recomendó un par de series. Claudio
habló de su música, mientras Tamara
lo miraba con ojos brillosos. Juan
observaba las piernas y pechos de Tamara,
sin disimular su admiración, pero esto no parecía hacerlo para molestar a José, sino que le resultaba imposible
no desviar la vista, de vez en cuando, hacia esas torneadas piernas. De
repente, este último dijo, hablándole a José:
—Claudio me dijo que no vas a
participar, José. ¿Todavía
pensás así?
Se hizo un silencio profundo y violento. José sintió cómo Tamara daba una larga exhalación. La
miró. Tenía la cabeza gacha. De repente deseó que lo tragara la tierra, pero
sin embargo jamás se le cruzó por la cabeza dar por terminada la velada.
—Bueno, igual, si después cambiás de opinión, no pasa nada —aclaró Claudio. Era mucho más agradable que
su amigo. Su simpatía era genuina. Y sin embargo por momentos José lo detestaba más que a Juan. —Pero es mejor saberlo de antes
—dijo Juan. —No, no se
preocupen, no voy a participar —aseguró José
convencido. —Joya, todo bien. —Voy a traer otra cerveza —dijo Tamara.
José la vio alejarse, intuyendo que ella también tenía sus
reservas. Pero estaba igual de seguro que regresaría y seguiría con lo que
habían pactado. Todas las sensaciones que los atravesaban eran previsibles, y
habían resuelto no amedrentarse por ellas.
—Che, así que conocieron Jujuy, es un hermoso
lugar —comentó Claudio—. La
Quebrada de Humahuaca es una obra de arte. —Sí —contestó José, con desgano. Tamara volvió con la cerveza. Pero en
lugar de sentarse al lado de José,
se puso en medio de ellos. El corazón de José empezó a latir aceleradamente. Se dio cuenta de que tenía sus
manos cerradas en un puño, sobre su regazo, y le transpiraban. —¿De qué
hablaban? —preguntó Tamara,
tratando de disimular su creciente nerviosismo con una sonrisa forzada. —Del
norte —dijo Claudio—, yo fui
hace un par de años y me enamoré —agregó, mirando fijamente a Tamara. —Ay sí, es increí… Tamara no terminó la frase. Claudio arrimó su cara, con rapidez, y
le comió la boca de un beso. Ella retrocedió por instinto. Su espalda quedó
pegada contra el respaldo del sofá. José
los miró, sin poder decir una palabra. Claudio
redobló la apuesta. La agarró de la cintura, la atrajo hacia sí con cierta
violencia, y la besó de nuevo. Esta vez Tamara
cedió. Rodeó con sus brazos el cuello de Claudio y correspondió al beso con un hambre que hizo que el alma
se le cayera a José al piso.
Cuando la escena terminó, Tamara miró a José. Él no podía articular palabra. —José, ¿te gusta que te humillen? —preguntó Juan de repente. —Qué —dijo José, desconcertado, pues la pregunta lo tomó por completa
sorpresa. —A algunos les gusta que los humillen... —aclaró Juan. —No sé. No —balbuceó José—. Creo que no. Juan agarró de la barbilla a Tamara. La hizo girar hacia él. Ella
se acercó. Lo miraba con cierta incertidumbre. Juan le susurró algo al oído y ella soltó una risa nerviosa. —¿Qué
le dijiste? —reclamó saber José.
Juan miró a José con desdén. —Le dije que es mucha
mujer para un pelotudo como vos. Sentío que su sangre hervía. —Menti… —Tamara quiso advertir a José que lo que le dijo Juan era una broma, pero este la
acalló con otro beso.
Era demasiado extraño ver cómo los labios de Tamara se movían, apasionados, y su
lengua salía y se tocaba con la de ese tipo. Lo hacía con una naturalidad que
espantaba a José. Y sin embargo,
no podía dejar de verla.
Juan se puso de pie, ajustándose el cinturón
con una parsimonia que a José le resultó insultante. —Bueno, basta de charla
—dijo Juan, mirando el techo—. ¿Dónde está la habitación?
Tamara tragó saliva y señaló hacia la
escalera con un gesto débil. —Arriba... al fondo del pasillo —respondió con un
hilo de voz.
Juan le tendió la mano. Ella no la tomó de
inmediato; primero miró a José, buscando en su marido un permiso que ya estaba
dado de antemano. Al no encontrar resistencia, se levantó y empezó a guiar a
Juan hacia la planta alta. José vio cómo subían escalón por escalón: el vestido
rojo desapareciendo lentamente de su vista, seguido por la figura imponente y
despreocupada de Juan.
José hizo amago de levantarse, con las manos
temblando, pero Claudio le puso una mano firme en el pecho, obligándolo a
quedarse en el sofá.
—Dejalos, chabón. Ella solo lo va a dejar
arriba y baja, quedate tranquilo —le dijo Claudio con una sonrisa mansa, casi
paternal.
Se escucharon los pasos de ambos en el piso
de arriba, el sonido de una puerta abriéndose y el peso de dos personas
entrando en el cuarto. José sentía que el aire le faltaba, que las paredes de
su propia casa se estaban encogiendo.
—Tenés que estar orgulloso, José —le soltó
Claudio de repente, mientras servía lo que quedaba de la cerveza en el vaso de
José—. Hay que ser muy valiente para hacer lo que hacés.
José lo miró, confundido. —¿Valiente?
—balbuceó—. Me siento un tarado.
—No, no digas eso —lo interrumpió el músico,
mirándolo a los ojos con una intensidad magnética—. Lo que estás haciendo, lo
hacés por amor. Estás entregando tu posesión más preciada para que ella
experimente algo nuevo. Eso es generosidad extrema, flaco. No cualquiera se
banca ver a un tipo como Juan llevándose a su mujer.
Claudio se recostó en el sofá, estirando sus
piernas largas. —Juan es así, un bruto. Le gusta el impacto, le gusta marcar
territorio. Pero vos... vos sos el dueño de la historia. Sin vos, este juego no
existe. Disfrutá de eso, de saber que ella mañana se va a despertar al lado
tuyo sabiendo lo que fuiste capaz de permitir esto por ella.
Tamara volvió a aparecer en la escalera.
Bajaba sola. José soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo; verla
ahí, le dio una falsa sensación de seguridad.
Claudio, que no le había sacado los ojos de
encima a José, se levantó con una calma absoluta. —Es ahora, fiera —le dijo en
voz baja, dándole una palmada en el hombro—. Acordate de lo que te dije: esto
es pura valentía. No cualquiera ama así.
Claudio empezó a subir, cruzándose con Tamara
a mitad de camino. Se dieron una mirada rápida, un código que José no alcanzó a
descifrar, y el músico desapareció en la planta alta.
Tamara llegó hasta donde estaba José. Se veía
excitada . Se quedó de pie frente a él, buscándole la mirada de forma
insistente. —¿Estás bien, José? —le preguntó con un hilo de voz—. ¿Querés que
sigamos con esto? Si me decís que no, se termina acá.
José la miró. El perfume de ella seguía
flotando en el aire, mezclado con la tensión del ambiente. Sintió un nudo en el
estómago, una mezcla de terror y una curiosidad oscura que ya no podía frenar.
—Sí —contestó José, tratando de que no le temblara la voz—. Seguí.
Tamara lo miró con una mezcla de ternura y
una chispa de algo nuevo, algo más salvaje. Se inclinó y le dio un beso corto
en la frente. —Gracias —le susurró al oído, con una gratitud que a José le sonó
a despedida.
José la vio caminar hacia la cocina antes de
subir. Él la siguió, movido por una inercia que no podía controlar, como si
necesitara prolongar esos últimos segundos de normalidad. Tamara se acercó a la
mesada, sacó un blíster de las pastillas del día después y, con un movimiento
seco, extrajo una. La tomó con un sorbo de agua directamente del grifo, sin
usar un vaso, con la mirada perdida en los azulejos.
Ese gesto —tan mecánico, tan premeditado—
golpeó a José más que cualquier otra cosa. Era la señal de que no había vuelta
atrás; el cuerpo de ella se estaba preparando para lo que venía.
Tamara dejó el blíster sobre la mesada y se
giró. Al ver a José allí parado, mirándola con esa mezcla de devoción y
desamparo, sus facciones se suavizaron un poco, pero esa "chispa
salvaje" seguía brillando en el fondo de sus pupilas. Se acercó a él, le
acomodó el cuello del saco gris con suavidad y apoyó sus manos en el pecho de
su marido.
—¿Vamos? —preguntó Tamara.
Su voz sonó clara, casi despojada de la duda
que tenía minutos antes. José la miró y, con un automatismo que lo asustó,
asintió con la cabeza.
—Sí —dijo, seco, entregado a la inercia del
momento.
Caminaron de regreso hacia la sala de estar,
donde la atmósfera todavía conservaba el eco de la charla previa. Tamara se
detuvo en medio de la alfombra y se giró hacia él. Sus movimientos ahora tenían
una cadencia distinta, más lenta y deliberada.
—Dejá el saco acá, José. Te vas a sentir más
cómodo —le pidió con una suavidad que no admitía réplica.
Él obedeció. Se quitó el saco gris, esa
prenda que representaba su armadura profesional de abogado, y la dejó doblada
con torpeza sobre el brazo del sofá. Se sintió expuesto, como si al quitarse
esa tela también se estuviera despojando de su autoridad en la casa.
Tamara, mientras tanto, se apoyó levemente sobre
una mesa ratona para quitarse los zapatos de taco alto. Sus pies descalzos
sobre el suelo parecían un gesto de intimidad que, en cualquier otra noche,
habría sido el preludio de un descanso compartido. Pero no hoy.
—Traeme la cartera, está colgada ahí —le
indicó, señalando el perchero de la entrada.
José fue por ella. Era una cartera pequeña,
de cuero negro. Se la entregó en la mano, sintiendo el roce de sus dedos fríos.
Estaba a solo unos centímetros de él, pero José sentía que un abismo los
separaba.
—Date vuelta —le pidió ella con un susurro,
pero dándole la espalda a él—. Bajame el cierre, por favor.
José sintió que los dedos le pesaban como si
fueran de plomo. Acercó las manos al cuello de Tamara, donde el rojo del vestido
contrastaba con la palidez de su piel. Buscó el pequeño gancho metálico. El
contacto con su espalda tibia le produjo un escalofrío. Con un movimiento
lento, casi solemne, empezó a bajar el cierre.
José terminó de bajar el cierre. El vestido
rojo, que había sido el centro de atención toda la noche, ahora se abría como
una cortina, revelando la lencería blanca que Tamara llevaba debajo. Era un
conjunto delicado, de encaje fino, que José conocía bien; quizás incluso se lo
había regalado él en algún aniversario.
La tela roja cayó suavemente sobre la
alfombra, formando un círculo brillante a sus pies. Tamara se quedó parada
frente a él, iluminada por la luz tenue de la sala, su figura ahora expuesta en
esa lencería impoluta blanca.
José
sintió una opresión en el pecho, una mezcla de deseo y vergüenza que lo
asfixiaba. Se encontró buscando las palabras, cualquier cosa que pudiera decir
para detener el tiempo o para expresar el torbellino de emociones que lo
consumía.
—Estás... —José intentó hablar, pero su voz
se quebró. Se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo, con un hilo de voz
apenas audible—: Estás hermosa.
Tamara le dedicó una pequeña sonrisa, una
mueca ambigua que podría ser gratitud, lástima o una pizca de burla. Se inclinó
y, de la cartera que aún estaba en el sofá, sacó una tira de preservativos. El
metal frío del empaque brilló bajo la luz.
Los sostuvo un instante en su mano, como si
fueran un trofeo,
—Gracias, mi amor —le dijo, la voz
extrañamente dulce, casi condescendiente—. Ahora sí, vamos. Hagámoslo de una
vez
Le tendió la mano. José sintió la calidez de
su palma, un calor que antes significaba refugio y ahora se sentía como el
fuego que lo consumía. Sin dudar, Tamara lo tomó de la mano y lo guio hacia la
escalera, ascendiendo juntos hacia el piso de arriba, donde los sonidos ya eran
más evidentes, invitándolos a ser testigos de su propio desmoronamiento.
Al cruzar el umbral, José sintió que el aire
cambiaba. Su dormitorio, el lugar donde dormía cada noche, había sido
transformado en un escenario extraño, decorado meticulosamente para la ocasión.
En el centro de la cama, Claudio y Juan esperaban desnudos, recostados boca
arriba.
Frente a ellos, en un lugar que parecía
diseñado para no perderse ni un detalle, estaba la silla. José se sentó,
sintiéndose pequeño en su propia casa, mientras Tamara se acercaba al borde del
colchón.
Bajo la luz tenue, José no pudo evitar fijar
la vista en los dos hombres. Ambos poseían miembros imponentes, de un tamaño
que hacía que José tragara saliva con dificultad. Tamara también parecía
impactada por la visión; sus ojos recorrieron la anatomía de ambos con una
mezcla de fascinación y deseo que nunca antes le había mostrado a su marido.
—Son increíbles... —susurró ella, casi para
sí misma, pero lo suficientemente alto para que José lo escuchara. Se acercó a
acariciarlos, y mientras ellos le devolvían las caricias y le decían cosas al
oído, ella no dejaba de elogiarlos—. No puedo creer lo grandes que son... son
perfectos.
Claudio, con una sonrisa de suficiencia, se
levantó un momento para encender la luz principal. El resplandor crudo inundó
el cuarto, eliminando cualquier rastro de misterio.
—Mirá bien, José. Esto es lo que ella quería
—dijo Claudio
Tamara, bajo esa luz cegadora, sacó un forro.
Con dedos decididos, extrajo uno de los preservativos. Miró a Juan, luego miró
de reojo a José —como para asegurarse de que él no se perdiera nada— y se llevó
el látex a la boca.
José observó, con el alma en un hilo, cómo
ella se arrodillaba frente a Juan. Con una técnica lenta y una entrega
absoluta, comenzó a colocar el preservativo utilizando solo sus labios y su
lengua, perdiéndose en un sexo oral profundo que dejó a José sin aliento. Los
elogios que ella seguía murmurando entre movimientos terminaron de demoler lo
poco que quedaba del orgullo de su marido.
Mientras Tamara continuaba con su labor,
entregada por completo al sexo oral con Juan, Claudio no se quedó como un
simple espectador. Con una parsimonia casi ritual, tomó otro de los
preservativos y se lo colocó él mismo, sin dejar de observar ni un segundo el
balanceo rítmico de los hombros de ella.
Claudio se levantó y se posicionó detrás de
Tamara, que seguía arrodillada, de espaldas a la silla donde José permanecía
petrificado. La luz cruda de la habitación resaltaba cada detalle de la
lencería blanca de ella, que ahora se tensaba sobre sus formas.
—Mmm... —un gemido bajo escapó de la
garganta de Tamara mientras seguía ocupada con Juan, un sonido húmedo y rítmico
que llenaba el silencio del cuarto.
Claudio se inclinó y rodeó la cintura de ella
con sus manos grandes. José escuchó el sonido de la piel chocando contra la
piel, un ¡plap! seco que le hizo dar un respingo en la silla. Claudio
comenzó a besarle las nalgas con un hambre evidente, dejando marcas húmedas
sobre su piel blanca.
—Slurp... mmuá... —se escuchaba el
sonido de los besos de Claudio, intensos y profundos, mezclados con los ruidos
de succión de Tamara.
Juan, por su parte, echó la cabeza hacia
atrás sobre las almohadas, cerrando los ojos con una mueca de placer absoluto.
—Ahhh... sí, así, Tamara... —susurró él, mientras las manos de ella lo
sujetaban con fuerza.
José estaba ahí, a escasos metros, viendo
cómo su esposa se convertía en el centro de un engranaje perfecto de placer
ajeno. El sonido de los besos de Claudio en la parte posterior de ella y la
labor incesante de Tamara con Juan creaban una atmósfera sonora que José nunca
habría podido imaginar. Era un concierto de humedad, respiraciones agitadas y
el roce constante del látex.
Tamara se arqueó levemente cuando sintió la
lengua de Claudio recorrerla, pero no se detuvo. Sus ojos, entornados por el
placer y el esfuerzo, se encontraron por un segundo con los de José desde esa
posición humillante, y él pudo ver que ella ya no estaba allí como su mujer,
sino como alguien completamente entregado a la experiencia.
La atmósfera en la habitación se volvió
espesa, cargada de un calor que parecía distorsionar el aire. Bajo la luz
blanca, el movimiento se volvió coreográfico.
Los tres se acomodaron en el centro de la
cama, de rodillas, formando un triángulo de piel y deseo. Juan y Claudio
rodeaban a Tamara, cuyos ojos brillaban con una intensidad eléctrica.
Comenzaron a besarse entre ellos, un intercambio de lenguas y alientos que José
observaba con la boca seca.
—Mmm... qué rica que estás, por Dios
—gruñó Juan entre besos.
Con un movimiento brusco y experto, Juan
desprendió el encaje blanco de la lencería de Tamara, liberando sus pechos. Los
dos hombres se abalanzaron sobre ellos al mismo tiempo.
—Ssslp... mmuá... ahhh... —se
escuchaba el sonido húmedo de las succiones mientras Juan saboreaba un pezón y
Claudio el otro.
Tamara echó la cabeza hacia atrás, con la
garganta expuesta, soltando un gemido largo y vibrante: —¡Ohhh, sí! ¡Dénme
más! —exclamó ella, mientras sus manos, inquietas, bajaban para rodear los
miembros de ambos. Comenzó a masturbarlos con un ritmo frenético, un shhh-shhh
rítmico que se mezclaba con el jadeo de los hombres.
Mientras la besaban y la mordisqueaban, las
manos de Claudio y Juan no se quedaban quietas. Una mano de Juan se hundió
entre las piernas de ella, buscando su humedad (¡fush, fush!), mientras
Claudio exploraba con sus dedos la firmeza de su cola, apretándola con fuerza.
—Estás empapada, nena... mirá cómo te
ponés con nosotros —le susurró Claudio al oído, provocando que ella se
estremeciera de pies a cabeza.
José, desde su silla, sentía que el mundo
desaparecía. La visión de su esposa siendo devorada por esos dos hombres
imponentes, el sonido de los fluidos y los elogios sucios que ellos le
dedicaban, le provocaron una reacción que no pudo contener. Sus manos, casi por
instinto, bajaron hacia su propio pantalón. Comenzó a tocarse ahí mismo, en la
silla, con movimientos desesperados, incapaz de quitar la vista de la cama.
—¡Sí, José! ¡Mirá cómo me tocan! ¡Mirá qué
grandes que son! —gritó Tamara, mirando a su marido con una sonrisa salvaje
mientras continuaba masturbándolos a ambos—. ¡Mirame!
El cuarto era un caos de onomatopeyas: el slurp
de los besos, el ¡plap! de las manos contra la carne y los gemidos
roncos de los dos hombres que ya no tenían ningún reparo en mostrar su dominio.
—Ahora chupanos la pija a los dos —ordenó
Juan con voz ronca, sin dejar lugar a réplicas.
Con una parsimonia dominante, tomó a Tamara
por la nuca y guio su cabeza nuevamente hacia su miembro. Tamara, obediente y
sumisa, se entregó al acto con un glup...
glup... sonoro y profundo. Mientras ella se concentraba en él, Juan
aprovechó la posición para correrle la lencería blanca hacia un lado. Con un
movimiento rápido y experto, le metió dos dedos en la concha; el sonido húmedo
del ¡shhhk... shhhk! comenzó a
marcar un ritmo frenético de mete y saca.
Tamara gemía ahogada por la boca ocupada,
mientras sus manos no se quedaban quietas: ¡zas... zas! masturbaba a Claudio con desesperación. Claudio, sin
perder tiempo, le seguía acariciando y apretando los pechos, produciendo un
sonido de ¡plap... plap!
constante contra la carne blanca.
El intercambio fue caótico y eléctrico.
Tamara giraba la cabeza, alternando ¡slurp...
slurp! entre los miembros de ambos hombres, buscando satisfacer a los
dos al mismo tiempo. El aire en la habitación se volvió insoportable, cargado
de sudor y deseo.
José, sentado en la silla, ya no podía
controlar nada. El sonido del ¡shhhk...
shhhk! de los dedos de Juan dentro de su esposa actuaba como un látigo
en su cerebro. Sus propias manos bajaron temblando, y comenzó a tocarse frenéticamente
su miembro sobre el pantalón, jadeando bajito, incapaz de apartar la vista de
cómo su matrimonio se desintegraba en ese triángulo de carne y fluidos.
Juan soltó una carcajada cínica mientras
observaba la reacción de José en la silla. —¿Se te está parando la pija,
Josesito? —se burló, disfrutando de su parálisis—. Mirá cómo la chupa la yegua
esta.
Tamara ni siquiera parpadeó. Seguía con su
labor frenética, alternando la boca de una pija a la otra en un ¡slurp... slurp! húmedo y rítmico que
llenaba la habitación. Mientras tanto, Claudio y Juan, a ritmo compartido,
comenzaron a cachetearle las nalgas con fuerza. El sonido de la carne chocando
contra la carne resonaba con un seco ¡plaf...
plaf... plaf!, dejando marcas rojas sobre su piel blanca.
Claudio se giró hacia José, con una sonrisa
depredadora. —Dale, Josesito, sacatela —ordenó, marcando el último paso de la
humillación.
José, temblando incontrolablemente y con la
respiración entrecortada, obedeció. Sus dedos torpes desabrocharon el cinturón
y bajaron el cierre, liberando su miembro erecto, que quedó expuesto bajo la
luz cruda del cuarto. Se quedó ahí, paralizado y expuesto, mientras el
concierto de ¡plaf! y ¡slurp! continuaba sobre la cama.
La diferencia era innegable y brutal; la pija
de José, aunque erecta por la situación, no se comparaba en absoluto con la
imponencia de las de Claudio y Juan.
—¿Qué pasa, Josesito? ¿Te achicaste? —se
burló Juan, mirando de reojo el miembro de José y luego el suyo—. Dale, decile
que la amás. Decile que te calienta verla así, tan puta. ¡Dale, decilo!
José, con la voz quebrada y temblando, apenas
pudo articular las palabras: —Te... te amo, Tamara. Me... me calienta verte
así...
Tamara, sin detener el ¡slurp... slurp! rítmico que le hacía
a Claudio, soltó una carcajada ahogada.
En ese momento, Juan empujó a Tamara para que
quedara boca arriba. Con un tirón seco, le arrancó la tanga blanca, dejándola
totalmente expuesta. Mientras Claudio se acomodaba para seguir recibiendo
placer oral, Juan bajó la cabeza y comenzó a lamerla con desesperación. El
sonido húmedo de la succión, un ¡fush...
fush... fush! constante, llenó el ambiente.
—¡Eso, Tamy, así, no pares! —gruñó Claudio,
tomando a Tamara por la cabeza y empujando su miembro con fuerza hacia su
garganta, provocando un ¡ghok... ghok!
ahogado de ella.
Tamara quedó atrapada en ese engranaje de
placer: abajo, el sexo oral de Juan le provocaba gemidos agudos; arriba, la
boca ocupada con Claudio.
—¡Ahhh! ¡Juan, más fuerte! —gritó ella,
arqueándose, mientras Claudio reía y la cacheteaba: ¡plaf... plaf!
Claudio, con una sonrisa de absoluta
posesión, se irguió un momento y luego se abalanzó sobre Tamara. Se posicionó
sobre ella, dominando su cuerpo, mientras Juan seguía con su labor en la parte
inferior. Con un movimiento brusco, Claudio se hizo una turca en el abdomen,
dejando caer su miembro erecto sobre los pechos de Tamara.
—¡Plaf!
¡Plaf! —sonó el choque de la piel contra la piel mientras frotaba su
pija con vigor contra las tetas de ella.
Para que el roce fuera aún más intenso y
placentero, Claudio escupió. Un ¡ptü!
sonoro cayó sobre uno de los pechos de Tamara, seguido de otro ¡ptü! en el otro. Las gotas de saliva
brillaron bajo la luz cruda, mezclándose con el sudor. Luego, reanudó el frote,
el sonido húmedo del ¡shplish...
shplish! marcando el ritmo de su turca.
Tamara, atrapada entre el placer de Juan
abajo y el de Claudio arriba, jadeaba incesantemente. Sus pechos, ahora
brillantes y húmedos, eran el centro de la atención de Claudio, mientras Juan
seguía con su ¡fush... fush!
insistente.
—aahhahahaha siiiii ahhhhhhhhhhhhhh — decía
tamara
José, en la silla, observaba todo, su miembro
temblaba en su mano mientras el aire se volvía irrespirable.
—Ahora te vamos a coger de verdad, Tamara
—dijo Juan con voz firme, marcando el ritmo de la noche.
Él se acomodó boca abajo en el borde de la
cama, posicionándose. Tamara, con la respiración agitada y los ojos fijos en la
escena, obedeció. Se montó sobre él con movimientos lentos y calculados,
sintiendo la tensión en todo el cuarto.
El ambiente se volvió asfixiante. El sonido
del roce de los cuerpos, un ¡shhhk...
shhhk! constante y rítmico, llenaba la habitación, mezclándose con las
respiraciones pesadas. Claudio, desde un costado, observaba con una sonrisa
depredadora, ¡plaf... plaf!,
dándole palmadas en la espalda a Juan para motivarlo.
Tamara gemía intensamente, ¡ahhh... ahhh!, arqueando la espalda
mientras mantenía la mirada en José, quien seguía petrificado en la silla,
tocándose desesperadamente y sintiendo cómo su dignidad se desmoronaba por
completo con cada sonido de esa unión.
—¡Ay, qué verga tenés, Juancito!
¡Aaaaaaaaaaaaaaahh, aaaaaaaaaaaaaaaahhh, mmmm! —gemía Tamara, perdiendo el
control mientras se movía frenéticamente sobre él. El sonido de los cuerpos
chocando era un ¡plap... plap... plap!
seco y constante que retumbaba en las paredes.
Juan, respirando entrecortadamente, le
sujetaba la cintura con fuerza para marcar el ritmo, mientras Claudio observaba
todo con una mirada depredadora.
—¡Ahora me toca! —rugió Claudio, impaciente
por su turno.
Claudio se acomodó en la cama y guio a Tamara
para posicionarse en un 69. El
aire se volvió aún más pesado y cargado de sudor. Tamara, ahora entre las
piernas de Claudio, se concentraba en su labor con un ¡slurp... slurp! incesante, mientras Claudio la penetraba
oralmente desde el otro extremo.
José, aún en la silla, observaba cómo su
esposa intercambiaba fluidos con los dos hombres simultáneamente, sintiendo un
nudo en el estómago que le impedía respirar.
José no paraba de tocarse, jadeando y
gimiendo en la silla, incapaz de detener el placer perverso que lo consumía por
completo.
—¿Viste que vos también la pasás bien,
Josesito? —se burló Juan, lanzándole una mirada cargada de dominio mientras
seguía con Tamara.
El cuarto era un caos absoluto de sonidos
insoportables. Los mmmmmmmmaaauauauauuh...
aaaaahahh... ffff... de Tamara resonaban por cada rincón, mezclándose
con los glup... glup... glup...
brutales de Claudio succionando su vagina, un sonido húmedo y voraz que
indicaba una entrega total.
Tamara, en el clímax del 69 con Claudio, se
estremecía bajo la intensidad, mientras José, a pocos metros, se rendía al
mismo tiempo a su propio éxtasis humillante
Tamara había caído de rodillas sobre el
colchón con una gracia felina, sus muslos firmes y redondos separados justo lo
suficiente para que Claudio pudiera admirar el brillo de su excitación
resbalando entre sus labios hinchados. Se apoyó sobre los antebrazos, arqueando
la espalda de manera que su trasero, redondo y turgente, quedara elevado como
una oferta silenciosa., recordándole que no podía escapar, que no quería
escapar.
José,
desde la silla, no podía despegar la vista. Sentía cómo el aire le faltaba al
ver a su esposa en esa posición, totalmente expuesta y sometida ante los dos.
—toma, Tamara… —Juan gruñó, enredando los
dedos en su cabello castaño oscuro, recogido en un moño desordenado que ahora
se deshacía en mechones sudorosos—. Así, justo así, nena. Usá esa bocita sucia
como sabés.
Ella no respondió con palabras. En su lugar,
huecó las mejillas y llevó la cabeza hacia adelante, tomando a Juan hasta la
garganta con un sonido húmedo y obsceno. Sus ojos, delineados con kohl que
ahora estaba corrido por el sudor, se encontraron con los de él, desafiantes,
mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en las esquinas. No era dolor lo
que la hacía lagrimear, sino la intensidad, la sensación de estar llena en
ambos extremos, de ser usada, adorada y dominada al mismo tiempo.
José veía
cómo Tamara buscaba la mirada de Juan mientras sufría y gozaba. La escena le
revolvía el estómago, pero una excitación incontrolable lo obligaba a seguir
mirando, con la mano temblorosa sobre su propio miembro.
Claudio no le dio tiempo para adaptarse. Con
un gruñido animal, empujó hacia adelante, enterrando su gruesa circunferencia
en el apretado calor de su ano sin previo aviso.
—¡Ah, mierda! —Tamara jadeó alrededor de la
pija de Juan, las palabras distorsionadas en un gemido vibrante que hizo que él
maldijera y empujara más profundo—. ¡Clau—! ¡Dios, sí, así, más fuerte!
—Te lo dije, puta —Claudio siseó, retirándose
solo para volver a embestir con un golpe seco que hizo que los pechos de Tamara
rebotaran—. Vas a tomar cada centímetro como la buena perra que sos. —Sus dedos
se clavaron más hondo en su carne, dejando marcas blancas donde la presión
cortaba la circulación—. Y vas a chuparle la verga a Juan como si tu vida
dependiera de ello, ¿entendido?
Ella asintió lo mejor que pudo, el movimiento
haciendo que la pija de Juan resbalara contra su paladar. Sus manos, que antes
estaban apoyadas en el colchón, ahora se aferraban a los muslos de Juan, las
uñas pintadas de rojo oscuro hundiéndose en su piel mientras intentaba mantener
el equilibrio. Cada embestida de Claudio la empujaba hacia adelante,
obligándola a tomar más de Juan, y cada vez que se ahogaba, él gemía y le decía
que era una buena chica, que era perfecta. Las palabras la
enardecían, la hacían sentir como si estuviera ardiendo por dentro.
Desde su
rincón, José soltó un gemido ahogado al ver cómo Claudio la penetraba. La
humillación de ver a Tamara tratada así, y la erotización de la escena, lo
tenían al borde del colapso emocional y físico.
—Mirá qué bien te queda, Tamara —Juan
murmuró, acariciando su mejilla con el pulgar mientras ella baboseaba su longitud
con saliva y lágrimas—. Toda hinchada, con los labios rojos como si acabaras de
besuquearte con alguien. —Bajó la mirada hacia donde Claudio desaparecía dentro
de ella, el sonido húmedo y obsceno de sus cuerpos chocando llenando el
silencio entre jadeos—. Y ese culo… joder, cómo se traga a Claudio. Sos una
maldita diosa.
uan soltó una carcajada ronca, complacido por
la visión de Tamara jadeando bajo el impacto de Claudio. —Mirala, Josesito.
Mirá cómo la están usando los verdaderos machos.
Sin pedir permiso, Juan se levantó de su
posición y se colocó detrás de Claudio. Claudio entendió la señal de inmediato
y se hizo a un lado, dejando espacio. Tamara, aún de rodillas y apoyada en los
antebrazos, respiraba con dificultad, con la boca entreabierta y la mirada
perdida en la intensidad de la situación.
Claudio tomo un pote de lubricante y se lo
tiro sobre su ano, luego juan se puso boca arriba para que Tamara lo montara
nuevamente
Pero cuando ella se clavo la verga en la
vagina de nuevo Claudio se puso encima metiéndosela en el Culo
La doble penetración comenzó con un ritmo
brutal y coordinado. ¡Plap, plap, plap! resonaba el sonido de las nalgas de
Tamara chocando contra la pelvis de Claudio, mientras que los sonidos húmedos
de succión (glup, glup) marcaban el ritmo de Juan en su boca.
—¡Oh dios! ¡Me rompen! ¡Me rompen! —gritaba
Tamara, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, sintiéndose llena y
poseída por completo, incapaz de distinguir entre el dolor y el placer extremo.
Claudio, sosteniéndola de la cintura con
fuerza, intensificó el ritmo, mirando fijamente a José. —¡Mirá, José! ¡Mirá
cómo tu mujer disfruta de ser de todos menos tuya!
José jadeaba incontrolablemente, sintiendo
cómo su propio clímax se acercaba, mezclado con una humillación tan profunda
que le resultaba erótica.
Claudio, con una sonrisa salvaje, inclinó la
cabeza hacia Tamara. —¡Acabó! ¡Acabó! —gritó, su voz ronca por el esfuerzo. Con
un tirón, sacó su miembro de ella, mientras Juan hacía lo propio.
Tamara, jadeando, se quedó con los ojos
vidriosos, su cuerpo temblando por el placer brutal. Los dos hombres se
miraron, una señal silenciosa de complicidad y triunfo.
—Ahora, Josesito, mirá esto —dijo Juan con
desprecio, posicionándose sobre la cara de Tamara. Claudio, a su lado, hizo lo
mismo con sus pechos.
Con una sincronía perturbadora, ambos hombres
se deshicieron de los preservativos con un movimiento rápido. Tamara soltó un
gemido ahogado al verlos, pero no tuvo tiempo de reaccionar.ç
Aaaoaoaoajajahjahaahhhhhhhh eran leones
gruñendos
Juan se inclinó y, con un gruñido gutural,
descargó su semen sobre el rostro de Tamara. Las gotas calientes y espesas
salpicaron su frente, sus mejillas y se escurrieron por su mentón, mezclándose
con sus lágrimas y el sudor. Casi al mismo tiempo, Claudio se derramó sobre sus
pechos, cubriendo su piel blanca y sus pezones duros con su propia eyaculación,
que brillaba bajo la luz cruda de la habitación.
—¡Ahhh! —gimió Tamara, con la cara y el pecho
empapados, la cabeza ladeada mientras el placer y la humillación la superaban.
José, en la silla, ya no pudo contenerse. La
visión de su esposa profanada de esa manera tan explícita lo llevó al límite.
Con un gemido de dolor y placer, se vino también , un clímax desesperado y
vergonzoso que marcó el final de su resistencia. Su cuerpo se desplomó en la
silla, tembloroso, mientras el aire de la habitación se volvía espeso con el
olor a sexo y derrota.
Claudio y Juan, satisfechos, se levantaron.
La escena en la cama era un testimonio de su dominio. Tamara yacía entre ellos,
cubierta por el sudor, las lágrimas y el semen de los dos hombres, con una
expresión vacía pero extrañamente serena.
—Mirá cómo quedó llena de leche tu mujer
—dijo Juan con una sonrisa cínica, señalándola sin ocultar su desprecio.
Ambos quedaron exhaustos, jadeando.
En ese momento, el silencio del cuarto fue
roto por un grito prolongado y agudo que escapó de la garganta de Tamara, una
mezcla de extenuación y placer residual:
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhaaaaaaaaaaaaaaaaaoooooooh!
Al escucharla, José no pudo contenerse más.
Llevaba tanto tiempo masturbándose frenéticamente que el orgasmo le sobrevino
como una descarga eléctrica violenta. Se sorprendió a sí mismo de haber
aguantado tanto, descargando su propia mezcla de excitación y humillación en la
soledad de su silla, mientras contemplaba cómo su matrimonio se desintegraba
definitivamente.
Tras unos minutos de descanso, la atmósfera
se distendió ligeramente. Claudio tomó a Tamara de la mano y la ayudó a
levantarse. —Vamos a limpiarnos —dijo, dirigiéndose al baño principal.
José se quedó solo en la habitación,
sintiendo cómo el frío comenzaba a calarle los huesos ahora que la adrenalina
bajaba. Desde el baño, escuchó el sonido del agua caliente corriendo y, al poco
tiempo, gemidos suaves y murmullos cómplices que indicaban un último encuentro
sexual bajo la ducha, un cierre íntimo del que él había sido excluido.
Cuando finalmente salieron, el ambiente era
otro. Tamara, vestida con una bata, evitaba su mirada, mientras los dos hombres
se ponían sus ropas con parsimonia.
—Bueno, che, fue una noche intensa —dijo
Claudio, abrochándose la camisa—. Gracias por la hospitalidad, José.
Juan le estrechó la mano con firmeza, una
última muestra de superioridad. —Cuídala bien, ¿eh? —añadió con una ironía
mordaz.
José asintió en silencio, incapaz de
articular palabra. Tamara los acompañó hasta la puerta. Tras un último beso
rápido en la mejilla de ella, los extraños se retiraron, cerrando la puerta y
dejando a la pareja sumida en un silencio sepulcral, en medio de la sala de
estar que ahora se sentía extraña y vacía.
José miró a Tamara. La tensión entre ellos
era insoportable, una mezcla de culpa, excitación residual y vergüenza. Sin
decir palabra, él la tomó de la cintura y la besó con una urgencia desesperada,
necesitando reafirmar su posesión sobre ella. Tamara correspondió con la misma
intensidad, como si ambos buscaran borrar lo ocurrido a través de un encuentro
sexual frenético y posesivo sobre el sofá.
Al amanecer, la luz del sol entró por la
ventana, desnudando la escena de la noche anterior. José se levantó con el
cuerpo dolorido y la mente turbia. Al llegar a la cocina, se detuvo en seco al
borde del pasillo.
Tamara estaba allí, preparando el café de
espaldas. Llevaba puesta una remera de José que le quedaba grande. Canturreaba
una melodía suave mientras esperaba que saliera la bebida, moviéndose con una
ligereza y una felicidad que contrastaban brutalmente con el desmoronamiento de
la noche anterior. Parecía haber olvidado todo, o quizás, lo había integrado como
un triunfo personal. José se quedó mirándola, sin saber si sentir alivio o un
terror profundo por la nueva etapa que, finalmente, habían comenzado.
FIN
Olfato
José caminaba
entre los arbustos secos que arañaban sus pantalones, sintiendo el peso de la
llave de Daniel en el bolsillo. Estaba lejos de la ciudad, en un silencio solo
roto por el crujir de las ramas. La casa abandonada se erguía frente a él como
un cadáver de madera y piedra. Al insertar la llave, un panel numérico oculto
cobró vida con un pitido electrónico. José marcó el código y, con un suspiro
hidráulico, la puerta se abrió.
El interior era
una ruina: polvo, muebles destrozados y olor a humedad. José recorrió las
habitaciones, impaciente, hasta que sus ojos dieron con la lámpara del techo.
De ella colgaba una correa vieja de encender la luz. Tiró con fuerza y el suelo
vibró; un pasadizo secreto se reveló ante sus pies.
Al bajar por las
escaleras de madera que gemían bajo su peso, la linterna de su celular iluminó
una pared de piedra sin salida. Pero José ya conocía los trucos de su cliente.
Tanteó la roca hasta que un botón mecánico cedió bajo su mano. La pared se
deslizó, dejando ver un laboratorio
metálico de alta tecnología, un búnker de acero brillante en medio de la
tierra.
Sobre una mesa de
acero, vio los dispositivos: pequeñas bombas que parecían simples llaveros.
Guardó una en su bolsillo, pero su verdadero premio estaba a un costado. El
maletín de cuero negro contenía un
millón de dólares en efectivo. Por un momento, José olvidó el drama con
Tamara; ese dinero era su libertad, o quizás el precio de su alma.
Tras esconder el
botín en su despacho y lavar su camioneta para borrar cualquier rastro de barro
del bosque, José regresó a casa. La cena con Tamara fue un ejercicio de
hipocresía pura.
—Me alegra que ese
criminal de Daniel se pudra en la cárcel —dijo Tamara, cortando la carne con
tranquilidad—. No tenés nada que reprocharte, hiciste lo que pudiste como
abogado.
José la miró
fijamente, masticando en silencio.
—Tenes razón,
amor—respondió José con una sonrisa gélida—. Por suerte, ya me pagaron lo que
me debían. Mañana firmo lo papeles y ya se termina todo
Al otro dia el jefe de policía Alejandro duarte
estaba en su oficina y en frente de el las ofiasiales Sabrina córtese, y Cintia
Gómez
Duarte dejó unos
papeles sobre la mesa y las miró por encima de sus anteojos.
—Me han llegado
sus quejas, y no solo a mí, sino también al Ministerio —empezó Duarte con voz
ronca—. Dicen que esta fuerza es anacrónica, que por ser mujeres se las relega
a tareas administrativas o patrullajes de baja intensidad. Dicen que no se les
permite demostrar que tienen el mismo cuero que cualquier oficial hombre para
los operativos de alto riesgo.
Sabrina dio un
paso al frente, sin bajar la mirada.
—Así es, Comisario
—respondió con firmeza—. Tenemos el mismo entrenamiento, las mismas
calificaciones y, me atrevo a decir, más disciplina que muchos de nuestros
compañeros. No queremos privilegios, queremos las misiones que realmente
importan.
Duarte soltó una
risa seca y miró a Cinthia.
—¿Usted piensa lo
mismo, Oficial Gómez? ¿Está preparada para lo que el barro y la calle realmente
exigen?
—Con total
convicción, señor —contestó Cinthia sin dudar—. Denos la oportunidad y le
demostraremos de qué estamos hechas.
Duarte guardó
silencio unos segundos, tamborileando los dedos sobre el escritorio.
Finalmente, suspiró y se reincorporó en su silla.
—Bien. El
Ministerio quiere resultados y ustedes quieren una oportunidad. Se las voy a
dar. Esta tarde trasladamos a Daniel
Carrasco. Es un pez gordo, un científico vinculado a la mafia, y hay que
llevarlo a la unidad penal de Alta
Barrosa. Es un trayecto largo por rutas secundarias.
Las dos oficiales
intercambiaron una mirada de determinación. Era una misión de custodia de alto
perfil.
—Ustedes dos irán
en el patrullero principal con el detenido —continuó Duarte—. Pero no estarán
solas. Habrá una unidad de apoyo con dos compañeros escoltándolas unos metros
atrás para asegurar el perímetro. Si entregan a Carrasco en Alta Barrosa sin
incidentes, personalmente me encargaré de que sus nombres encabecen la lista
para los próximos operativos del grupo especial. Tendrán el respeto que tanto piden
y, según dicen, se merecen. ¿Aceptan?
—Entendido, señor
—dijeron ambas al unísono, sintiendo el peso de la responsabilidad
La sala de visitas
de la prisión era un cubículo asfixiante con olor a desinfectante. José estaba
sentado frente a Daniel, tratando de mantener la compostura. El abogado se
acomodó los lentes y, tras asegurarse de que el guardia de la puerta estaba
distraído mirando su reloj, se inclinó hacia adelante.
—Todo está listo,
Daniel —susurró José, su voz era un hilo apenas audible—. Ya firmé el papeleo
final. Los pasajes están comprados y el DNI falso con tu nueva identidad te
espera en el escondite que acordamos, junto con el resto de la documentación.
Daniel lo observó
con esos ojos fríos, como los de un reptil que analiza a su presa. Una media
sonrisa se dibujó en su rostro.
—¿Y lo otro?
—preguntó el científico—. ¿Trajiste lo que te pedí?
José asintió
levemente. Por debajo de la mesa, con un movimiento rápido y ensayado, deslizó
el pequeño cilindro metálico hacia Daniel. El preso lo atrapó al vuelo y lo
hizo desaparecer dentro del bolsillo de su overol naranja con una destreza
asombrosa.
—Perfecto, José
—dijo Daniel, recostándose en su silla—. Al final resultaste ser mucho más
eficiente de lo que aparentabas.
—¿Cómo vas a
hacerlo? —preguntó José, sintiendo que el corazón le martilleaba el pecho.
Daniel se lamió
los labios, saboreando ya la libertad. —Es simple. Durante el traslado,
activaré la bomba de humo. La cabina se llenará de gas somnífero; las dos
oficiales y los escoltas quedarán fuera de combate en segundos. Yo saldré del
patrullero, caminaré unos kilómetros hasta el punto de encuentro y mis
contactos me llevarán a un aeropuerto privado. Para mañana a esta hora, estaré
en Chile, disfrutando de los millones que hice con la mafia. Vos solo disfrutá
de tu dinero y olvidate de que nos conocimos. Aquí no ha pasado nada.
Se estrecharon la
mano —un pacto entre un abogado quebrado y un criminal brillante—. José se
retiró con el maletín de dinero, sintiéndose el hombre más astuto del mundo.
Minutos después,
de regreso en su celda antes de que lo encadenaran para el traslado, Daniel
sacó el dispositivo para inspeccionarlo una última vez. Su mirada recorrió las
pequeñas inscripciones técnicas grabadas en el cromo del cilindro. De repente,
su rostro palideció y sus ojos se abrieron con furia.
—¡Qué pedazo de
imbécil! —rugió Daniel para sí mismo, apretando el objeto hasta que sus
nudillos se pusieron blancos—. ¡José, pelado de mierda...! ¡Me trajo la bomba de feromonas concentradas en
lugar de la de gas somnífero!
Daniel miró la
puerta de la celda. El tiempo se acababa. Los guardias ya venían a buscarlo. No
tenía otra opción; tendría que usar lo que tenía. El plan original de dormir a
las oficiales se había transformado, por el error de José, en un plan mucho más
salvaje e impredecible.
Esta
parte es excelente porque establece el "tablero de ajedrez". Daniel,
lejos de asustarse por la amenaza de Duarte, comprende que el error de José
acaba de convertir su traslado en una oportunidad de dominación total,
especialmente ahora que sabe que hay dos oficiales más (Luciano y Alfredo) que
también caerán bajo el efecto del gas.
El eco de
unas botas pesadas retumbó en el pasillo de las celdas. Alejandro Duarte, el
Jefe de Policía, apareció con su uniforme de gala, escoltando a Sabrina y
Cinthia, quienes lucían impecables y decididas. Daniel, ya esposado de pies y
manos, se puso de pie lentamente, con una sonrisa que Duarte interpretó como un
gesto de burla.
—Escuchame
bien, Carrasco —dijo Duarte, acercándose tanto que Daniel podía oler el café en
su aliento—. Estas son las oficiales Cortese y Gómez. Ellas se encargarán de tu
traslado. Y antes de que tu mente de criminal piense que por ser mujeres vas a
tener una oportunidad de escape, sacatelo de la cabeza.
Daniel
miró a Sabrina y luego a Cinthia, recorriéndolas con una mirada lenta que las
hizo sentir incómodas.
—Son
muy... profesionales —murmuró Daniel con un tono de voz cargado de un doble
sentido que solo él entendía.
—No solo
son profesionales, son implacables —le espetó Duarte—. Y por si tenés ideas
raras, no van solas. Detrás de ellas irán los oficiales Luciano y Alfredo.
Son dos de nuestros mejores hombres, expertos en tiro táctico. Si intentás
cualquier movimiento extraño, si tan solo te estirás de más, ellos tienen la
orden judicial de abrir fuego. No necesitamos que llegues vivo si intentás
fugarte. ¿Quedó claro?
Daniel
bajó la cabeza, pero no por miedo. En su mente, el plan se estaba
reescribiendo. El gas de feromonas no solo afectaría a las mujeres; el deseo
químico no discrimina. Imaginó a los musculosos Luciano y Alfredo perdiendo la
disciplina, y a Sabrina y Cinthia rendidas ante sus instintos.
—Totalmente
claro, Jefe —respondió Daniel, ocultando su euforia—. Cumpliremos con la ley.
En el
patio de la prisión, el operativo estaba listo. El primer patrullero esperaba
con el motor en marcha. Detrás, una unidad de apoyo con vidrios polarizados
mostraba a sus ocupantes: Luciano,
un joven de gimnasio con el uniforme a punto de reventar por sus hombros, y Alfredo, un oficial de ascendencia
africana, cuya imponente estatura y brazos macizos intimidaban a cualquiera.
—Chicas,
buena suerte —dijo Luciano desde la ventana del segundo móvil, dedicándole un
guiño a Cinthia—. No les quitemos el ojo de encima a este genio.
—Despreocupate,
Lu —contestó Cinthia, ajustándose el cinturón—. Lo tenemos controlado.
Duarte
dio la señal y la caravana salió de la prisión. Daniel, sentado en la oscuridad
del asiento trasero, sintió el frío metal de la pequeña bomba de feromonas
contra su pierna.
"Duarte,
no tenés idea de lo que acabás de hacer", pensó Daniel mientras el
patrullero se adentraba en la ruta hacia el bosque. "Luciano y Alfredo
creen que vienen a protegerme... pero van a terminar formando parte de mi obra maestra".
Con una sonrisa
picaresca y cargada de una malicia que nadie supo interpretar, Daniel subió al
patrullero. Las puertas se cerraron con un golpe seco. El convoy inició el
traslado hacia la prisión de Alta Barrosa, adentrándose en las rutas secundarias
que serpenteaban entre el denso bosque.
El orden de marcha
era estricto: en el primer móvil, Sabrina conducía con la mirada fija en el
asfalto mientras Cinthia vigilaba a Daniel por el retrovisor. Diez metros
atrás, el segundo patrullero seguía el ritmo, pero el ambiente allí adentro era
mucho más relajado.
Luciano, que apenas podía contener sus bíceps dentro de la
camisa del uniforme, conducía con una mano relajada sobre el volante. No le
prestaba mucha atención al auto de adelante; para él, este era un traslado de
rutina más.
—Ya está todo
cocinado para la semana que viene, Alfredo —dijo Luciano, con una chispa de
excitación en los ojos—. Reservé mesa en el boliche de siempre. Vamos a romper
la noche, acordate lo que te digo.
Alfredo, el oficial afro, se acomodó en el asiento del
acompañante, haciendo crujir el cuero del chaleco táctico. —¿Y el tema de las
minas? Mirá que no quiero ir a rebotar —contestó Alfredo con una sonrisa ancha.
—¿Rebotar? Mirá
esto —Luciano sacó su celular y, aprovechando un tramo recto de la ruta, le
mostró una foto a su compañero—. Ya hablé con estas dos. Mirá lo que son...
están separadas y tienen unas ganas de joda que no te explicás.
Alfredo tomó el
teléfono y silbó, impresionado por las curvas de las mujeres en la pantalla.
—¡No te puedo creer! ¿Cuántos años tienen? Porque se ven impecables, Lu.
—Son de las
nuestras, hermano —rio Luciano—. Vos despreocupate. Va a haber trago tras
trago, vino de primera y después... bueno, ya sabés. A esas nos las vamos a
coger hasta que no den más. Esas minas entran sí o sí en el plan.
—Así me gusta
—asintió Alfredo, devolviendo el celular—. Un poco de acción después de tanto
uniforme y tanto preso.
Ambos rieron,
sumergidos en su fantasía de conquista, sin notar que en el patrullero de
adelante, Daniel ya tenía la mano metida en el bolsillo del overol. El
delincuente acariciaba el botón del dispositivo de feromonas, esperando el
punto exacto donde el bosque se volviera más espeso y la señal de radio
empezara a fallar.
Daniel los
observaba por el cristal trasero, viendo las siluetas de los dos oficiales
musculosos en el auto de apoyo. "Disfruten de su charla de hombres
mientras puedan", pensó Daniel con una satisfacción oscura. "En unos
minutos, ese boliche y esas minas van a ser lo último en lo que piensen".
El patrullero
avanzaba devorando kilómetros de asfalto solitario. Daniel, en el asiento
trasero, mantenía una sonrisa picaresca y siniestra, una expresión tan cargada
de malicia que Cinthia no pudo
pasarla por alto. Lo observó por el espejo retrovisor, sintiendo una punzada de
irritación.
—¿Qué pasa, señor
Carrasco? —preguntó Cinthia con voz gélida—. ¿Está nervioso o está planeando
alguna estupidez? Si es lo segundo, le pido que lo piense más de dos veces. No
nos va a temblar el pulso para frenarlo, incluso si eso implica disparar.
Daniel soltó una
carcajada suave que erizó los pelos de la nuca de las oficiales.
—No estoy
nervioso, oficial. Solo estoy pensando en lo bien que se verían usted y su
compañera sin esos uniformes tan rígidos —respondió Daniel, inclinándose hacia
la reja de seguridad—. ¿Por qué no paramos un ratito? Podríamos pasarla muy
bien... una pequeña "fiesta de despedida". Yo sé que en el fondo se
mueren de ganas.
—¡Cierre la boca y
no se pase de listo! —ladró Sabrina
desde el volante, sin despegar la vista de la ruta—. Ya escuchó a mi compañera.
No nos atraen los criminales, y mucho menos los que creen que pueden
manipularnos.
—Miren que la
podemos pasar realmente bien —insistió Daniel, con una voz que se volvía
peligrosamente seductora—. Tengo algo que las va a ayudar a decidirse...
En un movimiento
rápido, Daniel sacó el dispositivo de su overol.
—¿Qué tiene ahí?
¡Suelte eso inmediatamente! —gritó Cinthia, intentando girarse mientras buscaba
su arma.
Pero ya era tarde.
Daniel, sin ningún tapujo, presionó el botón. Un siseo violento llenó la cabina
y una densa nube de humo color rosa
intenso brotó del cilindro, cubriendo instantáneamente todo el interior
del patrullero.
—¡No... qué es
esto! —exclamó Sabrina, pero al inhalar el aroma dulce y embriagador,
sintió que sus músculos perdían fuerza y su juicio se nublaba por un calor
repentino y devastador.
El patrullero dio
un volantazo violento. Sabrina perdió el control del volante y el vehículo se
desvió de la carretera principal, saltando la banquina y adentrándose en un
camino de hierbas altas y arbustos a toda velocidad. Las ramas golpeaban contra
el chasis mientras el auto se internaba en lo profundo del bosque, oculto por
la vegetación.
A diez metros
atrás, sumergidos en su charla sobre mujeres y boliches, Luciano y Alfredo no se dieron cuenta
del desvío de inmediato. El humo rosa que escapaba por las rejillas del
patrullero de adelante fue disipado por el viento, y para cuando Luciano
levantó la vista, el auto de las oficiales había desaparecido de su campo de
visión, tragado por la maleza.
—¿Pero qué
carajo...? —murmuró Luciano, frenando de golpe—. ¿A dónde se metieron
estas dos?
A unos cientos de
metros atrás, el patrullero de apoyo frenó en seco, dejando una marca de neumáticos
sobre el asfalto. Luciano y Alfredo bajaron del vehículo, desconcertados,
mirando hacia todas partes. El bosque parecía haber devorado al primer auto.
—¿A dónde carajo
se metieron? —preguntó Alfredo, ajustándose el cinturón táctico y mirando el horizonte—.
Estaban ahí hace un segundo.
Luciano, cegado
por la arrogancia, señaló hacia una senda que se abría hacia el lado izquierdo
de la ruta. —Seguro doblaron por aquel lugar, vi un destello de luces entre los
pinos. ¡Vamos, rápido!
—¿Estás seguro de
que fue por allá, Lu? —dudó Alfredo, mirando hacia el lado contrario, donde las
hierbas estaban aplastadas.
—¡Que sí, movete!
—gritó Luciano, subiendo al auto.
Sin saberlo,
tomaron el camino contrario. Mientras los hombres se alejaban hacia la
izquierda, el patrullero de las oficiales se hundía cada vez más hacia la
derecha, perdiéndose en la espesura.
Finalmente,
Sabrina logró clavar los frenos. El patrullero derrapó sobre el pasto alto
hasta detenerse en un claro descampado, justo frente a una laguna de aguas
quietas que reflejaba la luna. El silencio del bosque era absoluto,
interrumpido solo por el motor caliente del auto.
Ambas oficiales
bajaron del coche, tosiendo levemente por los restos del humo rosado que aún
flotaba en el aire. Se miraron confundidas, tocándose la cara y los brazos.
—La verdad... no
siento nada —dijo Cinthia, extrañada—. No me pica la garganta, no estoy
ciega... ni siquiera me siento mareada. ¿Qué carajo nos tiró este tipo? ¿Fue
una broma?
—No lo sé
—respondió Sabrina, cuyo rostro empezaba a verse extrañamente sonrojado—, pero
bajémoslo ya mismo antes de que intente otra estupidez. ¡Abajo, Carrasco!
Cinthia abrió la
puerta trasera con violencia, tomó a Daniel por el brazo y lo arrojó al suelo,
obligándolo a ponerse de rodillas sobre el pasto húmedo.
—¿Qué mierda nos
diste? —le gritó Sabrina, apuntándole con su arma, aunque sentía que la mano le
temblaba un poco, no por miedo, sino por un calor que nacía en la base de su
columna.
Daniel, de
rodillas pero con una expresión de triunfo absoluto, las miró de arriba abajo.
El humo rosa se había pegado a sus uniformes como un perfume invisible. —Ya se
los dije, oficiales... No es veneno. Es solo un pequeño "polvito"
para que la pasemos mejor. En unos minutos, me van a estar pidiendo por favor
que no me detenga.
—¡Callate,
estúpido! —le espetó Sabrina. Intentó llevarse el handy a la boca para pedir
apoyo—. ¡Central, aquí Unidad 4! ¡Tuvimos un incidente en el traslado,
estamos en un sector de lagunas, solicitamos apoyo de la escolta! ¡Central, respondan!
Pero del handy
solo salía estática. El bosque y la hondonada habían anulado cualquier señal.
Estaban solas, con un criminal que sonreía y un gas que empezaba a dilatarles
las pupilas, haciendo que el uniforme policial comenzara a sentirse como una
armadura de fuego sobre sus pieles.
Daniel soltó una
carcajada ronca que pareció vibrar en el aire denso de la laguna. Sus ojos
brillaban con una confianza depredadora mientras observaba a Cinthia, quien
respiraba con dificultad, con las pupilas tan dilatadas que casi no se veía el
color de su iris.
—Oficial
Cinthia... —susurró Daniel con una voz que sonaba como seda en los oídos de
ella—. ¿Por qué mejor no deja el arma en el suelo? O mejor aún, arrójela lejos.
No vaya a ser que se le escape un disparo y lo tenga que lamentar... o peor,
que me lastime y se quede sin su premio.
Como si estuviera
en un trance hipnótico, Cinthia soltó su arma. El metal golpeó el pasto con un
sonido sordo.
—¡Cinthia! ¡¿Qué
carajo estás haciendo?! —gritó Sabrina, retrocediendo un paso, horrorizada—.
¡Recuperá el arma ahora mismo! ¡No dejes que este tipo te manipule, es el gas,
reaccioná!
Pero mientras
Sabrina le gritaba a su compañera, Daniel aprovechó la distracción. Con una
habilidad asombrosa, sus manos libres —había logrado hacerse con las llaves en
el caos del humo— se deshicieron de las esposas. En un parpadeo, se deslizó
detrás de Cinthia y la rodeó con sus brazos, inmovilizándola con una llave al
cuello, pero sin apretar, casi como un abrazo forzado.
Sabrina,
desesperada, tiró el handy inútil al suelo y desenfundó su propia arma,
apuntando directamente a la cabeza de Daniel. El sudor le corría por la nuca, y
su camisa policial le apretaba el pecho, que subía y bajaba violentamente.
—¡Soltala!
¡Soltala ahora mismo o te juro que te vuelo la cabeza, Carrasco! —bramó
Sabrina, aunque su voz temblaba por el calor químico que le recorría las venas.
—Tranquila,
Sabrina... —respondió Daniel, pegando su mejilla a la de Cinthia—. No le voy a
hacer nada que ella no quiera. ¿Verdad, oficial?
Para horror de
Sabrina, Daniel pasó su lengua lentamente por la mejilla de Cinthia, subiendo
hasta su oreja. Cinthia no solo no se resistió, sino que cerró los ojos y dejó
escapar un gemido de placer que rompió el último rastro de disciplina en el lugar.
Sabrina bajó el arma unos centímetros, confundida, sintiendo que su propia
voluntad se evaporaba.
Daniel, viendo que
tenía el control total, llevó su mano libre al pecho de Cinthia. Con una
lentitud tortuosa, empezó a desabrochar los botones de su camisa de uniforme.
El sonido de los botones soltándose parecía retumbar en el silencio del bosque.
—Ya les dije...
—murmuró Daniel mientras la camisa de Cinthia se abría, revelando su piel
húmeda y encendida—. Vamos a pasar un ratito muy bien. Sabrina, guardá ese
juguete... y vení a ayudarnos.
—Tirá el arma, Sabrina —ordenó Daniel con una voz cargada de una autoridad oscura—. Ya no la necesitás. Sabés que no vas a disparar.
Sabrina sintió que
sus dedos perdían fuerza. El metal de la pistola, que siempre había sido su
símbolo de poder, ahora le parecía un objeto ajeno y pesado. Con un movimiento
mecánico, soltó el arma sobre el pasto. El sonido del impacto contra el suelo
marcó el final de su resistencia. Se quedó ahí, de pie, con los brazos caídos y
la mirada nublada, impactada por su propia incapacidad de reaccionar.
—¿Qué... qué nos
hacés? —alcanzó a balbucear Sabrina, mientras el sudor le empapaba la nuca—.
¿Cómo nos estás manipulando?
—Yo no las
manipulo, oficial —rio Daniel, soltando a Cinthia pero manteniéndose cerca de
ella—. Solo les estoy abriendo la puerta del deseo. La bomba solo sacó a la luz
lo que el uniforme les obligaba a esconder.
Cinthia, con la
camisa ya entreabierta, se tambaleó hacia Sabrina. Su rostro estaba encendido,
y sus ojos buscaban desesperadamente los de su compañera.
—No sé qué pasa,
Sabrina... —murmuró Cinthia con la voz quebrada por un jadeo—. Siento mucho
calor... un calor que me quema por dentro. No puedo pensar en el código, no
puedo pensar en Duarte... solo quiero que este fuego pare.
—Yo también,
Cinthia... yo también —confesó Sabrina, sintiendo que sus propias manos subían
instintivamente a su cuello para buscar aire.
Daniel,
disfrutando del espectáculo, se apoyó con total relajación sobre el capó del
patrullero, cruzando los brazos sobre el pecho. Su mirada recorría los cuerpos
de las dos mujeres con una mezcla de orgullo científico y lujuria.
—¿Por qué no se
humedecen entre ustedes? —sugirió Daniel con malicia. Con un movimiento firme,
empujó a Cinthia hacia adelante, haciendo que quedara frente a frente, cuerpo a
cuerpo, con Sabrina—. Mírense. Son dos oficiales hermosas atrapadas en un
uniforme que les aprieta.
Daniel dio un
golpe suave en el metal del auto para marcar el ritmo.
—Quiero ver cómo
se ayudan —ordenó—. Empiecen a sacarse la ropa. Una a la otra. Lentamente.
Quiero que el bosque sea testigo de cómo la ley se desnuda ante mí.
Sabrina y Cinthia
se miraron. Ya no eran compañeras de armas; eran dos mujeres unidas por una
urgencia química incontrolable. Las manos de Sabrina, temblorosas, se posaron
en los hombros de Cinthia, buscando el primer botón de lo que quedaba de su
camisa, mientras Cinthia hacía lo mismo con el chaleco táctico de Sabrina,
ansiosas por liberar la piel del encierro del uniforme.
Sabrina, con los
dedos torpes y el pulso acelerado, terminó de desabrochar el último botón de la
camisa de Cinthia. Al abrirse la
prenda, el aire fresco de la laguna rozó la piel húmeda de la oficial, pero no
sirvió para calmarla. Al mismo tiempo, Cinthia levantó los brazos para ayudar a
Sabrina a quitarse el pesado chaleco antibalas, tirándolo al suelo como si
fuera una carga insoportable que ya no necesitaban.
Daniel las
observaba desde el capó, deleitándose con el espectáculo de la autoridad
desmoronándose.
—Eso es, chicas...
—susurró Daniel con una voz hipnótica—. Suéltense. Dejen que el uniforme caiga.
Sean libres de toda esa disciplina que las asfixia.
Sabrina soltó un
jadeo profundo, con los ojos nublados por el deseo. Ya no le importaba el
operativo, ni Duarte, ni su carrera.
—No sé qué me
pasa... —confesó Sabrina, rompiendo el último rastro de decoro—. Estoy
terriblemente excitada. Siento la vagina empapada... el roce de la ropa me
quema.
Cinthia asintió,
soltando un gemido mientras sus manos bajaban instintivamente hacia su propia
cintura.
—A mí me pasa lo
mismo... —respondió Cinthia, con la respiración entrecortada—. No me puedo
contener más. Siento que el cuerpo me va a estallar si no me saco esto ahora
mismo.
Con movimientos
lentos y coordinados por una urgencia química, ambas llevaron sus manos a las
hebillas de sus cinturones tácticos. El sonido metálico de los enganches
soltándose (¡clack!) resonó en el silencio del descampado. Poco a poco,
empezaron a deslizar el grueso cuero de los cinturones con sus esposas,
cargadores y linternas, dejando que todo cayera sobre el pasto, junto a las
armas que habían abandonado.
Daniel se lamió
los labios, viendo cómo las dos mujeres, frente a frente, empezaban a
despojarse de sus pantalones de combate, quedando solo en su ropa interior
técnica, bajo la luz azulada de la luna y el reflejo de la laguna.
El silencio del
campo se rompió por el sonido rítmico y húmedo de los labios de las dos
oficiales. Daniel, de pie y con una erección que ya no podía ocultar bajo su
pantalón de preso, las observaba con una mezcla de orgullo y lascivia.
—Eso es... usen la
lengua, quiero oírlas —ordenó Daniel con voz ronca.
Sabrina y Cinthia
se hundieron en un beso profundo, desesperado. Sus lenguas se entrelazaban con
una pasión salvaje, buscando el fondo de la garganta de la otra como si fuera
la única forma de calmar el incendio químico que las devoraba. Los sonidos de
la succión y el intercambio de saliva eran tan claros que hacían que a Daniel
le recorriera un escalofrío de placer por toda la columna.
Mientras se
besaban, sus manos no se quedaban quietas. Empezaron a acariciarse con una
urgencia eléctrica. El contraste era hipnótico: la piel morena y canela de Cinthia brillaba bajo el sol, enmarcada
por un corpiño de encaje blanco
que resaltaba sus curvas de oficial entrenada. Por otro lado, la piel blanca y pura de Sabrina parecía
casi porcelana, destacando con un corpiño
negro azabache que contenía su pecho agitado.
—Mmm... sss...
—gemía Sabrina contra los labios de Cinthia mientras bajaba sus manos por la
cintura firme de su compañera, apretando la carne con deseo.
Cinthia respondió
recorriendo con sus uñas la espalda de Sabrina, dejando marcas rojas que
desaparecían al instante por la presión de sus cuerpos. Sus pieles, empapadas
en sudor, se pegaban y se despegaban con cada movimiento, creando una fricción
que las volvía locas. No había rastro de la ley, ni del uniforme que yacía
tirado en el pasto; solo quedaban dos mujeres rendidas a un instinto que el
"llavero" de Daniel había liberado.
Daniel se acercó
un paso más, disfrutando de cómo el blanco y el negro de sus prendas íntimas
chocaban entre sí mientras ellas se fundían en un abrazo prohibido.
—Están haciendo
que me sienta muy bien, chicas —murmuró Daniel, acariciándose a sí mismo—. Pero
todavía queda mucha ropa por quitar... y mucho placer por descubrir.
Los besos no daban
tregua. Eran una marea de sensaciones que bajaba desde los labios hasta el
cuello, donde Sabrina enterraba su rostro, inhalando el aroma de las feromonas
mezclado con el sudor de Cinthia. Sabrina, impulsada por un hambre que no
conocía, hundió su boca entre los pechos de su compañera, atrapada entre el
encaje blanco, mientras soltaba gemidos sordos.
Poco a poco,
Sabrina fue descendiendo. Sus labios recorrieron el abdomen tenso y marcado de
Cinthia, bajando centímetro a centímetro hasta llegar al borde del pantalón
táctico. Con manos expertas, pero temblorosas por la excitación, desabrochó el
botón principal y bajó el cierre. El sonido metálico fue la sentencia final de
su disciplina.
—Qué lindo culo
tienen las policías, ¿eh? —comentó Daniel desde atrás, con una voz cargada de
ironía y deseo—. No me las imaginaba así de firmes debajo de esa tela tan
gruesa. Se nota que le dan duro al ejercicio en la academia, ¿no?
Sabrina no
respondió; estaba perdida en su tarea. Agarró con fuerza la tela oscura del
pantalón oficial y empezó a deslizarla hacia abajo. Cinthia tuvo que apoyarse
en los hombros de Sabrina para no caerse, mientras sentía cómo el aire del
mediodía golpeaba sus piernas por primera vez en el día.
Sabrina bajó el
pantalón hasta los tobillos y, con una urgencia salvaje, ayudó a su compañera a
quitarse las pesadas botas de cuero. Una vez libres los pies, tiró del pantalón
hasta quitarlo por completo, arrojándolo lejos, hacia la laguna.
Cinthia quedó
allí, de pie frente a Sabrina, despojada de todo rastro de oficial de la ley,
vestida únicamente con su conjunto de encaje blanco que resaltaba su piel
morena bajo el sol brillante. Daniel se acercó, rodeando con la mirada ese
cuerpo que ahora le pertenecía por completo.
—Perfecto —murmuró
Daniel—. Ahora te toca a vos, Cinthia. Hacé lo mismo con Sabrina.
Sabrina, sintiendo
que el peso de la tela le quemaba la piel, se dio la vuelta, dándole la espalda
a su compañera. Con dedos ansiosos, comenzó a desabrocharse el cinturón táctico
y el cierre de su pantalón. Cinthia, actuando por un instinto que ya no podía
frenar, se colocó detrás de ella. Sus manos morenas contrastaron con la piel
pálida de Sabrina mientras la ayudaba a deslizar el uniforme hacia abajo,
revelando sus curvas firmes y generosas en medio del campo solitario.
Daniel, al ver esa
imagen —las dos oficiales entregadas al deseo bajo el sol del mediodía—, llegó
a su límite. No podía contener más la presión en su entrepierna. Sin apartar la
mirada ni un segundo, liberó su miembro y comenzó a masturbarse con fuerza
frente a ellas, dejando que el placer de la dominación se mezclara con la
urgencia del gas.
—Miren eso...
—gruñó Daniel, con la voz ronca por la excitación—. Son perfectas.
En ese momento,
sin que nadie tuviera que pedírselo, Cinthia se dejó llevar por la fragancia
rosada que emanaba del cuerpo de su compañera. En cuanto el pantalón de Sabrina
cayó a la hierba, Cinthia se arrodilló y hundió su rostro en las nalgas de
Sabrina. Comenzó a lamerlas y besarlas con una pasión animal, haciendo que
Sabrina arqueara la espalda y soltara un grito de placer que resonó en toda la
laguna.
Sabrina se
estremecía ante el contacto de la lengua de Cinthia, mientras sus manos se
apoyaban con fuerza en el capó caliente del patrullero. Estaba totalmente
expuesta, con su conjunto de encaje negro resaltando sobre su piel blanca,
mientras su compañera la adoraba como si no existiera nada más en el mundo.
Daniel, jadeando y
siguiendo el ritmo de los movimientos de las oficiales, se acercó un poco más.
—¡Sí! ¡Eso es lo
que quería ver! —exclamó Daniel, mientras el sol de la tarde bañaba la escena
de un dorado intenso—. Sigan... no se detengan...
Cinthia, con los
labios encendidos, subió de nuevo desde las caderas de su compañera para
atrapar nuevamente el cuello y la oreja de Sabrina. Sus manos morenas subieron con urgencia, apretando con
fuerza los pechos de Sabrina que aún luchaban por escapar del corpiño negro.
Sabrina se relamió los labios, entregada totalmente al roce, moviendo la cola y
las caderas rítmicamente contra Cinthia, en una danza de espalda a Daniel que
era puro instinto.
Daniel, jadeando y
sin dejar de disfrutar del espectáculo, soltó una orden final con voz de mando:
—Ya fue suficiente
de esconderse... —gruñó—. Quiero verlas completas. Quiero ver sus pechos ahora
mismo.
Como si fueran una
sola persona, movidas por el mismo hilo invisible del gas de feromonas, las dos
oficiales se giraron para quedar de frente a él. Con una delicadeza que
contrastaba con la urgencia del momento, llevaron sus manos hacia atrás. El
sonido de los ganchos metálicos de los corpiños soltándose fue el último paso
hacia la desnudez total.
Los corpiños, el
blanco de encaje y el negro azabache, cayeron lentamente sobre el pasto.
Bajo el sol
radiante, la belleza de ambas quedó expuesta en todo su esplendor. Los pechos
de Sabrina eran una obra de
arte: redondeados, de una blancura casi pálida, con los pezones oscuros y
erguidos, marcando su excitación con total claridad. Por otro lado, los de Cinthia eran una tentación morena:
algo más firmes y agudos, apuntando hacia adelante con una elegancia salvaje
que hacía que su piel canela brillara bajo el sudor.
—Increíble...
—susurró Daniel, acercándose a ellas mientras los pechos de ambas subían y
bajaban aceleradamente por la respiración agitada—. Son mucho mejores de lo que
imaginé cuando las vi con ese uniforme puesto.
Sabrina y Cinthia
se miraron una a la otra, desnudas de la cintura para arriba, sintiendo cómo el
aire caliente del mediodía les rozaba la piel. Ya no quedaba rastro de la
Oficial Cortese ni de la Oficial Gómez; solo había dos mujeres unidas por un
deseo prohibido frente a un hombre que ahora era su dueño absoluto.
Daniel no esperó
más. Con movimientos rápidos y cargados de una arrogancia triunfal, se despojó
de su overol naranja de prisionero, quedando completamente desnudo bajo el sol
del mediodía. Su cuerpo, marcado por la vida criminal y el encierro, se erguía
ahora como el único soberano en aquel claro junto a la laguna.
—Vengan acá...
—ordenó con una voz que no admitía réplica—. Acérquense.
Sabrina y Cinthia,
movidas por el aroma rosáceo que emanaba de su propia piel y la de Daniel,
obedecieron como si estuvieran bajo un hechizo. Caminaron hacia él, con sus
pechos descubiertos subiendo y bajando con una respiración agitada. Daniel, con
una sonrisa picaresca, extendió sus manos y las tomó a ambas por la nuca con
firmeza.
—Abajo —sentenció.
Con una presión
suave pero autoritaria, las obligó a inclinarse. Sabrina, a la izquierda, y Cinthia,
a la derecha, se arrodillaron frente a él. Sus rostros quedaron a milímetros de
su miembro, que latía con fuerza. Sin dudarlo, ambas oficiales de policía
hundieron sus lenguas y sus labios en él, comenzando un sexo oral frenético y
apasionado. Los sonidos húmedos de la succión se mezclaban con el canto de los
pájaros y el calor sofocante del bosque.
Daniel cerró los
ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gruñido de puro placer.
Mientras ellas lo atendían con una desesperación química, él no se quedó
quieto. Bajó sus manos grandes y ásperas hacia las cinturas de las oficiales,
deslizándolas por debajo de la fina tela de sus tangas que aún les quedaba.
—Eso es... —gemía
Daniel, mientras hundía sus dedos en las colas duras y perfectas de sus captoras—. Qué culitos tan firmes
tienen... se nota que la academia las dejó en forma solo para este momento.
Sus manos
apretaban con fuerza las nalgas de Sabrina, cuya piel blanca contrastaba con el
rojo de su excitación, y las de Cinthia, cuya piel morena se sentía ardiente al
tacto. Daniel las manejaba a su antojo, moviendo sus cabezas para marcar el
ritmo, mientras el sol de la tarde seguía iluminando el espectáculo más salvaje
que aquel bosque hubiera presenciado jamás
A la orilla de la
laguna, el tiempo parecía haberse detenido. Las dos oficiales ya no se
turnaban; ahora compartían el miembro de Daniel como si fuera un manjar
sagrado, un premio que el gas de feromonas les obligaba a adorar. Sus lenguas
se entrelazaban alrededor del metal caliente de la virilidad de Daniel,
saboreando cada gota de excitación bajo el sol.
Sabrina fue la primera en entregarse por completo. Con un
gemido sordo que vibró en su garganta, se lo introdujo profundamente, moviendo
la cabeza con un ritmo frenético y experto. Cinthia, a su lado, lejos de sentir celos, la alentaba con los
ojos nublados por la lujuria, acariciándole el cabello mientras le susurraba
con voz quebrada:
—¡Sí,
Sabrina... tragátela toda! ¡Tragala! —exclamaba Cinthia, antes de unirse
ella también al contacto—. ¡Qué rica pija... qué increíble es este tipo!
Daniel, en la cima
de su gloria, sentía que el mundo le pertenecía. Mientras ellas cabeceaban y
succionaban con una pasión animal, él bajó sus manos hacia la entrepierna de
ambas. Sus dedos se hundieron con fuerza en las vaginas empapadas de las oficiales, que estaban desbordantes de
deseo.
—Eso es, mis
perras policías... —gruñía Daniel, moviendo sus dedos rítmicamente dentro de
ellas—. Sientan cómo el deseo las quema por dentro.
Sabrina y Cinthia
soltaban gritos ahogados entre cada succión, estremeciéndose por el doble
placer: el contacto en sus bocas y la invasión de los dedos de Daniel en su
intimidad. El sudor corría por sus cuerpos, mezclándose con los fluidos y el
aroma rosáceo que seguía flotando en el aire del mediodía, convirtiendo el
claro del bosque en un santuario de placer desenfrenado.
Daniel, con un
movimiento brusco y dominante, tomó a Sabrina
del cabello para obligarla a ponerse de pie. Ella se levantó con un jadeo, con
la mirada perdida y los labios brillantes por la saliva. Daniel la atrajo hacia
sí y la besó con una pasión salvaje, devorando su boca mientras sus cuerpos
desnudos y sudorosos se pegaban bajo el calor del mediodía.
Mientras tanto, Cinthia no se quedó atrás. Permaneció
de rodillas, con la piel morena brillando bajo el sol, y tomó el imponente
miembro de Daniel con ambas manos. Sus ojos estaban fijos en él, hipnotizados
por su tamaño y por el efecto del gas. Comenzó a pasar su lengua lentamente
sobre el glande, saboreando cada rincón, antes de introducirlo profundamente en
su boca con un gemido de satisfacción.
Daniel, sintiendo
el calor de la boca de Cinthia y la suavidad del cuerpo de Sabrina contra el
suyo, bajó la vista hacia la oficial morena.
—¿Te gusta lo que
tenés en la boca, oficial Gómez? —le preguntó Daniel con una sonrisa cínica y
triunfal.
—Sí... me
encanta, papito... —logró decir Cinthia entre succión y succión, con la voz
quebrada por el deseo—. Es lo más rico que probé en mi vida...glup glup glup
glup glup mmammmmmm
Satisfecho con la
respuesta, Daniel volvió su atención a Sabrina. Sin dejar que Cinthia se
detuviera, bajó su cabeza hacia los pechos
blancos y redondeados de la oficial rubia. Sus labios atraparon uno de
sus pezones oscuros y marcados, succionándolo con fuerza mientras Sabrina
arqueaba la espalda contra el capó caliente del patrullero, soltando un grito
de placer que se perdió en la inmensidad del bosque.
El cuadro era
dantesco: Daniel en el centro, siendo adorado por Cinthia mientras él devoraba
a Sabrina, todo bajo el amparo de una laguna que era el único testigo de cómo
la autoridad policial se había rendido ante el criminal y sus feromonas.
Daniel, con una
fuerza bruta que a Sabrina le resultó electrizante, la empujó sobre el capó del
patrullero. Ella cayó de espaldas sobre el metal ardiente por el sol, con el
cabello rubio desparramado y la respiración entrecortada. Sin darle tiempo a
reaccionar, Daniel levantó a Cinthia
del suelo y la atrapó en un beso mucho más feroz y dominante que el anterior,
reclamando su boca como si quisiera marcarla para siempre.
—Ahora vas a
probar lo que es bueno, oficial —le susurró Daniel al oído, con una voz cargada
de malicia—. Vas a saborear la argolla de tu amiga hasta que no pueda más.
Tomó a Cinthia de
la cintura y la llevó hasta donde estaba Sabrina. Con una urgencia salvaje,
Cinthia le arrancó la última prenda que le quedaba a su compañera: la tanga
negra que ocultaba su intimidad. Sabrina, totalmente entregada, abrió sus
piernas torneadas y las apoyó sobre los hombros de Cinthia, exponiéndose por
completo bajo el sol del mediodía.
—
Mmmmmmm mjuuauauuauagggggg — Cinthia realizaba por primera sexo oral a
una mujer
—
Aaahhggg ahhhhhhggggg — gemia Sabrina a sentir la lengua de su compañero
Cinthia no lo
dudó. Hundió su cara en la vagina
empapada de Sabrina, lamiendo y succionando con una pasión desesperada,
mientras Sabrina arqueaba la espalda contra el capó, soltando gemidos que se
mezclaban con el sonido del viento.
Pero Daniel quería
más. Se posicionó detrás de Cinthia, que estaba inclinada sobre su amiga en una
posición de entrega total. Con un movimiento decidido, Daniel bajó su cabeza
hacia la entrepierna de la oficial morena. Mientras ella devoraba a Sabrina,
Daniel comenzó a hacerle un sexo oral
intenso a Cinthia, atrapando su clítoris con los labios y provocando que
ambas mujeres vibraran al unísono.
El cuadro era un
torbellino de piel, sudor y fluidos: Cinthia saboreando a Sabrina, y Daniel
devorando a Cinthia desde atrás. Aahahahahahah que rica concha oficial
aaahahammmmmmm decía el presidiario. Los cuerpos de las dos oficiales estaban
conectados por el placer y por el criminal que ahora las manejaba como piezas
de un juego privado, justo encima del vehículo que antes representaba su deber
y ahora era su cama de asfalto y metal.
Después de
saborear la intimidad de Cinthia
hasta dejarla temblando, Daniel decidió que ya no era suficiente con las manos
y la boca. Se puso de pie detrás de la oficial morena, cuya piel canela estaba
empapada en sudor y brillaba bajo el sol. Con una autoridad bruta, la tomó
firmemente de las caderas, abriéndole las nalgas con fuerza para exponer su
centro más húmedo y sensible.
Daniel tomó su
miembro con la mano derecha, apuntando directamente hacia la entrada de
Cinthia. Con una lentitud tortuosa, comenzó a introducirse en ella. Cuando
finalmente empujó con fuerza, el impacto fue total.
—¡Ahhh!
—Cinthia soltó un grito que desgarró el silencio de la laguna, un gemido de
dolor mezclado con un placer tan intenso que la hizo perder el aliento por un
segundo.
Pero Sabrina, que
seguía tendida boca arriba sobre el metal caliente, no estaba dispuesta a dejar
que su compañera se alejara. El gas de feromonas las había encadenado en un
deseo mutuo que no conocía límites. Al sentir que Cinthia se tensaba y se
arqueaba por la penetración de Daniel, Sabrina reaccionó con una posesividad
salvaje.
Extendió sus
brazos, tomó a Cinthia de la nuca y, con un tirón firme, la obligó a hundir
nuevamente el rostro entre sus piernas.
—No te vayas...
—balbuceó Sabrina con los ojos en blanco—. Seguí... seguí lamiéndome...
Cinthia, atrapada
entre la embestida de Daniel por detrás y la demanda insaciable de Sabrina por
delante, volvió a hundir la lengua en la vagina de su compañera. El ritmo era
frenético: los empujes de Daniel hacían que el cuerpo de Cinthia golpeara
rítmicamente contra el de Sabrina, creando una fricción de piel contra piel que
las estaba volviendo locas.
Daniel, viendo
cómo las dos oficiales se devoraban mientras él reclamaba a la morena, comenzó
a aumentar la velocidad, haciendo que el patrullero crujiera bajo la presión de
sus cuerpos entregados al pecado más absoluto.
El sol de la tarde
caía a plomo sobre el claro, pero el calor del ambiente no era nada comparado
con el fuego que ardía sobre el patrullero. Daniel, poseído por un instinto
depredador, tomó a Cinthia
fuertemente del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para que ella pudiera
sentir cada una de sus embestidas. La penetraba con una fuerza rítmica y
salvaje, haciendo que el metal del capó vibrara bajo ellos.
Cinthia, con el
rostro desencajado por el placer y el dolor dulce de la entrega, no quería que Sabrina se quedara atrás. Mientras
recibía a Daniel, estiró su brazo hacia adelante y hundió dos de sus dedos en
la intimidad empapada de su compañera. El sonido húmedo del "plas, plaf" empezó a
rítmar con los movimientos de Daniel, creando una sinfonía de fluidos y deseo.
Los gemidos de las
dos oficiales ya no eran humanos; eran agudos, constantes, como el aullido de
dos lobas reclamando su libertad en medio del campo.
—¡Eso es! ¡Griten
putasssss gritennn para mí! —bramaba Daniel, cuya espalda ya brillaba por la
transpiración—. ¡Miren en lo que se convirtieron las oficiales!
Daniel estaba en éxtasis.
Su plan de escape se había transformado en un festín que superaba cualquier
fantasía. Con una mano libre, comenzó a repartir cachetadas sonoras sobre las
nalgas de Cinthia, dejando marcas rojas que resaltaban sobre su piel morena,
mientras con la otra rodeaba su cuerpo para apretar sus pechos agudos,
retorciendo sus pezones con fuerza.
Sabrina, recostada
boca arriba con las piernas abiertas y los dedos de su compañera trabajando
dentro de ella, tenía la mirada perdida en el cielo azul, completamente ida por
el efecto del gas. Daniel la miró fijamente, con una sonrisa cargada de una
promesa oscura.
—
Aahahahhaha aaaaaaaaaaaaaaaaaaagggggg — ambas mujeres
—Tranquila,
Oficial Sabrina... —le dijo con voz ronca, mientras aceleraba el ritmo con
Cinthia—. No te pongas celosa. Ahora te va a tocar recibir a vos. En un momento
vas a saber lo que es tener a un hombre de verdad adentro.
El aire en la
laguna estaba tan cargado de feromonas y sudor que parecía que el tiempo se
había detenido, justo antes de que el descontrol llegara a su punto de no
retorno.
Daniel, con la
respiración pesada y los ojos inyectados en deseo, decidió que quería una mejor
vista de la destrucción moral que había provocado. Con una sonrisa de
suficiencia, dio un paso atrás y, de un salto, se subió al techo del
patrullero. Desde esa altura, el criminal se convirtió en el juez y soberano de
la escena.
—Quiero ver más
acción... —ordenó Daniel, cuya voz retumbaba desde lo alto—. Pónganse cómodas
sobre el capó. Quiero que se devoren.
Bajo el efecto
devastador del gas, Sabrina y Cinthia
obedecieron sin dudar. Sabrina se mantuvo recostada sobre el metal caliente,
mientras que Cinthia se giró y se posicionó sobre ella, entrelazando sus
cuerpos en un 69 perfecto. El
contraste era absoluto: el encaje negro de una y el blanco de la otra yacían
olvidados en el pasto, mientras sus pieles, una morena y la otra pálida, se
fundían bajo el sol.
Desde el techo del
vehículo, Daniel se sentó con las piernas abiertas y comenzó a masturbarse con
una fuerza brutal, buscando endurecer su miembro hasta el límite mientras
observaba el espectáculo lésbico que ocurría a solo unos centímetros de sus
pies.
—¡Eso es! ¡Usen
las lenguas! —gritaba Daniel, disfrutando de la humillación de la ley.
—aaamamamama gluuuuupp mmamamamamglñlluuuuppppp — eran lobas en celos
Las oficiales
estaban completamente idas. Sus lenguas trabajaban con una desesperación
animal, explorando las intimidades de la otra con una pasión que nunca habrían
admitido en la comisaría. Los gemidos agudos y los sonidos húmedos de la
succión llenaban el aire silencioso de la laguna, rebotando en la carrocería
del auto.
Sabrina, con el
rostro hundido en la entrepierna de Cinthia, sentía el sabor salado del sudor y
el deseo; mientras tanto, Cinthia, sobre ella, arqueaba la espalda y buscaba
con su lengua el clítoris de su compañera, haciendo que Sabrina golpeara el
capó con sus talones en un espasmo de placer.
A
kilómetros de distancia, la desesperación empezaba a carcomer a los escoltas.
El patrullero de apoyo frenó en medio de la ruta, levantando una nube de polvo.
Luciano golpeó el volante con frustración mientras el handy solo emitía un
chirrido de estática constante.
—¡Nada!
No responden —ladró Luciano, con el sudor corriéndole por las sienes—. Es como
si la tierra se las hubiera tragado.
—Alfredo,
esto no me gusta nada —dijo su compañero, mirando el horizonte desierto—. Nos
alejamos demasiado buscando por este lado. Ese hijo de puta es peligroso, ¿y si
les hizo algo?
—No le
conviene hacerles nada —respondió Luciano, tratando de autoconvencerse—. Son
dos oficiales armadas contra un preso esposado. Seguro el auto se les rompió
con algún arbusto o lo redujeron y están esperando apoyo sin señal. ¡Vamos,
peguemos la vuelta!
Luciano
giró el auto violentamente. Sin saberlo, finalmente se dirigían hacia el lugar
correcto, pero lo que estaban a punto de encontrar no se parecía en nada a un
"procedimiento policial".
Mientras
tanto, en la laguna, la escena se había vuelto de un morbo insoportable. Daniel
ya no estaba sobre el techo; se había apoderado de la cabina delantera del
patrullero. Estaba sentado en el asiento del conductor, el mismo lugar desde
donde se imparte la ley, pero ahora convertido en su trono de placer.
Sabrina,
completamente ida y con el cabello rubio revuelto, lo montaba de frente,
sentada sobre su regazo entre el volante y el asiento. Sus cuerpos sudorosos
chocaban rítmicamente, creando un sonido carnal que se mezclaba con el jadeo
constante de la oficial. Daniel la tomaba de la cintura con fuerza, hundiéndose
en ella, mientras sus manos no dejaban de apretar y sacudir los pechos blancos de Sabrina.
—Mirate,
oficial... —le susurraba Daniel al oído, mientras ella echaba la cabeza hacia
atrás, rozando el techo del auto—. Qué linda te ves así, entregada, montando al
tipo que tenías que vigilar.
Pero el
juego no estaba completo. En el asiento de atrás, separada solo por la rejilla
de seguridad que ahora parecía un accesorio erótico, estaba Cinthia. La oficial morena, incapaz de
contener el fuego que le recorría las venas al ver a su compañera con Daniel,
se masturbaba frenéticamente. Sus dedos trabajaban con desesperación en su
intimidad empapada mientras sus ojos estaban fijos en el movimiento de las
caderas de Sabrina y en los gestos de placer de Daniel.
Cinthia
gemía y se retorcía en el asiento trasero, viendo cómo la jerarquía policial se
disolvía en ese espacio cerrado y caluroso, deseando ser ella la que estuviera
en el lugar de Sabrina, mientras el sol de la tarde seguía calentando el metal
del vehículo.
Eso oficial usted
difrute disfrute de como me como a su compañera aahahahahha plaf plaf plaf
Aaahahahahahahhh decía
Cinthia a la vez que se metia los desdos
Ssisisismmamamamasisisisiaiaiiaaii
pedía Sabrina
A varios
kilómetros de allí, el motor del segundo patrullero rugía mientras Luciano y Alfredo devoraban la
carretera. La angustia se sentía en el aire. Luciano pisaba el acelerador a
fondo, esquivando baches en el camino de tierra, con la mirada fija en el
horizonte donde el sol empezaba a bajar.
—¡Dale, dale, que
no llegamos! —gritaba Alfredo, apretando el handy con fuerza—. Si ese tipo les
puso una mano encima, juro que no llega vivo a la cárcel.
No tenían idea de
que, en ese mismo instante, la realidad era mucho más compleja y oscura de lo
que su ética policial les permitía imaginar.
En el claro de la
laguna, el control de Daniel era absoluto. Había bajado a las oficiales del
auto y ahora las tenía a ambas en cuatro sobre el pasto húmedo, una al lado de
la otra. Sus cuerpos desnudos, uno blanco y otro moreno, resaltaban contra el
verde de la vegetación como trofeos de guerra.
Daniel, moviéndose
con una energía inagotable, no se decidía por una sola. Iba alternando,
penetrando a Sabrina con fuerza
rítmica para luego cambiar inmediatamente a Cinthia, quien esperaba su turno con gemidos de impaciencia.
—¡Eso es, mis
oficiales favoritas! —exclamaba Daniel, mientras el sonido de los cuerpos
chocando resonaba en el silencio del campo—. ¿Quién manda ahora, eh?
—
Aahahahahahahah — gritaba Sabrina
—
Te gusta cómo te cojo akaaahh —
—
Siiiiaaaaaaaaaaaaagggg siiiiii —
mientras metía los dedos en la vagina de Cinthia
—
Con sus manos
grandes y ásperas, Daniel les tiraba del cabello hacia atrás para obligarlas a
mirar el cielo mientras las penetraba. No dejaba de cachetear sus colas con fuerza, dejando marcas rojizas que ardían
bajo el sol, mientras sus dedos buscaban sus pechos para apretarlos con una
urgencia salvaje.
En los breves
momentos de cambio, Daniel las obligaba a girar el rostro para besarlas con una
pasión violenta, intercambiando saliva y aliento entre las tres bocas. Sabrina
y Cinthia, totalmente perdidas en el trance del gas, se buscaban entre ellas
también, acariciándose mientras Daniel las reclamaba una por una.
Aahahahagagagagagagag
ggggggglllllllaaaaaaaaa lo gritos de los 3 rompía la calma como si el paraíso
se transformara en el mismo infierno de lujuria
El aroma de las
feromonas era tan espeso que parecía una niebla invisible que las mantenía
encadenadas a él. Daniel sabía que el tiempo era corto, pero eso solo hacía que
su deseo fuera más voraz, queriendo marcar cada centímetro de esas pieles antes
de que el mundo real volviera a irrumpir en su paraíso privado.
Después de más de
media hora de un desenfreno que parecía no tener fin, Daniel llegó a su límite.
Con los ojos inyectados en lujuria y la respiración rota, se apartó de ellas y
comenzó a masturbarse con una fuerza desesperada. Sabrina y Cinthia, aún bajo el último resto del trance,
permanecían arrodilladas frente a él, con las lenguas afuera y los ojos
nublados, como si esperaran la última orden de su captor.
—
Danos leche papi danos lecheeeee— sus voses se unian en una pidiendo a
su macho mas y mas
—¡Tomen esto...
oficiales! —gritó Daniel con un gemido gutural que resonó en toda la laguna. —
aaahhhhh ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
La descarga fue
violenta. El semen salpicó el cabello rubio de Sabrina, recorrió los pechos
morenos de Cinthia y manchó sus rostros y labios. Daniel se dejó caer hacia
atrás, jadeando, agotado por el esfuerzo y la liberación, creyéndose el dueño
absoluto de la situación.
Pero el pico del
orgasmo trajo consigo una caída en la intensidad de las feromonas.
—
Mmamamamamamammmmamamamam — se relamia y disfrutaban
El aire fresco de
la tarde empezó a limpiar los pulmones de las mujeres. Cinthia fue la primera en sentir el "click" en su
cabeza. Al parpadear, la neblina rosada se disipó y vio la realidad: su
uniforme tirado, su cuerpo desnudo y humillado, y al criminal riéndose de
ellas.
Con una fuerza de
voluntad sobrehumana, Cinthia tanteó el suelo. Sus dedos rozaron una piedra
pesada y afilada que estaba junto a su rodilla. Sin dudarlo, aprovechando que
Daniel todavía estaba recuperando el aliento, se abalanzó sobre él y le
descargó un golpe seco en la sien.
—¡Hijo de puta!
—rugió Cinthia mientras Daniel caía pesadamente hacia un costado, aturdido y
sangrando.
Sabrina sacudió la
cabeza, limpiándose los ojos con la mano temblorosa. Al ver a Cinthia jadeando
y a Daniel en el suelo, el horror la invadió.
—Cinthia...
¿qué... qué pasó? —preguntó Sabrina con la voz rota, mirando su propio cuerpo
manchado—. ¿Qué hicimos?
—No fuimos
nosotras, Sabrina —dijo Cinthia, con una rabia fría mientras buscaba
desesperadamente sus esposas entre el equipo tirado en el pasto—. Ese malnacido
nos obligó... fue esa bomba de mierda que tiró. Nos drogó para usarnos.
Sabrina miró a
Daniel con un odio profundo. La oficial que había en ella regresó de golpe. Se
puso de pie, ignorando su desnudez por un segundo, y ayudó a Cinthia a
inmovilizar al preso que empezaba a quejarse en el suelo.
El silencio en la
laguna era sepulcral, solo roto por la respiración agitada de las dos
oficiales. Daniel yacía inconsciente, con un hilo de sangre corriéndole por la
frente. Cinthia miró a Sabrina a los ojos; ambas sabían que
si la verdad salía a la luz, sus carreras y sus vidas estarían acabadas.
—Esto no se puede
enterar nadie, ¿entendiste? —sentenció Cinthia con una voz gélida que no dejaba
lugar a dudas.
Con una eficiencia
mecánica, empezaron a borrar el rastro del pecado. Se limpiaron las caras y los
cuerpos con furia, usando sus propias camisas para quitarse los restos de
Daniel. Se vistieron a toda prisa, ajustándose los uniformes que aún olían a la
fragancia rosada. Entre las dos, arrastraron el cuerpo pesado de Daniel hacia
el patrullero, vistiéndolo a medias y colocándole las esposas con una presión
que le cortaba la circulación.
Justo cuando
cerraban la puerta trasera del vehículo, el ulular de una sirena desgarró el
aire. Las luces azules y rojas de Luciano
y Alfredo aparecieron entre los arbustos, frenando en una nube de
tierra.
Ambos oficiales
bajaron del auto con las armas en la mano, desesperados. —¡Chicas! ¿Qué pasó?
¿Están bien? —gritó Luciano, barriendo la escena con la mirada.
Sabrina dio un
paso al frente, ajustándose el cinturón táctico con una calma asombrosa, aunque
su corazón martilleaba contra sus costillas. —Nada, chicos... este tipo es un
demente. Tenía una bomba de gas
lacrimógeno o de olor escondida para intentar escaparse —explicó
Sabrina, señalando el interior del móvil—. Nos aturdió un momento, pero
logramos reducirlo.
—¿Están seguras de
que están bien? Se las ve... agitadas —preguntó Alfredo, notando el sudor en
sus frentes.
—Por supuesto
—intervino Cinthia con firmeza—. Nos costó, se resistió como un animal. Tuvimos
que darle un golpe con una piedra para que se quedara quieto e inconsciente, si
no, se nos iba.
Luciano soltó un
suspiro de alivio, guardando su arma. —No se preocupen, es algo que pasa con estos
delincuentes. Lo importante es que están a salvo. Volvamos rápido, en la cárcel
ya deben estar llamando a la central.
—¿Quieren que las
acompañemos o que alguno de nosotros maneje su patrullero? —ofreció Alfredo por
cortesía.
—Muchas gracias
por preocuparse, chicos, pero estamos bien —respondió Sabrina con una sonrisa
profesional que ocultaba el secreto más oscuro de su carrera—. Podemos llevarlo
nosotras. Las esperamos en la carretera.
Los dos oficiales
asintieron, subieron a su unidad y emprendieron el regreso. Sabrina y Cinthia
se quedaron solas un segundo más antes de subir al auto. Se miraron por el
espejo retrovisor, compartiendo un vínculo que nadie más entendería jamás.
Sabrina arrancó el motor y, sin decir una palabra, se alejaron de la laguna, dejando
atrás el aroma a feromonas y el recuerdo de una tarde donde la ley se rindió
ante el instinto.
Este
cierre le da un toque de tensión final perfecto, mostrando que Daniel, aunque
derrotado físicamente, sigue intentando mantener el control psicológico a
través de la burla. Las oficiales, sin embargo, demuestran que han recuperado
su coraza de hierro.
Aquí
tienes la conclusión definitiva de esta historia:
El
patrullero avanzaba a toda velocidad por la carretera. El aire acondicionado
estaba al máximo, pero el ambiente dentro de la cabina seguía sintiéndose
denso. De repente, desde el asiento trasero, se escuchó un quejido ronco. Daniel estaba abriendo los ojos,
recobrando el conocimiento.
—Mmm...
Qué bien la pasamos, ¿no, chicas? —susurró Daniel con una sonrisa cínica,
asomándose a la rejilla—. Les dije que íbamos a tener una linda fiestita de
despedida...
—Cerrá la
boca, Daniel —espetó Cinthia sin
mirarlo, apretando el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos—.
Aunque digas algo, nadie te va a creer. Sos un convicto. No nos vuelvas a
dirigir la palabra o te metemos un tiro acá mismo y decimos que intentaste
saltar del auto.
Daniel
soltó una carcajada seca, desafiante. —Tranquilas... las que recibieron un buen
disparo de leche fueron ustedes recién. Cómo les gustó, ¿eh? Todavía lo tienen
encima.
—Cállate,
estúpido —intervino Sabrina, con
una voz cargada de asco y autoridad—. Si no fuese por tu bomba de mierda, no
nos habrías tocado jamás. Y espero que ahora, dentro de la cárcel, seas vos el
que reciba lo mismo que nos diste.
El resto
del viaje fue un silencio sepulcral. Daniel, al ver la mirada letal de Sabrina,
decidió callarse hasta llegar a la unidad penitenciaria. Al entrar en el
recinto, las autoridades recibieron al preso. Sabrina y Cinthia hicieron la
entrega con una frialdad impecable, firmando las actas como si nada hubiera
pasado bajo el sol de la laguna.
Al salir,
Luciano y Alfredo las esperaban
junto a su patrullero. —Chicos, muchas gracias de nuevo —dijo Sabrina, dándoles
un apretón de manos—. Disculpen por el inconveniente en el camino.
—No
tienen nada que agradecer —respondió Luciano con sinceridad—. Hicieron lo que
tenían que hacer. Ese percance no va a manchar ningún expediente; de hecho, fue
un operativo perfecto. Las felicitamos, chicas.
—Muchas
gracias a ustedes —respondió Cinthia, dándoles un abrazo rápido antes de subir
al móvil.
Cuando
finalmente llegaron a la Jefatura de Policía, el ambiente era de celebración.
El Comisario Alejandro Duarte
las recibió en su despacho con una sonrisa de satisfacción.
—¡Excelente
trabajo, oficiales! —exclamó Duarte, dándoles una palmada en el hombro—. Sabía
que eran las indicadas para este traslado. Capturar a un tipo como Daniel y
mantener el orden a pesar de sus trucos es un mérito enorme. Tienen el resto
del día libre, se lo ganaron.
Sabrina y
Cinthia se miraron por un breve segundo. Un pacto de sangre y silencio se selló
en esa mirada. —Gracias, señor —dijeron al unísono.
Caminaron
hacia la salida, dejando atrás el edificio de piedra y ley. Afuera, el sol
empezaba a bajar, el mismo sol que horas antes las había visto rendirse al
instinto. Ahora, volvían a ser las impecables oficiales de la ley, llevando
consigo un secreto que la laguna se encargaría de guardar para siempre.
fin
gusto:
Hacía apenas una
semana que el escándalo de la laguna había quedado enterrado bajo capas de
informes falsos y el silencio sepulcral de la Jefatura.
Alfredo se ajustaba la camisa negra, dejando los primeros botones
abiertos; ya no era el oficial distraído del patrullero, ahora era un cazador
en su noche libre.
El celular vibró sobre la cómoda. Era Luciano.
—¿Qué haces, Alfred? ¿Ya estás para las pistas? —la voz de Luciano
sonaba eufórica sobre el ruido del motor—. Estoy a un par de cuadras, bajá que
te paso a buscar.
—Dale, buenísimo. Me estoy terminando de poner perfume y bajo
—respondió Alfredo, dándose el último toque en el cuello—. Te espero en la
vereda.
Alfredo soltó una risita, mirando su reflejo una última vez. —Che,
Lucho... escúchame una cosa. ¿No te parece que son un poquito
"grandes" para nosotros? Mira que no somos ningunos pendejos, pero
tampoco estamos para ir al geriátrico.
—¡Pero ¡qué decís, boludo! No seas amargo —se rio Luciano del otro
lado—. Yo tengo 30 recién cumplidos, estamos en el primer tiempo todavía. Romí tiene 40, se separó hace nada del
marido y está con una sed de revancha que no te imaginas. Y Vero... Vero tiene 35, está
espectacular. Se cansó de que el novio sea un pelotudo y ahora quiere acción de
verdad.
Luciano hizo sonar la bocina del auto, que ya se escuchaba desde
la calle. —Imagínate, Alfred... las minas están prendidas fuego. ¿Y qué mejor
que sacarse las ganas con dos oficiales jóvenes, de la mejor brigada del país?
Es un plan sin fallas.
—Bueno, bueno, te tomo la palabra —dijo Alfredo bajando las
escaleras—. Espero que tengamos suerte de verdad y no sea puro chamuyo tuyo,
porque me produje como para un desfile.
—No te preocupes, hermano. Confié en mí. Esta noche vamos a probar
algo que no se van a olvidar más.
A los pocos minutos, el celular de Alfredo vibró con
un mensaje de texto: "Ya estoy abajo, apura que el tiempo es oro y las
nenas no esperan". Alfredo
se dio una última mirada: la camisa de seda blanca contrastaba perfecto con su
piel, el pantalón chupín negro le marcaba el físico trabajado y las zapatillas
blancas le daban el toque justo de "canchero".
Al salir a la vereda, se quedó mudo. No era el patrullero
destartalado de siempre. Estacionada junto al cordón, brillaba una Chevrolet Tracker color rojo bordó,
pulida al detalle. La ventanilla del acompañante bajó lentamente y la cara de
satisfacción de Luciano apareció
tras el vidrio.
—¿Qué te parece mi nave, negrito? —tiró Luciano con
una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Noooo! ¿Y esto de dónde lo sacaste? —preguntó
Alfredo subiéndose y acariciando el tablero—. ¿Te ganaste el Quini y no me
dijiste?
—Financiamiento, hermano. Lo bueno vale, y lo bueno
tiene que estar acompañado por un tipo como yo —respondió Luciano metiendo
primera con arrogancia.
—Vos estás loco... —se rió Alfredo—. Esto lo vas a
terminar de pagar cuando cumplas 80 años, más o menos.
—Bueno, eso es problema del Luciano del futuro. Hoy
concentrémonos en lo que va a ser esta noche. Te aseguro que la vamos a pasar
brutal.
El Encuentro en la City
El motor rugía suave mientras se metían en el centro.
En una esquina céntrica, bajo las luces de neón, dos figuras cortaban la
respiración. Parecían puestas ahí por un director de arte.
Romina estaba
imponente: un pantalón de cuero negro que parecía pintado al cuerpo y un top
rojo intenso que resaltaba su pelo negro azabache. Tenía los ojos divinos,
enmarcados en un maquillaje perfecto, y unos labios rojos que prometían de
todo. Al lado, Verónica no se
quedaba atrás. Su pelo rojizo caía sobre un vestido bordó peligrosamente
cortito, combinado con unos zapatos altos que estilizaban sus piernas.
—Mirá lo que son... —susurró Luciano frenando el
auto—. Están terribles, amigo.
Las chicas se acercaron al vehículo con una sonrisa
cómplice. Parecía un chiste: el auto bordó, el top de una, el vestido de la
otra y la camisa blanca de Alfredo. Todo combinaba. Romina se apoyó en la
ventanilla, dejando que el aroma de su perfume inundara el habitáculo.
—¿Qué hacés, Lu? —dijo Romina con voz sugerente—.
Tanto misterio al final... parece que la espera va a valer la pena. Por lo
menos, el vehículo está a la altura.
—Suban, chicas —invitó Luciano con un guiño—. Que el
auto es solo el principio. El verdadero "gusto" de la noche todavía
no lo probaron.
La Chevrolet Tracker roja frenó con estilo frente a la entrada del
boliche más exclusivo de la zona. La fila era interminable, pero Luciano ni
siquiera se detuvo a mirar. Al acercarse a la valla, uno de los patovicas, un
gigante de traje oscuro, le asintió con la cabeza tras reconocer la chapa que
Luciano dejó ver discretamente.
—Pasen, muchachos. Todo en orden —dijo el hombre, abriéndoles
camino como si fueran dueños del lugar.
Adentro, el bajo de la música retumbaba en el pecho y las luces de
neón se reflejaban en la seda blanca de la camisa de Alfredo. El grupo se
dirigió directo a la barra principal.
Luciano pidió cuatro
tragos fuertes y se acomodó cerca de Romina,
cuya piel bajo el top rojo brillaba por el calor del lugar.
—¿Y? —preguntó Luciano, acercándose a su oído para que
lo escuchara sobre la música—. ¿Cómo viene ese estreno de soltería? Me dijeron
que el tipo se portó como un idiota.
Romina soltó una risa amarga y tomó un sorbo largo de
su copa antes de responder. —Idiota es poco, Lu. Fueron años de aguantar a un
tipo que no sabía lo que tenía al lado. Pero bueno... —ella se acercó más,
rozando el brazo de Luciano con el suyo—, dicen que la mejor forma de olvidar
un mal sabor es probando algo nuevo y más fuerte, ¿no?
Luciano sonrió con suficiencia, sintiendo que el
terreno estaba más que listo. —Quedate tranquila, Romi. Te aseguro que esta
noche vas a probar algo que te va a hacer olvidar hasta tu nombre.
En la Pista: El Fuego de la Salsa
Mientras tanto, Alfredo y Verónica
ya se habían filtrado en el centro de la pista. La música cambió a un ritmo
latino más marcado, y fue ahí donde Alfredo decidió que era hora de sacar su
arma secreta.
—No te tenía como un hombre de baile, oficial —lo
desafió Verónica, moviendo sus caderas al ritmo del vestido bordó.
—Hay muchas cosas que no sabés de mí, Vero —respondió
Alfredo con una mirada intensa.
Sin previo aviso, la tomó de la cintura y comenzó a
guiarla con una técnica impecable. Sus pasos eran fluidos, rápidos y seguros.
Verónica, sorprendida, se dejó llevar. Alfredo aprovechó un quiebre de la
música para frenarla en seco, pegando su cuerpo al de ella. Sus manos bajaron
con firmeza por la espalda de Verónica mientras la hacía girar en un movimiento
de salsa excitante, quedando rostro a rostro, sintiendo el aliento del otro
mezclado con el sabor del alcohol.
—Bailás... demasiado bien —jadeó Verónica, con los
ojos brillando por la adrenalina y la cercanía—. Me parece que el "joven
oficial" resultó ser más peligroso de lo que pensaba.
—Esto recién empieza —le susurró Alfredo al cuello,
sintiendo cómo el sabor de la noche empezaba a subir de tono.
En la barra, Luciano
ya sentía que tenía la noche ganada. Estaba cada vez más cerca de Romina, susurrándole promesas al oído,
cuando el ambiente se pudrió de golpe. Un hombre de unos cuarenta años, con la
camisa manchada de alcohol y los ojos inyectados en sangre, se abrió paso a
empujones y se plantó frente a ellos. Era Pedro, el exmarido de Romina.
—¡Mirá vos! ¿Acá estás? —bramó Pedro, tambaleándose por la
borrachera—. ¿Con este pibe te venís a mostrar? ¿Dónde dejaste al nene, Romina?
¿Con quién carajo lo dejaste?
Romina se puso pálida, pero sus ojos destilaron un odio puro.
—Pedro, andate. Estás borracho y danto vergüenza. El nene está con mi mamá, lo
sabés perfectamente. No me rompas más las pelotas.
—¡No me hables así delante de este payaso! —gritó Pedro, lanzando
un manotazo que Luciano esquivó por puro instinto policial.
Luciano se paró, acomodándose la chaqueta con una calma peligrosa.
Su voz bajó tres tonos, volviéndose gélida. —Escuchame bien, flaco. Estás
molestando a la dama y estás molestando a la autoridad. Date media vuelta y
desaparecé antes de que te explique por qué no hay que meterse con la brigada.
—¿Autoridad? ¡Autoridad las bolas! —Pedro, fuera de sí, metió la
mano en su bolsillo y, con un movimiento torpe pero letal, sacó una navaja automática. El "clac"
de la hoja al abrirse cortó la música para los que estaban cerca.
Antes de que Luciano pudiera reaccionar, Alfredo, que venía de la pista con Verónica, apareció como una sombra detrás de Pedro. Con una
técnica de inmovilización impecable, Alfredo le atrapó el brazo de la navaja y
se lo retorció hacia la espalda con una fuerza que hizo que el borracho soltara
un alarido de dolor.
—¡Soltala! —le ordenó Alfredo al oído, aplicando presión en un
punto nervioso—. Ya te mandaste la macana de tu vida, Pedro. Retrocé, ahora
mismo.
Pedro soltó el arma blanca, que cayó al suelo con un tintineo
metálico. Alfredo lo empujó hacia atrás, manteniéndose entre él y sus amigos,
con la mirada de un depredador que acaba de encontrar su presa.
—Tranquilo, Alfre... —dijo Luciano, recuperando la postura y
mirando a Pedro con un asco infinito—. No vale la pena mancharse la seda blanca
por este infeliz. Pero eso sí... —Luciano se acercó a Pedro, que ahora
temblaba—, el gusto amargo de
esta noche no te lo vas a sacar nunca de la boca, te lo juro.
Romina miró a los dos oficiales con una mezcla de miedo y una
excitación nueva. Ver a Luciano y Alfredo tomar el control de forma tan dominante
fue el condimento que le faltaba a su noche.
Después de que los patovicas se llevaran a Pedro a
rastras, siguiendo las órdenes frías de Alfredo, el aire alrededor de la mesa
se sentía cargado. Luciano, notando que Romina
todavía temblaba un poco y tenía la mirada clavada en el suelo, tomó su copa y
la alzó, buscando sus ojos.
—Bueno, bueno... ya pasó. No vamos a dejar que un poco
de sabor amargo nos arruine esta
noche tan dulce que tenemos por delante —dijo Luciano con una sonrisa
magnética, acariciándole la mejilla—. No quiero que te pongas triste, Romi
hermosa. Ese tipo ya es pasado; ahora estás con nosotros.
Romina forzó una sonrisa y bebió un largo trago,
sintiendo cómo el alcohol empezaba a entibiarle el pecho nuevamente. —Gracias,
Lu. Sos un sol. Es que me sacó de quicio, siempre queriendo arruinarme todo.
—Olvidate de él —insistió Luciano, acercándose más
hasta que sus hombros se rozaron—. Dejame que te cuente algo mejor... ¿Sabés
cómo terminé metido en la mejor brigada del país? No fue por herencia, te lo
aseguro. Fue por puro instinto, por querer estar siempre donde quema la
acción...
Luciano empezó a relatarle anécdotas exageradas de su
entrenamiento y su entrada a la fuerza, mezclando la bravuconería con un tono confidencial
que mantenía a Romina hechizada, bebiendo de sus palabras y de su trago con la
misma intensidad.
Mientras tanto, en la pista, Alfredo y Verónica
seguían en su propio mundo. Alfredo se movía con una soltura que hacía que la
camisa de seda blanca captara todos los reflejos del boliche. No dejó que el
incidente con el ex de Romina le cortara el mambo; al contrario, parecía
haberle dado más energía.
—Bailás como si no acabaras de casi romperle el brazo
a un tipo —le gritó Verónica sobre la música, riendo mientras Alfredo la hacía
girar.
—¡Es parte del servicio, Vero! —respondió él con un
guiño, tomándola de la cintura para pegarla a su cuerpo—. Además, me prometiste
que íbamos a pasarla bien, y yo no rompo mis promesas.
Los cuatro siguieron bebiendo y bailando, fundiéndose
en el ritmo del boliche. Pero entre risa y risa, el cansancio del baile y el
efecto del alcohol empezaron a pedir algo más. Luciano miró a Alfredo y le hizo
una seña casi imperceptible.
Eran cerca de las tres de la mañana y el boliche se había
convertido en un hervidero de luces y sombras. Luciano, apoyado en la barra, le
dio un codazo a Romina y señaló hacia el centro de la pista con una sonrisa
pícara.
—Mirá eso, Romi... parece que aquellos dos empezaron la fiesta sin
nosotros —dijo Luciano.
En medio de la multitud, Alfredo
y Verónica estaban fundidos en uno. Alfredo la rodeaba con sus brazos,
hundiendo sus dedos en la cintura del vestido bordó, mientras se besaban con
una pasión que cortaba el aliento. Sus labios se encontraban en un choque suave
pero firme; las lenguas se entrelazaban
con una cadencia húmeda y lenta, explorando cada rincón, saboreando el
gusto dulce de los tragos de frutas y el calor de la adrenalina. Era un beso
que sabía a conquista, un intercambio rítmico donde el aliento de uno
alimentaba el deseo del otro.
El muaaaakkk muuuuuuaaaaaaggghhh baboso de lengua se hicieron
protagonistas de la noche
Romina
se rió, contagiada por la escena, y cuando volvió la mirada hacia Luciano, se
encontró con que él ya estaba a milímetros de su rostro. Sin pedir permiso, Luciano le robó un beso corto, un roce
eléctrico que dejó a Romina con ganas de más. Ella, lejos de retroceder, lo
tomó del cuello de la camisa y le devolvió el gesto con interés.
El beso de Luciano y Romina fue diferente: más hambriento, más
directo. Sus labios se succionaban con
urgencia, y el gusto a menta y licor de sus bocas se mezclaba mientras
sus lenguas peleaban suavemente por el dominio.
Mmmmmmmmmmmuuahaaagagagaaggagagaga Romina soltó un gemido sordo oohhhhhh contra
la boca de Luciano, saboreando la virilidad del oficial que, hace apenas una
hora, la había defendido de su pasado.
En medio del trance, Luciano se separó apenas unos centímetros,
con los labios brillantes y la respiración agitada. Se acercó a la pista y le
tocó el hombro a Alfredo, quien seguía "devorando" a Verónica.
Alfredo se separó de los labios de la pelirroja con una cara de
pocos amigos, mirándolo como si quisiera meterle un tiro por interrumpir el
mejor momento de la noche. Luciano, ignorando la mirada asesina, lo llevó un
poco hacia un costado, donde la música no golpeaba tan fuerte.
—Che, Alfre... cortemos con tanto preámbulo —le susurró Luciano al
oído—. El boliche ya fue. ¿Qué te parece si vamos a tu departamento?
Alfredo se quedó mudo por un segundo, procesando la idea. Miró a
Verónica, que se relamía los labios esperando que él volviera, y luego miró a
Luciano. —¿Estás loco? Mi departamento es un caos, boludo... —dijo Alfredo,
aunque una sonrisa empezó a dibujarse en su cara—. Pero bueno, dale... vamos.
Total, el orden es lo último que nos va a importar esta noche. Vamos a ver qué
onda.
¡Qué buen giro! Me encanta esa contradicción: Alfredo, el tipo que en el patrullero
parecía distraído, en su vida privada es un obsesivo del orden y la pulcritud. Eso hace que el contraste con
el "desorden" que van a provocar las chicas bajo el efecto del Gusto sea mucho más potente.
Aquí tienes la versión mejorada, dándole profundidad a
esa faceta meticulosa de Alfredo mientras se dirigen al departamento:
El Gusto: El Templo de la Perfección
Alfredo había mentido. Su departamento no era un caos;
de hecho, era todo lo contrario. Como oficial de una brigada de élite, había
trasladado la disciplina a sus cuatro paredes. Cada camisa en su placard estaba
separada por colores, los libros en la repisa estaban alineados por milímetros
y no había una sola mota de polvo sobre sus muebles de diseño. Era meticuloso, ordenado y extremadamente
cuidadoso con su espacio personal.
Sin embargo, al mirar a Verónica —que lo observaba con ojos cargados de deseo y los labios
rojos todavía húmedos por sus besos—, Alfredo entendió que esa noche su
preciado orden estaba a punto de saltar por los aires. No podía decirle que no
a Luciano, y mucho menos podía
dejar pasar la oportunidad de tener a esa mujer en su terreno.
—Está bien, vamos —cedió Alfredo, sintiendo una mezcla
de ansiedad y excitación—. Pero no se quejen si después no encuentran la
salida.
Subieron a la Chevrolet
Tracker roja, donde el ambiente ya estaba a punto de ignición. Luciano
manejaba con una mano mientras con la otra buscaba la rodilla de Romina. En el asiento de atrás,
Alfredo y Verónica no perdieron ni un segundo.
Apenas el auto arrancó, Alfredo la tomó de la nuca. El beso fue
profundo, una exploración hambrienta que llenaba el habitáculo de un sonido
húmedo y rítmico. Sus lenguas se
buscaban con una desesperación nueva, saboreando no solo el alcohol,
sino la promesa de lo que vendría. Verónica soltó un pequeño gemido cuando
Alfredo succionó su labio inferior, una caricia que sabía a pura posesión.
Cuando llegaron al edificio de Alfredo, Luciano estacionó el auto
de cualquier manera, rompiendo por primera vez con la prolijidad de su
"nave". Subieron por el ascensor en un silencio tenso, solo interrumpido
por el roce de la seda de la camisa de Alfredo contra el vestido de Verónica.
Al abrir la puerta, el olor a limpio y a perfume ambiental recibió
al grupo. Todo estaba impecable... pero por poco tiempo.
—Bienvenidos a mi humilde morada —dijo Alfredo con una sonrisa de
lado, mientras cerraba la puerta con llave—. Pónganse cómodos, que ahora sí
vamos a empezar con la verdadera degustación.
El departamento de Alfredo se sentía como un santuario
de cristal. La iluminación era tenue, resaltando las superficies de mármol y
madera pulida. Pero tras un par de rondas de tragos cortos —fuertes, secos y
con ese regusto metálico que empezaba a adormecer las inhibiciones—, la
atmósfera de pulcritud empezó a evaporarse.
En el sofá de cuero, Alfredo y Verónica estaban enredados en un beso que ya no tenía
nada de dulce. Las manos de Alfredo, siempre tan precisas, recorrían las curvas
del vestido bordó, mientras Verónica saboreaba en la boca de él el rastro del
whisky caro.
Mientras tanto, en la terraza, el aire fresco de la
noche no servía para enfriar a Luciano
y Romina. Apoyados contra la baranda, compartían una copa, susurrando
confesiones que se perdían en el viento. Fue entonces cuando Luciano, al volver
al living por más hielo, vio sobre una mesa ratona un mazo de cartas de póker,
perfectamente alineado, como todo lo de Alfredo.
Una chispa de malicia brilló en sus ojos.
—Che... —gritó Luciano hacia la terraza y el sofá—,
miren lo que encontré. Me parece que el ambiente está demasiado tranquilo para
lo que prometía esta noche. ¿Qué les parece si lo hacemos un poco más picante? Un Street Póker.
Las chicas se detuvieron en seco. Verónica se separó
de los labios de Alfredo, con la respiración agitada, y miró a Romina. Se
acercaron y se apartaron unos metros, hablando en susurros.
—No sé, Romi... —susurró Verónica—. Estos tipos son de
la brigada, deben ser unos tramposos de primera. Nos van a dejar en bolas en
cinco minutos.
Romina miró de reojo a Luciano, quien barajaba las
cartas con una destreza hipnótica. —Pero mirá lo que son, Vero... Si perdemos,
tampoco es que el castigo sea tan feo, ¿no?
Luciano y Alfredo intercambiaron una mirada de
complicidad. Alfredo se levantó y se acercó a ellas, rodeando a Verónica por la
cintura. —Dale, chicas, no sean amargas —le susurró al oído, su aliento rozando
su lóbulo—. Es solo un juego. Además... —miró el departamento impecable— me
parece que a este lugar le hace falta un poco de desorden decorativo. ¿O tienen
miedo de perder?
Ese último reto fue el que cerró el trato. Romina terminó
su trago de un sorbo y golpeó la mesa con la copa. —Está bien, aceptamos. Pero
prepárense, oficiales... porque nosotras no jugamos para perder.
El departamento de
Alfredo, antes un monumento a la pulcritud, se había
transformado en un campo de batalla de seda, cuero y piel. Las copas se
llenaban mecánicamente mientras el mazo de cartas pasaba de mano en mano.
Luciano y Alfredo jugaban como un equipo silencioso, comunicándose con la
mirada, mientras Romina y Verónica se volvían una sola fuerza, desafiantes.
La tercera mano fue brutal para los oficiales. Romina,
con un color de espadas, obligó a Alfredo
a deshacerse de su posesión más preciada: la camisa de seda blanca.
—Tanto que la cuidaste, Alfre... a ver cómo te queda
el torso al aire —se burló Romina, mientras bebía un sorbo de gin.
Alfredo se desabrochó los puños y luego, uno a uno,
los botones frontales. Al quitársela, dejó ver un físico fibroso que hizo que
Verónica pasara la lengua por su labio inferior. Pero la venganza de Luciano no
tardó. En la mano siguiente, con un póker de dieces, señaló los pies de las
chicas.
—Esas plataformas las hacen ver muy altas —dijo
Luciano con una sonrisa ladeada—. Afuera.
Vero y Romina se quitaron
los zapatos. Al apoyar los pies descalzos sobre la alfombra fría de Alfredo,
sintieron un escalofrío que no era de frío, sino de vulnerabilidad. El juego se
estaba volviendo personal.
La tensión subió cuando Romina tuvo que desprenderse de su pantalón de cuero negro tras
perder contra un trío de ases de Alfredo. El sonido del cierre bajando fue como
un disparo en el silencio del living. Al quedar en una tanga diminuta que
combinaba con su top rojo, Luciano se acercó a ella, supuestamente para "ayudarla"
con la prenda, pero aprovechó para pasar su nariz por el cuello de ella.
—Sabés a peligro, Romina —le susurró, inhalando el
aroma de su piel—. Y me encanta.
Verónica, para no quedarse atrás, perdió su vestido
bordó tras una jugada arriesgada. Se deslizó la prenda hacia abajo, quedando
solo con un conjunto de encaje que resaltaba su pelo rojizo. Alfredo, ya sin camisa y con el
pantalón desprendido, la tomó del mentón.
—Te dije que mi departamento estaba bien
calefaccionado —murmuró él, recorriendo con la mirada cada curva—. Pero me
parece que ahora el que tiene calor soy yo.
Las manos se volvieron más rápidas, los tragos más
cortos y los besos entre jugada y jugada más húmedos. Luciano y Alfredo terminaron en calzoncillos, mostrando la estampa
de dos oficiales en su mejor momento físico, desafiando a las chicas a dar el
paso final.
La última mano antes del caos total dejó a las chicas
contra la pared. Romina y Verónica, abrazadas por los hombros, miraron sus
cartas. No había nada. Luciano mostró una escalera.
—Bueno, chicas... —dijo Luciano, dejando el mazo a un
lado—. Ya saben qué sigue. Esos tops y sostenes están sobrando en esta mesa.
Romina miró a Vero. Con una complicidad eléctrica,
ambas se llevaron las manos a la espalda. El sonido de los broches soltándose
fue la señal. Los tops cayeron al suelo,
dejando sus pechos al descubierto bajo la luz tenue del departamento. Romina
quedó solo en tanga roja, y Verónica en una pieza de encaje mínima.
Los oficiales se quedaron sin aliento. El orden de
Alfredo había muerto; ahora solo quedaba el Gusto de la piel, el sabor del sudor dulce y la urgencia de cuatro
cuerpos que ya no necesitaban más cartas para saber que todos habían ganado.
—Ahora sí —dijo Alfredo, levantándose y caminando
hacia Verónica mientras Luciano envolvía a Romina por la cintura—. Ahora es
cuando la noche empieza de verdad.
Luciano dejó las cartas sobre la mesa con un
movimiento seco, como quien lanza un desafío mortal. Sus ojos brillaban con una
malicia que Romina no le había visto ni en el boliche.
—Bueno, basta de tibiezas —soltó Luciano, inclinándose
hacia adelante—. Una última mano. La definitiva. Si perdemos nosotros, nos
sacamos lo último que nos queda y bajamos así, como Dios nos mandó al mundo, a
dar una vuelta corriendo por toda la avenida. Que nos vea todo el mundo: los
vecinos, los patrulleros que pasen, todos.
Alfredo palideció un segundo. Pensó en su reputación,
en su carrera, en el escándalo. Pero el alcohol y el deseo le ganaron al miedo.
—Acepto —dijo Alfredo con voz ronca—. Pero si pierden ustedes... nos hacen un Pete acá mismo, a los
dos, sin escalas.
Verónica y Romina se quedaron mudas. Se miraron
horrorizadas, con las bocas abiertas. —¡Estás mal de la cabeza, Luciano! —gritó
Romina, aunque no podía dejar de mirar el torso de él—. ¡Somos mujeres
decentes, no podés pedirnos eso! —¡Es una locura, nosotras perdemos mucho más!
—agregó Verónica, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus pechos —libres y
firmes— resaltaran aún más bajo la luz del living.
Las dos se levantaron y se fueron al balcón a debatir
a solas, dejando a los hombres en una agonía de espera. Afuera, el viento les
rozaba la piel desnuda.
—Vero, estamos locas si aceptamos —susurró Romina,
tocándose un pecho distraídamente mientras miraba hacia adentro—. Mirá lo que
son esos dos... si perdemos, no salimos más de acá. —Ya sé, Romi... pero
mirales las caras —respondió Verónica, bajando la voz y mirando a Alfredo a
través del vidrio—. Están desesperados. Y si ganamos... ¿te imaginás a estos
dos "oficiales de élite" corriendo en bolas por la avenida como dos
ridículos? Sería el gusto más dulce de mi vida verles la cara de vergüenza.
Romina miró sus propios pechos, luego los de su amiga.
—Están re encendidos, Vero. Mirá cómo tenemos los pezones... el frío y el morbo
nos están matando. Al final, el "gusto" nos va a dar el brazo a
torcer. —Es verdad... —admitió Verónica, pasando una mano por su busto—. Me
pican de la intriga. Vamos a jugar. Si perdemos, bueno... por lo menos vamos a
probar a los mejores de la brigada.
Regresaron al living con paso firme. Los hombres las
miraron como quien mira un tesoro prohibido. —Aceptamos —dijo Romina,
sentándose y dejando que sus pechos rozaran casi el borde de la mesa—. Repartí,
Luciano. Pero prepará las zapatillas, porque vas a correr mucho.
Luciano, con las manos temblorosas por primera vez,
repartió las cartas. El silencio era tan denso que se podía cortar con un
cuchillo. Alfredo no respiraba. Verónica miró sus cartas y su rostro se
transformó en una máscara de piedra. Romina apretó los dientes.
Luciano mostró su juego: Par de Jotas. Un juego mediocre. Alfredo mostró el suyo: Nada. Las chicas tenían la victoria en
la mano. Verónica tenía una Reina,
solo necesitaba que Romina tuviera algo mejor.
Romina dio vuelta su última carta. Un dos de copas. —¡No! —gritó
Verónica—. ¡Perdimos por nada!
Luciano pegó un salto y un grito de victoria que
retumbó en todo el edificio. Alfredo soltó un suspiro de alivio que se
convirtió en una risa triunfal. El "Gusto" amargo de la posibilidad
de la calle se transformó en el gusto más dulce de la victoria sexual.
—Bueno, chicas... —dijo Luciano, sentándose
cómodamente en el sofá y abriendo las piernas, mientras Alfredo lo imitaba con
una sonrisa depredadora—. El boliche cerró, el juego terminó... y ahora empieza
la degustación que prometieron.
Romina y Verónica se miraron. Ya no había vuelta
atrás. Con movimientos lentos, se arrodillaron en la alfombra impecable de
Alfredo, quedando entre las piernas de los dos oficiales. El olor a sexo,
perfume y derrota llenaba el aire.
—¿Saben a qué va a saber esto? —preguntó Luciano,
tomando a Romina del cabello con suavidad pero firmeza—. Va a saber a justicia.
Romina y Verónica
permanecieron de pie, inmóviles, como dos estatuas de seda y deseo en el centro
del living de Alfredo. La derrota les pesaba, pero el morbo de lo que venía
empezaba a ganarles la partida. Romina lucía espectacular, su piel morena
resaltaba contra la tanga roja diminuta que apenas cubría lo esencial; a su
lado, Verónica, con una tanguita negra de encaje a juego, respiraba agitada,
haciendo que sus pechos libres subieran y bajaran al ritmo de su pulso
acelerado.
Frente a ellas, los vencedores reclamaban su
trono. Alfredo, sentado en el
sillón de cuero con un bóxer negro que marcaba su físico atlético, y Luciano, recostado con arrogancia en
el sofá lateral con su bóxer blanco, las devoraban con la mirada.
—Bueno, se terminó el tiempo de las palabras
—sentenció Alfredo con una voz que no admitía réplicas—. Empezamos con la
clase, chicas. Abajo.
Romina y Verónica bajaron la cabeza,
aceptando su destino. Fue entonces cuando Alfredo se puso de pie. Caminó con
paso lento y seguro hacia donde estaba Verónica. Con una calma exasperante,
deslizó sus dedos por el elástico del bóxer negro y lo bajó por completo.
Cuando su miembro quedó liberado, el silencio
en el departamento fue absoluto. Era imponente: oscuro, cargado de venas que
delataban la presión de la sangre y el deseo contenido durante toda la noche.
Verónica abrió los ojos de par en par, soltando un suspiro que fue casi un
jadeo de incredulidad.
—¡Wow! —balbuceó Verónica, sin poder quitar
la vista de la anatomía del oficial—. Alfredo... yo no sabía que los manuales
de la academia venían con tanto... armamento.
Luciano, desde el sillón, soltó una carcajada
ronca, disfrutando de la cara de asombro de la pelirroja. —Tranquila, Vero...
—dijo Luciano mientras él también se ponía de pie—. Para vos también hay, pero
primero le toca a Romi probar la mercadería.
Con un movimiento decidido, Luciano se
despojó de su bóxer blanco. Si bien no era tan masivo como el de Alfredo, el
miembro de Luciano tenía una forma perfecta, apuntando hacia arriba con una
arrogancia que combinaba con su personalidad. Era una pieza de ingeniería
biológica que prometía una resistencia inagotable.
Romina se acercó un paso, hipnotizada por la
visión de Luciano totalmente desnudo. —Miren lo que son... —murmuró Romina,
estirando una mano con timidez para acariciar el aire cerca de ellos—. Sabía
que la brigada era de élite, pero esto ya es otro nivel de profesionalismo.
Los dos oficiales, ahora completamente
expuestos bajo la luz tenue del departamento, se dejaron adular. Las chicas no
podían dejar de comentar, con voces quebradas, la firmeza y el tamaño de los
hombres que las habían derrotad
Romina fue la primera en romper el silencio
con un movimiento bien pensado. Con una sonrisa pícara que prometía mucho más
de lo que decían sus labios, se puso de rodillas sobre el sillón, apoyando las
manos en el respaldo mientras arqueaba la espalda. Dejó su culo redondo y firme bien arriba,
apenas tapado por la tanga de encaje negra que ya estaba empapada entre sus
piernas. El vestido ajustado que llevaba, de un rojo intenso que hacía resaltar
su bronceado, se le había trepado hasta la cintura, dejando a la vista el
inicio de sus muslos, suaves pero tonificados de tanto bailar. Sin apuro, pero
sin pausa, se giró un poco hacia Luciano, que ya la miraba con los ojos entrecerrados
y la mandíbula tensa mientras clavaba los dedos en el borde del sofá.
—Vamos a ver qué tan rico sale esto —susurró
Romina con voz ronca, casi en un secreto, mientras estiraba la mano hacia el
bulto que se marcaba en el pantalón de Luciano. No pidió permiso. Sus dedos,
con las uñas pintadas de un rojo oscuro, recorrieron el contorno de su erección
a través de la tela, sintiendo cómo quemaba y cómo la verga le latía bajo el tacto. Luciano cortó la respiración cuando
ella, con una cancha que delataba experiencia, le desabrochó el cinturón y le
bajó el cierre de los jeans. El ruidito del metal al abrirse se mezcló con el
sonido de su propia respiración agitada.
El miembro de Luciano asomó, grueso y largo;
la cabeza morada ya brillaba con una gota de pre-seminal que le resbaló por el
costado. Romina lo agarró con firmeza, sintiendo el peso en su palma y esa
textura de seda sobre la dureza de adentro. Sin dejar de mirarlo a los ojos, se
pasó la lengua por los labios para humedecerlos antes de agacharse y dejar que
la punta de la lengua rozara el glande. Luciano soltó un suspiro hondo, casi un
gemido, al sentir el contacto húmedo y caliente. Sus dedos, que hasta ese
momento estaban quietos, empezaron a moverse: se deslizaron por la espalda de
Romina, bajando por la columna hasta frenar en la cintura. Ahí, con un
movimiento lento pero decidido, metió los dedos por debajo de la tanga,
acariciando la suavidad de las nalgas antes de apretarlas con fuerza,
separándolas apenas lo suficiente para que el aire fresco rozara el calor
húmedo que brotaba de entre sus piernas.
—Putita,
qué rica que estás —murmuró Luciano con la voz áspera, mientras Romina empezaba
a hacer círculos con la lengua alrededor de la corona, saboreando ese gustito
salado que ya se sentía cada vez más fuerte. Ella no contestó con palabras. En
lugar de eso, abrió bien la boca y dejó que sus labios se cerraran alrededor de
la cabeza, haciendo una presión suave pero constante mientras la lengua seguía
trabajando, explorando cada pliegue y cada vena hinchada. Luciano echó la
cabeza para atrás, con los músculos del cuello tensos, mientras las caderas se
le movían solas, buscando más roce.
Del otro lado del sillón, Alfredo no perdió
ni un segundo. Con una sonrisa que mostraba los dientes blancos contra su piel
oscura, guio a Verónica hacia él, agarrándola de los hombros con sus manos
grandes y curtidas. Ella, con los labios entreabiertos y los ojos brillantes de
ganas, se dejó llevar, bajando despacio hasta que las rodillas tocaron la
alfombra persa. El vestido apretado que tenía puesto, de un azul eléctrico que
contrastaba con su piel morena, se le pegaba a las curvas como una segunda
piel, pero no llegaba a esconder el temblor de sus muslos cuando quedó cara a
cara con la erección de Alfredo.
Él no tenía calzoncillos. Su poronga, negra y gruesa, se plantaba
orgullosa desde la base, con las venas marcadas bajo la piel tirante y la
cabeza ancha y brillante. Verónica no pudo evitar lamerse los labios al verla,
sintiendo cómo la calentura se le acumulaba ahí abajo, mojándole toda la tanga.
—Qué pedazo de poronga, negro hermoso
—susurró con la voz temblorosa, antes de inclinarse y darle un beso suave en la
punta. Alfredo gruñó, un sonido gutural que le vibró en el pecho al sentir el
contacto. Se le enredó en el pelo enrulado a Verónica, no para tironearla, sino
para guiarla, para sentir el peso de su cabeza en sus manos mientras ella
empezaba a recorrerlo con la boca.
—Mmmmmmaaaaa… mmamamamamamamamam —gemía
Verónica contra su piel, con el sonido ahogado por el contacto, mientras
cerraba los labios alrededor de la cabeza, chupando con una suavidad que
chocaba con la urgencia que sentía. La lengua se le enredaba en el frenillo,
haciendo dibujos que hacían que a Alfredo le temblaran las piernas. Él apretó
los dientes, aguantándose las ganas de empujar más adentro, de perderse en el
calor húmedo de esa boca.
Romina, sin dejar de atender a Luciano,
levantó la vista un segundo y vio cómo Verónica se entregaba al miembro de
Alfredo con una devoción total. Una sonrisa de pura lujuria se le dibujó en la
cara antes de volver a concentrarse en lo suyo; esta vez se metió más a Luciano
en la boca, sintiendo cómo el glande le rozaba el fondo de la garganta. Relajó
los músculos y dejó que él se deslizara hasta el fondo, hasta que sus labios
tocaron la base y la nariz se le hundió en el vello del pubis.
—Joder,
Romi… —jadeó Luciano (aunque un argentino diría: "Hija de puta,
Romi..."), con las caderas moviéndose en círculos, como si no supiera si
empujar más o frenar para disfrutar cada segundo. Sus manos, que antes
acariciaban, ahora le apretaban las nalgas a Romina con una posesión total:
ella era suya en ese momento y no pensaba soltarla.
Alfredo, mientras tanto, ya no tenía
paciencia. Con un movimiento rápido, agarró a Verónica de las caderas y la
levantó, girándola hasta que quedó de espaldas a él, apoyada en el brazo del
sillón. El vestido se le subió hasta la cintura, dejando al aire la tanga negra
que ya estaba empapada y pegada a sus labios. Sin vueltas, Alfredo le bajó la
bombacha de un tirón, dejando expuesto su sexo hinchado y brillante de
excitación.
—Así me gusta, perra —gruñó, mientras con una mano le separaba los labios a
Verónica, dejando ver su clítoris rosado e inflamado. Con el índice de la otra
mano empezó a hacerle circulitos ahí mismo, sintiendo cómo ella se retorcía y
cómo los gemidos se le ahogaban contra el cuero del sillón—. Me vas a chupar
bien la verga, ¿no?
Verónica asintió, sin poder hablar, mientras
Alfredo le guiaba la cabeza otra vez hacia su erección. Esta vez no hubo
delicadeza. Ella abrió la boca y se lo tragó hasta la mitad, sintiendo cómo él
le llenaba la garganta y cómo las manos de él se cerraban alrededor de su
cuello, no para ahorcarla, sino para sentir el movimiento de sus músculos
mientras ella se lo tragaba entero.
El ambiente en el living estaba cargado,
denso por el olor al perfume caro de las mujeres mezclado con el almizcle del
deseo y el cuero de los sillones. El sonido era una sinfonía sucia: el roce de
la piel, los jadeos rítmicos y ese sonido húmedo, constante, de las bocas
trabajando sin descanso.
Luciano ya no aguantaba más. Tenía las manos
enterradas en el culo de Romina, amasando la carne con una urgencia que le
hacía marcarle los dedos. Ella, entregada totalmente, sentía cómo la verga de
Luciano le golpeaba el fondo de la garganta en cada embestida instintiva que él
daba. Romina cerró los ojos, concentrada en el calor que le subía por las
piernas, sintiendo su propia tanga hecha un hilo de seda empapado que le rozaba
el clítoris con cada movimiento de cadera sobre el sofá.
—Mirame, Romi... mirame —logró decir Luciano,
con la voz quebrada.
Ella levantó la cabeza, con los labios
brillando y un hilo de saliva escapándosele por la comisura, pero no lo soltó.
Lo miró con los ojos empañados, desafiante y sumisa a la vez. Luciano la agarró
del pelo con suavidad pero con firmeza, obligándola a mantener el contacto
visual mientras él aceleraba el ritmo, perdiéndose en la humedad de su boca.
Al lado, la situación de Verónica y Alfredo estaba
llegando al punto de no retorno. Alfredo la tenía contra el brazo del sillón,
con una mano firme en su nuca y la otra bajando para encontrarse con la humedad
de ella. Cuando hundió dos dedos de golpe en su sexo, Verónica soltó un grito
ahogado contra la verga del negro, arqueando la espalda de tal manera que sus
pechos, apretados por el vestido azul, parecieron querer escaparse por el
escote.
—Eso es, tomala toda,koloradita —gruñó Alfredo,
sintiendo cómo los labios de Verónica succionaban con más fuerza, desesperada
por complacerlo mientras sentía los dedos de él moviéndose frenéticamente
adentro suyo, buscando ese punto exacto que la hacía temblar.
Verónica se separó apenas un segundo,
jadeando, con la cara roja y el maquillaje ligeramente corrido. —Metela,
Alfredo... no aguanto más, quiero que me rompas toda —le suplicó, girándose
para quedar de frente, con las piernas temblorosas y la bombacha colgando de un
solo tobillo.
Alfredo no se lo hizo decir dos veces. La
levantó como si no pesara nada, acomodándola para el impacto final, mientras
Romina y Luciano, contagiados por la urgencia de los otros dos, empezaban a
despojarse de lo poco que les quedaba de ropa, decididos a convertir ese living
en un caos de cuerpos y placer.
Alfredo la agarraba de ese pelo
pelirrojo encendido, enredando sus dedos negros entre las mechas color
fuego mientras la sacudía contra el respaldo del sillón. El contraste del azul
eléctrico del vestido, la piel blanca de Verónica y su cabellera rojiza
desparramada sobre el cuero negro era una locura que lo tenía sacado.
—¡Mirá qué color tiene esta colorada...
miren lo que es esto! —rugió Alfredo, dándole una nalgada que sonó como un tiro
en medio del living, dejando la marca de su mano grabada en la nalga derecha de
ella.
Verónica, con la cara hundida en el almohadón, sentía cómo el pelo se le
pegaba a la frente por el sudor. Cada vez que Alfredo la embestía desde atrás,
ella sentía que se desarmaba. Ese pedazo de poronga negra la recorría entera, raspándole las paredes del sexo
hasta el fondo, haciéndola vibrar.
—¡Metela toda, negro... rompecuna, dale! —gritaba ella, girando la cabeza
para mostrarle esos ojos brillantes de puro vicio, mientras su pelo rojo
chorreaba por el costado del sofá como una cascada.
Al lado, Romina y Luciano estaban en la suya, hechos un nudo de carne sobre
la alfombra. Romina tenía las piernas apuntando al techo, bien abiertas,
mientras Luciano le daba con un ritmo que no daba respiro. El sonido de los
cuerpos chocando se mezclaba con los gritos de la colorada, armando un clima
que ya no se aguantaba más.
Luciano le agarró los tobillos a Romina, bajándoselos hasta los hombros
para entrarle todavía más profundo. Ella soltó un quejido agudo, mitad placer y
mitad dolor, sintiendo cómo el glande de Luciano le golpeaba el cuello del
útero.
—¡Ay, Lucho... me vas a terminar matando, seguí así, no pares! —rogaba
Romina, con la mirada perdida en el techo, mientras sentía que el orgasmo le
estaba por explotar en la cara.
Alfredo, viendo que las dos estaban al borde del abismo, le soltó el pelo a
Verónica y la agarró de las caderas con una fuerza bruta, levantándola un poco
para cambiar el ángulo.
—Preparate, colorada... que ahora te la mando hasta la nuca —le advirtió
con la voz pastosa, justo antes de empezar el sprint final.
El aire ya no se podía ni respirar de lo cargado que estaba. Alfredo, con
un movimiento brusco, sacó su poronga
de un tirón, haciendo un ruido húmedo que resonó en toda la sala. Verónica
soltó un quejido de abandono, quedándose en cuatro sobre el sillón, con el pelo
pelirrojo todo revuelto y la cara roja de la calentura.
—Lucho, dejame a la morocha que a esta colorada la voy a dar vuelta yo
—rugió Alfredo, agarrando a Romina de los tobillos mientras ella todavía estaba
en el suelo con Luciano.
Luciano, que estaba al límite, no lo dudó. Se paró como pudo, con la verga
goteando y apuntando al techo, y se subió al sillón atrás de Verónica. La
pelirroja ni lo miró; simplemente sintió el calor de otro cuerpo y arqueó más
el lomo, ofreciéndole el orto
sin asco.
—Tomá, colorada, fijate si esta te gusta más —le susurró Luciano al oído
mientras se la mandaba de un solo viaje. Verónica soltó un grito que se escuchó
en toda la cuadra. Luciano era más fibroso, y el ángulo desde el sillón la
hacía sentir que la partía al medio.
Mientras tanto, en la alfombra, Alfredo ya tenía a Romina dominada. La dio
vuelta como a una media y la puso en cuatro, agarrándola de las caderas con
esas manos que le tapaban media cintura.
—A ver qué tal sentís al negro, Romi —le dijo con la voz que parecía un
trueno.
Cuando Alfredo entró, Romina clavó los dientes en el borde del sofá para no
gritar de dolor y placer mezclados. Era demasiado. Sentía que la llenaba hasta
la garganta, estirándola centímetro a centímetro. Alfredo empezó un raleo
bestial, levantándola del suelo en cada estocada, mientras Romina jadeaba como
una loca, con la saliva cayéndole sobre la alfombra.
El living era un ring. Luciano arriba del sillón castigando a la colorada,
que sacudía la cabeza de lado a lado haciendo volar sus pelos rojos, y Alfredo
abajo dándole a la morocha con una furia animal.
—¡Dios mío, Alfredo... sos una bestia! —gritaba Romina, mientras los ruidos
de los cuerpos chocando se volvían rítmicos, constantes, una música sucia que
avisaba que ya nadie aguantaba un segundo más.
Alfredo, que la tenía a Romina en cuatro sobre la alfombra, la agarró de
las caderas con una fuerza bruta y la arrastró hacia el sillón, donde Luciano
le estaba dando sin asco a la colorada.
—¡Vengan acá las dos, carajo! —rugió el negro, con la voz quebrada por la
calentura.
Romina se trepó al sillón, quedando cara a cara con Verónica. Las dos
estaban prendidas fuego, chorreando sudor y deseo. Sin decirse una palabra, se
agarraron de la nuca y se estamparon un beso que sonó a gloria. El pelo rojo de
Vero se mezclaba con el morocho de Romi mientras se devoraban las bocas,
pasándose el gusto de los pibes de una a otra.
Luciano, que seguía enganchado a la pelirroja por atrás, no paraba el
raleo, mientras Alfredo se acomodaba justo detrás de Romina. Era un tren de
carne humana, un trencito del vicio que hacía crujir las patas del sofá.
—¡Miren esto, por Dios! —jadeó Luciano, viendo cómo las dos minas se
amasaban las tetas con una mano mientras con la otra se buscaban el sexo entre
ellas, frotándose los clítoris hinchados mientras recibían las estocadas de los
dos tipos.
Romina soltó la boca de Verónica y tiró la cabeza para atrás, apoyándola en
el hombro de Alfredo, que la penetraba con una violencia rítmica que la hacía
ver estrellas. —¡SÍ, DALE, NEGRO... DALE QUE NOS VENIMOS LAS DOS! —gritó
Romina, estirando el brazo para agarrar a Luciano de la nuca y traerlo más
cerca.
El living era un ring de cuatro cuerpos sudados. El olor a sexo, perfume y
cuero era insoportable de lo rico. Verónica, con los ojos en blanco y el pelo
colorado pegado a la espalda, se dio vuelta un segundo para lamerle el cuello a
Romina mientras Luciano le daba el último sprint.
—¡Me vengo, Lucho... me vengo toda! —chilló la colorada, arqueándose tanto
que parecía que se iba a quebrar, justo cuando sintió que el pibe le llenaba el
fondo de leche hirviendo.
Al mismo tiempo, Alfredo soltó un gruñido animal y, con tres estocadas
finales que levantaron a Romina del sillón, descargó todo su veneno adentro de
la morocha.
Se quedaron los cuatro ahí, amontonados, jadeando como si hubieran corrido
una maratón. El silencio que siguió solo lo rompía el sonido de las
respiraciones pesadas y algún que otro beso húmedo que las chicas se seguían
dando, todavía conectadas por los fluidos de todos.
Se terminó de armar el descontrol total. Los pibes no se conformaron con
terminar adentro y, con una calentura que todavía les quemaba la sangre, se
salieron de un tirón. Alfredo y Luciano se pararon frente al sillón, con las porongas todavía duras y goteando,
mientras Romina y la colorada se quedaban abrazadas, jadeando con la mirada
perdida.
—¡Dale, arriba las dos! —ordenó Luciano, agarrando a Verónica del pelo rojo
para levantarle la cara.
Las dos se acomodaron de rodillas en el borde del sofá, pegaditas una a la
otra, con los labios entreabiertos y la respiración que todavía les silbaba en
el pecho. El contraste era una locura: el pelo color fuego de Vero y el negro
azabache de Romi, las dos bañadas en sudor y con los ojos brillantes de puro
vicio.
—Abran bien la boca, putitas —gruñó Alfredo, posicionándose justo enfrente
de Romina mientras Luciano se ponía frente a Verónica.
Fue una ráfaga. Luciano empezó a pajearse con bronca, con la mirada fija en
los ojos verdes de la colorada, que no dejaba de lamerse los labios esperando
el final. Alfredo, con esa verga
negra que parecía no terminar nunca, le rozaba la nariz a Romina, que ya estaba
entregada totalmente.
—¡Ahí va, carajo! —gritó Luciano.
Los dos estallaron casi al mismo tiempo. Los chorros de leche empezaron a
volar por el aire del living, cruzándose en el medio. Luciano bañó a la
colorada, cubriéndole los pómulos, la frente y esos mechones rojos que le caían
por la cara. Verónica cerró los ojos y sacó la lengua, tratando de atrapar cada
gota de ese néctar espeso que le chorreaba por el mentón.
Al lado, Alfredo descargó toda la artillería sobre Romina. Eran chorros
potentes, calientes, que le taparon la boca y le bañaron los pechos, bajando en
hilos blancos por su piel bronceada. Romina se pasaba las manos por la cara,
desparramándose la leche de Alfredo como si fuera una crema bendita, mientras
se reía con una mezcla de agotamiento y placer.
Se quedaron los cuatro ahí, en silencio, escuchando solamente el goteo de
los fluidos contra el cuero del sillón y el piso. Las dos minas se miraron,
todas enchastradas, y se dieron un último beso pegajoso, saboreando el final de
esa noche salvaje.
El sol de las ocho de la mañana ya se colaba por las rendijas de las
persianas, iluminando el humo del cigarrillo y el enchastre que había quedado
en el living. Los cuatro, todavía con los cuerpos calientes, se metieron en la
ducha. El agua caliente les resbalaba por la piel, mezclando el jabón con los
restos de leche y sudor que se iban por el desagüe mientras se daban los
últimos besos y caricias rápidas bajo el chorro.
Una vez secos y vestidos, el cansancio les cayó de golpe. Alfredo, que era
el dueño de casa, saludó con un medio abrazo a Luciano y les dio un beso en el
cachete a las chicas, que todavía estaban medio zombis.
—Chau, fieras... me voy a dormir mil años —balbuceó Alfredo antes de
tirarse en la cama, todavía con el olor de las dos en las sábanas.
Luciano, que siempre fue el más pilas, cargó a Romina y a la colorada en el
auto. Las llevó a cada una a su casa; las pibas iban casi dormidas contra el
vidrio, con una sonrisa de satisfacción que no les borraba nadie. Cuando
Luciano llegó a su departamento, se tiró a dormir con las persianas bajas,
desconectado del mundo.
A eso de las seis de la tarde, el celular de Alfredo vibró en la mesa de
luz. Se despertó con la boca pastosa y los ojos pegados, pero cuando vio la
pantalla, se le dibujó una sonrisa. Era un mensaje de Luciano:
"¡Cómo la reventamos a esas yeguas eh! No me
puedo ni mover, qué noche, hermano."
Alfredo se despabiló un poco, se rascó la barba y, todavía sintiendo el
cansancio en los huesos pero con la adrenalina volviendo a subir, le contestó
al toque:
"Olvidate, fue una carnicería jajaja. Escuchame,
la próxima me toca a mí invitar a unas amiguitas que tengo en vista, vas a ver
lo que son."
La respuesta de Luciano no tardó ni un minuto en llegar:
"Dale, te tomo la palabra. Avisá y activamos de
vuelta."
Alfredo dejó el teléfono a un lado, se estiró y se quedó mirando el techo,
ya empezando a cranear quiénes serían las próximas candidatas para la siguiente
vuelta.
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