5 sentidos 2

 


Oído

El silencio del departamento se rompió con el clic-clac seco y rítmico de sus tacones rojos sobre el parqué. Jesica se miró por última vez al espejo; el vestido negro, corto y ajustado, crujía levemente con cada uno de sus movimientos, un sonido casi imperceptible que solo ella podía sentir en la piel.

Al salir a la calle, el aire denso del verano la envolvió. A lo lejos, el murmullo constante de la ciudad se sentía como un latido. El Uber ya la esperaba con el motor en marcha, un ronroneo bajo y vibrante que parecía anticipar la energía de la noche.

En el lobby del hotel, el silencio era casi clínico, solo interrumpido por el zumbido eléctrico de las luces y el tic-tac de un reloj de pared. Flor, impecable en su uniforme de pollera tubo negra y camisa blanca almidonada, ajustó su corbata negra mientras revisaba unos documentos.

De pronto, un sonido rompió la calma: el golpeteo seco, firme y arrogante de unos tacones sobre el mármol. Clac. Clac. Clac. Flor levantó la mirada y se encontró con la imagen de Jesica. La mujer no solo vestía para matar; también sonaba desafiante mientras masticaba chicle con una cadencia perezosa.

— Hola, buenas noches. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó Flor, manteniendo su tono profesional, aunque sus oídos se habían agudizado ante la presencia de la extraña.

— En mucho me podés ayudar, hermosa —respondió Jesica. Su voz era ronca, juguetona—. Busco al señor Alejandro.

Flor consultó la pantalla. Recordó la nota del huésped Duarte: “Se permite el acceso de una acompañante a la habitación”.

— Ah, sí. Usted es... —Flor dejó la frase en el aire, esperando un apellido.

— La trola —la interrumpió Jesica sin parpadear.

El silencio que siguió fue denso. Flor parpadeó, descolocada por la crudeza de la palabra.

— ¿Cómo dice? —atinó a preguntar, sintiendo un calor repentino en las orejas.

— Que soy la trola que pidió Ale —repitió Jesica con una sonrisa ladeada—. ¿O acaso no me veo como una?

— Ah... yo... yo preguntaba su nombre para el registro —balbuceó Flor, tratando de recuperar la compostura.

— Perdoná, linda. Soy Jesica —dijo ella, y justo en ese momento cerró los labios para hacer explotar un globo de chicle. El "¡pop!" resonó en el vestíbulo vacío como un disparo de salida—. ¿Y el tuyo?



— Flor —respondió la recepcionista casi en un susurro.

— Lindo nombre... y más lindo quién lo lleva —Jesica se inclinó sobre el mostrador, y Flor pudo escuchar el leve crujido del vestido negro de Jesica al tensarse—. ¿Me llevás? Me pierdo rápido en estos lugares tan... elegantes.

Flor asintió, incapaz de articular palabra, y el único sonido que llenó el pasillo hacia el ascensor fue el ritmo desigual de sus pasos: los zapatos bajos y discretos de Flor contra los tacones rojos de Jesica, marcando el pulso de una noche que acababa de empezar.

El ascensor comenzó su ascenso con un suave movimiento hidráulico. El espacio era tan reducido que Flor podía escuchar la respiración pausada de Jesica y el leve roce de su bolso contra el vestido.

— ¿Hace mucho trabajás acá? —preguntó Jesica. Su voz, ahora sin el ruido del lobby, sonaba más profunda, casi como un ronroneo que rebotaba en las paredes de acero inoxidable.

Flor mantuvo la vista fija en los números digitales que cambiaban con un "bip" rítmico.

— Sí, hace cinco años en este hotel —respondió Flor, intentando que su voz sonara estable—, pero estoy en la industria hotelera hace veinte.

Jesica dejó escapar un silbido bajo, un sonido de aire filtrándose entre sus dientes.

— Veinte años... —repitió Jesica, acercándose un paso más. El sonido de sus tacones al moverse sobre el piso metálico fue un chasquido nítido. — Eso es mucha experiencia atendiendo gente, Flor. Me imagino que ya sabés reconocer el sonido de alguien que sabe exactamente lo que quiere en cuanto entra por la puerta, ¿no?

Jesica se pegó a su espalda. Flor pudo oír el crujido del cuero de la cartera de Jesica y, sobre todo, el sonido del chicle siendo masticado justo detrás de su oreja.

— Veinte años siendo una chica buena, siguiendo las reglas... —susurró Jesica, y su aliento caliente hizo que Flor soltara un suspiro entrecortado que resonó en todo el cubículo. — Esta noche, el único sonido que quiero que sigas es el de mi voz.

El ascensor seguía subiendo. Jesica observó a Flor de arriba abajo, deteniéndose en la firmeza de su rostro.

— Pero si sos una nena... —soltó Jesica con una sonrisa juguetona, mientras estiraba su mano para apretarle los cachetes con un gesto casi maternal pero cargado de intención.

— Tengo cuarenta —respondió Flor, manteniendo la voz firme pese al contacto.

— Bien llevados entonces —replicó Jesica, guiñándole un ojo.

— ¿Y vos? —preguntó Flor, intentando recuperar el hilo de la conversación.

— Treinta y cinco añitos.

— No me refería a la edad... me refiero a su profesión —aclaró Flor, bajando el tono de voz mientras las puertas del ascensor se abrían.

Jesica salió al pasillo, y el sonido de sus tacones rojos sobre la alfombra era lo único que se escuchaba. — Ah... desde chica trabajo de puta —dijo con una naturalidad que dejó a Flor sin aliento—. También atiendo mujeres, Flor... por si te interesa probar algo distinto a los formularios del hotel.

. Llegaron a la puerta de la 69. Flor dio dos golpes secos sobre la madera. La puerta se abrió y apareció Alejandro: 45 años, impecablemente rasurado, con el cabello blanco contrastando con una bata de seda negra.

— Vaya, al fin llegaste —dijo Alejandro. Su voz era profunda y mandona.

— Lo bueno se hace esperar, bombón —respondió Jesica con un ronroneo, entrando en la habitación como si fuera la dueña del lugar.

— Bien, pasa —asintió él.

Flor hizo un ademán de retirarse: — Perfecto, los dejo. Que lo pasen bien.

— Espere, Flor —la detuvo Alejandro, su voz resonando en el umbral—. Tráiganos una botella de champagne, por favor.

— Sí, por supuesto —asintió Flor, sintiendo una extraña mezcla de alivio y curiosidad mientras se alejaba escuchando cómo la puerta se cerraba con un clic definitivo.

La Habitación: La Función Comienza

Adentro, el ambiente cambió. Alejandro se cruzó de brazos, observándola con intensidad. — A ver... quiero saber por qué pagué —dijo, dando un paso hacia ella.

Jesica lo detuvo poniendo sus manos en el pecho de él, sintiendo el latido de su corazón bajo la seda de la bata. — Ahora vas a ver por lo que pagaste, pero sentadito ahí —le ordenó con autoridad. Lo guió hasta la punta de la cama y lo hizo sentar.

Con un movimiento elegante, Jesica se sacó el chicle y lo lanzó al cesto; el sonido metálico del impacto marcó el inicio del show. Se puso de espaldas a él, moviendo sus caderas de forma hipnótica. Sus manos buscaron el cierre del vestido negro. El sonido del deslizamiento de la cremallera bajando lentamente fue lo único que rompió el silencio de la suite.

El vestido cayó al suelo con un leve siseo. Jesica se quitó los tacones y se giró lentamente, quedando solo en una pequeña tanga turquesa. Alejandro soltó un suspiro pesado, casi un gruñido, al ver la perfección de sus pechos.

— Upa... se ve que son de calidad —logró decir él, con la voz algo ronca.

Jesica soltó una carcajada vibrante, se acercó a él y se sentó en su regazo, haciendo que la cama crujiera suavemente bajo su peso combinado. Inclinó su cuerpo hacia adelante, ofreciéndole su pecho. El sonido de la respiración agitada de Alejandro fue el preludio justo antes de que él la tomara para empezar a succionar con deseo.

Flor llegó a la zona de servicio con el corazón todavía acelerado. El ambiente allí era una mezcla de tintineo de cubiertos y el vapor de la cocina.

— Faustino, ¿podés llevar este champagne a la 69? —preguntó Flor, tratando de que su voz no delatara su inquietud.

— Imposible, Flor —le contestó el camarero sin frenar su paso—. Tengo que entregar este pedido en la 38 ahora mismo —el sonido del metal de la campana cubriendo el plato de comida resonó con un "clanc" seco.

— Está bien... lo llevo yo —suspiró ella, tomando la cubeta de plata. El tintineo del hielo contra el metal y el roce de la botella fría contra sus palmas fueron los únicos compañeros de Flor en el trayecto de vuelta.

Mientras tanto, del otro lado de la puerta de madera noble, el ambiente era radicalmente distinto. El silencio elegante de la suite había sido reemplazado por una cadencia de sonidos húmedos y rítmicos.

Alejandro, con las manos enterradas en la firmeza del trasero de Jesica, succionaba sus pechos con una desesperación casi violenta. El sonido era constante, un "muaaack... muaaaack... muaaaack" ruidoso y húmedo que llenaba el espacio entre los dos. Sus dedos jugaban con el elástico de la tanga turquesa, haciéndolo chasquear suavemente contra la piel de Jesica: un "fap" rítmico que marcaba el compás de sus caricias.

— Qué rico, mi amor... qué delicia —gruñó Alejandro, con una voz que salía desde lo más profundo de su garganta, ronca y cargada de testosterona.

Jesica echó la cabeza hacia atrás, dejando que su melena oscura rozara los hombros de la bata de seda de él. Su respuesta no fue solo una palabra, fue un gemido largo y agudo que terminó en un susurro entrecortado:

— Aaaaahh... ¿te gusta, bebé? —le dijo al oído, mientras el sonido de su propia respiración se mezclaba con los chasquidos de los besos de Alejandro en su piel.

Jesica no le daba respiro. Mientras sus lenguas se entrelazaban en un beso profundo y húmedo, ella comenzó a explorar su oreja con la punta de la lengua, trazando cada relieve con un sonido de succión suave. Se soltó de él con un susurro travieso y se puso de pie, dejando que su tanga turquesa cayera al suelo con un leve roce sobre la alfombra.

— Bueno... ahora vamos a ver qué tenés vos —dijo ella, con una voz cargada de una seguridad felina.

Alejandro, dejándose llevar, se recostó en la cama. El crujido de las sábanas de satén bajo su peso precedió al sonido de la seda de su bata al desatarse. Al abrirse la prenda, su miembro erecto quedó expuesto, palpitante.

— Mmmm... a ver —murmuró Jesica.

Se arrodilló entre sus piernas. Primero, el sonido fue el de su mano cerrándose alrededor de él: un deslizamiento rítmico de piel contra piel. Luego, sin preámbulos, lo tomó en su boca. El silencio de la habitación fue reemplazado por un eco ruidoso y profundo: "glup, glup, glup...", el sonido de la garganta de Jesica trabajando con fuerza, rítmica y constante.

— Aaaaah... sí, putita... qué bien que lo hacés —gruñó Alejandro. Su voz era ahora un rugido ahogado, una mezcla de dolor y placer que vibraba en el aire.

Del otro lado de la puerta, Flor llegó con la cubeta de plata. Estaba a punto de levantar el nudillo para golpear, pero se quedó petrificada.

A través de la madera fina de la suite, los sonidos eran devastadores para su compostura:

·         El chasquido de la saliva y la succión constante de Jesica.

·         Los gemidos roncos de Alejandro, que golpeaban la puerta desde el interior.

·         El sonido de los cuerpos moviéndose pesadamente sobre el colchón.

Flor cerró los ojos, apretando el asa de la cubeta. El tintineo del hielo al chocar contra la botella de champagne parecía un sonido ridículo y pequeño comparado con la tempestad de placer que escuchaba del otro lado. Podía distinguir perfectamente el momento en que Alejandro perdía el control de su respiración, convirtiéndola en un jadeo animal.

Estaba atrapada. No podía irse sin entregar el pedido, pero entrar significaba romper esa sinfonía de gemidos que, extrañamente, hacían que su propio uniforme empezara a sentirse demasiado ajustado

Del lado del pasillo, el mundo de Flor se había reducido a lo que sus oídos podían captar. La bandeja de plata vibraba levemente en sus manos, produciendo un tintineo metálico que delataba el temblor de sus dedos. Estaba paralizada. Los gemidos de Alejandro, antes roncos, ahora eran constantes, una nota sostenida de placer que atravesaba la puerta con una vibración que Flor sentía en la boca del estómago.

Ella pegó un poco más la oreja a la madera, atrapada por la morbosidad del momento. Podía escuchar el "ggllluuuu gllluuuup" rítmico, un sonido denso y húmedo que no dejaba lugar a la imaginación. Era el sonido de la entrega total de Jesica, una profesional que sabía exactamente cómo usar su boca para anular la voluntad de un hombre.

Dentro de la habitación, Jesica decidió elevar la apuesta. Se retiró apenas unos centímetros, rompiendo el vacío de la succión con un chasquido de labios que resonó en el silencio de la habitación. Alejandro soltó un quejido de protesta, un llanto de placer contenido.

— Esperá... todavía hay más —susurró Jesica.

Se inclinó sobre él de una manera imposible. Alejandro, con los ojos en blanco, sintió algo nuevo: Jesica tomó uno de sus pechos, firme y erecto por la excitación, y comenzó a rozar el pezón contra la cabeza de su miembro. El sonido era casi imperceptible para alguien de afuera, pero para ellos era el roce de la seda contra el fuego.

— Mirá cómo se pone... —le dijo Jesica, y su voz llegó a Flor como un susurro fantasmal.

Afuera, Flor cerró los ojos con fuerza. El contraste entre su vida de "chica buena" de los últimos veinte años y el festín de sonidos carnales que estaba presenciando la estaba quebrando. Escuchaba el roce de la piel, los suspiros calientes y esa succión intermitente que parecía no tener fin.

De pronto, un gemido más fuerte de Alejandro, un "¡Oh, Dios!" que retumbó en toda la suite, hizo que Flor diera un respingo. En su confusión y excitación, el hielo de la cubeta se desplazó con un estruendo cristalino.

Se hizo un silencio repentino dentro de la habitación. Flor contuvo el aliento. El único sonido que quedaba era el de su propio corazón, golpeando sus costados como un tambor frenético.

Afuera, en la penumbra del pasillo, Flor ya no era la recepcionista impecable del turno noche. Con un movimiento torpe y febril, dejó la cubeta de plata sobre una mesa de arrimo. El tintineo del metal contra la madera fue lo último que escuchó de su mundo profesional. El calor le subía por el cuello, asfixiante, como si el aire del pasillo se hubiera vuelto denso.

Sus dedos temblorosos buscaron el nudo de su corbata. El roce de la seda negra al desanudarla sonó como un susurro de liberación. Luego, uno a uno, desabrochó los botones superiores de su camisa blanca; el pequeño chasquido plástico de cada botón al soltarse marcaba el ritmo de su propia excitación. Pegó el oído a la puerta, cerrando los ojos para dejar que el sonido la invadiera por completo.

Uhhhhffff suspiro

Adentro, Jesica había llevado el juego a un nivel superior. Se había inclinado sobre Alejandro, quien yacía hipnotizado, y aprisionaba el miembro erecto de su cliente entre sus generosos pechos.

— Mirá esto, bombón... sentí cómo te abrazan —le susurró Jesica con una voz que era puro aire.



Comenzó el movimiento rítmico, subiendo y bajando, mientras la piel de sus pechos, lubricada por la saliva y el deseo, se deslizaba contra la piel de él. Los sonidos eran una sinfonía carnal que atravesaba la puerta directo a los oídos de Flor:

  • "¡Frot, frot, ssshhh...!": El sonido del roce constante de la piel contra la piel, un deslizamiento húmedo y rítmico.
  • "¡Mmmmuaaa... slap!": Jesica intercalaba besos rápidos y el sonido de sus pechos chocando suavemente contra el abdomen de Alejandro.
  • "¡Ggggnnn... ahhh!": Alejandro emitía gruñidos sordos, ruidos que nacían en el fondo de su garganta, incapaz de articular palabras.

·         Flor, del otro lado, sentía que cada onomatopeya de placer era una caricia en su propia piel. Podía escuchar el crujido del colchón a cada embestida de Alejandro y el jadeo entrecortado de Jesica, que ahora se esforzaba más en el movimiento.

·         — "¡Chlip, chlip, chlip...!" —el sonido de la "turca" se volvió más intenso, más rápido.

·         Flor se llevó una mano a la boca para no gemir ella también. El sonido de su propia respiración agitada se mezclaba con la de ellos. Ya no había vuelta atrás; el muro de la formalidad se había derrumbado ante la evidencia acústica de lo que estaba pasando a solo unos centímetros de distancia.

·         Jesica, con un movimiento felino, ayudó a Alejandro a deshacerse por completo de la bata de seda, que cayó al suelo con un "fush" casi inaudible. Ahora, ella estaba al mando. Se posicionó sobre él, sosteniendo su miembro erecto y apuntándolo con precisión hacia su intimidad.

·         Al hundirse de un solo golpe, el sonido fue un "¡Sllluppp!" húmedo y profundo que sacó un aire pesado de los pulmones de Alejandro.

·         — ¡Aaaaaoooh! Qué mojadita está esa conchita... —gruñó él, con la voz rota.

·         — Mmmmm... ¿viste? Aaaaahhh... —respondió Jesica, comenzando a cabalgar en movimientos circulares.

·         El sonido de la fricción interna, un "shhlic, shhlic, shhlic" rítmico, se mezclaba con el crujido metálico y rítmico de la cama: "¡Criiic, craaac, criiic!". Jesica, en un trance de placer, se llevó el dedo índice a la boca, succionándolo con un "¡Mmm-uaaap!" mientras sus gemidos subían de tono.

Alejandro estiró las manos y atrapó sus pechos con desesperación. La velocidad aumentó. El sonido ambiente fue reemplazado por el "¡Plaf, plaf, plaf!" incesante de la pelvis de él chocando contra los glúteos de ella.

 

— ¡Aaaaaajjjja! ¡Aaaahhhahh! ¡Aaaa-papittttooo! —gritaba Jesica, arqueando la espalda, mientras sus pechos rebotaban con fuerza.

 — ¡Aaaaahh! ¡Tocate las tetas, puta! ¡Dale, tocatelas! —le ordenó Alejandro con un rugido animal, mientras bajaba sus manos para apretarle la cola con fuerza, enterrando los dedos en su carne con un sonido de presión sorda.


 

Jesica obedeció, apretando su propio pecho mientras gemía: "¡Ohhh, síi... ahhh, ahhh!".

Del otro lado de la puerta, Flor ya no era una espectadora pasiva. El "plaf, plaf, plaf" que retumbaba desde adentro se había sincronizado con los latidos de su propio corazón. El calor era insoportable. Con la camisa abierta y la corbata colgando, Flor se llevó las manos a su propio pecho, apretándose sobre la encaje del corpiño.

Mmmhh... —soltó Flor en un susurro, un gemido pequeño que se perdió en el pasillo.

Sentía su propia humedad empapando la tela de su bombacha, un calor líquido que la hacía temblar. El sonido de los jadeos de Jesica y los gritos de Alejandro eran como caricias directas. Flor se pegó a la madera fría de la puerta, buscando un contraste, mientras sus dedos masajeaban sus pezones con desesperación, imitando el ritmo que escuchaba desde la suite.

Afuera, la atmósfera se había vuelto eléctrica. Flor, la mujer de los veinte años de carrera impecable, ya no existía. Con un movimiento brusco, se levantó la pollera tubo negra hasta la cintura. El sonido de la tela sintética rozando sus muslos fue un "fush-fush" frenético. Sus dedos empezaron a frotar su intimidad sobre la seda de la bombacha con una urgencia que nunca antes había sentido.

El calor era una presencia física. Flor cerró los ojos, apretando sus pechos con las manos mientras su respiración se convertía en un silbido entrecortado. Cada gemido que atravesaba la madera de la puerta era como un latigazo de placer.

Adentro, la embestida de Alejandro era implacable. El sonido de los cuerpos chocando se había vuelto más húmedo y pesado.

— ¡Aaaaahahahahaha! ¡Hijo de putaaaaaaa! ¡Qué duraaaaaaaa que la tenés! —gritaba Jesica, con la voz quebrada por el éxtasis.

— ¡Toma! ¡Tomaaaaa, putaaaaaaa! —respondía Alejandro con gruñidos guturales: "¡Grrr-uh! ¡Grrr-uh!".

De pronto, el ritmo cambió. Se escuchó el sonido de los cuerpos separándose con un "¡Sllluppp!" viscoso y el golpe de las rodillas de Jesica contra el colchón al acomodarse.

— Ahora... cogeme como una perra —sentenció ella, con un jadeo profundo.

La Sinfonía del "Plaf-Plaf"

Alejandro la tomó con fuerza de la cadera. El sonido de sus manos golpeando la piel firme de Jesica fue un "¡Tasss!" seco que resonó en toda la suite. Al entrar nuevamente, el estruendo de la carne contra la carne se volvió rítmico y violento: "¡Plaf, plaf, plaf, plaf!". La cama gritaba bajo ellos: "¡Cric-cric-cric!".

Al oír ese ritmo animal, Flor no pudo resistir más. En medio del pasillo desierto, se corrió la bombacha hacia un costado. El contacto de sus dedos directamente sobre su piel mojada produjo un sonido húmedo, un "shlic-shlic" que se sincronizó perfectamente con las embestidas de adentro.

Ahhh... ahhh... —susurraba Flor, mordiéndose el labio para no gritar, mientras apretaba sus pezones con una mano y se exploraba con la otra, dejando que la música del sexo ajeno guiara su propio orgasmo.

Afuera, la compostura de Flor se había derretido por completo. Ya no le importaba el riesgo; la necesidad era un ruido sordo en sus oídos que lo apagaba todo. Con la pollera levantada y la bombacha a un lado, hundió sus dedos en su propia intimidad, que estaba empapada. El sonido fue un chapoteo rítmico y viscoso: "¡Schlap, schlap, schlap!".

— ¡Aaaaaahhh! ¡Aaaaahahahahaha! —soltó Flor, pero inmediatamente se tapó la boca con el dorso de la mano, ahogando el grito para que no cruzara la puerta. Sus ojos estaban en blanco, y el sonido de su propia respiración agitada contra su palma sonaba como un vendaval: "¡Hhh-fff, hhh-fff!".

Adentro, el frenesí no se detenía. Alejandro seguía embistiendo en cuatro, con un ritmo mecánico y feroz: "¡Plaf, plaf, plaf, plaf!". De pronto, se detuvo con un gruñido, dejando que el silencio —solo roto por sus jadeos— se apoderara de la suite. Jesica, apoyada sobre sus antebrazos, miró por encima del hombro.

Alejandro estiró el brazo hacia la mesa de noche. Se escuchó el "clic" de un cajón abriéndose y el sonido de un envase plástico siendo arrastrado.

— ¿Qué es eso? —preguntó Jesica, con la voz entrecortada y un hilo de sudor recorriéndole la espalda.

— ¿Qué va a ser, nena? Lo que sigue —respondió Alejandro con una voz ruda, mientras se escuchaba el "¡plop!" del envase al destaparse.

— Eso es otro precio, bombón... —advirtió ella, aunque sus ojos brillaban de curiosidad.

— Lo pago. Lo que sea —sentenció él sin dudar.

Jesica soltó una risita vibrante, un sonido travieso que resonó en la habitación. — Bueno... pero despacito, ¿eh?

Se escuchó el sonido del lubricante saliendo del envase: un "¡froush!" seguido del roce de los dedos de Alejandro esparciendo la sustancia. El aroma dulce del gel inundó el aire mientras él comenzaba a masajear suavemente la entrada de Jesica. El sonido de la fricción se volvió extremadamente húmedo, un "¡squirsh, squirsh!" que anunciaba la nueva dirección que tomaría la noche.

Jesica hundió la cara en la almohada, dejando escapar gemidos nuevos, más agudos y expectantes: — ¡Mmmmmm! ¡Aaaah, sí! ¡D-despacio, Ale! ¡Aaaaahhh!

Del otro lado de la puerta, Flor escuchó ese nuevo tono en la voz de Jesica y el sonido de la lubricación. El chapoteo de sus propios dedos dentro de sí misma se volvió más errático. Sabía exactamente lo que estaba por pasar. La curiosidad visual la estaba matando; ya no le alcanzaba con solo oír.

Esta escena marca el clímax de la tensión auditiva, donde las palabras se vuelven órdenes y los sonidos de la habitación 69 se transforman en una fuerza que empuja a Flor a perder cualquier rastro de decoro profesional.

Aquí tienes la versión mejorada, intensificando el ambiente sonoro y las sensaciones:

Afuera, la voz de Alejandro retumbó contra la madera de la puerta con una fuerza animal.

— ¡Ahora te voy a romper el orto! —gritó él, su voz cargada de una autoridad brutal que atravesó el pasillo desierto.





Al oírlo, Flor sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna. La formalidad de su uniforme terminó de desmoronarse: se liberó por completo de la camisa, dejando sus pechos al aire bajo la luz tenue del pasillo. En un estado de trance, se inclinó hacia adelante, lamiendo sus propios pezones con desesperación mientras sus dedos no dejaban de chapotear en su intimidad empapada. El sonido de su propia succión, un "¡muack, muack!" húmedo, se mezclaba con el eco de los gritos de adentro.

Adentro, Jesica arqueó la espalda, desafiante, con la mirada perdida en las sábanas.

— ¡Dale, papito! ¡Ponemela toda! —exigió ella, con un jadeo que era mitad ruego y mitad orden.

Se escuchó el "¡shlick!" viscoso de Alejandro untando su miembro con el lubricante. El sonido era denso, prometiendo una penetración sin retorno. Cuando apoyó la punta y comenzó a presionar, el aire en la habitación pareció detenerse.

— ¡Aaaaaahh! —soltó Jesica, un grito agudo que Flor escuchó con total nitidez.

— Dejala un ratito así, para que te acostumbres... —murmuró Alejandro, con la respiración pesada cerca de su nuca.

— ¿Para qué? —respondió ella entre dientes, con una risa cargada de adrenalina—. ¡Si me cansé de comerme pijas más grandes que la tuya!

La provocación fue el detonante. Alejandro no esperó más y se hundió en ella de un solo golpe seco.

— ¡Ah, sí! ¡Tomaaaaaa! —rugidó él mientras el sonido del impacto de sus cuerpos, un "¡PLAF!" violento, sacudía la cama.

— ¡Jjaaaoooouuuuhhhh-aaaa-pa-pa-pa-ouuugggg! —el grito de Jesica fue desgarrador y triunfal a la vez—. ¡Hijo de putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

— ¡No era lo que querías! ¡Aaaaaah! —respondió él, moviéndose con una furia renovada.

Pero Jesica no se quedó atrás. Con un rugido de placer, fue ella quien tomó el control del ritmo, moviéndose de adelante hacia atrás con una cadencia salvaje. El sonido de la fricción anal, un "¡squirsh, squirsh, squirsh!" rítmico y profundo, inundó la habitación, mientras los gemidos de ambos se fundían en una sola nota de éxtasis que Flor, del otro lado, sentía como si le estuvieran gritando directamente al oído.

Esta escena marca el clímax absoluto de la experiencia auditiva, donde el sonido de la liberación final une a los tres personajes en una explosión sensorial.

Aquí tienes la versión ampliada y mejorada, enfocada en la potencia del Oído:

Dentro de la habitación, el ritmo se había vuelto frenético. Alejandro, poseído por el instinto, acompañaba cada embestida con golpes secos sobre la piel de Jesica. El sonido de los cachetazos —un "¡Tass, tass, tass!" rítmico— se mezclaba con el incesante "¡Plaf, plaf, plaf!" del choque de sus cuerpos.

— ¡Aaaaaoaoaoaoaohhhaaaaaa! —rugía Alejandro, con una voz que ya no era humana, sino un eco gutural de puro placer.

Jesica, con la cara hundida en las sábanas que crujían violentamente, respondía con una risa histérica y cargada de goce: — ¡Aaaahaahahah! ¡Aahahahhaahahh! ¡D-dale, no pares, hijo de puta!

Del otro lado de la puerta, Flor ya no podía sostenerse en pie. Apoyada contra la madera, con la pollera por la cintura y sus dedos trabajando a una velocidad suicida, escuchaba cómo el ritmo de ellos llegaba a su punto crítico. El sonido de su propia excitación, un chapoteo frenético, se volvió ensordecedor en sus oídos.





De pronto, el cuerpo de Flor se tensó como una cuerda de violín. Un gemido largo y mudo escapó de su garganta mientras sentía el espasmo final. El sonido del líquido liberándose, un "¡Sshhh-fluash!" casi imperceptible en el pasillo pero devastador para ella, marcó su propio final. Se quedó jadeando, con la frente pegada a la puerta, escuchando cómo adentro la tormenta también llegaba a su fin.

Aaaaaaaaaaaahha hhhhhhaaaaaaahhhhhh grito flor que por suerte dentro de la habitación y la demás no la oyeron

— ¡Aaaaah, voy a acabar! ¡Voy a acabar ya! —gritó Alejandro, cuya respiración sonaba como un fuelle roto.

— ¿Dónde querés acabar, papito? —le preguntó Jesica con un susurro ronco, desprendiéndose de él con un sonido de succión viscosa: "¡Sllluppp!".

— En tus tetas... —logró articular él.

Jesica se puso de rodillas frente a él con una agilidad felina. El sonido de la seda de la cama al frotarse contra su piel precedió al de sus propias manos masajeando sus pechos, preparándolos. Alejandro, ahora masturbándose con urgencia, emitía jadeos cortos: "¡Hhh, hhh, hhh!".

Finalmente, el silencio de la habitación se rompió con el sonido de la liberación: un "¡Tchick, tchick, tchick!" rítmico. Jesica echó la cabeza hacia atrás, soltando una carcajada suave mientras sentía el calor de los chorros cubriéndole la piel y empapándole incluso los mechones de su cabello oscuro

Afuera, Flor escuchó el último suspiro de Alejandro y el silencio pesado que siguió. Solo quedaba el zumbido del aire acondicionado y el latido de su propio corazón, que todavía resonaba en sus oídos como un tambor lejano.

Este cierre es perfecto para redondear el relato del Oído, dejando que los sonidos finales de la noche marquen la transición hacia la soledad y la complicidad.

Aquí tienes la versión mejorada del final:

Flor se tomó un momento para recuperar el aliento. El silencio del pasillo ahora se sentía pesado, cargado de la energía que acababa de presenciar. Con las manos todavía temblando un poco, se abrochó los botones de la camisa, se ajustó la pollera y se anudó la corbata con una precisión mecánica. El "clic" del hielo en la cubeta al levantarla fue la señal de que la Flor profesional estaba de vuelta.

Dio dos golpes secos en la puerta. Toc, toc.

La puerta se abrió y Alejandro apareció, todavía envuelto en su bata de seda negra, con el cabello algo revuelto. — Uh, cómo tardaste, nena, eh —dijo él. Su voz sonaba relajada, con ese tono post-coital profundo. Tomó la cubeta y el metal sonó al chocar con sus anillos—. Gracias.

Flor no dijo nada, solo asintió con una leve sonrisa profesional y se retiró. El sonido de la puerta cerrándose tras ella fue como el final de una película.

Minutos después, el silencio del lobby se vio interrumpido por el taconeo rítmico que ya conocía tan bien. Clac, clac, clac. Jesica caminaba hacia la salida, luciendo impecable, con los labios rojos retocados y esa actitud de dueña del mundo. Al pasar frente al mostrador, se detuvo y dejó una tarjeta sobre el mármol. El golpe suave de la cartulina contra el frío del mostrador fue lo único que se oyó.

— ¿Y esto? —preguntó Flor, mirando el nombre impreso.

— Por si querés llamarme... es mi tarjeta personal —respondió Jesica con un guiño—. Atiendo a mujeres, ¿te acordás?

Flor sintió un cosquilleo en el estómago al recordar los sonidos que había escuchado minutos antes. — Gracias —murmuró.

— Ah, y tomá —Jesica sacó unos billetes de su cartera y los deslizó. El crujido del papel moneda (dólares) sobre el mostrador sonó a victoria—. ¿Esto? —preguntó Flor, confundida.

— Por la atención, muñeca. Fuiste una excelente audiencia —le susurró Jesica con una sonrisa cómplice, sabiendo perfectamente que Flor había estado del otro lado.





Jesica le tiró un beso al aire —un "muack" sonoro y juguetón— y salió del hotel. El sonido de la puerta giratoria fue lo último que Flor escuchó antes de quedarse sola con el silencio de la recepción, la tarjeta en la mano y el recuerdo de una noche que sus oídos jamás olvidarían.

FIN

 

Tacto

—¡Luaaaaaannnnaaa, luaaaaaannnnnna! ¡Vas a llegar tarde a la escuela, carajo! —gritó Celeste desde la cocina, mientras intentaba hacer el desayuno con una mano y revisar correos de trabajo con la otra.

Refunfuñando, subió las escaleras a paso firme hasta el cuarto de su pequeña. Al entrar, vio que seguía dormida. La samarrea con frustración.

—¿Qué pasa, ma? Qué pesada... —protestó la niña, entre sueños. —¡Pesada nada! Dale, que ya llegas tarde a la escuela. —Uhhhhh... —Para hablar con tu padre hasta la madrugada no te molesta, ¿eh? —Y no, lo que pasa es que él está en Japón. —Bueno, la próxima decile que te lleve, pero ahora ¡vamos al cole!

celeste 

El viaje al colegio fue un caos. Mientras manejaba con una mano y trataba de apurar a Luanna, una moto se le cruzó bruscamente en una esquina, casi haciendo que Celeste perdiera el control y chocara.

—¡¿Qué haces, pelotudo?! —gritó Celeste por la ventana, con el corazón en la boca. El motociclista, lejos de disculparse, frenó un segundo, la miró con desprecio y gritó: —¡Fíjate cómo manejas, mal cogida!

Antes de que Celeste pudiera contestar a semejante insulto, el tipo aceleró y desapareció. Celeste temblaba de furia y adrenalina, respirando agitada. Luanna, sin dejar de mirar su celular, soltó con desdén:

—Papá tiene razón, sos bastante histérica.

Celeste sintió un pinchazo en el pecho, una mezcla de dolor y rabia. —Bien que antes no le molestaba mi histeria —respondió seca, con la voz entrecortada.

Luanna se encogió de hombros, ignorándola. —¿Podés dejar ese celular, por favor? Me llamaron la atención de la escuela el otro día por esto. —¡Ahhhh, todo te jode, che! —exclamó la niña, guardando el aparato de mala gana.

Al llegar a la oficina, el ambiente no fue mejor. Celeste entró corriendo, sintiendo la mirada de todos. Al llegar a su escritorio, su corazón se hundió al ver una pila de carpetas amarillas esperando por ella. Antes de que pudiera siquiera dejar su bolso, su jefa apareció detrás de ella.

—Llegas tarde, Celeste. De nuevo —dijo con tono gélido—. Y necesito esos informes de finanzas sobre mi escritorio antes del mediodía. No me importa lo que tengas que hacer.

Mientras intentaba concentrarse en los números, sintió una mano sobre su hombro. Era Matías, un compañero de marketing que siempre intentaba pasarse de listo.

—Hola, linda. Estás muy tensa hoy... —dijo él, deslizando la mano hacia su cuello con una familiaridad que a ella le daba náuseas—. Si necesitas que te ayude a "soltarte" luego de la oficina, solo avísame. —Estoy trabajando, Matías. Déjame en paz —respondió ella cortante.

En medio de la frustración, vibró el celular.

Era un mensaje de Iara, su amiga seis años menor. "¡Hola, buenas, buenas!", decía el mensaje, acompañado de una foto de Iara en la pileta, relajada.



Celeste contestó de inmediato: "Qué suerte tenés, yo acá tapada de laburo y vos con unos mates en la pile".

"Ehhh, ni un buen día che", respondió Iara.

"Perdón, buen día, pero yo hace tiempo no los ando teniendo", se sinceró Celeste.

"Bueno, es que con la separación, tu nena, el trabajo, el poco sexo... te pone estresada", lanzó Iara sin filtros.

"Bueno, lo de poco sexo lo arreglo yo, pero lo otro no sé", contestó Celeste con una sonrisa amarga.

iara"Che, ¿por qué no venís a casa y te hago un masajito?"

"Dejate de joder, mirá si con un masaje se me van los quilombos". Cele

Iara "No, pero te vas a sentir mejor, dale, así te distraés".

cele"¿Y con Luana qué hago?"

iara"Y que se vaya con una amiguita".

Cele "Bueno, te aviso".

iara"Te espero".

La jornada siguió siendo un infierno de números, gritos y el recuerdo de Luanna llamándola histérica. Finalmente, Celeste decidió llamar a la madre de la mejor amiga de Luanna y aceptar la propuesta de Iara.

Cuando Celeste llegó a la casa de Iara, la encontró esperándola en la sala, luciendo un bikini blanco que resaltaba su figura.

—Cada vez más grandes tenés las tetas vos, eh —comentó Celeste con una mezcla de envidia y admiración.

—Vos tampoco estás mal, eh —respondió Iara con una sonrisa pícara, dándole un fuerte abrazo y ofreciéndole un exprimido de naranja.

—Gracias, me viene bárbaro. —

Bueno, che, ¿cómo has estado? —preguntó Iara sentándose en un sillón, rodeada de imágenes de Buda y con un gran ventanal que daba hacia la piscina.

—Y lo de siempre... el pelotudo de mi ex va a Japón, Londres, Madrid, por negocios con la pendeja que se coge, pero yo me llego a recargar con las cuentas —exhaló Celeste, sintiendo cómo la tensión volvía a subir.

 —¿Pero le dijiste?

—Sí, le dije, pero me manda todo a fin de mes —respondió Celeste frustrada.

 —Bueno, te va a cumplir... —

Sí, en eso cumple, pero en el tanto... —Celeste hizo una pausa.

—En el tanto... vamos a hacernos ese masaje —dijo Iara con complicidad.

 —Bueno, ¿dónde tenés la habitación de los masajes?

—¿Qué habitación? Hagámoslo afuera, al aire libre —dijo Iara, señalando el ventanal.

—¿Y tus vecinos? Nos van a ver.

—Los vecinos están en otra. Dejá de fijarte en qué piensan y vení a ver lo demás. Yo armo la camilla afuera, vos andá sacándote la ropita —le guiñó el ojo.

Celeste salió al patio envuelta apenas en una bata de toalla blanca, sintiendo el aire fresco de la tarde sobre sus hombros descubiertos. Iara la esperaba junto a la camilla, ya preparada al lado de la piscina.

—Dale, sacate y recostate boca abajo —dijo Iara con voz suave pero firme.

Celeste, mirando nerviosamente hacia las casas vecinas por encima del hombro, se quitó la bata con rapidez, mostrando su monumental cuerpo. La brisa chocó contra su piel desnuda, provocándole un escalofrío inmediato, antes de acostarse boca abajo en la camilla de masaje. Iara, con movimientos precisos y cálidos, colocó un toallón sobre su parte inferior, cubriendo su intimidad pero dejando la espalda y las piernas expuestas.

—Relajate, Cel. Ahora solo importás vos —susurró Iara mientras comenzaba a frotar sus manos, calentando un aceite con aroma a sándalo.

El primer contacto fue un impacto de calor sobre la piel tensa de la espalda de Celeste. Iara ejerció una presión firme con el talón de la mano, recorriendo desde la nuca hasta la zona lumbar. Celeste soltó un suspiro profundo, sintiendo cómo los nudos de la semana empezaban a ceder ante la textura firme y experta de las manos de su amiga.

El aceite se deslizaba, convirtiendo cada caricia en una exploración sensorial. El tacto de Iara era posesivo pero liberador, alternando entre roces suaves en los omóplatos y presiones intensas en los músculos contraídos. Celeste dejó de pensar en los vecinos; el mundo exterior dejó de existir. Solo quedaba la fricción del aceite, el calor de las manos de Iara y la intensa sensación de ser tocada con deseo y cuidado.

 


Las manos de Iara, impregnadas del aceite tibio, comenzaron a recorrer la espalda de Celeste con una suavidad hipnótica. No era un masaje convencional; era una exploración lenta y deliberada. Sus dedos largos trazaban líneas ardientes que comenzaban en la nuca y descendían lentamente, desviándose hacia los costados para acariciar suavemente la piel sensible de las axilas, un gesto que hizo que Celeste se estremeciera levemente.

Desde allí, las manos de Iara descendieron por las costillas hasta posarse firmemente en la curva de su cadera, apretando con la presión justa para transmitir posesión y calma a la vez. Continuaron bajando, bordeando la cintura antes de deslizarse por la parte posterior de los muslos, recorriendo la longitud de sus piernas con una caricia que alternaba entre la firmeza y la caricia sutil.

Finalmente, las manos de Iara llegaron a los pies de Celeste. Con movimientos circulares y profundos, presionó la planta de los pies, buscando los puntos de tensión. Celeste soltó un jadeo ahogado, sintiendo cómo el placer táctil se concentraba en cada centímetro que su amiga recorría, convirtiendo la tensión acumulada en una vibración constante de deseo.

Sin dejar de deslizar sus manos por las piernas de Celeste, Iara tomó el borde del toallón que cubría la parte inferior de su amiga y lo deslizó suavemente hacia abajo, dejando las nalgas de Celeste expuestas al aire fresco de la tarde y a la mirada intensa de Iara.

—¿Qué haces? —preguntó Celeste, con la voz entrecortada, sintiéndose vulnerable pero extrañamente excitada al sentirse tan descubierta en el patio.

Iara no dejó de moverse. Sus manos, ahora libres de la barrera de la tela, comenzaron a masajear la piel firme de las nalgas de Celeste con movimientos circulares y profundos.

—Hay que relajar todo el cuerpo, Cele. Dejame a mí —susurró Iara cerca de su oído, mientras aumentaba la presión, sintiendo cómo Celeste se arqueaba levemente bajo su toque firme y experto.

La barrera entre el alivio del dolor y el despertar del deseo se desvaneció por completo. Celeste cerró los ojos, entregándose por completo a la textura de las manos de Iara recorriendo su piel desnuda.

Iara intensificó el masaje, comenzando a apretar con firmeza las nalgas de Celeste, moldeándolas y rodeándolas por completo con sus manos cálidas y aceitadas. La sensación de posesión era absoluta.

—Qué buen culo, Cele —susurró Iara con tono ronco y admirado, justo antes de darle un beso lento y húmedo en la curva de su cachete.

Celeste soltó un jadeo profundo, sintiendo cómo la excitación se extendía desde el lugar del beso hacia el resto de su cuerpo. Iara, sin interrumpir el ritmo, continuó trabajando la zona con movimientos envolventes, fusionando la relajación muscular con una urgencia eléctrica que recorría cada centímetro de la piel de Celeste.

Iara


ara continuó con el masaje firme en las nalgas, pero mientras su mano derecha trabajaba la carne firme con movimientos circulares, su mano izquierda comenzó a explorar con una lentitud tortuosa. Deslizó sus dedos aceitados por la parte interna del muslo de Celeste, acercándose peligrosamente a su centro.

Con una suavidad eléctrica, Iara comenzó a rozar apenas la entrada de la vagina de Celeste, un toque apenas perceptible que contrastaba con la firmeza del masaje en sus nalgas. Celeste se tensó por un segundo, su respiración se volvió errática y un jadeo agudo escapó de su boca.

—Shhh, tranquila... —susurró Iara, vertiendo un hilo de aceite tibio directamente sobre las nalgas de Celeste, sintiendo cómo el líquido se deslizaba por la hendidura y llegaba a su mano que exploraba—. Dejate llevar.

Iara siguió masajeando las nalgas con fuerza, mientras sus dedos continuaban con el roce sutil y constante en su zona más sensible, llevando a Celeste a un estado de tensión y placer insoportable.

—Ahora date vuelta, ponete boca arriba —pidió Iara con voz suave pero imperiosa.

Celeste obedeció lentamente, girando sobre la camilla mientras intentaba cubrirse apresuradamente la zona íntima con el toallón.

—No te preocupes que no ve nadie —dijo Iara con una sonrisa ladeada, contemplando el cuerpo de su amiga expuesto al sol de la tarde. —Es que sos medio peligrosa vos... —confesó Celeste, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, dividida entre el miedo a ser vista y la creciente excitación. —Medio... totalmente peligrosa soy, siempre y cuando vos me dejes serlo —respondió Iara guiñando un ojo mientras se acercaba.

Iara comenzó a masajear suavemente las orejas de Celeste, bajando luego hacia su cuello con una presión lenta y envolvente. Sus dedos aceitados rozaban delicadamente su rostro, apartando el pelo de la frente de Celeste.

—Vos relajate, disfrutá —susurró Iara mientras sus manos empezaban a descender lentamente por su clavícula hasta posarse sobre sus pechos, sintiendo la firmeza de su piel bajo sus dedos.

Sus manos se deslizaron con lentitud por la cadera de Celeste, desviándose hacia el centro de su ser. El roce de sus dedos, cargados de aceite y deseo, fue directo a la intimidad de Celeste, buscando y encontrando su punto más sensible.

Sin romper el ritmo, Iara comenzó a masturbarla con movimientos firmes y rítmicos, aumentando la intensidad a medida que sentía cómo Celeste respondía. El lubricante natural mezclado con el aceite tibio hizo que cada caricia fuera suave pero intensamente estimulante.

Celeste arqueó la espalda, soltando un gemido que esta vez fue más fuerte, perdiendo el miedo a ser escuchada. Sus dedos se clavaron en la camilla mientras Iara, con movimientos rítmicos y posesivos, la llevaba hacia el borde del abismo. El mundo se redujo a la fricción, al calor y a la intensidad de la textura de su amiga explorándola.

—¡Iara, Iara...! —exclamó Celeste, sintiendo cómo la tensión acumulada por meses se convertía en una vibración insoportable.

Cuando el clímax llegó, fue una liberación total, un grito de placer puro que se fundió con el sonido de la pileta de fondo. Celeste quedó respirando agitadamente, sintiendo el peso de su amiga sobre ella y la sensación táctil de haber vuelto a vivir.

Aún respirando agitadamente, Celeste sintió cómo Iara se inclinaba sobre ella. Sus labios se encontraron en un beso lento, húmedo y profundo, un beso que ya no era solo de amigas, sino de dos mujeres consumidas por el deseo. Celeste correspondió el beso con la misma intensidad, dejando de lado cualquier duda o remordimiento.

Con las manos temblorosas por la adrenalina, Celeste deslizó sus dedos por la espalda de Iara y desató rápidamente la parte superior del bikini blanco. El top cayó al suelo, dejando al descubierto los pechos firmes de su amiga.

Celeste, impulsada por una urgencia voraz, se incorporó un poco y comenzó a chupar y lamer los pezones de Iara, disfrutando del contraste entre la calidez de su piel y la frescura de la brisa en el patio. Iara soltó un suspiro ahogado, acariciando el cabello de Celeste mientras se entregaba por completo a la sensación táctil de sus labios y lengua sobre su pecho.

El masaje había terminado, pero la exploración de texturas, calores y sensaciones físicas apenas comenzaba.

-          Mmmmm gemia - iara de placer – ssshhhh oooohhh –

-          Mmmmuuauuaaakkkk muuuualll – supcionaa cele

-          A ver esa boquita – y iara se inclino para besar a su amiga

-          Mmmmuaaajajajj –

El aroma de agua de pileta y el sexo producía mas éxtasis en las amigas para que luego iara apoye una de las piernas de su amiga en su hombro e inclinarse nuevamente para hacerle sexo oral

Iara, con la piel brillando por el vapor y el aceite, tomó la iniciativa física. Con un movimiento fluido y firme, agarró la pierna derecha de Celeste y la elevó, apoyando la pantorrilla sobre su propio hombro. El contacto de la piel suave de Iara contra la corva de Celeste hizo que esta última soltara un gemido ronco.

— Iara... —susurró Celeste, con los dedos enterrados en la camilla, sintiendo cómo su cuerpo se abría por completo ante su amiga.

Iara no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante, dejando que su aliento cálido rozara primero la cara interna del muslo de Celeste. El contraste entre el aire fresco de la sala y el calor de la boca de Iara era una tortura deliciosa.

Cuando Iara finalmente se fundió en ella para continuar con el sexo oral, el mundo exterior (Luana, el ex marido, los gritos de la mañana) desapareció por completo. Solo existía el ritmo de la lengua y la presión de la pierna de Celeste sobre el hombro de Iara, que servía de palanca para profundizar el contacto.



·         "¡Sss-hlic!": El sonido húmedo del encuentro, una música carnal que resonaba en la pequeña sala de masajes.

·         "¡Mmmh-ahhh!": Celeste arqueó la espalda, perdiendo el control. Sus manos, que antes estaban rígidas por el estrés, ahora buscaban desesperadamente el cabello de Iara para guiar el movimiento.

— ¡Sí, ahí... justo ahí! —gritó Celeste, mientras los espasmos del tacto más puro empezaban a recorrerle las piernas, liberando toda la tensión que había acumulado durante años.

— Vení, mamita... —susurró Iara con una voz ronca, casi un mando.

Con un movimiento firme, tomó a Celeste de las manos y la ayudó a bajar de la camilla. El contacto de sus pies descalzos sobre el suelo tibio fue el último anclaje a la realidad. Se acomodaron en el suelo, sobre una alfombra de texturas suaves, entrelazando sus cuerpos hasta formar un 69 perfecto.

Ahora, ella sentía el peso de Iara sobre ella, el roce del vello, el calor de la piel y ese aroma a cloro y deseo que las envolvía como una segunda piel.

sin mediar palabra, ambas se entregaron a la exploración mutua. Las manos de Celeste, antes entumecidas por la rutina, ahora recorrían con desesperación los glúteos de su amiga, mientras sus lenguas encontraban el ritmo exacto.

  • "¡Schlup, schlick...!": El sonido de la succión y el roce húmedo inundaba el silencio de la sala, interrumpido solo por los jadeos entrecortados.
  • "¡Mmmmmm-hff!": Celeste ahogó un grito contra la piel de Iara, sintiendo cómo la tensión de años de peleas con su ex y gritos con su hija se disolvía en una corriente de placer eléctrico.
  • "¡Ahhh, sí... así, Cele...!": Iara arqueaba la espalda, sus dedos enterrándose en los muslos de Celeste, dejando marcas rojas que desaparecían bajo el aceite.

Celeste cerró los ojos y se dejó llevar. Por primera vez en décadas, no era la "madre agotada" ni la "ex esposa frustrada". Era simplemente un cuerpo sintiendo, vibrando bajo el tacto experto de otra mujer que sabía exactamente dónde presionar, dónde lamer y dónde morder suavemente.

Los cuerpos giraban y se apretaban en el suelo, una danza de piel y humedad donde cada onomatopeya marcaba el camino hacia un clímax que prometía borrarlas del mapa.

Iara guio el cuerpo de Celeste hasta que quedaron frente a frente, tendidas sobre la suave alfombra. Con un movimiento experto, entrelazaron sus piernas, permitiendo que sus zonas más íntimas quedaran alineadas, vagina contra vagina. El primer roce, húmedo y caliente por el aceite y el deseo, sacó chispas de sus cuerpos. Plaf plafplaf plaf plaf plaf

Aaaahhhggggaghhhahahahagagaga de ambas y sus enormes tetas bailaban, reboteaba en ellas

Seguía penetrándose mutuamente mediante el roce rítmico de sus clítoris, un contacto eléctrico que las hacía temblar. Mientras tanto, sus bocas se buscaron con una sed desesperada. El beso fue profundo, una lucha de lenguas que compartía el sabor del sándalo y el rastro de la pasión previa.

El ritmo de sus caderas se volvió frenético. Los sonidos en césped  narraban la intensidad de la entrega:



  • "¡Sssch-lap, sssch-lap!": El sonido del choque rítmico de sus pelvis, una percusión húmeda y constante que aceleraba el pulso.
  • "¡Mmmmua-glup...!": Los besos eran voraces, succionándose los labios mientras sus lenguas se entrelazaban con fuerza.
  • "¡Ahhh-ggrrr-síii!": Celeste soltó un gruñido desde el fondo de su garganta, sintiendo cómo el roce mutuo la llevaba a un punto de no retorno.

Iara apretaba los muslos de Celeste, pegándola más a ella para que la fricción fuera absoluta. pero aquí Celeste estaba viviendo el Tacto en su máxima expresión. Sentía cada vello, cada gota de sudor y la firmeza de los músculos de Iara bajo sus manos.

— ¡No pares... por Dios, Cele, no pares! —gemía Iara contra sus labios, mientras ambas se fundían en un movimiento de vaivén que parecía querer borrar los límites entre sus cuerpos.

El éxtasis final estaba a milímetros. Celeste sentía que su cuerpo estallaba, liberando toda la amargura de su vida cotidiana en una ráfaga de placer líquido y táctil.

Se besaban como locas hasta que acabaron ambas aahhhhggahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

Luego de tiraron a la pileta se besaron un poco más hasta que celeste se tuvo que

-          Te vas más relajada – despidiéndola en la puerta

-           Demasiado relajada – y se va

 

FIN

 

 Vista

Eran casi las doce de la noche. No sabían por qué habían elegido ese horario, justo cuando termina un día y comienza otro. Quizá lo hicieron como una analogía que expresaba lo que les pasaba como pareja: terminaban con una etapa para empezar otra. Lo que no sabían era si esta nueva etapa serviría para afianzar su vínculo o terminaría por producir una terrible crisis en su relación. Pero en todo caso ya lo habían hablado detenidamente y habían decidido correr ese riesgo.

Tamara estuvo encerrada en el baño durante una hora, y luego otro tanto en el cuarto. José se había dado una ducha y en cinco minutos estaba listo. Se vistió con un saco y pantalón gris, acompañado de una remera blanca. La esperó, y en cierto punto cree que fue lo mejor que ella se quedara en el cuarto hasta el último momento. Esperar junto a ella podría ser una tortura.

Tamara se vino para la sala de estar cuando faltaban cinco minutos para las doce. Llevaba un vestido rojo que resaltaba su figura: era una mujer alta, de curvas pronunciadas, grandes pechos y una buena cola. Su cabello rubio caía sobre sus hombros. José la miró, admirando la imponente presencia de su pareja.

Tamara le sonrió a José con nerviosismo, mostrando sus perfectos dientes blancos. A él le generó un extraño alivio comprobar que ella parecía tan cohibida como él mismo. Aunque en ninguno de los dos, el sentimiento resultó suficiente como para mitigar su determinación. —Ay, estoy nerviosa —dijo ella.

Tamara poseía una belleza imponente e innegable, imposible de pasar por alto. Su vestido rojo, la hacían el centro de atención.

—Estás preciosa —le dijo José, con voz temblorosa. En la mirada de Tamara él pudo ver la complicidad que los mantuvo juntos los últimos meses.

Ella lo abrazó. El cuello de Tamara despedía un olor a perfume delicioso.

Él la miró atentamente, admirando cómo el vestido rojo ceñía su cintura y resaltaba sus formas. Besó su boca. Sus miradas no se desviaban de los ojos del otro. —Acordate de todo lo que hablamos. Si no… —No me lo repitas —la interrumpió José—. En serio, no hace falta.

Y era cierto. Habían hablado de ello muchas veces, y de manera detallada. Al principio se planteó como una broma. Luego se dieron cuenta de que el escenario hipotético del que debatían les resultaba muy atractivo. Pero lo dejaron en el terreno de la fantasía.

Después de muchos meses, cuando ya lo creían olvidado, reflotaron el tema, y esta vez ya no parecía una mera hipótesis. Igual después de eso pasó mucho tiempo, y muchas conversaciones, hasta que se decidieron a concretarlo. Así que no, no valía la pena volver ahora a lo mismo.



Tamara le sonrió a José. Creo que había algo de lástima en su mirada, como si se compadeciera de la inseguridad que siempre caracterizó a José, y que en ese momento era más palpable que nunca.

Entonces sonó el timbre. —Yo abro —dijo José, aferrándome a una de las pocas cosas sobre la que tenía control. Claudio y Juan estaban al otro lado de la puerta. Él los hizo pasar. —Cómo andás, chabón —saludó Claudio, exageradamente efusivo. Era un tipo imponente: alto, musculoso, con el pelo y la barba candado totalmente blancos. Vestía un pantalón chupín negro que acentuaba su estilo rockero. José sabía que era músico. Tamara lo conocía de alguna página de internet y varias veces le había hablado de él, sin que José le diera mucha importancia. El estilo rockero de Claudio era imponente. El otro, Juan, era amigo de Claudio. Era alto, de pelo negro y bigote, vestido con una camisa y pantalón jean. Parecía un poco más serio que Claudio.

Tamara se había mantenido atrás. Cuando los muchachos terminaron de saludar a José, se acercaron a ella. Claudio le dio un beso en la mejilla, agarrándola de la cintura. Tamara enrojeció levemente. —Mucho gusto —dijo ella después, cuando saludó a Juan. —Bueno, por fin nos conocemos —dijo este último, sosteniéndole la mirada. —¿Quieren tomar algo? —preguntó ella. —Una cerveza estaría bien —dijo Claudio—. Te ayudo —agregó después, y fue detrás de ella a la cocina. José sintió que el corazón se le encogía cuando los vio alejarse, una al lado del otro, hasta que se perdieron de su vista.

José acompañó a Juan al living. De la cocina escuchó una carcajada de Tamara que le heló la sangre. Al rato volvieron con unas botellas de cerveza artesanal y cuatro vasos. Tamara se sentó al lado de José. Los visitantes quedaron enfrente de ellos, en otro sofá. José tenía que reconocer que siempre tuvo una faceta prejuiciosa. Nunca le cayeron bien los chetos de Capital.

Hubo unos cuantos segundos de tenso silencio. Hasta que Juan rompió el hielo. —¿A qué te dedicás? —preguntó.

Me pareció una pregunta tonta, pero al menos dijo algo. —Abogado —contestó José. —Qué interesante —dijo Claudio. A José le dieron ganas de preguntarle qué tenía de interesante ser abogado, pero se contuvo.

Era obvio que estaba siendo condescendiente, pero quizás no lo hacía con mala intención. Claudio llenó los vasos de cerveza, mientras cruzaba miradas cómplices con Tamara. Era como si se estuvieran transmitiendo información sin la necesidad de emitir ninguna palabra. —Sabes, creo que no te dije —comentó Claudio después dirigiéndose a Tamara—, felicidades por tu nuevo trabajo. Creo que el otro día, cuando me lo comentaste, no te felicité, soy un colgado. —No pasa nada, todo bien. Gracias —contestó ella, mirando a José, como esperando que él agregara algo. —¿Hace mucho que viven acá? Es un lindo barrio —preguntó Juan. —En realidad 5 años —aclaró Tamara, bebiendo un trago de birra

. —Qué buena colección de libros tienen. No sabía que te gustaba leer, Tamara —comentó Claudio, mirando el mueble que estaba contra la pared. —Sí, me encanta. Y a José también —contestó ella, intentando incluirlo en la charla. Pero Claudio no dio la menor importancia a ese detalle.

En parte José lo agradeció, porque la verdad es que Tamara había hecho ese comentario por pura amabilidad.. —Mirá vos, tantas veces que hablamos y no sabía que también compartíamos el gusto por la literatura. —Una cosa más para que charlen —dijo Juan, mirando a José de reojo, como para ver su reacción. Esta vez su malicia sí se le hizo evidente a José.

Además, se estaba haciendo eco de algo que él mismo había pensado. Sin embargo, sólo atinó a tragar saliva. —Y ¿hace mucho que están casados? —preguntó Juan. —Tres años ¿no? —dijo Claudio. —Sí, tres años tambien—corroboró José. —Demasiado tiempo —acotó Juan.

La conversación siguió por un rato, siempre con cosas banales. Tamara les recomendó un par de series. Claudio habló de su música, mientras Tamara lo miraba con ojos brillosos. Juan observaba las piernas y pechos de Tamara, sin disimular su admiración, pero esto no parecía hacerlo para molestar a José, sino que le resultaba imposible no desviar la vista, de vez en cuando, hacia esas torneadas piernas. De repente, este último dijo, hablándole a José: —Claudio me dijo que no vas a participar, José. ¿Todavía pensás así?

Se hizo un silencio profundo y violento. José sintió cómo Tamara daba una larga exhalación. La miró. Tenía la cabeza gacha. De repente deseó que lo tragara la tierra, pero sin embargo jamás se le cruzó por la cabeza dar por terminada la velada. —Bueno, igual, si después cambiás de opinión, no pasa nada —aclaró Claudio. Era mucho más agradable que su amigo. Su simpatía era genuina. Y sin embargo por momentos José lo detestaba más que a Juan. —Pero es mejor saberlo de antes —dijo Juan. —No, no se preocupen, no voy a participar —aseguró José convencido. —Joya, todo bien. —Voy a traer otra cerveza —dijo Tamara.

José la vio alejarse, intuyendo que ella también tenía sus reservas. Pero estaba igual de seguro que regresaría y seguiría con lo que habían pactado. Todas las sensaciones que los atravesaban eran previsibles, y habían resuelto no amedrentarse por ellas.

—Che, así que conocieron Jujuy, es un hermoso lugar —comentó Claudio—. La Quebrada de Humahuaca es una obra de arte. —Sí —contestó José, con desgano. Tamara volvió con la cerveza. Pero en lugar de sentarse al lado de José, se puso en medio de ellos. El corazón de José empezó a latir aceleradamente. Se dio cuenta de que tenía sus manos cerradas en un puño, sobre su regazo, y le transpiraban. —¿De qué hablaban? —preguntó Tamara, tratando de disimular su creciente nerviosismo con una sonrisa forzada. —Del norte —dijo Claudio—, yo fui hace un par de años y me enamoré —agregó, mirando fijamente a Tamara. —Ay sí, es increí… Tamara no terminó la frase. Claudio arrimó su cara, con rapidez, y le comió la boca de un beso. Ella retrocedió por instinto. Su espalda quedó pegada contra el respaldo del sofá. José los miró, sin poder decir una palabra. Claudio redobló la apuesta. La agarró de la cintura, la atrajo hacia sí con cierta violencia, y la besó de nuevo. Esta vez Tamara cedió. Rodeó con sus brazos el cuello de Claudio y correspondió al beso con un hambre que hizo que el alma se le cayera a José al piso.

Cuando la escena terminó, Tamara miró a José. Él no podía articular palabra. —José, ¿te gusta que te humillen? —preguntó Juan de repente. —Qué —dijo José, desconcertado, pues la pregunta lo tomó por completa sorpresa. —A algunos les gusta que los humillen... —aclaró Juan. —No sé. No —balbuceó José—. Creo que no. Juan agarró de la barbilla a Tamara. La hizo girar hacia él. Ella se acercó. Lo miraba con cierta incertidumbre. Juan le susurró algo al oído y ella soltó una risa nerviosa. —¿Qué le dijiste? —reclamó saber José. Juan miró a José con desdén. —Le dije que es mucha mujer para un pelotudo como vos. Sentío que su sangre hervía. —Menti… —Tamara quiso advertir a José que lo que le dijo Juan era una broma, pero este la acalló con otro beso.



Era demasiado extraño ver cómo los labios de Tamara se movían, apasionados, y su lengua salía y se tocaba con la de ese tipo. Lo hacía con una naturalidad que espantaba a José. Y sin embargo, no podía dejar de verla.

Juan se puso de pie, ajustándose el cinturón con una parsimonia que a José le resultó insultante. —Bueno, basta de charla —dijo Juan, mirando el techo—. ¿Dónde está la habitación?

Tamara tragó saliva y señaló hacia la escalera con un gesto débil. —Arriba... al fondo del pasillo —respondió con un hilo de voz.

Juan le tendió la mano. Ella no la tomó de inmediato; primero miró a José, buscando en su marido un permiso que ya estaba dado de antemano. Al no encontrar resistencia, se levantó y empezó a guiar a Juan hacia la planta alta. José vio cómo subían escalón por escalón: el vestido rojo desapareciendo lentamente de su vista, seguido por la figura imponente y despreocupada de Juan.

José hizo amago de levantarse, con las manos temblando, pero Claudio le puso una mano firme en el pecho, obligándolo a quedarse en el sofá.

—Dejalos, chabón. Ella solo lo va a dejar arriba y baja, quedate tranquilo —le dijo Claudio con una sonrisa mansa, casi paternal.

Se escucharon los pasos de ambos en el piso de arriba, el sonido de una puerta abriéndose y el peso de dos personas entrando en el cuarto. José sentía que el aire le faltaba, que las paredes de su propia casa se estaban encogiendo.

—Tenés que estar orgulloso, José —le soltó Claudio de repente, mientras servía lo que quedaba de la cerveza en el vaso de José—. Hay que ser muy valiente para hacer lo que hacés.

José lo miró, confundido. —¿Valiente? —balbuceó—. Me siento un tarado.

—No, no digas eso —lo interrumpió el músico, mirándolo a los ojos con una intensidad magnética—. Lo que estás haciendo, lo hacés por amor. Estás entregando tu posesión más preciada para que ella experimente algo nuevo. Eso es generosidad extrema, flaco. No cualquiera se banca ver a un tipo como Juan llevándose a su mujer.

Claudio se recostó en el sofá, estirando sus piernas largas. —Juan es así, un bruto. Le gusta el impacto, le gusta marcar territorio. Pero vos... vos sos el dueño de la historia. Sin vos, este juego no existe. Disfrutá de eso, de saber que ella mañana se va a despertar al lado tuyo sabiendo lo que fuiste capaz de permitir esto por ella.

Tamara volvió a aparecer en la escalera. Bajaba sola. José soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo; verla ahí, le dio una falsa sensación de seguridad.

Claudio, que no le había sacado los ojos de encima a José, se levantó con una calma absoluta. —Es ahora, fiera —le dijo en voz baja, dándole una palmada en el hombro—. Acordate de lo que te dije: esto es pura valentía. No cualquiera ama así.

Claudio empezó a subir, cruzándose con Tamara a mitad de camino. Se dieron una mirada rápida, un código que José no alcanzó a descifrar, y el músico desapareció en la planta alta.

Tamara llegó hasta donde estaba José. Se veía excitada . Se quedó de pie frente a él, buscándole la mirada de forma insistente. —¿Estás bien, José? —le preguntó con un hilo de voz—. ¿Querés que sigamos con esto? Si me decís que no, se termina acá.

José la miró. El perfume de ella seguía flotando en el aire, mezclado con la tensión del ambiente. Sintió un nudo en el estómago, una mezcla de terror y una curiosidad oscura que ya no podía frenar. —Sí —contestó José, tratando de que no le temblara la voz—. Seguí.

Tamara lo miró con una mezcla de ternura y una chispa de algo nuevo, algo más salvaje. Se inclinó y le dio un beso corto en la frente. —Gracias —le susurró al oído, con una gratitud que a José le sonó a despedida.

José la vio caminar hacia la cocina antes de subir. Él la siguió, movido por una inercia que no podía controlar, como si necesitara prolongar esos últimos segundos de normalidad. Tamara se acercó a la mesada, sacó un blíster de las pastillas del día después y, con un movimiento seco, extrajo una. La tomó con un sorbo de agua directamente del grifo, sin usar un vaso, con la mirada perdida en los azulejos.

Ese gesto —tan mecánico, tan premeditado— golpeó a José más que cualquier otra cosa. Era la señal de que no había vuelta atrás; el cuerpo de ella se estaba preparando para lo que venía.

Tamara dejó el blíster sobre la mesada y se giró. Al ver a José allí parado, mirándola con esa mezcla de devoción y desamparo, sus facciones se suavizaron un poco, pero esa "chispa salvaje" seguía brillando en el fondo de sus pupilas. Se acercó a él, le acomodó el cuello del saco gris con suavidad y apoyó sus manos en el pecho de su marido.

—¿Vamos? —preguntó Tamara.

Su voz sonó clara, casi despojada de la duda que tenía minutos antes. José la miró y, con un automatismo que lo asustó, asintió con la cabeza.

—Sí —dijo, seco, entregado a la inercia del momento.

Caminaron de regreso hacia la sala de estar, donde la atmósfera todavía conservaba el eco de la charla previa. Tamara se detuvo en medio de la alfombra y se giró hacia él. Sus movimientos ahora tenían una cadencia distinta, más lenta y deliberada.

—Dejá el saco acá, José. Te vas a sentir más cómodo —le pidió con una suavidad que no admitía réplica.

Él obedeció. Se quitó el saco gris, esa prenda que representaba su armadura profesional de abogado, y la dejó doblada con torpeza sobre el brazo del sofá. Se sintió expuesto, como si al quitarse esa tela también se estuviera despojando de su autoridad en la casa.

Tamara, mientras tanto, se apoyó levemente sobre una mesa ratona para quitarse los zapatos de taco alto. Sus pies descalzos sobre el suelo parecían un gesto de intimidad que, en cualquier otra noche, habría sido el preludio de un descanso compartido. Pero no hoy.

—Traeme la cartera, está colgada ahí —le indicó, señalando el perchero de la entrada.

José fue por ella. Era una cartera pequeña, de cuero negro. Se la entregó en la mano, sintiendo el roce de sus dedos fríos. Estaba a solo unos centímetros de él, pero José sentía que un abismo los separaba.

—Date vuelta —le pidió ella con un susurro, pero dándole la espalda a él—. Bajame el cierre, por favor.

José sintió que los dedos le pesaban como si fueran de plomo. Acercó las manos al cuello de Tamara, donde el rojo del vestido contrastaba con la palidez de su piel. Buscó el pequeño gancho metálico. El contacto con su espalda tibia le produjo un escalofrío. Con un movimiento lento, casi solemne, empezó a bajar el cierre.

José terminó de bajar el cierre. El vestido rojo, que había sido el centro de atención toda la noche, ahora se abría como una cortina, revelando la lencería blanca que Tamara llevaba debajo. Era un conjunto delicado, de encaje fino, que José conocía bien; quizás incluso se lo había regalado él en algún aniversario.

La tela roja cayó suavemente sobre la alfombra, formando un círculo brillante a sus pies. Tamara se quedó parada frente a él, iluminada por la luz tenue de la sala, su figura ahora expuesta en esa lencería impoluta blanca.

 José sintió una opresión en el pecho, una mezcla de deseo y vergüenza que lo asfixiaba. Se encontró buscando las palabras, cualquier cosa que pudiera decir para detener el tiempo o para expresar el torbellino de emociones que lo consumía.

—Estás... —José intentó hablar, pero su voz se quebró. Se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo, con un hilo de voz apenas audible—: Estás hermosa.

Tamara le dedicó una pequeña sonrisa, una mueca ambigua que podría ser gratitud, lástima o una pizca de burla. Se inclinó y, de la cartera que aún estaba en el sofá, sacó una tira de preservativos. El metal frío del empaque brilló bajo la luz.

Los sostuvo un instante en su mano, como si fueran un trofeo,

—Gracias, mi amor —le dijo, la voz extrañamente dulce, casi condescendiente—. Ahora sí, vamos. Hagámoslo de una vez

Le tendió la mano. José sintió la calidez de su palma, un calor que antes significaba refugio y ahora se sentía como el fuego que lo consumía. Sin dudar, Tamara lo tomó de la mano y lo guio hacia la escalera, ascendiendo juntos hacia el piso de arriba, donde los sonidos ya eran más evidentes, invitándolos a ser testigos de su propio desmoronamiento.

Al cruzar el umbral, José sintió que el aire cambiaba. Su dormitorio, el lugar donde dormía cada noche, había sido transformado en un escenario extraño, decorado meticulosamente para la ocasión. En el centro de la cama, Claudio y Juan esperaban desnudos, recostados boca arriba.

Frente a ellos, en un lugar que parecía diseñado para no perderse ni un detalle, estaba la silla. José se sentó, sintiéndose pequeño en su propia casa, mientras Tamara se acercaba al borde del colchón.

Bajo la luz tenue, José no pudo evitar fijar la vista en los dos hombres. Ambos poseían miembros imponentes, de un tamaño que hacía que José tragara saliva con dificultad. Tamara también parecía impactada por la visión; sus ojos recorrieron la anatomía de ambos con una mezcla de fascinación y deseo que nunca antes le había mostrado a su marido.

—Son increíbles... —susurró ella, casi para sí misma, pero lo suficientemente alto para que José lo escuchara. Se acercó a acariciarlos, y mientras ellos le devolvían las caricias y le decían cosas al oído, ella no dejaba de elogiarlos—. No puedo creer lo grandes que son... son perfectos.

Claudio, con una sonrisa de suficiencia, se levantó un momento para encender la luz principal. El resplandor crudo inundó el cuarto, eliminando cualquier rastro de misterio.

—Mirá bien, José. Esto es lo que ella quería —dijo Claudio

Tamara, bajo esa luz cegadora, sacó un forro. Con dedos decididos, extrajo uno de los preservativos. Miró a Juan, luego miró de reojo a José —como para asegurarse de que él no se perdiera nada— y se llevó el látex a la boca.

José observó, con el alma en un hilo, cómo ella se arrodillaba frente a Juan. Con una técnica lenta y una entrega absoluta, comenzó a colocar el preservativo utilizando solo sus labios y su lengua, perdiéndose en un sexo oral profundo que dejó a José sin aliento. Los elogios que ella seguía murmurando entre movimientos terminaron de demoler lo poco que quedaba del orgullo de su marido.

Mientras Tamara continuaba con su labor, entregada por completo al sexo oral con Juan, Claudio no se quedó como un simple espectador. Con una parsimonia casi ritual, tomó otro de los preservativos y se lo colocó él mismo, sin dejar de observar ni un segundo el balanceo rítmico de los hombros de ella.

Claudio se levantó y se posicionó detrás de Tamara, que seguía arrodillada, de espaldas a la silla donde José permanecía petrificado. La luz cruda de la habitación resaltaba cada detalle de la lencería blanca de ella, que ahora se tensaba sobre sus formas.

Mmm... —un gemido bajo escapó de la garganta de Tamara mientras seguía ocupada con Juan, un sonido húmedo y rítmico que llenaba el silencio del cuarto.

Claudio se inclinó y rodeó la cintura de ella con sus manos grandes. José escuchó el sonido de la piel chocando contra la piel, un ¡plap! seco que le hizo dar un respingo en la silla. Claudio comenzó a besarle las nalgas con un hambre evidente, dejando marcas húmedas sobre su piel blanca.

Slurp... mmuá... —se escuchaba el sonido de los besos de Claudio, intensos y profundos, mezclados con los ruidos de succión de Tamara.

Juan, por su parte, echó la cabeza hacia atrás sobre las almohadas, cerrando los ojos con una mueca de placer absoluto. —Ahhh... sí, así, Tamara... —susurró él, mientras las manos de ella lo sujetaban con fuerza.

José estaba ahí, a escasos metros, viendo cómo su esposa se convertía en el centro de un engranaje perfecto de placer ajeno. El sonido de los besos de Claudio en la parte posterior de ella y la labor incesante de Tamara con Juan creaban una atmósfera sonora que José nunca habría podido imaginar. Era un concierto de humedad, respiraciones agitadas y el roce constante del látex.

Tamara se arqueó levemente cuando sintió la lengua de Claudio recorrerla, pero no se detuvo. Sus ojos, entornados por el placer y el esfuerzo, se encontraron por un segundo con los de José desde esa posición humillante, y él pudo ver que ella ya no estaba allí como su mujer, sino como alguien completamente entregado a la experiencia.

La atmósfera en la habitación se volvió espesa, cargada de un calor que parecía distorsionar el aire. Bajo la luz blanca, el movimiento se volvió coreográfico.

Los tres se acomodaron en el centro de la cama, de rodillas, formando un triángulo de piel y deseo. Juan y Claudio rodeaban a Tamara, cuyos ojos brillaban con una intensidad eléctrica. Comenzaron a besarse entre ellos, un intercambio de lenguas y alientos que José observaba con la boca seca.

Mmm... qué rica que estás, por Dios —gruñó Juan entre besos.

Con un movimiento brusco y experto, Juan desprendió el encaje blanco de la lencería de Tamara, liberando sus pechos. Los dos hombres se abalanzaron sobre ellos al mismo tiempo.

Ssslp... mmuá... ahhh... —se escuchaba el sonido húmedo de las succiones mientras Juan saboreaba un pezón y Claudio el otro.

Tamara echó la cabeza hacia atrás, con la garganta expuesta, soltando un gemido largo y vibrante: —¡Ohhh, sí! ¡Dénme más! —exclamó ella, mientras sus manos, inquietas, bajaban para rodear los miembros de ambos. Comenzó a masturbarlos con un ritmo frenético, un shhh-shhh rítmico que se mezclaba con el jadeo de los hombres.

Mientras la besaban y la mordisqueaban, las manos de Claudio y Juan no se quedaban quietas. Una mano de Juan se hundió entre las piernas de ella, buscando su humedad (¡fush, fush!), mientras Claudio exploraba con sus dedos la firmeza de su cola, apretándola con fuerza.

Estás empapada, nena... mirá cómo te ponés con nosotros —le susurró Claudio al oído, provocando que ella se estremeciera de pies a cabeza.

José, desde su silla, sentía que el mundo desaparecía. La visión de su esposa siendo devorada por esos dos hombres imponentes, el sonido de los fluidos y los elogios sucios que ellos le dedicaban, le provocaron una reacción que no pudo contener. Sus manos, casi por instinto, bajaron hacia su propio pantalón. Comenzó a tocarse ahí mismo, en la silla, con movimientos desesperados, incapaz de quitar la vista de la cama.

¡Sí, José! ¡Mirá cómo me tocan! ¡Mirá qué grandes que son! —gritó Tamara, mirando a su marido con una sonrisa salvaje mientras continuaba masturbándolos a ambos—. ¡Mirame!

El cuarto era un caos de onomatopeyas: el slurp de los besos, el ¡plap! de las manos contra la carne y los gemidos roncos de los dos hombres que ya no tenían ningún reparo en mostrar su dominio.

 

—Ahora chupanos la pija a los dos —ordenó Juan con voz ronca, sin dejar lugar a réplicas.

Con una parsimonia dominante, tomó a Tamara por la nuca y guio su cabeza nuevamente hacia su miembro. Tamara, obediente y sumisa, se entregó al acto con un glup... glup... sonoro y profundo. Mientras ella se concentraba en él, Juan aprovechó la posición para correrle la lencería blanca hacia un lado. Con un movimiento rápido y experto, le metió dos dedos en la concha; el sonido húmedo del ¡shhhk... shhhk! comenzó a marcar un ritmo frenético de mete y saca.

Tamara gemía ahogada por la boca ocupada, mientras sus manos no se quedaban quietas: ¡zas... zas! masturbaba a Claudio con desesperación. Claudio, sin perder tiempo, le seguía acariciando y apretando los pechos, produciendo un sonido de ¡plap... plap! constante contra la carne blanca.

El intercambio fue caótico y eléctrico. Tamara giraba la cabeza, alternando ¡slurp... slurp! entre los miembros de ambos hombres, buscando satisfacer a los dos al mismo tiempo. El aire en la habitación se volvió insoportable, cargado de sudor y deseo.

José, sentado en la silla, ya no podía controlar nada. El sonido del ¡shhhk... shhhk! de los dedos de Juan dentro de su esposa actuaba como un látigo en su cerebro. Sus propias manos bajaron temblando, y comenzó a tocarse frenéticamente su miembro sobre el pantalón, jadeando bajito, incapaz de apartar la vista de cómo su matrimonio se desintegraba en ese triángulo de carne y fluidos.

Juan soltó una carcajada cínica mientras observaba la reacción de José en la silla. —¿Se te está parando la pija, Josesito? —se burló, disfrutando de su parálisis—. Mirá cómo la chupa la yegua esta.

Tamara ni siquiera parpadeó. Seguía con su labor frenética, alternando la boca de una pija a la otra en un ¡slurp... slurp! húmedo y rítmico que llenaba la habitación. Mientras tanto, Claudio y Juan, a ritmo compartido, comenzaron a cachetearle las nalgas con fuerza. El sonido de la carne chocando contra la carne resonaba con un seco ¡plaf... plaf... plaf!, dejando marcas rojas sobre su piel blanca.

Claudio se giró hacia José, con una sonrisa depredadora. —Dale, Josesito, sacatela —ordenó, marcando el último paso de la humillación.

José, temblando incontrolablemente y con la respiración entrecortada, obedeció. Sus dedos torpes desabrocharon el cinturón y bajaron el cierre, liberando su miembro erecto, que quedó expuesto bajo la luz cruda del cuarto. Se quedó ahí, paralizado y expuesto, mientras el concierto de ¡plaf! y ¡slurp! continuaba sobre la cama.

La diferencia era innegable y brutal; la pija de José, aunque erecta por la situación, no se comparaba en absoluto con la imponencia de las de Claudio y Juan.

—¿Qué pasa, Josesito? ¿Te achicaste? —se burló Juan, mirando de reojo el miembro de José y luego el suyo—. Dale, decile que la amás. Decile que te calienta verla así, tan puta. ¡Dale, decilo!

José, con la voz quebrada y temblando, apenas pudo articular las palabras: —Te... te amo, Tamara. Me... me calienta verte así...

Tamara, sin detener el ¡slurp... slurp! rítmico que le hacía a Claudio, soltó una carcajada ahogada.

En ese momento, Juan empujó a Tamara para que quedara boca arriba. Con un tirón seco, le arrancó la tanga blanca, dejándola totalmente expuesta. Mientras Claudio se acomodaba para seguir recibiendo placer oral, Juan bajó la cabeza y comenzó a lamerla con desesperación. El sonido húmedo de la succión, un ¡fush... fush... fush! constante, llenó el ambiente.

—¡Eso, Tamy, así, no pares! —gruñó Claudio, tomando a Tamara por la cabeza y empujando su miembro con fuerza hacia su garganta, provocando un ¡ghok... ghok! ahogado de ella.

Tamara quedó atrapada en ese engranaje de placer: abajo, el sexo oral de Juan le provocaba gemidos agudos; arriba, la boca ocupada con Claudio.

—¡Ahhh! ¡Juan, más fuerte! —gritó ella, arqueándose, mientras Claudio reía y la cacheteaba: ¡plaf... plaf!

Claudio, con una sonrisa de absoluta posesión, se irguió un momento y luego se abalanzó sobre Tamara. Se posicionó sobre ella, dominando su cuerpo, mientras Juan seguía con su labor en la parte inferior. Con un movimiento brusco, Claudio se hizo una turca en el abdomen, dejando caer su miembro erecto sobre los pechos de Tamara.

—¡Plaf! ¡Plaf! —sonó el choque de la piel contra la piel mientras frotaba su pija con vigor contra las tetas de ella.

Para que el roce fuera aún más intenso y placentero, Claudio escupió. Un ¡ptü! sonoro cayó sobre uno de los pechos de Tamara, seguido de otro ¡ptü! en el otro. Las gotas de saliva brillaron bajo la luz cruda, mezclándose con el sudor. Luego, reanudó el frote, el sonido húmedo del ¡shplish... shplish! marcando el ritmo de su turca.

Tamara, atrapada entre el placer de Juan abajo y el de Claudio arriba, jadeaba incesantemente. Sus pechos, ahora brillantes y húmedos, eran el centro de la atención de Claudio, mientras Juan seguía con su ¡fush... fush! insistente.

—aahhahahaha siiiii ahhhhhhhhhhhhhh — decía tamara

José, en la silla, observaba todo, su miembro temblaba en su mano mientras el aire se volvía irrespirable.

—Ahora te vamos a coger de verdad, Tamara —dijo Juan con voz firme, marcando el ritmo de la noche.

Él se acomodó boca abajo en el borde de la cama, posicionándose. Tamara, con la respiración agitada y los ojos fijos en la escena, obedeció. Se montó sobre él con movimientos lentos y calculados, sintiendo la tensión en todo el cuarto.

El ambiente se volvió asfixiante. El sonido del roce de los cuerpos, un ¡shhhk... shhhk! constante y rítmico, llenaba la habitación, mezclándose con las respiraciones pesadas. Claudio, desde un costado, observaba con una sonrisa depredadora, ¡plaf... plaf!, dándole palmadas en la espalda a Juan para motivarlo.

Tamara gemía intensamente, ¡ahhh... ahhh!, arqueando la espalda mientras mantenía la mirada en José, quien seguía petrificado en la silla, tocándose desesperadamente y sintiendo cómo su dignidad se desmoronaba por completo con cada sonido de esa unión.

—¡Ay, qué verga tenés, Juancito! ¡Aaaaaaaaaaaaaaahh, aaaaaaaaaaaaaaaahhh, mmmm! —gemía Tamara, perdiendo el control mientras se movía frenéticamente sobre él. El sonido de los cuerpos chocando era un ¡plap... plap... plap! seco y constante que retumbaba en las paredes.

Juan, respirando entrecortadamente, le sujetaba la cintura con fuerza para marcar el ritmo, mientras Claudio observaba todo con una mirada depredadora.

—¡Ahora me toca! —rugió Claudio, impaciente por su turno.

Claudio se acomodó en la cama y guio a Tamara para posicionarse en un 69. El aire se volvió aún más pesado y cargado de sudor. Tamara, ahora entre las piernas de Claudio, se concentraba en su labor con un ¡slurp... slurp! incesante, mientras Claudio la penetraba oralmente desde el otro extremo.

José, aún en la silla, observaba cómo su esposa intercambiaba fluidos con los dos hombres simultáneamente, sintiendo un nudo en el estómago que le impedía respirar.

José no paraba de tocarse, jadeando y gimiendo en la silla, incapaz de detener el placer perverso que lo consumía por completo.

—¿Viste que vos también la pasás bien, Josesito? —se burló Juan, lanzándole una mirada cargada de dominio mientras seguía con Tamara.

El cuarto era un caos absoluto de sonidos insoportables. Los mmmmmmmmaaauauauauuh... aaaaahahh... ffff... de Tamara resonaban por cada rincón, mezclándose con los glup... glup... glup... brutales de Claudio succionando su vagina, un sonido húmedo y voraz que indicaba una entrega total.

Tamara, en el clímax del 69 con Claudio, se estremecía bajo la intensidad, mientras José, a pocos metros, se rendía al mismo tiempo a su propio éxtasis humillante

Tamara había caído de rodillas sobre el colchón con una gracia felina, sus muslos firmes y redondos separados justo lo suficiente para que Claudio pudiera admirar el brillo de su excitación resbalando entre sus labios hinchados. Se apoyó sobre los antebrazos, arqueando la espalda de manera que su trasero, redondo y turgente, quedara elevado como una oferta silenciosa., recordándole que no podía escapar, que no quería escapar.

José, desde la silla, no podía despegar la vista. Sentía cómo el aire le faltaba al ver a su esposa en esa posición, totalmente expuesta y sometida ante los dos.

—toma, Tamara… —Juan gruñó, enredando los dedos en su cabello castaño oscuro, recogido en un moño desordenado que ahora se deshacía en mechones sudorosos—. Así, justo así, nena. Usá esa bocita sucia como sabés.

Ella no respondió con palabras. En su lugar, huecó las mejillas y llevó la cabeza hacia adelante, tomando a Juan hasta la garganta con un sonido húmedo y obsceno. Sus ojos, delineados con kohl que ahora estaba corrido por el sudor, se encontraron con los de él, desafiantes, mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en las esquinas. No era dolor lo que la hacía lagrimear, sino la intensidad, la sensación de estar llena en ambos extremos, de ser usada, adorada y dominada al mismo tiempo.

José veía cómo Tamara buscaba la mirada de Juan mientras sufría y gozaba. La escena le revolvía el estómago, pero una excitación incontrolable lo obligaba a seguir mirando, con la mano temblorosa sobre su propio miembro.

Claudio no le dio tiempo para adaptarse. Con un gruñido animal, empujó hacia adelante, enterrando su gruesa circunferencia en el apretado calor de su ano sin previo aviso.

—¡Ah, mierda! —Tamara jadeó alrededor de la pija de Juan, las palabras distorsionadas en un gemido vibrante que hizo que él maldijera y empujara más profundo—. ¡Clau—! ¡Dios, sí, así, más fuerte!

—Te lo dije, puta —Claudio siseó, retirándose solo para volver a embestir con un golpe seco que hizo que los pechos de Tamara rebotaran—. Vas a tomar cada centímetro como la buena perra que sos. —Sus dedos se clavaron más hondo en su carne, dejando marcas blancas donde la presión cortaba la circulación—. Y vas a chuparle la verga a Juan como si tu vida dependiera de ello, ¿entendido?

Ella asintió lo mejor que pudo, el movimiento haciendo que la pija de Juan resbalara contra su paladar. Sus manos, que antes estaban apoyadas en el colchón, ahora se aferraban a los muslos de Juan, las uñas pintadas de rojo oscuro hundiéndose en su piel mientras intentaba mantener el equilibrio. Cada embestida de Claudio la empujaba hacia adelante, obligándola a tomar más de Juan, y cada vez que se ahogaba, él gemía y le decía que era una buena chica, que era perfecta. Las palabras la enardecían, la hacían sentir como si estuviera ardiendo por dentro.

Desde su rincón, José soltó un gemido ahogado al ver cómo Claudio la penetraba. La humillación de ver a Tamara tratada así, y la erotización de la escena, lo tenían al borde del colapso emocional y físico.

—Mirá qué bien te queda, Tamara —Juan murmuró, acariciando su mejilla con el pulgar mientras ella baboseaba su longitud con saliva y lágrimas—. Toda hinchada, con los labios rojos como si acabaras de besuquearte con alguien. —Bajó la mirada hacia donde Claudio desaparecía dentro de ella, el sonido húmedo y obsceno de sus cuerpos chocando llenando el silencio entre jadeos—. Y ese culo… joder, cómo se traga a Claudio. Sos una maldita diosa.

uan soltó una carcajada ronca, complacido por la visión de Tamara jadeando bajo el impacto de Claudio. —Mirala, Josesito. Mirá cómo la están usando los verdaderos machos.

Sin pedir permiso, Juan se levantó de su posición y se colocó detrás de Claudio. Claudio entendió la señal de inmediato y se hizo a un lado, dejando espacio. Tamara, aún de rodillas y apoyada en los antebrazos, respiraba con dificultad, con la boca entreabierta y la mirada perdida en la intensidad de la situación.

Claudio tomo un pote de lubricante y se lo tiro sobre su ano, luego juan se puso boca arriba para que Tamara lo montara nuevamente

Pero cuando ella se clavo la verga en la vagina de nuevo Claudio se puso encima metiéndosela en el Culo

La doble penetración comenzó con un ritmo brutal y coordinado. ¡Plap, plap, plap! resonaba el sonido de las nalgas de Tamara chocando contra la pelvis de Claudio, mientras que los sonidos húmedos de succión (glup, glup) marcaban el ritmo de Juan en su boca.

—¡Oh dios! ¡Me rompen! ¡Me rompen! —gritaba Tamara, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, sintiéndose llena y poseída por completo, incapaz de distinguir entre el dolor y el placer extremo.

Claudio, sosteniéndola de la cintura con fuerza, intensificó el ritmo, mirando fijamente a José. —¡Mirá, José! ¡Mirá cómo tu mujer disfruta de ser de todos menos tuya!

José jadeaba incontrolablemente, sintiendo cómo su propio clímax se acercaba, mezclado con una humillación tan profunda que le resultaba erótica.

Claudio, con una sonrisa salvaje, inclinó la cabeza hacia Tamara. —¡Acabó! ¡Acabó! —gritó, su voz ronca por el esfuerzo. Con un tirón, sacó su miembro de ella, mientras Juan hacía lo propio.

Tamara, jadeando, se quedó con los ojos vidriosos, su cuerpo temblando por el placer brutal. Los dos hombres se miraron, una señal silenciosa de complicidad y triunfo.

—Ahora, Josesito, mirá esto —dijo Juan con desprecio, posicionándose sobre la cara de Tamara. Claudio, a su lado, hizo lo mismo con sus pechos.

Con una sincronía perturbadora, ambos hombres se deshicieron de los preservativos con un movimiento rápido. Tamara soltó un gemido ahogado al verlos, pero no tuvo tiempo de reaccionar.ç

Aaaoaoaoajajahjahaahhhhhhhh eran leones gruñendos

Juan se inclinó y, con un gruñido gutural, descargó su semen sobre el rostro de Tamara. Las gotas calientes y espesas salpicaron su frente, sus mejillas y se escurrieron por su mentón, mezclándose con sus lágrimas y el sudor. Casi al mismo tiempo, Claudio se derramó sobre sus pechos, cubriendo su piel blanca y sus pezones duros con su propia eyaculación, que brillaba bajo la luz cruda de la habitación.

—¡Ahhh! —gimió Tamara, con la cara y el pecho empapados, la cabeza ladeada mientras el placer y la humillación la superaban.

José, en la silla, ya no pudo contenerse. La visión de su esposa profanada de esa manera tan explícita lo llevó al límite. Con un gemido de dolor y placer, se vino también , un clímax desesperado y vergonzoso que marcó el final de su resistencia. Su cuerpo se desplomó en la silla, tembloroso, mientras el aire de la habitación se volvía espeso con el olor a sexo y derrota.

Claudio y Juan, satisfechos, se levantaron. La escena en la cama era un testimonio de su dominio. Tamara yacía entre ellos, cubierta por el sudor, las lágrimas y el semen de los dos hombres, con una expresión vacía pero extrañamente serena.

—Mirá cómo quedó llena de leche tu mujer —dijo Juan con una sonrisa cínica, señalándola sin ocultar su desprecio.

Ambos quedaron exhaustos, jadeando.

En ese momento, el silencio del cuarto fue roto por un grito prolongado y agudo que escapó de la garganta de Tamara, una mezcla de extenuación y placer residual: —¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhaaaaaaaaaaaaaaaaaoooooooh!

Al escucharla, José no pudo contenerse más. Llevaba tanto tiempo masturbándose frenéticamente que el orgasmo le sobrevino como una descarga eléctrica violenta. Se sorprendió a sí mismo de haber aguantado tanto, descargando su propia mezcla de excitación y humillación en la soledad de su silla, mientras contemplaba cómo su matrimonio se desintegraba definitivamente.



Tras unos minutos de descanso, la atmósfera se distendió ligeramente. Claudio tomó a Tamara de la mano y la ayudó a levantarse. —Vamos a limpiarnos —dijo, dirigiéndose al baño principal.

José se quedó solo en la habitación, sintiendo cómo el frío comenzaba a calarle los huesos ahora que la adrenalina bajaba. Desde el baño, escuchó el sonido del agua caliente corriendo y, al poco tiempo, gemidos suaves y murmullos cómplices que indicaban un último encuentro sexual bajo la ducha, un cierre íntimo del que él había sido excluido.

Cuando finalmente salieron, el ambiente era otro. Tamara, vestida con una bata, evitaba su mirada, mientras los dos hombres se ponían sus ropas con parsimonia.

—Bueno, che, fue una noche intensa —dijo Claudio, abrochándose la camisa—. Gracias por la hospitalidad, José.

Juan le estrechó la mano con firmeza, una última muestra de superioridad. —Cuídala bien, ¿eh? —añadió con una ironía mordaz.

José asintió en silencio, incapaz de articular palabra. Tamara los acompañó hasta la puerta. Tras un último beso rápido en la mejilla de ella, los extraños se retiraron, cerrando la puerta y dejando a la pareja sumida en un silencio sepulcral, en medio de la sala de estar que ahora se sentía extraña y vacía.

José miró a Tamara. La tensión entre ellos era insoportable, una mezcla de culpa, excitación residual y vergüenza. Sin decir palabra, él la tomó de la cintura y la besó con una urgencia desesperada, necesitando reafirmar su posesión sobre ella. Tamara correspondió con la misma intensidad, como si ambos buscaran borrar lo ocurrido a través de un encuentro sexual frenético y posesivo sobre el sofá.

Al amanecer, la luz del sol entró por la ventana, desnudando la escena de la noche anterior. José se levantó con el cuerpo dolorido y la mente turbia. Al llegar a la cocina, se detuvo en seco al borde del pasillo.

Tamara estaba allí, preparando el café de espaldas. Llevaba puesta una remera de José que le quedaba grande. Canturreaba una melodía suave mientras esperaba que saliera la bebida, moviéndose con una ligereza y una felicidad que contrastaban brutalmente con el desmoronamiento de la noche anterior. Parecía haber olvidado todo, o quizás, lo había integrado como un triunfo personal. José se quedó mirándola, sin saber si sentir alivio o un terror profundo por la nueva etapa que, finalmente, habían comenzado.

 

FIN


Olfato

José caminaba entre los arbustos secos que arañaban sus pantalones, sintiendo el peso de la llave de Daniel en el bolsillo. Estaba lejos de la ciudad, en un silencio solo roto por el crujir de las ramas. La casa abandonada se erguía frente a él como un cadáver de madera y piedra. Al insertar la llave, un panel numérico oculto cobró vida con un pitido electrónico. José marcó el código y, con un suspiro hidráulico, la puerta se abrió.

El interior era una ruina: polvo, muebles destrozados y olor a humedad. José recorrió las habitaciones, impaciente, hasta que sus ojos dieron con la lámpara del techo. De ella colgaba una correa vieja de encender la luz. Tiró con fuerza y el suelo vibró; un pasadizo secreto se reveló ante sus pies.

Al bajar por las escaleras de madera que gemían bajo su peso, la linterna de su celular iluminó una pared de piedra sin salida. Pero José ya conocía los trucos de su cliente. Tanteó la roca hasta que un botón mecánico cedió bajo su mano. La pared se deslizó, dejando ver un laboratorio metálico de alta tecnología, un búnker de acero brillante en medio de la tierra.



Sobre una mesa de acero, vio los dispositivos: pequeñas bombas que parecían simples llaveros. Guardó una en su bolsillo, pero su verdadero premio estaba a un costado. El maletín de cuero negro contenía un millón de dólares en efectivo. Por un momento, José olvidó el drama con Tamara; ese dinero era su libertad, o quizás el precio de su alma.

Tras esconder el botín en su despacho y lavar su camioneta para borrar cualquier rastro de barro del bosque, José regresó a casa. La cena con Tamara fue un ejercicio de hipocresía pura.

—Me alegra que ese criminal de Daniel se pudra en la cárcel —dijo Tamara, cortando la carne con tranquilidad—. No tenés nada que reprocharte, hiciste lo que pudiste como abogado.

José la miró fijamente, masticando en silencio.

—Tenes razón, amor—respondió José con una sonrisa gélida—. Por suerte, ya me pagaron lo que me debían. Mañana firmo lo papeles y ya se termina todo

Al otro dia el jefe de policía Alejandro duarte estaba en su oficina y en frente de el las ofiasiales Sabrina córtese, y Cintia Gómez

Duarte dejó unos papeles sobre la mesa y las miró por encima de sus anteojos.

—Me han llegado sus quejas, y no solo a mí, sino también al Ministerio —empezó Duarte con voz ronca—. Dicen que esta fuerza es anacrónica, que por ser mujeres se las relega a tareas administrativas o patrullajes de baja intensidad. Dicen que no se les permite demostrar que tienen el mismo cuero que cualquier oficial hombre para los operativos de alto riesgo.

Sabrina dio un paso al frente, sin bajar la mirada.

—Así es, Comisario —respondió con firmeza—. Tenemos el mismo entrenamiento, las mismas calificaciones y, me atrevo a decir, más disciplina que muchos de nuestros compañeros. No queremos privilegios, queremos las misiones que realmente importan.

Duarte soltó una risa seca y miró a Cinthia.

—¿Usted piensa lo mismo, Oficial Gómez? ¿Está preparada para lo que el barro y la calle realmente exigen?

—Con total convicción, señor —contestó Cinthia sin dudar—. Denos la oportunidad y le demostraremos de qué estamos hechas.

Duarte guardó silencio unos segundos, tamborileando los dedos sobre el escritorio. Finalmente, suspiró y se reincorporó en su silla.

—Bien. El Ministerio quiere resultados y ustedes quieren una oportunidad. Se las voy a dar. Esta tarde trasladamos a Daniel Carrasco. Es un pez gordo, un científico vinculado a la mafia, y hay que llevarlo a la unidad penal de Alta Barrosa. Es un trayecto largo por rutas secundarias.

Las dos oficiales intercambiaron una mirada de determinación. Era una misión de custodia de alto perfil.



—Ustedes dos irán en el patrullero principal con el detenido —continuó Duarte—. Pero no estarán solas. Habrá una unidad de apoyo con dos compañeros escoltándolas unos metros atrás para asegurar el perímetro. Si entregan a Carrasco en Alta Barrosa sin incidentes, personalmente me encargaré de que sus nombres encabecen la lista para los próximos operativos del grupo especial. Tendrán el respeto que tanto piden y, según dicen, se merecen. ¿Aceptan?

—Entendido, señor —dijeron ambas al unísono, sintiendo el peso de la responsabilidad

La sala de visitas de la prisión era un cubículo asfixiante con olor a desinfectante. José estaba sentado frente a Daniel, tratando de mantener la compostura. El abogado se acomodó los lentes y, tras asegurarse de que el guardia de la puerta estaba distraído mirando su reloj, se inclinó hacia adelante.

—Todo está listo, Daniel —susurró José, su voz era un hilo apenas audible—. Ya firmé el papeleo final. Los pasajes están comprados y el DNI falso con tu nueva identidad te espera en el escondite que acordamos, junto con el resto de la documentación.

Daniel lo observó con esos ojos fríos, como los de un reptil que analiza a su presa. Una media sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Y lo otro? —preguntó el científico—. ¿Trajiste lo que te pedí?

José asintió levemente. Por debajo de la mesa, con un movimiento rápido y ensayado, deslizó el pequeño cilindro metálico hacia Daniel. El preso lo atrapó al vuelo y lo hizo desaparecer dentro del bolsillo de su overol naranja con una destreza asombrosa.

—Perfecto, José —dijo Daniel, recostándose en su silla—. Al final resultaste ser mucho más eficiente de lo que aparentabas.

—¿Cómo vas a hacerlo? —preguntó José, sintiendo que el corazón le martilleaba el pecho.

Daniel se lamió los labios, saboreando ya la libertad. —Es simple. Durante el traslado, activaré la bomba de humo. La cabina se llenará de gas somnífero; las dos oficiales y los escoltas quedarán fuera de combate en segundos. Yo saldré del patrullero, caminaré unos kilómetros hasta el punto de encuentro y mis contactos me llevarán a un aeropuerto privado. Para mañana a esta hora, estaré en Chile, disfrutando de los millones que hice con la mafia. Vos solo disfrutá de tu dinero y olvidate de que nos conocimos. Aquí no ha pasado nada.

Se estrecharon la mano —un pacto entre un abogado quebrado y un criminal brillante—. José se retiró con el maletín de dinero, sintiéndose el hombre más astuto del mundo.

Minutos después, de regreso en su celda antes de que lo encadenaran para el traslado, Daniel sacó el dispositivo para inspeccionarlo una última vez. Su mirada recorrió las pequeñas inscripciones técnicas grabadas en el cromo del cilindro. De repente, su rostro palideció y sus ojos se abrieron con furia.

—¡Qué pedazo de imbécil! —rugió Daniel para sí mismo, apretando el objeto hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. ¡José, pelado de mierda...! ¡Me trajo la bomba de feromonas concentradas en lugar de la de gas somnífero!



Daniel miró la puerta de la celda. El tiempo se acababa. Los guardias ya venían a buscarlo. No tenía otra opción; tendría que usar lo que tenía. El plan original de dormir a las oficiales se había transformado, por el error de José, en un plan mucho más salvaje e impredecible.

Esta parte es excelente porque establece el "tablero de ajedrez". Daniel, lejos de asustarse por la amenaza de Duarte, comprende que el error de José acaba de convertir su traslado en una oportunidad de dominación total, especialmente ahora que sabe que hay dos oficiales más (Luciano y Alfredo) que también caerán bajo el efecto del gas.

El eco de unas botas pesadas retumbó en el pasillo de las celdas. Alejandro Duarte, el Jefe de Policía, apareció con su uniforme de gala, escoltando a Sabrina y Cinthia, quienes lucían impecables y decididas. Daniel, ya esposado de pies y manos, se puso de pie lentamente, con una sonrisa que Duarte interpretó como un gesto de burla.

—Escuchame bien, Carrasco —dijo Duarte, acercándose tanto que Daniel podía oler el café en su aliento—. Estas son las oficiales Cortese y Gómez. Ellas se encargarán de tu traslado. Y antes de que tu mente de criminal piense que por ser mujeres vas a tener una oportunidad de escape, sacatelo de la cabeza.

Daniel miró a Sabrina y luego a Cinthia, recorriéndolas con una mirada lenta que las hizo sentir incómodas.

—Son muy... profesionales —murmuró Daniel con un tono de voz cargado de un doble sentido que solo él entendía.

—No solo son profesionales, son implacables —le espetó Duarte—. Y por si tenés ideas raras, no van solas. Detrás de ellas irán los oficiales Luciano y Alfredo. Son dos de nuestros mejores hombres, expertos en tiro táctico. Si intentás cualquier movimiento extraño, si tan solo te estirás de más, ellos tienen la orden judicial de abrir fuego. No necesitamos que llegues vivo si intentás fugarte. ¿Quedó claro?



Daniel bajó la cabeza, pero no por miedo. En su mente, el plan se estaba reescribiendo. El gas de feromonas no solo afectaría a las mujeres; el deseo químico no discrimina. Imaginó a los musculosos Luciano y Alfredo perdiendo la disciplina, y a Sabrina y Cinthia rendidas ante sus instintos.

—Totalmente claro, Jefe —respondió Daniel, ocultando su euforia—. Cumpliremos con la ley.

En el patio de la prisión, el operativo estaba listo. El primer patrullero esperaba con el motor en marcha. Detrás, una unidad de apoyo con vidrios polarizados mostraba a sus ocupantes: Luciano, un joven de gimnasio con el uniforme a punto de reventar por sus hombros, y Alfredo, un oficial de ascendencia africana, cuya imponente estatura y brazos macizos intimidaban a cualquiera.

—Chicas, buena suerte —dijo Luciano desde la ventana del segundo móvil, dedicándole un guiño a Cinthia—. No les quitemos el ojo de encima a este genio.

—Despreocupate, Lu —contestó Cinthia, ajustándose el cinturón—. Lo tenemos controlado.

Duarte dio la señal y la caravana salió de la prisión. Daniel, sentado en la oscuridad del asiento trasero, sintió el frío metal de la pequeña bomba de feromonas contra su pierna.

"Duarte, no tenés idea de lo que acabás de hacer", pensó Daniel mientras el patrullero se adentraba en la ruta hacia el bosque. "Luciano y Alfredo creen que vienen a protegerme... pero van a terminar formando parte de mi obra maestra".

Con una sonrisa picaresca y cargada de una malicia que nadie supo interpretar, Daniel subió al patrullero. Las puertas se cerraron con un golpe seco. El convoy inició el traslado hacia la prisión de Alta Barrosa, adentrándose en las rutas secundarias que serpenteaban entre el denso bosque.

El orden de marcha era estricto: en el primer móvil, Sabrina conducía con la mirada fija en el asfalto mientras Cinthia vigilaba a Daniel por el retrovisor. Diez metros atrás, el segundo patrullero seguía el ritmo, pero el ambiente allí adentro era mucho más relajado.

Luciano, que apenas podía contener sus bíceps dentro de la camisa del uniforme, conducía con una mano relajada sobre el volante. No le prestaba mucha atención al auto de adelante; para él, este era un traslado de rutina más.

—Ya está todo cocinado para la semana que viene, Alfredo —dijo Luciano, con una chispa de excitación en los ojos—. Reservé mesa en el boliche de siempre. Vamos a romper la noche, acordate lo que te digo.

Alfredo, el oficial afro, se acomodó en el asiento del acompañante, haciendo crujir el cuero del chaleco táctico. —¿Y el tema de las minas? Mirá que no quiero ir a rebotar —contestó Alfredo con una sonrisa ancha.

—¿Rebotar? Mirá esto —Luciano sacó su celular y, aprovechando un tramo recto de la ruta, le mostró una foto a su compañero—. Ya hablé con estas dos. Mirá lo que son... están separadas y tienen unas ganas de joda que no te explicás.

Alfredo tomó el teléfono y silbó, impresionado por las curvas de las mujeres en la pantalla. —¡No te puedo creer! ¿Cuántos años tienen? Porque se ven impecables, Lu.

—Son de las nuestras, hermano —rio Luciano—. Vos despreocupate. Va a haber trago tras trago, vino de primera y después... bueno, ya sabés. A esas nos las vamos a coger hasta que no den más. Esas minas entran sí o sí en el plan.



—Así me gusta —asintió Alfredo, devolviendo el celular—. Un poco de acción después de tanto uniforme y tanto preso.

Ambos rieron, sumergidos en su fantasía de conquista, sin notar que en el patrullero de adelante, Daniel ya tenía la mano metida en el bolsillo del overol. El delincuente acariciaba el botón del dispositivo de feromonas, esperando el punto exacto donde el bosque se volviera más espeso y la señal de radio empezara a fallar.

Daniel los observaba por el cristal trasero, viendo las siluetas de los dos oficiales musculosos en el auto de apoyo. "Disfruten de su charla de hombres mientras puedan", pensó Daniel con una satisfacción oscura. "En unos minutos, ese boliche y esas minas van a ser lo último en lo que piensen".

El patrullero avanzaba devorando kilómetros de asfalto solitario. Daniel, en el asiento trasero, mantenía una sonrisa picaresca y siniestra, una expresión tan cargada de malicia que Cinthia no pudo pasarla por alto. Lo observó por el espejo retrovisor, sintiendo una punzada de irritación.

—¿Qué pasa, señor Carrasco? —preguntó Cinthia con voz gélida—. ¿Está nervioso o está planeando alguna estupidez? Si es lo segundo, le pido que lo piense más de dos veces. No nos va a temblar el pulso para frenarlo, incluso si eso implica disparar.

Daniel soltó una carcajada suave que erizó los pelos de la nuca de las oficiales.

—No estoy nervioso, oficial. Solo estoy pensando en lo bien que se verían usted y su compañera sin esos uniformes tan rígidos —respondió Daniel, inclinándose hacia la reja de seguridad—. ¿Por qué no paramos un ratito? Podríamos pasarla muy bien... una pequeña "fiesta de despedida". Yo sé que en el fondo se mueren de ganas.

—¡Cierre la boca y no se pase de listo! —ladró Sabrina desde el volante, sin despegar la vista de la ruta—. Ya escuchó a mi compañera. No nos atraen los criminales, y mucho menos los que creen que pueden manipularnos.

—Miren que la podemos pasar realmente bien —insistió Daniel, con una voz que se volvía peligrosamente seductora—. Tengo algo que las va a ayudar a decidirse...

En un movimiento rápido, Daniel sacó el dispositivo de su overol.

—¿Qué tiene ahí? ¡Suelte eso inmediatamente! —gritó Cinthia, intentando girarse mientras buscaba su arma.

Pero ya era tarde. Daniel, sin ningún tapujo, presionó el botón. Un siseo violento llenó la cabina y una densa nube de humo color rosa intenso brotó del cilindro, cubriendo instantáneamente todo el interior del patrullero.

¡No... qué es esto! —exclamó Sabrina, pero al inhalar el aroma dulce y embriagador, sintió que sus músculos perdían fuerza y su juicio se nublaba por un calor repentino y devastador.

El patrullero dio un volantazo violento. Sabrina perdió el control del volante y el vehículo se desvió de la carretera principal, saltando la banquina y adentrándose en un camino de hierbas altas y arbustos a toda velocidad. Las ramas golpeaban contra el chasis mientras el auto se internaba en lo profundo del bosque, oculto por la vegetación.

A diez metros atrás, sumergidos en su charla sobre mujeres y boliches, Luciano y Alfredo no se dieron cuenta del desvío de inmediato. El humo rosa que escapaba por las rejillas del patrullero de adelante fue disipado por el viento, y para cuando Luciano levantó la vista, el auto de las oficiales había desaparecido de su campo de visión, tragado por la maleza.

¿Pero qué carajo...? —murmuró Luciano, frenando de golpe—. ¿A dónde se metieron estas dos?

A unos cientos de metros atrás, el patrullero de apoyo frenó en seco, dejando una marca de neumáticos sobre el asfalto. Luciano y Alfredo bajaron del vehículo, desconcertados, mirando hacia todas partes. El bosque parecía haber devorado al primer auto.

—¿A dónde carajo se metieron? —preguntó Alfredo, ajustándose el cinturón táctico y mirando el horizonte—. Estaban ahí hace un segundo.

Luciano, cegado por la arrogancia, señaló hacia una senda que se abría hacia el lado izquierdo de la ruta. —Seguro doblaron por aquel lugar, vi un destello de luces entre los pinos. ¡Vamos, rápido!

—¿Estás seguro de que fue por allá, Lu? —dudó Alfredo, mirando hacia el lado contrario, donde las hierbas estaban aplastadas.

—¡Que sí, movete! —gritó Luciano, subiendo al auto.

Sin saberlo, tomaron el camino contrario. Mientras los hombres se alejaban hacia la izquierda, el patrullero de las oficiales se hundía cada vez más hacia la derecha, perdiéndose en la espesura.

Finalmente, Sabrina logró clavar los frenos. El patrullero derrapó sobre el pasto alto hasta detenerse en un claro descampado, justo frente a una laguna de aguas quietas que reflejaba la luna. El silencio del bosque era absoluto, interrumpido solo por el motor caliente del auto.

Ambas oficiales bajaron del coche, tosiendo levemente por los restos del humo rosado que aún flotaba en el aire. Se miraron confundidas, tocándose la cara y los brazos.

—La verdad... no siento nada —dijo Cinthia, extrañada—. No me pica la garganta, no estoy ciega... ni siquiera me siento mareada. ¿Qué carajo nos tiró este tipo? ¿Fue una broma?

—No lo sé —respondió Sabrina, cuyo rostro empezaba a verse extrañamente sonrojado—, pero bajémoslo ya mismo antes de que intente otra estupidez. ¡Abajo, Carrasco!

Cinthia abrió la puerta trasera con violencia, tomó a Daniel por el brazo y lo arrojó al suelo, obligándolo a ponerse de rodillas sobre el pasto húmedo.

—¿Qué mierda nos diste? —le gritó Sabrina, apuntándole con su arma, aunque sentía que la mano le temblaba un poco, no por miedo, sino por un calor que nacía en la base de su columna.

Daniel, de rodillas pero con una expresión de triunfo absoluto, las miró de arriba abajo. El humo rosa se había pegado a sus uniformes como un perfume invisible. —Ya se los dije, oficiales... No es veneno. Es solo un pequeño "polvito" para que la pasemos mejor. En unos minutos, me van a estar pidiendo por favor que no me detenga.

—¡Callate, estúpido! —le espetó Sabrina. Intentó llevarse el handy a la boca para pedir apoyo—. ¡Central, aquí Unidad 4! ¡Tuvimos un incidente en el traslado, estamos en un sector de lagunas, solicitamos apoyo de la escolta! ¡Central, respondan!

Pero del handy solo salía estática. El bosque y la hondonada habían anulado cualquier señal. Estaban solas, con un criminal que sonreía y un gas que empezaba a dilatarles las pupilas, haciendo que el uniforme policial comenzara a sentirse como una armadura de fuego sobre sus pieles.

Daniel soltó una carcajada ronca que pareció vibrar en el aire denso de la laguna. Sus ojos brillaban con una confianza depredadora mientras observaba a Cinthia, quien respiraba con dificultad, con las pupilas tan dilatadas que casi no se veía el color de su iris.

—Oficial Cinthia... —susurró Daniel con una voz que sonaba como seda en los oídos de ella—. ¿Por qué mejor no deja el arma en el suelo? O mejor aún, arrójela lejos. No vaya a ser que se le escape un disparo y lo tenga que lamentar... o peor, que me lastime y se quede sin su premio.

Como si estuviera en un trance hipnótico, Cinthia soltó su arma. El metal golpeó el pasto con un sonido sordo.

—¡Cinthia! ¡¿Qué carajo estás haciendo?! —gritó Sabrina, retrocediendo un paso, horrorizada—. ¡Recuperá el arma ahora mismo! ¡No dejes que este tipo te manipule, es el gas, reaccioná!

Pero mientras Sabrina le gritaba a su compañera, Daniel aprovechó la distracción. Con una habilidad asombrosa, sus manos libres —había logrado hacerse con las llaves en el caos del humo— se deshicieron de las esposas. En un parpadeo, se deslizó detrás de Cinthia y la rodeó con sus brazos, inmovilizándola con una llave al cuello, pero sin apretar, casi como un abrazo forzado.

Sabrina, desesperada, tiró el handy inútil al suelo y desenfundó su propia arma, apuntando directamente a la cabeza de Daniel. El sudor le corría por la nuca, y su camisa policial le apretaba el pecho, que subía y bajaba violentamente.

—¡Soltala! ¡Soltala ahora mismo o te juro que te vuelo la cabeza, Carrasco! —bramó Sabrina, aunque su voz temblaba por el calor químico que le recorría las venas.

—Tranquila, Sabrina... —respondió Daniel, pegando su mejilla a la de Cinthia—. No le voy a hacer nada que ella no quiera. ¿Verdad, oficial?

Para horror de Sabrina, Daniel pasó su lengua lentamente por la mejilla de Cinthia, subiendo hasta su oreja. Cinthia no solo no se resistió, sino que cerró los ojos y dejó escapar un gemido de placer que rompió el último rastro de disciplina en el lugar. Sabrina bajó el arma unos centímetros, confundida, sintiendo que su propia voluntad se evaporaba.

Daniel, viendo que tenía el control total, llevó su mano libre al pecho de Cinthia. Con una lentitud tortuosa, empezó a desabrochar los botones de su camisa de uniforme. El sonido de los botones soltándose parecía retumbar en el silencio del bosque.

—Ya les dije... —murmuró Daniel mientras la camisa de Cinthia se abría, revelando su piel húmeda y encendida—. Vamos a pasar un ratito muy bien. Sabrina, guardá ese juguete... y vení a ayudarnos.

 —Tirá el arma, Sabrina —ordenó Daniel con una voz cargada de una autoridad oscura—. Ya no la necesitás. Sabés que no vas a disparar.

Sabrina sintió que sus dedos perdían fuerza. El metal de la pistola, que siempre había sido su símbolo de poder, ahora le parecía un objeto ajeno y pesado. Con un movimiento mecánico, soltó el arma sobre el pasto. El sonido del impacto contra el suelo marcó el final de su resistencia. Se quedó ahí, de pie, con los brazos caídos y la mirada nublada, impactada por su propia incapacidad de reaccionar.

—¿Qué... qué nos hacés? —alcanzó a balbucear Sabrina, mientras el sudor le empapaba la nuca—. ¿Cómo nos estás manipulando?

—Yo no las manipulo, oficial —rio Daniel, soltando a Cinthia pero manteniéndose cerca de ella—. Solo les estoy abriendo la puerta del deseo. La bomba solo sacó a la luz lo que el uniforme les obligaba a esconder.

Cinthia, con la camisa ya entreabierta, se tambaleó hacia Sabrina. Su rostro estaba encendido, y sus ojos buscaban desesperadamente los de su compañera.

—No sé qué pasa, Sabrina... —murmuró Cinthia con la voz quebrada por un jadeo—. Siento mucho calor... un calor que me quema por dentro. No puedo pensar en el código, no puedo pensar en Duarte... solo quiero que este fuego pare.

—Yo también, Cinthia... yo también —confesó Sabrina, sintiendo que sus propias manos subían instintivamente a su cuello para buscar aire.

Daniel, disfrutando del espectáculo, se apoyó con total relajación sobre el capó del patrullero, cruzando los brazos sobre el pecho. Su mirada recorría los cuerpos de las dos mujeres con una mezcla de orgullo científico y lujuria.

—¿Por qué no se humedecen entre ustedes? —sugirió Daniel con malicia. Con un movimiento firme, empujó a Cinthia hacia adelante, haciendo que quedara frente a frente, cuerpo a cuerpo, con Sabrina—. Mírense. Son dos oficiales hermosas atrapadas en un uniforme que les aprieta.

Daniel dio un golpe suave en el metal del auto para marcar el ritmo.

—Quiero ver cómo se ayudan —ordenó—. Empiecen a sacarse la ropa. Una a la otra. Lentamente. Quiero que el bosque sea testigo de cómo la ley se desnuda ante mí.

Sabrina y Cinthia se miraron. Ya no eran compañeras de armas; eran dos mujeres unidas por una urgencia química incontrolable. Las manos de Sabrina, temblorosas, se posaron en los hombros de Cinthia, buscando el primer botón de lo que quedaba de su camisa, mientras Cinthia hacía lo mismo con el chaleco táctico de Sabrina, ansiosas por liberar la piel del encierro del uniforme.

Sabrina, con los dedos torpes y el pulso acelerado, terminó de desabrochar el último botón de la camisa de Cinthia. Al abrirse la prenda, el aire fresco de la laguna rozó la piel húmeda de la oficial, pero no sirvió para calmarla. Al mismo tiempo, Cinthia levantó los brazos para ayudar a Sabrina a quitarse el pesado chaleco antibalas, tirándolo al suelo como si fuera una carga insoportable que ya no necesitaban.

Daniel las observaba desde el capó, deleitándose con el espectáculo de la autoridad desmoronándose.

—Eso es, chicas... —susurró Daniel con una voz hipnótica—. Suéltense. Dejen que el uniforme caiga. Sean libres de toda esa disciplina que las asfixia.

Sabrina soltó un jadeo profundo, con los ojos nublados por el deseo. Ya no le importaba el operativo, ni Duarte, ni su carrera.

—No sé qué me pasa... —confesó Sabrina, rompiendo el último rastro de decoro—. Estoy terriblemente excitada. Siento la vagina empapada... el roce de la ropa me quema.

Cinthia asintió, soltando un gemido mientras sus manos bajaban instintivamente hacia su propia cintura.

—A mí me pasa lo mismo... —respondió Cinthia, con la respiración entrecortada—. No me puedo contener más. Siento que el cuerpo me va a estallar si no me saco esto ahora mismo.

Con movimientos lentos y coordinados por una urgencia química, ambas llevaron sus manos a las hebillas de sus cinturones tácticos. El sonido metálico de los enganches soltándose (¡clack!) resonó en el silencio del descampado. Poco a poco, empezaron a deslizar el grueso cuero de los cinturones con sus esposas, cargadores y linternas, dejando que todo cayera sobre el pasto, junto a las armas que habían abandonado.

Daniel se lamió los labios, viendo cómo las dos mujeres, frente a frente, empezaban a despojarse de sus pantalones de combate, quedando solo en su ropa interior técnica, bajo la luz azulada de la luna y el reflejo de la laguna.

El silencio del campo se rompió por el sonido rítmico y húmedo de los labios de las dos oficiales. Daniel, de pie y con una erección que ya no podía ocultar bajo su pantalón de preso, las observaba con una mezcla de orgullo y lascivia.

—Eso es... usen la lengua, quiero oírlas —ordenó Daniel con voz ronca.

Sabrina y Cinthia se hundieron en un beso profundo, desesperado. Sus lenguas se entrelazaban con una pasión salvaje, buscando el fondo de la garganta de la otra como si fuera la única forma de calmar el incendio químico que las devoraba. Los sonidos de la succión y el intercambio de saliva eran tan claros que hacían que a Daniel le recorriera un escalofrío de placer por toda la columna.

Mientras se besaban, sus manos no se quedaban quietas. Empezaron a acariciarse con una urgencia eléctrica. El contraste era hipnótico: la piel morena y canela de Cinthia brillaba bajo el sol, enmarcada por un corpiño de encaje blanco que resaltaba sus curvas de oficial entrenada. Por otro lado, la piel blanca y pura de Sabrina parecía casi porcelana, destacando con un corpiño negro azabache que contenía su pecho agitado.

Mmm... sss... —gemía Sabrina contra los labios de Cinthia mientras bajaba sus manos por la cintura firme de su compañera, apretando la carne con deseo.

Cinthia respondió recorriendo con sus uñas la espalda de Sabrina, dejando marcas rojas que desaparecían al instante por la presión de sus cuerpos. Sus pieles, empapadas en sudor, se pegaban y se despegaban con cada movimiento, creando una fricción que las volvía locas. No había rastro de la ley, ni del uniforme que yacía tirado en el pasto; solo quedaban dos mujeres rendidas a un instinto que el "llavero" de Daniel había liberado.

Daniel se acercó un paso más, disfrutando de cómo el blanco y el negro de sus prendas íntimas chocaban entre sí mientras ellas se fundían en un abrazo prohibido.

—Están haciendo que me sienta muy bien, chicas —murmuró Daniel, acariciándose a sí mismo—. Pero todavía queda mucha ropa por quitar... y mucho placer por descubrir.

Los besos no daban tregua. Eran una marea de sensaciones que bajaba desde los labios hasta el cuello, donde Sabrina enterraba su rostro, inhalando el aroma de las feromonas mezclado con el sudor de Cinthia. Sabrina, impulsada por un hambre que no conocía, hundió su boca entre los pechos de su compañera, atrapada entre el encaje blanco, mientras soltaba gemidos sordos.

Poco a poco, Sabrina fue descendiendo. Sus labios recorrieron el abdomen tenso y marcado de Cinthia, bajando centímetro a centímetro hasta llegar al borde del pantalón táctico. Con manos expertas, pero temblorosas por la excitación, desabrochó el botón principal y bajó el cierre. El sonido metálico fue la sentencia final de su disciplina.

—Qué lindo culo tienen las policías, ¿eh? —comentó Daniel desde atrás, con una voz cargada de ironía y deseo—. No me las imaginaba así de firmes debajo de esa tela tan gruesa. Se nota que le dan duro al ejercicio en la academia, ¿no?

Sabrina no respondió; estaba perdida en su tarea. Agarró con fuerza la tela oscura del pantalón oficial y empezó a deslizarla hacia abajo. Cinthia tuvo que apoyarse en los hombros de Sabrina para no caerse, mientras sentía cómo el aire del mediodía golpeaba sus piernas por primera vez en el día.

Sabrina bajó el pantalón hasta los tobillos y, con una urgencia salvaje, ayudó a su compañera a quitarse las pesadas botas de cuero. Una vez libres los pies, tiró del pantalón hasta quitarlo por completo, arrojándolo lejos, hacia la laguna.

Cinthia quedó allí, de pie frente a Sabrina, despojada de todo rastro de oficial de la ley, vestida únicamente con su conjunto de encaje blanco que resaltaba su piel morena bajo el sol brillante. Daniel se acercó, rodeando con la mirada ese cuerpo que ahora le pertenecía por completo.

—Perfecto —murmuró Daniel—. Ahora te toca a vos, Cinthia. Hacé lo mismo con Sabrina.

Sabrina, sintiendo que el peso de la tela le quemaba la piel, se dio la vuelta, dándole la espalda a su compañera. Con dedos ansiosos, comenzó a desabrocharse el cinturón táctico y el cierre de su pantalón. Cinthia, actuando por un instinto que ya no podía frenar, se colocó detrás de ella. Sus manos morenas contrastaron con la piel pálida de Sabrina mientras la ayudaba a deslizar el uniforme hacia abajo, revelando sus curvas firmes y generosas en medio del campo solitario.

Daniel, al ver esa imagen —las dos oficiales entregadas al deseo bajo el sol del mediodía—, llegó a su límite. No podía contener más la presión en su entrepierna. Sin apartar la mirada ni un segundo, liberó su miembro y comenzó a masturbarse con fuerza frente a ellas, dejando que el placer de la dominación se mezclara con la urgencia del gas.

—Miren eso... —gruñó Daniel, con la voz ronca por la excitación—. Son perfectas.

En ese momento, sin que nadie tuviera que pedírselo, Cinthia se dejó llevar por la fragancia rosada que emanaba del cuerpo de su compañera. En cuanto el pantalón de Sabrina cayó a la hierba, Cinthia se arrodilló y hundió su rostro en las nalgas de Sabrina. Comenzó a lamerlas y besarlas con una pasión animal, haciendo que Sabrina arqueara la espalda y soltara un grito de placer que resonó en toda la laguna.

Sabrina se estremecía ante el contacto de la lengua de Cinthia, mientras sus manos se apoyaban con fuerza en el capó caliente del patrullero. Estaba totalmente expuesta, con su conjunto de encaje negro resaltando sobre su piel blanca, mientras su compañera la adoraba como si no existiera nada más en el mundo.

Daniel, jadeando y siguiendo el ritmo de los movimientos de las oficiales, se acercó un poco más.

—¡Sí! ¡Eso es lo que quería ver! —exclamó Daniel, mientras el sol de la tarde bañaba la escena de un dorado intenso—. Sigan... no se detengan...

Cinthia, con los labios encendidos, subió de nuevo desde las caderas de su compañera para atrapar nuevamente el cuello y la oreja de Sabrina. Sus manos morenas subieron con urgencia, apretando con fuerza los pechos de Sabrina que aún luchaban por escapar del corpiño negro. Sabrina se relamió los labios, entregada totalmente al roce, moviendo la cola y las caderas rítmicamente contra Cinthia, en una danza de espalda a Daniel que era puro instinto.

Daniel, jadeando y sin dejar de disfrutar del espectáculo, soltó una orden final con voz de mando:

—Ya fue suficiente de esconderse... —gruñó—. Quiero verlas completas. Quiero ver sus pechos ahora mismo.

Como si fueran una sola persona, movidas por el mismo hilo invisible del gas de feromonas, las dos oficiales se giraron para quedar de frente a él. Con una delicadeza que contrastaba con la urgencia del momento, llevaron sus manos hacia atrás. El sonido de los ganchos metálicos de los corpiños soltándose fue el último paso hacia la desnudez total.

Los corpiños, el blanco de encaje y el negro azabache, cayeron lentamente sobre el pasto.

Bajo el sol radiante, la belleza de ambas quedó expuesta en todo su esplendor. Los pechos de Sabrina eran una obra de arte: redondeados, de una blancura casi pálida, con los pezones oscuros y erguidos, marcando su excitación con total claridad. Por otro lado, los de Cinthia eran una tentación morena: algo más firmes y agudos, apuntando hacia adelante con una elegancia salvaje que hacía que su piel canela brillara bajo el sudor.

—Increíble... —susurró Daniel, acercándose a ellas mientras los pechos de ambas subían y bajaban aceleradamente por la respiración agitada—. Son mucho mejores de lo que imaginé cuando las vi con ese uniforme puesto.

Sabrina y Cinthia se miraron una a la otra, desnudas de la cintura para arriba, sintiendo cómo el aire caliente del mediodía les rozaba la piel. Ya no quedaba rastro de la Oficial Cortese ni de la Oficial Gómez; solo había dos mujeres unidas por un deseo prohibido frente a un hombre que ahora era su dueño absoluto.

Daniel no esperó más. Con movimientos rápidos y cargados de una arrogancia triunfal, se despojó de su overol naranja de prisionero, quedando completamente desnudo bajo el sol del mediodía. Su cuerpo, marcado por la vida criminal y el encierro, se erguía ahora como el único soberano en aquel claro junto a la laguna.

—Vengan acá... —ordenó con una voz que no admitía réplica—. Acérquense.

Sabrina y Cinthia, movidas por el aroma rosáceo que emanaba de su propia piel y la de Daniel, obedecieron como si estuvieran bajo un hechizo. Caminaron hacia él, con sus pechos descubiertos subiendo y bajando con una respiración agitada. Daniel, con una sonrisa picaresca, extendió sus manos y las tomó a ambas por la nuca con firmeza.

—Abajo —sentenció.

Con una presión suave pero autoritaria, las obligó a inclinarse. Sabrina, a la izquierda, y Cinthia, a la derecha, se arrodillaron frente a él. Sus rostros quedaron a milímetros de su miembro, que latía con fuerza. Sin dudarlo, ambas oficiales de policía hundieron sus lenguas y sus labios en él, comenzando un sexo oral frenético y apasionado. Los sonidos húmedos de la succión se mezclaban con el canto de los pájaros y el calor sofocante del bosque.

Daniel cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gruñido de puro placer. Mientras ellas lo atendían con una desesperación química, él no se quedó quieto. Bajó sus manos grandes y ásperas hacia las cinturas de las oficiales, deslizándolas por debajo de la fina tela de sus tangas que aún les quedaba.

—Eso es... —gemía Daniel, mientras hundía sus dedos en las colas duras y perfectas de sus captoras—. Qué culitos tan firmes tienen... se nota que la academia las dejó en forma solo para este momento.

Sus manos apretaban con fuerza las nalgas de Sabrina, cuya piel blanca contrastaba con el rojo de su excitación, y las de Cinthia, cuya piel morena se sentía ardiente al tacto. Daniel las manejaba a su antojo, moviendo sus cabezas para marcar el ritmo, mientras el sol de la tarde seguía iluminando el espectáculo más salvaje que aquel bosque hubiera presenciado jamás

A la orilla de la laguna, el tiempo parecía haberse detenido. Las dos oficiales ya no se turnaban; ahora compartían el miembro de Daniel como si fuera un manjar sagrado, un premio que el gas de feromonas les obligaba a adorar. Sus lenguas se entrelazaban alrededor del metal caliente de la virilidad de Daniel, saboreando cada gota de excitación bajo el sol.

Sabrina fue la primera en entregarse por completo. Con un gemido sordo que vibró en su garganta, se lo introdujo profundamente, moviendo la cabeza con un ritmo frenético y experto. Cinthia, a su lado, lejos de sentir celos, la alentaba con los ojos nublados por la lujuria, acariciándole el cabello mientras le susurraba con voz quebrada:

¡Sí, Sabrina... tragátela toda! ¡Tragala! —exclamaba Cinthia, antes de unirse ella también al contacto—. ¡Qué rica pija... qué increíble es este tipo!

Daniel, en la cima de su gloria, sentía que el mundo le pertenecía. Mientras ellas cabeceaban y succionaban con una pasión animal, él bajó sus manos hacia la entrepierna de ambas. Sus dedos se hundieron con fuerza en las vaginas empapadas de las oficiales, que estaban desbordantes de deseo.

—Eso es, mis perras policías... —gruñía Daniel, moviendo sus dedos rítmicamente dentro de ellas—. Sientan cómo el deseo las quema por dentro.

Sabrina y Cinthia soltaban gritos ahogados entre cada succión, estremeciéndose por el doble placer: el contacto en sus bocas y la invasión de los dedos de Daniel en su intimidad. El sudor corría por sus cuerpos, mezclándose con los fluidos y el aroma rosáceo que seguía flotando en el aire del mediodía, convirtiendo el claro del bosque en un santuario de placer desenfrenado.

Daniel, con un movimiento brusco y dominante, tomó a Sabrina del cabello para obligarla a ponerse de pie. Ella se levantó con un jadeo, con la mirada perdida y los labios brillantes por la saliva. Daniel la atrajo hacia sí y la besó con una pasión salvaje, devorando su boca mientras sus cuerpos desnudos y sudorosos se pegaban bajo el calor del mediodía.

Mientras tanto, Cinthia no se quedó atrás. Permaneció de rodillas, con la piel morena brillando bajo el sol, y tomó el imponente miembro de Daniel con ambas manos. Sus ojos estaban fijos en él, hipnotizados por su tamaño y por el efecto del gas. Comenzó a pasar su lengua lentamente sobre el glande, saboreando cada rincón, antes de introducirlo profundamente en su boca con un gemido de satisfacción.

Daniel, sintiendo el calor de la boca de Cinthia y la suavidad del cuerpo de Sabrina contra el suyo, bajó la vista hacia la oficial morena.

—¿Te gusta lo que tenés en la boca, oficial Gómez? —le preguntó Daniel con una sonrisa cínica y triunfal.

Sí... me encanta, papito... —logró decir Cinthia entre succión y succión, con la voz quebrada por el deseo—. Es lo más rico que probé en mi vida...glup glup glup glup glup mmammmmmm

Satisfecho con la respuesta, Daniel volvió su atención a Sabrina. Sin dejar que Cinthia se detuviera, bajó su cabeza hacia los pechos blancos y redondeados de la oficial rubia. Sus labios atraparon uno de sus pezones oscuros y marcados, succionándolo con fuerza mientras Sabrina arqueaba la espalda contra el capó caliente del patrullero, soltando un grito de placer que se perdió en la inmensidad del bosque.

El cuadro era dantesco: Daniel en el centro, siendo adorado por Cinthia mientras él devoraba a Sabrina, todo bajo el amparo de una laguna que era el único testigo de cómo la autoridad policial se había rendido ante el criminal y sus feromonas.

Daniel, con una fuerza bruta que a Sabrina le resultó electrizante, la empujó sobre el capó del patrullero. Ella cayó de espaldas sobre el metal ardiente por el sol, con el cabello rubio desparramado y la respiración entrecortada. Sin darle tiempo a reaccionar, Daniel levantó a Cinthia del suelo y la atrapó en un beso mucho más feroz y dominante que el anterior, reclamando su boca como si quisiera marcarla para siempre.

—Ahora vas a probar lo que es bueno, oficial —le susurró Daniel al oído, con una voz cargada de malicia—. Vas a saborear la argolla de tu amiga hasta que no pueda más.

Tomó a Cinthia de la cintura y la llevó hasta donde estaba Sabrina. Con una urgencia salvaje, Cinthia le arrancó la última prenda que le quedaba a su compañera: la tanga negra que ocultaba su intimidad. Sabrina, totalmente entregada, abrió sus piernas torneadas y las apoyó sobre los hombros de Cinthia, exponiéndose por completo bajo el sol del mediodía.

      Mmmmmmm mjuuauauuauagggggg — Cinthia realizaba por primera sexo oral a una mujer

      Aaahhggg ahhhhhhggggg — gemia Sabrina a sentir la lengua de su compañero

Cinthia no lo dudó. Hundió su cara en la vagina empapada de Sabrina, lamiendo y succionando con una pasión desesperada, mientras Sabrina arqueaba la espalda contra el capó, soltando gemidos que se mezclaban con el sonido del viento.

Pero Daniel quería más. Se posicionó detrás de Cinthia, que estaba inclinada sobre su amiga en una posición de entrega total. Con un movimiento decidido, Daniel bajó su cabeza hacia la entrepierna de la oficial morena. Mientras ella devoraba a Sabrina, Daniel comenzó a hacerle un sexo oral intenso a Cinthia, atrapando su clítoris con los labios y provocando que ambas mujeres vibraran al unísono.

El cuadro era un torbellino de piel, sudor y fluidos: Cinthia saboreando a Sabrina, y Daniel devorando a Cinthia desde atrás. Aahahahahahah que rica concha oficial aaahahammmmmmm decía el presidiario. Los cuerpos de las dos oficiales estaban conectados por el placer y por el criminal que ahora las manejaba como piezas de un juego privado, justo encima del vehículo que antes representaba su deber y ahora era su cama de asfalto y metal.

Después de saborear la intimidad de Cinthia hasta dejarla temblando, Daniel decidió que ya no era suficiente con las manos y la boca. Se puso de pie detrás de la oficial morena, cuya piel canela estaba empapada en sudor y brillaba bajo el sol. Con una autoridad bruta, la tomó firmemente de las caderas, abriéndole las nalgas con fuerza para exponer su centro más húmedo y sensible.

Daniel tomó su miembro con la mano derecha, apuntando directamente hacia la entrada de Cinthia. Con una lentitud tortuosa, comenzó a introducirse en ella. Cuando finalmente empujó con fuerza, el impacto fue total.

¡Ahhh! —Cinthia soltó un grito que desgarró el silencio de la laguna, un gemido de dolor mezclado con un placer tan intenso que la hizo perder el aliento por un segundo.

Pero Sabrina, que seguía tendida boca arriba sobre el metal caliente, no estaba dispuesta a dejar que su compañera se alejara. El gas de feromonas las había encadenado en un deseo mutuo que no conocía límites. Al sentir que Cinthia se tensaba y se arqueaba por la penetración de Daniel, Sabrina reaccionó con una posesividad salvaje.

Extendió sus brazos, tomó a Cinthia de la nuca y, con un tirón firme, la obligó a hundir nuevamente el rostro entre sus piernas.

—No te vayas... —balbuceó Sabrina con los ojos en blanco—. Seguí... seguí lamiéndome...

Cinthia, atrapada entre la embestida de Daniel por detrás y la demanda insaciable de Sabrina por delante, volvió a hundir la lengua en la vagina de su compañera. El ritmo era frenético: los empujes de Daniel hacían que el cuerpo de Cinthia golpeara rítmicamente contra el de Sabrina, creando una fricción de piel contra piel que las estaba volviendo locas.

Daniel, viendo cómo las dos oficiales se devoraban mientras él reclamaba a la morena, comenzó a aumentar la velocidad, haciendo que el patrullero crujiera bajo la presión de sus cuerpos entregados al pecado más absoluto.

El sol de la tarde caía a plomo sobre el claro, pero el calor del ambiente no era nada comparado con el fuego que ardía sobre el patrullero. Daniel, poseído por un instinto depredador, tomó a Cinthia fuertemente del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para que ella pudiera sentir cada una de sus embestidas. La penetraba con una fuerza rítmica y salvaje, haciendo que el metal del capó vibrara bajo ellos.

Cinthia, con el rostro desencajado por el placer y el dolor dulce de la entrega, no quería que Sabrina se quedara atrás. Mientras recibía a Daniel, estiró su brazo hacia adelante y hundió dos de sus dedos en la intimidad empapada de su compañera. El sonido húmedo del "plas, plaf" empezó a rítmar con los movimientos de Daniel, creando una sinfonía de fluidos y deseo.

Los gemidos de las dos oficiales ya no eran humanos; eran agudos, constantes, como el aullido de dos lobas reclamando su libertad en medio del campo.

—¡Eso es! ¡Griten putasssss gritennn para mí! —bramaba Daniel, cuya espalda ya brillaba por la transpiración—. ¡Miren en lo que se convirtieron las oficiales!

Daniel estaba en éxtasis. Su plan de escape se había transformado en un festín que superaba cualquier fantasía. Con una mano libre, comenzó a repartir cachetadas sonoras sobre las nalgas de Cinthia, dejando marcas rojas que resaltaban sobre su piel morena, mientras con la otra rodeaba su cuerpo para apretar sus pechos agudos, retorciendo sus pezones con fuerza.

Sabrina, recostada boca arriba con las piernas abiertas y los dedos de su compañera trabajando dentro de ella, tenía la mirada perdida en el cielo azul, completamente ida por el efecto del gas. Daniel la miró fijamente, con una sonrisa cargada de una promesa oscura.

      Aahahahhaha aaaaaaaaaaaaaaaaaaagggggg — ambas mujeres

—Tranquila, Oficial Sabrina... —le dijo con voz ronca, mientras aceleraba el ritmo con Cinthia—. No te pongas celosa. Ahora te va a tocar recibir a vos. En un momento vas a saber lo que es tener a un hombre de verdad adentro.

El aire en la laguna estaba tan cargado de feromonas y sudor que parecía que el tiempo se había detenido, justo antes de que el descontrol llegara a su punto de no retorno.

Daniel, con la respiración pesada y los ojos inyectados en deseo, decidió que quería una mejor vista de la destrucción moral que había provocado. Con una sonrisa de suficiencia, dio un paso atrás y, de un salto, se subió al techo del patrullero. Desde esa altura, el criminal se convirtió en el juez y soberano de la escena.

—Quiero ver más acción... —ordenó Daniel, cuya voz retumbaba desde lo alto—. Pónganse cómodas sobre el capó. Quiero que se devoren.

Bajo el efecto devastador del gas, Sabrina y Cinthia obedecieron sin dudar. Sabrina se mantuvo recostada sobre el metal caliente, mientras que Cinthia se giró y se posicionó sobre ella, entrelazando sus cuerpos en un 69 perfecto. El contraste era absoluto: el encaje negro de una y el blanco de la otra yacían olvidados en el pasto, mientras sus pieles, una morena y la otra pálida, se fundían bajo el sol.

Desde el techo del vehículo, Daniel se sentó con las piernas abiertas y comenzó a masturbarse con una fuerza brutal, buscando endurecer su miembro hasta el límite mientras observaba el espectáculo lésbico que ocurría a solo unos centímetros de sus pies.

—¡Eso es! ¡Usen las lenguas! —gritaba Daniel, disfrutando de la humillación de la ley. —aaamamamama gluuuuupp mmamamamamglñlluuuuppppp — eran lobas en celos

Las oficiales estaban completamente idas. Sus lenguas trabajaban con una desesperación animal, explorando las intimidades de la otra con una pasión que nunca habrían admitido en la comisaría. Los gemidos agudos y los sonidos húmedos de la succión llenaban el aire silencioso de la laguna, rebotando en la carrocería del auto.

Sabrina, con el rostro hundido en la entrepierna de Cinthia, sentía el sabor salado del sudor y el deseo; mientras tanto, Cinthia, sobre ella, arqueaba la espalda y buscaba con su lengua el clítoris de su compañera, haciendo que Sabrina golpeara el capó con sus talones en un espasmo de placer.

A kilómetros de distancia, la desesperación empezaba a carcomer a los escoltas. El patrullero de apoyo frenó en medio de la ruta, levantando una nube de polvo. Luciano golpeó el volante con frustración mientras el handy solo emitía un chirrido de estática constante.

—¡Nada! No responden —ladró Luciano, con el sudor corriéndole por las sienes—. Es como si la tierra se las hubiera tragado.

—Alfredo, esto no me gusta nada —dijo su compañero, mirando el horizonte desierto—. Nos alejamos demasiado buscando por este lado. Ese hijo de puta es peligroso, ¿y si les hizo algo?

—No le conviene hacerles nada —respondió Luciano, tratando de autoconvencerse—. Son dos oficiales armadas contra un preso esposado. Seguro el auto se les rompió con algún arbusto o lo redujeron y están esperando apoyo sin señal. ¡Vamos, peguemos la vuelta!

Luciano giró el auto violentamente. Sin saberlo, finalmente se dirigían hacia el lugar correcto, pero lo que estaban a punto de encontrar no se parecía en nada a un "procedimiento policial".

Mientras tanto, en la laguna, la escena se había vuelto de un morbo insoportable. Daniel ya no estaba sobre el techo; se había apoderado de la cabina delantera del patrullero. Estaba sentado en el asiento del conductor, el mismo lugar desde donde se imparte la ley, pero ahora convertido en su trono de placer.

Sabrina, completamente ida y con el cabello rubio revuelto, lo montaba de frente, sentada sobre su regazo entre el volante y el asiento. Sus cuerpos sudorosos chocaban rítmicamente, creando un sonido carnal que se mezclaba con el jadeo constante de la oficial. Daniel la tomaba de la cintura con fuerza, hundiéndose en ella, mientras sus manos no dejaban de apretar y sacudir los pechos blancos de Sabrina.

—Mirate, oficial... —le susurraba Daniel al oído, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás, rozando el techo del auto—. Qué linda te ves así, entregada, montando al tipo que tenías que vigilar.

Pero el juego no estaba completo. En el asiento de atrás, separada solo por la rejilla de seguridad que ahora parecía un accesorio erótico, estaba Cinthia. La oficial morena, incapaz de contener el fuego que le recorría las venas al ver a su compañera con Daniel, se masturbaba frenéticamente. Sus dedos trabajaban con desesperación en su intimidad empapada mientras sus ojos estaban fijos en el movimiento de las caderas de Sabrina y en los gestos de placer de Daniel.

Cinthia gemía y se retorcía en el asiento trasero, viendo cómo la jerarquía policial se disolvía en ese espacio cerrado y caluroso, deseando ser ella la que estuviera en el lugar de Sabrina, mientras el sol de la tarde seguía calentando el metal del vehículo.

Eso oficial usted difrute disfrute de como me como a su compañera aahahahahha plaf plaf plaf

Aaahahahahahahhh decía Cinthia  a la vez que se metia los desdos

Ssisisismmamamamasisisisiaiaiiaaii pedía Sabrina

A varios kilómetros de allí, el motor del segundo patrullero rugía mientras Luciano y Alfredo devoraban la carretera. La angustia se sentía en el aire. Luciano pisaba el acelerador a fondo, esquivando baches en el camino de tierra, con la mirada fija en el horizonte donde el sol empezaba a bajar.

—¡Dale, dale, que no llegamos! —gritaba Alfredo, apretando el handy con fuerza—. Si ese tipo les puso una mano encima, juro que no llega vivo a la cárcel.

No tenían idea de que, en ese mismo instante, la realidad era mucho más compleja y oscura de lo que su ética policial les permitía imaginar.

En el claro de la laguna, el control de Daniel era absoluto. Había bajado a las oficiales del auto y ahora las tenía a ambas en cuatro sobre el pasto húmedo, una al lado de la otra. Sus cuerpos desnudos, uno blanco y otro moreno, resaltaban contra el verde de la vegetación como trofeos de guerra.

Daniel, moviéndose con una energía inagotable, no se decidía por una sola. Iba alternando, penetrando a Sabrina con fuerza rítmica para luego cambiar inmediatamente a Cinthia, quien esperaba su turno con gemidos de impaciencia.

—¡Eso es, mis oficiales favoritas! —exclamaba Daniel, mientras el sonido de los cuerpos chocando resonaba en el silencio del campo—. ¿Quién manda ahora, eh?

      Aahahahahahahah — gritaba Sabrina

      Te gusta cómo te cojo akaaahh —

      Siiiiaaaaaaaaaaaaagggg siiiiii  — mientras metía los dedos en la vagina de Cinthia

       

Con sus manos grandes y ásperas, Daniel les tiraba del cabello hacia atrás para obligarlas a mirar el cielo mientras las penetraba. No dejaba de cachetear sus colas con fuerza, dejando marcas rojizas que ardían bajo el sol, mientras sus dedos buscaban sus pechos para apretarlos con una urgencia salvaje.

En los breves momentos de cambio, Daniel las obligaba a girar el rostro para besarlas con una pasión violenta, intercambiando saliva y aliento entre las tres bocas. Sabrina y Cinthia, totalmente perdidas en el trance del gas, se buscaban entre ellas también, acariciándose mientras Daniel las reclamaba una por una.

Aahahahagagagagagagag ggggggglllllllaaaaaaaaa lo gritos de los 3 rompía la calma como si el paraíso se transformara en el mismo infierno de lujuria

 

El aroma de las feromonas era tan espeso que parecía una niebla invisible que las mantenía encadenadas a él. Daniel sabía que el tiempo era corto, pero eso solo hacía que su deseo fuera más voraz, queriendo marcar cada centímetro de esas pieles antes de que el mundo real volviera a irrumpir en su paraíso privado.

Después de más de media hora de un desenfreno que parecía no tener fin, Daniel llegó a su límite. Con los ojos inyectados en lujuria y la respiración rota, se apartó de ellas y comenzó a masturbarse con una fuerza desesperada. Sabrina y Cinthia, aún bajo el último resto del trance, permanecían arrodilladas frente a él, con las lenguas afuera y los ojos nublados, como si esperaran la última orden de su captor.

      Danos leche papi danos lecheeeee— sus voses se unian en una pidiendo a su macho mas y mas

—¡Tomen esto... oficiales! —gritó Daniel con un gemido gutural que resonó en toda la laguna. — aaahhhhh ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

La descarga fue violenta. El semen salpicó el cabello rubio de Sabrina, recorrió los pechos morenos de Cinthia y manchó sus rostros y labios. Daniel se dejó caer hacia atrás, jadeando, agotado por el esfuerzo y la liberación, creyéndose el dueño absoluto de la situación.

Pero el pico del orgasmo trajo consigo una caída en la intensidad de las feromonas.

      Mmamamamamamammmmamamamam — se relamia y disfrutaban

El aire fresco de la tarde empezó a limpiar los pulmones de las mujeres. Cinthia fue la primera en sentir el "click" en su cabeza. Al parpadear, la neblina rosada se disipó y vio la realidad: su uniforme tirado, su cuerpo desnudo y humillado, y al criminal riéndose de ellas.

Con una fuerza de voluntad sobrehumana, Cinthia tanteó el suelo. Sus dedos rozaron una piedra pesada y afilada que estaba junto a su rodilla. Sin dudarlo, aprovechando que Daniel todavía estaba recuperando el aliento, se abalanzó sobre él y le descargó un golpe seco en la sien.

¡Hijo de puta! —rugió Cinthia mientras Daniel caía pesadamente hacia un costado, aturdido y sangrando.

Sabrina sacudió la cabeza, limpiándose los ojos con la mano temblorosa. Al ver a Cinthia jadeando y a Daniel en el suelo, el horror la invadió.

—Cinthia... ¿qué... qué pasó? —preguntó Sabrina con la voz rota, mirando su propio cuerpo manchado—. ¿Qué hicimos?

—No fuimos nosotras, Sabrina —dijo Cinthia, con una rabia fría mientras buscaba desesperadamente sus esposas entre el equipo tirado en el pasto—. Ese malnacido nos obligó... fue esa bomba de mierda que tiró. Nos drogó para usarnos.

Sabrina miró a Daniel con un odio profundo. La oficial que había en ella regresó de golpe. Se puso de pie, ignorando su desnudez por un segundo, y ayudó a Cinthia a inmovilizar al preso que empezaba a quejarse en el suelo.

El silencio en la laguna era sepulcral, solo roto por la respiración agitada de las dos oficiales. Daniel yacía inconsciente, con un hilo de sangre corriéndole por la frente. Cinthia miró a Sabrina a los ojos; ambas sabían que si la verdad salía a la luz, sus carreras y sus vidas estarían acabadas.

—Esto no se puede enterar nadie, ¿entendiste? —sentenció Cinthia con una voz gélida que no dejaba lugar a dudas.

Con una eficiencia mecánica, empezaron a borrar el rastro del pecado. Se limpiaron las caras y los cuerpos con furia, usando sus propias camisas para quitarse los restos de Daniel. Se vistieron a toda prisa, ajustándose los uniformes que aún olían a la fragancia rosada. Entre las dos, arrastraron el cuerpo pesado de Daniel hacia el patrullero, vistiéndolo a medias y colocándole las esposas con una presión que le cortaba la circulación.

Justo cuando cerraban la puerta trasera del vehículo, el ulular de una sirena desgarró el aire. Las luces azules y rojas de Luciano y Alfredo aparecieron entre los arbustos, frenando en una nube de tierra.

Ambos oficiales bajaron del auto con las armas en la mano, desesperados. —¡Chicas! ¿Qué pasó? ¿Están bien? —gritó Luciano, barriendo la escena con la mirada.

Sabrina dio un paso al frente, ajustándose el cinturón táctico con una calma asombrosa, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas. —Nada, chicos... este tipo es un demente. Tenía una bomba de gas lacrimógeno o de olor escondida para intentar escaparse —explicó Sabrina, señalando el interior del móvil—. Nos aturdió un momento, pero logramos reducirlo.

—¿Están seguras de que están bien? Se las ve... agitadas —preguntó Alfredo, notando el sudor en sus frentes.

—Por supuesto —intervino Cinthia con firmeza—. Nos costó, se resistió como un animal. Tuvimos que darle un golpe con una piedra para que se quedara quieto e inconsciente, si no, se nos iba.

Luciano soltó un suspiro de alivio, guardando su arma. —No se preocupen, es algo que pasa con estos delincuentes. Lo importante es que están a salvo. Volvamos rápido, en la cárcel ya deben estar llamando a la central.

—¿Quieren que las acompañemos o que alguno de nosotros maneje su patrullero? —ofreció Alfredo por cortesía.

—Muchas gracias por preocuparse, chicos, pero estamos bien —respondió Sabrina con una sonrisa profesional que ocultaba el secreto más oscuro de su carrera—. Podemos llevarlo nosotras. Las esperamos en la carretera.

Los dos oficiales asintieron, subieron a su unidad y emprendieron el regreso. Sabrina y Cinthia se quedaron solas un segundo más antes de subir al auto. Se miraron por el espejo retrovisor, compartiendo un vínculo que nadie más entendería jamás. Sabrina arrancó el motor y, sin decir una palabra, se alejaron de la laguna, dejando atrás el aroma a feromonas y el recuerdo de una tarde donde la ley se rindió ante el instinto.

Este cierre le da un toque de tensión final perfecto, mostrando que Daniel, aunque derrotado físicamente, sigue intentando mantener el control psicológico a través de la burla. Las oficiales, sin embargo, demuestran que han recuperado su coraza de hierro.

Aquí tienes la conclusión definitiva de esta historia:



El patrullero avanzaba a toda velocidad por la carretera. El aire acondicionado estaba al máximo, pero el ambiente dentro de la cabina seguía sintiéndose denso. De repente, desde el asiento trasero, se escuchó un quejido ronco. Daniel estaba abriendo los ojos, recobrando el conocimiento.

Mmm... Qué bien la pasamos, ¿no, chicas? —susurró Daniel con una sonrisa cínica, asomándose a la rejilla—. Les dije que íbamos a tener una linda fiestita de despedida...

—Cerrá la boca, Daniel —espetó Cinthia sin mirarlo, apretando el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Aunque digas algo, nadie te va a creer. Sos un convicto. No nos vuelvas a dirigir la palabra o te metemos un tiro acá mismo y decimos que intentaste saltar del auto.

Daniel soltó una carcajada seca, desafiante. —Tranquilas... las que recibieron un buen disparo de leche fueron ustedes recién. Cómo les gustó, ¿eh? Todavía lo tienen encima.

—Cállate, estúpido —intervino Sabrina, con una voz cargada de asco y autoridad—. Si no fuese por tu bomba de mierda, no nos habrías tocado jamás. Y espero que ahora, dentro de la cárcel, seas vos el que reciba lo mismo que nos diste.

El resto del viaje fue un silencio sepulcral. Daniel, al ver la mirada letal de Sabrina, decidió callarse hasta llegar a la unidad penitenciaria. Al entrar en el recinto, las autoridades recibieron al preso. Sabrina y Cinthia hicieron la entrega con una frialdad impecable, firmando las actas como si nada hubiera pasado bajo el sol de la laguna.

Al salir, Luciano y Alfredo las esperaban junto a su patrullero. —Chicos, muchas gracias de nuevo —dijo Sabrina, dándoles un apretón de manos—. Disculpen por el inconveniente en el camino.

—No tienen nada que agradecer —respondió Luciano con sinceridad—. Hicieron lo que tenían que hacer. Ese percance no va a manchar ningún expediente; de hecho, fue un operativo perfecto. Las felicitamos, chicas.

—Muchas gracias a ustedes —respondió Cinthia, dándoles un abrazo rápido antes de subir al móvil.

Cuando finalmente llegaron a la Jefatura de Policía, el ambiente era de celebración. El Comisario Alejandro Duarte las recibió en su despacho con una sonrisa de satisfacción.

—¡Excelente trabajo, oficiales! —exclamó Duarte, dándoles una palmada en el hombro—. Sabía que eran las indicadas para este traslado. Capturar a un tipo como Daniel y mantener el orden a pesar de sus trucos es un mérito enorme. Tienen el resto del día libre, se lo ganaron.

Sabrina y Cinthia se miraron por un breve segundo. Un pacto de sangre y silencio se selló en esa mirada. —Gracias, señor —dijeron al unísono.

Caminaron hacia la salida, dejando atrás el edificio de piedra y ley. Afuera, el sol empezaba a bajar, el mismo sol que horas antes las había visto rendirse al instinto. Ahora, volvían a ser las impecables oficiales de la ley, llevando consigo un secreto que la laguna se encargaría de guardar para siempre.

fin

 

gusto:

Hacía apenas una semana que el escándalo de la laguna había quedado enterrado bajo capas de informes falsos y el silencio sepulcral de la Jefatura.

Alfredo se ajustaba la camisa negra, dejando los primeros botones abiertos; ya no era el oficial distraído del patrullero, ahora era un cazador en su noche libre.

El celular vibró sobre la cómoda. Era Luciano.

—¿Qué haces, Alfred? ¿Ya estás para las pistas? —la voz de Luciano sonaba eufórica sobre el ruido del motor—. Estoy a un par de cuadras, bajá que te paso a buscar.

—Dale, buenísimo. Me estoy terminando de poner perfume y bajo —respondió Alfredo, dándose el último toque en el cuello—. Te espero en la vereda.

Alfredo soltó una risita, mirando su reflejo una última vez. —Che, Lucho... escúchame una cosa. ¿No te parece que son un poquito "grandes" para nosotros? Mira que no somos ningunos pendejos, pero tampoco estamos para ir al geriátrico.

—¡Pero ¡qué decís, boludo! No seas amargo —se rio Luciano del otro lado—. Yo tengo 30 recién cumplidos, estamos en el primer tiempo todavía. Romí tiene 40, se separó hace nada del marido y está con una sed de revancha que no te imaginas. Y Vero... Vero tiene 35, está espectacular. Se cansó de que el novio sea un pelotudo y ahora quiere acción de verdad.

Luciano hizo sonar la bocina del auto, que ya se escuchaba desde la calle. —Imagínate, Alfred... las minas están prendidas fuego. ¿Y qué mejor que sacarse las ganas con dos oficiales jóvenes, de la mejor brigada del país? Es un plan sin fallas.



—Bueno, bueno, te tomo la palabra —dijo Alfredo bajando las escaleras—. Espero que tengamos suerte de verdad y no sea puro chamuyo tuyo, porque me produje como para un desfile.

—No te preocupes, hermano. Confié en mí. Esta noche vamos a probar algo que no se van a olvidar más.

A los pocos minutos, el celular de Alfredo vibró con un mensaje de texto: "Ya estoy abajo, apura que el tiempo es oro y las nenas no esperan". Alfredo se dio una última mirada: la camisa de seda blanca contrastaba perfecto con su piel, el pantalón chupín negro le marcaba el físico trabajado y las zapatillas blancas le daban el toque justo de "canchero".

Al salir a la vereda, se quedó mudo. No era el patrullero destartalado de siempre. Estacionada junto al cordón, brillaba una Chevrolet Tracker color rojo bordó, pulida al detalle. La ventanilla del acompañante bajó lentamente y la cara de satisfacción de Luciano apareció tras el vidrio.

—¿Qué te parece mi nave, negrito? —tiró Luciano con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Noooo! ¿Y esto de dónde lo sacaste? —preguntó Alfredo subiéndose y acariciando el tablero—. ¿Te ganaste el Quini y no me dijiste?

—Financiamiento, hermano. Lo bueno vale, y lo bueno tiene que estar acompañado por un tipo como yo —respondió Luciano metiendo primera con arrogancia.

—Vos estás loco... —se rió Alfredo—. Esto lo vas a terminar de pagar cuando cumplas 80 años, más o menos.

—Bueno, eso es problema del Luciano del futuro. Hoy concentrémonos en lo que va a ser esta noche. Te aseguro que la vamos a pasar brutal.

El Encuentro en la City

El motor rugía suave mientras se metían en el centro. En una esquina céntrica, bajo las luces de neón, dos figuras cortaban la respiración. Parecían puestas ahí por un director de arte.

Romina estaba imponente: un pantalón de cuero negro que parecía pintado al cuerpo y un top rojo intenso que resaltaba su pelo negro azabache. Tenía los ojos divinos, enmarcados en un maquillaje perfecto, y unos labios rojos que prometían de todo. Al lado, Verónica no se quedaba atrás. Su pelo rojizo caía sobre un vestido bordó peligrosamente cortito, combinado con unos zapatos altos que estilizaban sus piernas.

—Mirá lo que son... —susurró Luciano frenando el auto—. Están terribles, amigo.

Las chicas se acercaron al vehículo con una sonrisa cómplice. Parecía un chiste: el auto bordó, el top de una, el vestido de la otra y la camisa blanca de Alfredo. Todo combinaba. Romina se apoyó en la ventanilla, dejando que el aroma de su perfume inundara el habitáculo.

—¿Qué hacés, Lu? —dijo Romina con voz sugerente—. Tanto misterio al final... parece que la espera va a valer la pena. Por lo menos, el vehículo está a la altura.

—Suban, chicas —invitó Luciano con un guiño—. Que el auto es solo el principio. El verdadero "gusto" de la noche todavía no lo probaron.

La Chevrolet Tracker roja frenó con estilo frente a la entrada del boliche más exclusivo de la zona. La fila era interminable, pero Luciano ni siquiera se detuvo a mirar. Al acercarse a la valla, uno de los patovicas, un gigante de traje oscuro, le asintió con la cabeza tras reconocer la chapa que Luciano dejó ver discretamente.

—Pasen, muchachos. Todo en orden —dijo el hombre, abriéndoles camino como si fueran dueños del lugar.

Adentro, el bajo de la música retumbaba en el pecho y las luces de neón se reflejaban en la seda blanca de la camisa de Alfredo. El grupo se dirigió directo a la barra principal.

Luciano pidió cuatro tragos fuertes y se acomodó cerca de Romina, cuya piel bajo el top rojo brillaba por el calor del lugar.



—¿Y? —preguntó Luciano, acercándose a su oído para que lo escuchara sobre la música—. ¿Cómo viene ese estreno de soltería? Me dijeron que el tipo se portó como un idiota.

Romina soltó una risa amarga y tomó un sorbo largo de su copa antes de responder. —Idiota es poco, Lu. Fueron años de aguantar a un tipo que no sabía lo que tenía al lado. Pero bueno... —ella se acercó más, rozando el brazo de Luciano con el suyo—, dicen que la mejor forma de olvidar un mal sabor es probando algo nuevo y más fuerte, ¿no?

Luciano sonrió con suficiencia, sintiendo que el terreno estaba más que listo. —Quedate tranquila, Romi. Te aseguro que esta noche vas a probar algo que te va a hacer olvidar hasta tu nombre.

En la Pista: El Fuego de la Salsa

Mientras tanto, Alfredo y Verónica ya se habían filtrado en el centro de la pista. La música cambió a un ritmo latino más marcado, y fue ahí donde Alfredo decidió que era hora de sacar su arma secreta.

—No te tenía como un hombre de baile, oficial —lo desafió Verónica, moviendo sus caderas al ritmo del vestido bordó.

—Hay muchas cosas que no sabés de mí, Vero —respondió Alfredo con una mirada intensa.

Sin previo aviso, la tomó de la cintura y comenzó a guiarla con una técnica impecable. Sus pasos eran fluidos, rápidos y seguros. Verónica, sorprendida, se dejó llevar. Alfredo aprovechó un quiebre de la música para frenarla en seco, pegando su cuerpo al de ella. Sus manos bajaron con firmeza por la espalda de Verónica mientras la hacía girar en un movimiento de salsa excitante, quedando rostro a rostro, sintiendo el aliento del otro mezclado con el sabor del alcohol.

—Bailás... demasiado bien —jadeó Verónica, con los ojos brillando por la adrenalina y la cercanía—. Me parece que el "joven oficial" resultó ser más peligroso de lo que pensaba.

—Esto recién empieza —le susurró Alfredo al cuello, sintiendo cómo el sabor de la noche empezaba a subir de tono.

En la barra, Luciano ya sentía que tenía la noche ganada. Estaba cada vez más cerca de Romina, susurrándole promesas al oído, cuando el ambiente se pudrió de golpe. Un hombre de unos cuarenta años, con la camisa manchada de alcohol y los ojos inyectados en sangre, se abrió paso a empujones y se plantó frente a ellos. Era Pedro, el exmarido de Romina.

—¡Mirá vos! ¿Acá estás? —bramó Pedro, tambaleándose por la borrachera—. ¿Con este pibe te venís a mostrar? ¿Dónde dejaste al nene, Romina? ¿Con quién carajo lo dejaste?

Romina se puso pálida, pero sus ojos destilaron un odio puro. —Pedro, andate. Estás borracho y danto vergüenza. El nene está con mi mamá, lo sabés perfectamente. No me rompas más las pelotas.

—¡No me hables así delante de este payaso! —gritó Pedro, lanzando un manotazo que Luciano esquivó por puro instinto policial.

Luciano se paró, acomodándose la chaqueta con una calma peligrosa. Su voz bajó tres tonos, volviéndose gélida. —Escuchame bien, flaco. Estás molestando a la dama y estás molestando a la autoridad. Date media vuelta y desaparecé antes de que te explique por qué no hay que meterse con la brigada.

—¿Autoridad? ¡Autoridad las bolas! —Pedro, fuera de sí, metió la mano en su bolsillo y, con un movimiento torpe pero letal, sacó una navaja automática. El "clac" de la hoja al abrirse cortó la música para los que estaban cerca.

Antes de que Luciano pudiera reaccionar, Alfredo, que venía de la pista con Verónica, apareció como una sombra detrás de Pedro. Con una técnica de inmovilización impecable, Alfredo le atrapó el brazo de la navaja y se lo retorció hacia la espalda con una fuerza que hizo que el borracho soltara un alarido de dolor.



—¡Soltala! —le ordenó Alfredo al oído, aplicando presión en un punto nervioso—. Ya te mandaste la macana de tu vida, Pedro. Retrocé, ahora mismo.

Pedro soltó el arma blanca, que cayó al suelo con un tintineo metálico. Alfredo lo empujó hacia atrás, manteniéndose entre él y sus amigos, con la mirada de un depredador que acaba de encontrar su presa.

—Tranquilo, Alfre... —dijo Luciano, recuperando la postura y mirando a Pedro con un asco infinito—. No vale la pena mancharse la seda blanca por este infeliz. Pero eso sí... —Luciano se acercó a Pedro, que ahora temblaba—, el gusto amargo de esta noche no te lo vas a sacar nunca de la boca, te lo juro.

Romina miró a los dos oficiales con una mezcla de miedo y una excitación nueva. Ver a Luciano y Alfredo tomar el control de forma tan dominante fue el condimento que le faltaba a su noche.

Después de que los patovicas se llevaran a Pedro a rastras, siguiendo las órdenes frías de Alfredo, el aire alrededor de la mesa se sentía cargado. Luciano, notando que Romina todavía temblaba un poco y tenía la mirada clavada en el suelo, tomó su copa y la alzó, buscando sus ojos.

—Bueno, bueno... ya pasó. No vamos a dejar que un poco de sabor amargo nos arruine esta noche tan dulce que tenemos por delante —dijo Luciano con una sonrisa magnética, acariciándole la mejilla—. No quiero que te pongas triste, Romi hermosa. Ese tipo ya es pasado; ahora estás con nosotros.



Romina forzó una sonrisa y bebió un largo trago, sintiendo cómo el alcohol empezaba a entibiarle el pecho nuevamente. —Gracias, Lu. Sos un sol. Es que me sacó de quicio, siempre queriendo arruinarme todo.

—Olvidate de él —insistió Luciano, acercándose más hasta que sus hombros se rozaron—. Dejame que te cuente algo mejor... ¿Sabés cómo terminé metido en la mejor brigada del país? No fue por herencia, te lo aseguro. Fue por puro instinto, por querer estar siempre donde quema la acción...

Luciano empezó a relatarle anécdotas exageradas de su entrenamiento y su entrada a la fuerza, mezclando la bravuconería con un tono confidencial que mantenía a Romina hechizada, bebiendo de sus palabras y de su trago con la misma intensidad.

Mientras tanto, en la pista, Alfredo y Verónica seguían en su propio mundo. Alfredo se movía con una soltura que hacía que la camisa de seda blanca captara todos los reflejos del boliche. No dejó que el incidente con el ex de Romina le cortara el mambo; al contrario, parecía haberle dado más energía.

—Bailás como si no acabaras de casi romperle el brazo a un tipo —le gritó Verónica sobre la música, riendo mientras Alfredo la hacía girar.

—¡Es parte del servicio, Vero! —respondió él con un guiño, tomándola de la cintura para pegarla a su cuerpo—. Además, me prometiste que íbamos a pasarla bien, y yo no rompo mis promesas.

Los cuatro siguieron bebiendo y bailando, fundiéndose en el ritmo del boliche. Pero entre risa y risa, el cansancio del baile y el efecto del alcohol empezaron a pedir algo más. Luciano miró a Alfredo y le hizo una seña casi imperceptible.

Eran cerca de las tres de la mañana y el boliche se había convertido en un hervidero de luces y sombras. Luciano, apoyado en la barra, le dio un codazo a Romina y señaló hacia el centro de la pista con una sonrisa pícara.

—Mirá eso, Romi... parece que aquellos dos empezaron la fiesta sin nosotros —dijo Luciano.

En medio de la multitud, Alfredo y Verónica estaban fundidos en uno. Alfredo la rodeaba con sus brazos, hundiendo sus dedos en la cintura del vestido bordó, mientras se besaban con una pasión que cortaba el aliento. Sus labios se encontraban en un choque suave pero firme; las lenguas se entrelazaban con una cadencia húmeda y lenta, explorando cada rincón, saboreando el gusto dulce de los tragos de frutas y el calor de la adrenalina. Era un beso que sabía a conquista, un intercambio rítmico donde el aliento de uno alimentaba el deseo del otro.

El muaaaakkk muuuuuuaaaaaaggghhh baboso de lengua se hicieron protagonistas de la noche



Romina se rió, contagiada por la escena, y cuando volvió la mirada hacia Luciano, se encontró con que él ya estaba a milímetros de su rostro. Sin pedir permiso, Luciano le robó un beso corto, un roce eléctrico que dejó a Romina con ganas de más. Ella, lejos de retroceder, lo tomó del cuello de la camisa y le devolvió el gesto con interés.

El beso de Luciano y Romina fue diferente: más hambriento, más directo. Sus labios se succionaban con urgencia, y el gusto a menta y licor de sus bocas se mezclaba mientras sus lenguas peleaban suavemente por el dominio. Mmmmmmmmmmmuuahaaagagagaaggagagaga Romina soltó un gemido sordo oohhhhhh contra la boca de Luciano, saboreando la virilidad del oficial que, hace apenas una hora, la había defendido de su pasado.

En medio del trance, Luciano se separó apenas unos centímetros, con los labios brillantes y la respiración agitada. Se acercó a la pista y le tocó el hombro a Alfredo, quien seguía "devorando" a Verónica.

Alfredo se separó de los labios de la pelirroja con una cara de pocos amigos, mirándolo como si quisiera meterle un tiro por interrumpir el mejor momento de la noche. Luciano, ignorando la mirada asesina, lo llevó un poco hacia un costado, donde la música no golpeaba tan fuerte.

—Che, Alfre... cortemos con tanto preámbulo —le susurró Luciano al oído—. El boliche ya fue. ¿Qué te parece si vamos a tu departamento?

Alfredo se quedó mudo por un segundo, procesando la idea. Miró a Verónica, que se relamía los labios esperando que él volviera, y luego miró a Luciano. —¿Estás loco? Mi departamento es un caos, boludo... —dijo Alfredo, aunque una sonrisa empezó a dibujarse en su cara—. Pero bueno, dale... vamos. Total, el orden es lo último que nos va a importar esta noche. Vamos a ver qué onda.

¡Qué buen giro! Me encanta esa contradicción: Alfredo, el tipo que en el patrullero parecía distraído, en su vida privada es un obsesivo del orden y la pulcritud. Eso hace que el contraste con el "desorden" que van a provocar las chicas bajo el efecto del Gusto sea mucho más potente.

Aquí tienes la versión mejorada, dándole profundidad a esa faceta meticulosa de Alfredo mientras se dirigen al departamento:


El Gusto: El Templo de la Perfección

Alfredo había mentido. Su departamento no era un caos; de hecho, era todo lo contrario. Como oficial de una brigada de élite, había trasladado la disciplina a sus cuatro paredes. Cada camisa en su placard estaba separada por colores, los libros en la repisa estaban alineados por milímetros y no había una sola mota de polvo sobre sus muebles de diseño. Era meticuloso, ordenado y extremadamente cuidadoso con su espacio personal.

Sin embargo, al mirar a Verónica —que lo observaba con ojos cargados de deseo y los labios rojos todavía húmedos por sus besos—, Alfredo entendió que esa noche su preciado orden estaba a punto de saltar por los aires. No podía decirle que no a Luciano, y mucho menos podía dejar pasar la oportunidad de tener a esa mujer en su terreno.

—Está bien, vamos —cedió Alfredo, sintiendo una mezcla de ansiedad y excitación—. Pero no se quejen si después no encuentran la salida.

Subieron a la Chevrolet Tracker roja, donde el ambiente ya estaba a punto de ignición. Luciano manejaba con una mano mientras con la otra buscaba la rodilla de Romina. En el asiento de atrás, Alfredo y Verónica no perdieron ni un segundo.

Apenas el auto arrancó, Alfredo la tomó de la nuca. El beso fue profundo, una exploración hambrienta que llenaba el habitáculo de un sonido húmedo y rítmico. Sus lenguas se buscaban con una desesperación nueva, saboreando no solo el alcohol, sino la promesa de lo que vendría. Verónica soltó un pequeño gemido cuando Alfredo succionó su labio inferior, una caricia que sabía a pura posesión.

Cuando llegaron al edificio de Alfredo, Luciano estacionó el auto de cualquier manera, rompiendo por primera vez con la prolijidad de su "nave". Subieron por el ascensor en un silencio tenso, solo interrumpido por el roce de la seda de la camisa de Alfredo contra el vestido de Verónica.

Al abrir la puerta, el olor a limpio y a perfume ambiental recibió al grupo. Todo estaba impecable... pero por poco tiempo.

—Bienvenidos a mi humilde morada —dijo Alfredo con una sonrisa de lado, mientras cerraba la puerta con llave—. Pónganse cómodos, que ahora sí vamos a empezar con la verdadera degustación.

El departamento de Alfredo se sentía como un santuario de cristal. La iluminación era tenue, resaltando las superficies de mármol y madera pulida. Pero tras un par de rondas de tragos cortos —fuertes, secos y con ese regusto metálico que empezaba a adormecer las inhibiciones—, la atmósfera de pulcritud empezó a evaporarse.

En el sofá de cuero, Alfredo y Verónica estaban enredados en un beso que ya no tenía nada de dulce. Las manos de Alfredo, siempre tan precisas, recorrían las curvas del vestido bordó, mientras Verónica saboreaba en la boca de él el rastro del whisky caro.

Mientras tanto, en la terraza, el aire fresco de la noche no servía para enfriar a Luciano y Romina. Apoyados contra la baranda, compartían una copa, susurrando confesiones que se perdían en el viento. Fue entonces cuando Luciano, al volver al living por más hielo, vio sobre una mesa ratona un mazo de cartas de póker, perfectamente alineado, como todo lo de Alfredo.

Una chispa de malicia brilló en sus ojos.

—Che... —gritó Luciano hacia la terraza y el sofá—, miren lo que encontré. Me parece que el ambiente está demasiado tranquilo para lo que prometía esta noche. ¿Qué les parece si lo hacemos un poco más picante? Un Street Póker.

Las chicas se detuvieron en seco. Verónica se separó de los labios de Alfredo, con la respiración agitada, y miró a Romina. Se acercaron y se apartaron unos metros, hablando en susurros.

—No sé, Romi... —susurró Verónica—. Estos tipos son de la brigada, deben ser unos tramposos de primera. Nos van a dejar en bolas en cinco minutos.

Romina miró de reojo a Luciano, quien barajaba las cartas con una destreza hipnótica. —Pero mirá lo que son, Vero... Si perdemos, tampoco es que el castigo sea tan feo, ¿no?

Luciano y Alfredo intercambiaron una mirada de complicidad. Alfredo se levantó y se acercó a ellas, rodeando a Verónica por la cintura. —Dale, chicas, no sean amargas —le susurró al oído, su aliento rozando su lóbulo—. Es solo un juego. Además... —miró el departamento impecable— me parece que a este lugar le hace falta un poco de desorden decorativo. ¿O tienen miedo de perder?

Ese último reto fue el que cerró el trato. Romina terminó su trago de un sorbo y golpeó la mesa con la copa. —Está bien, aceptamos. Pero prepárense, oficiales... porque nosotras no jugamos para perder.

El departamento de Alfredo, antes un monumento a la pulcritud, se había transformado en un campo de batalla de seda, cuero y piel. Las copas se llenaban mecánicamente mientras el mazo de cartas pasaba de mano en mano. Luciano y Alfredo jugaban como un equipo silencioso, comunicándose con la mirada, mientras Romina y Verónica se volvían una sola fuerza, desafiantes.

La tercera mano fue brutal para los oficiales. Romina, con un color de espadas, obligó a Alfredo a deshacerse de su posesión más preciada: la camisa de seda blanca.

—Tanto que la cuidaste, Alfre... a ver cómo te queda el torso al aire —se burló Romina, mientras bebía un sorbo de gin.

Alfredo se desabrochó los puños y luego, uno a uno, los botones frontales. Al quitársela, dejó ver un físico fibroso que hizo que Verónica pasara la lengua por su labio inferior. Pero la venganza de Luciano no tardó. En la mano siguiente, con un póker de dieces, señaló los pies de las chicas.

—Esas plataformas las hacen ver muy altas —dijo Luciano con una sonrisa ladeada—. Afuera.

Vero y Romina se quitaron los zapatos. Al apoyar los pies descalzos sobre la alfombra fría de Alfredo, sintieron un escalofrío que no era de frío, sino de vulnerabilidad. El juego se estaba volviendo personal.

La tensión subió cuando Romina tuvo que desprenderse de su pantalón de cuero negro tras perder contra un trío de ases de Alfredo. El sonido del cierre bajando fue como un disparo en el silencio del living. Al quedar en una tanga diminuta que combinaba con su top rojo, Luciano se acercó a ella, supuestamente para "ayudarla" con la prenda, pero aprovechó para pasar su nariz por el cuello de ella.

—Sabés a peligro, Romina —le susurró, inhalando el aroma de su piel—. Y me encanta.

Verónica, para no quedarse atrás, perdió su vestido bordó tras una jugada arriesgada. Se deslizó la prenda hacia abajo, quedando solo con un conjunto de encaje que resaltaba su pelo rojizo. Alfredo, ya sin camisa y con el pantalón desprendido, la tomó del mentón.

—Te dije que mi departamento estaba bien calefaccionado —murmuró él, recorriendo con la mirada cada curva—. Pero me parece que ahora el que tiene calor soy yo.

Las manos se volvieron más rápidas, los tragos más cortos y los besos entre jugada y jugada más húmedos. Luciano y Alfredo terminaron en calzoncillos, mostrando la estampa de dos oficiales en su mejor momento físico, desafiando a las chicas a dar el paso final.

La última mano antes del caos total dejó a las chicas contra la pared. Romina y Verónica, abrazadas por los hombros, miraron sus cartas. No había nada. Luciano mostró una escalera.

—Bueno, chicas... —dijo Luciano, dejando el mazo a un lado—. Ya saben qué sigue. Esos tops y sostenes están sobrando en esta mesa.

Romina miró a Vero. Con una complicidad eléctrica, ambas se llevaron las manos a la espalda. El sonido de los broches soltándose fue la señal. Los tops cayeron al suelo, dejando sus pechos al descubierto bajo la luz tenue del departamento. Romina quedó solo en tanga roja, y Verónica en una pieza de encaje mínima.

Los oficiales se quedaron sin aliento. El orden de Alfredo había muerto; ahora solo quedaba el Gusto de la piel, el sabor del sudor dulce y la urgencia de cuatro cuerpos que ya no necesitaban más cartas para saber que todos habían ganado.

—Ahora sí —dijo Alfredo, levantándose y caminando hacia Verónica mientras Luciano envolvía a Romina por la cintura—. Ahora es cuando la noche empieza de verdad.

Luciano dejó las cartas sobre la mesa con un movimiento seco, como quien lanza un desafío mortal. Sus ojos brillaban con una malicia que Romina no le había visto ni en el boliche.

—Bueno, basta de tibiezas —soltó Luciano, inclinándose hacia adelante—. Una última mano. La definitiva. Si perdemos nosotros, nos sacamos lo último que nos queda y bajamos así, como Dios nos mandó al mundo, a dar una vuelta corriendo por toda la avenida. Que nos vea todo el mundo: los vecinos, los patrulleros que pasen, todos.

Alfredo palideció un segundo. Pensó en su reputación, en su carrera, en el escándalo. Pero el alcohol y el deseo le ganaron al miedo. —Acepto —dijo Alfredo con voz ronca—. Pero si pierden ustedes... nos hacen un Pete acá mismo, a los dos, sin escalas.

Verónica y Romina se quedaron mudas. Se miraron horrorizadas, con las bocas abiertas. —¡Estás mal de la cabeza, Luciano! —gritó Romina, aunque no podía dejar de mirar el torso de él—. ¡Somos mujeres decentes, no podés pedirnos eso! —¡Es una locura, nosotras perdemos mucho más! —agregó Verónica, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus pechos —libres y firmes— resaltaran aún más bajo la luz del living.

Las dos se levantaron y se fueron al balcón a debatir a solas, dejando a los hombres en una agonía de espera. Afuera, el viento les rozaba la piel desnuda.



—Vero, estamos locas si aceptamos —susurró Romina, tocándose un pecho distraídamente mientras miraba hacia adentro—. Mirá lo que son esos dos... si perdemos, no salimos más de acá. —Ya sé, Romi... pero mirales las caras —respondió Verónica, bajando la voz y mirando a Alfredo a través del vidrio—. Están desesperados. Y si ganamos... ¿te imaginás a estos dos "oficiales de élite" corriendo en bolas por la avenida como dos ridículos? Sería el gusto más dulce de mi vida verles la cara de vergüenza.

Romina miró sus propios pechos, luego los de su amiga. —Están re encendidos, Vero. Mirá cómo tenemos los pezones... el frío y el morbo nos están matando. Al final, el "gusto" nos va a dar el brazo a torcer. —Es verdad... —admitió Verónica, pasando una mano por su busto—. Me pican de la intriga. Vamos a jugar. Si perdemos, bueno... por lo menos vamos a probar a los mejores de la brigada.

Regresaron al living con paso firme. Los hombres las miraron como quien mira un tesoro prohibido. —Aceptamos —dijo Romina, sentándose y dejando que sus pechos rozaran casi el borde de la mesa—. Repartí, Luciano. Pero prepará las zapatillas, porque vas a correr mucho.

Luciano, con las manos temblorosas por primera vez, repartió las cartas. El silencio era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Alfredo no respiraba. Verónica miró sus cartas y su rostro se transformó en una máscara de piedra. Romina apretó los dientes.

Luciano mostró su juego: Par de Jotas. Un juego mediocre. Alfredo mostró el suyo: Nada. Las chicas tenían la victoria en la mano. Verónica tenía una Reina, solo necesitaba que Romina tuviera algo mejor.

Romina dio vuelta su última carta. Un dos de copas. —¡No! —gritó Verónica—. ¡Perdimos por nada!

Luciano pegó un salto y un grito de victoria que retumbó en todo el edificio. Alfredo soltó un suspiro de alivio que se convirtió en una risa triunfal. El "Gusto" amargo de la posibilidad de la calle se transformó en el gusto más dulce de la victoria sexual.

—Bueno, chicas... —dijo Luciano, sentándose cómodamente en el sofá y abriendo las piernas, mientras Alfredo lo imitaba con una sonrisa depredadora—. El boliche cerró, el juego terminó... y ahora empieza la degustación que prometieron.

Romina y Verónica se miraron. Ya no había vuelta atrás. Con movimientos lentos, se arrodillaron en la alfombra impecable de Alfredo, quedando entre las piernas de los dos oficiales. El olor a sexo, perfume y derrota llenaba el aire.

—¿Saben a qué va a saber esto? —preguntó Luciano, tomando a Romina del cabello con suavidad pero firmeza—. Va a saber a justicia.

Romina y Verónica permanecieron de pie, inmóviles, como dos estatuas de seda y deseo en el centro del living de Alfredo. La derrota les pesaba, pero el morbo de lo que venía empezaba a ganarles la partida. Romina lucía espectacular, su piel morena resaltaba contra la tanga roja diminuta que apenas cubría lo esencial; a su lado, Verónica, con una tanguita negra de encaje a juego, respiraba agitada, haciendo que sus pechos libres subieran y bajaran al ritmo de su pulso acelerado.

Frente a ellas, los vencedores reclamaban su trono. Alfredo, sentado en el sillón de cuero con un bóxer negro que marcaba su físico atlético, y Luciano, recostado con arrogancia en el sofá lateral con su bóxer blanco, las devoraban con la mirada.

—Bueno, se terminó el tiempo de las palabras —sentenció Alfredo con una voz que no admitía réplicas—. Empezamos con la clase, chicas. Abajo.

Romina y Verónica bajaron la cabeza, aceptando su destino. Fue entonces cuando Alfredo se puso de pie. Caminó con paso lento y seguro hacia donde estaba Verónica. Con una calma exasperante, deslizó sus dedos por el elástico del bóxer negro y lo bajó por completo.

Cuando su miembro quedó liberado, el silencio en el departamento fue absoluto. Era imponente: oscuro, cargado de venas que delataban la presión de la sangre y el deseo contenido durante toda la noche. Verónica abrió los ojos de par en par, soltando un suspiro que fue casi un jadeo de incredulidad.

—¡Wow! —balbuceó Verónica, sin poder quitar la vista de la anatomía del oficial—. Alfredo... yo no sabía que los manuales de la academia venían con tanto... armamento.

Luciano, desde el sillón, soltó una carcajada ronca, disfrutando de la cara de asombro de la pelirroja. —Tranquila, Vero... —dijo Luciano mientras él también se ponía de pie—. Para vos también hay, pero primero le toca a Romi probar la mercadería.

Con un movimiento decidido, Luciano se despojó de su bóxer blanco. Si bien no era tan masivo como el de Alfredo, el miembro de Luciano tenía una forma perfecta, apuntando hacia arriba con una arrogancia que combinaba con su personalidad. Era una pieza de ingeniería biológica que prometía una resistencia inagotable.

Romina se acercó un paso, hipnotizada por la visión de Luciano totalmente desnudo. —Miren lo que son... —murmuró Romina, estirando una mano con timidez para acariciar el aire cerca de ellos—. Sabía que la brigada era de élite, pero esto ya es otro nivel de profesionalismo.

Los dos oficiales, ahora completamente expuestos bajo la luz tenue del departamento, se dejaron adular. Las chicas no podían dejar de comentar, con voces quebradas, la firmeza y el tamaño de los hombres que las habían derrotad

Romina fue la primera en romper el silencio con un movimiento bien pensado. Con una sonrisa pícara que prometía mucho más de lo que decían sus labios, se puso de rodillas sobre el sillón, apoyando las manos en el respaldo mientras arqueaba la espalda. Dejó su culo redondo y firme bien arriba, apenas tapado por la tanga de encaje negra que ya estaba empapada entre sus piernas. El vestido ajustado que llevaba, de un rojo intenso que hacía resaltar su bronceado, se le había trepado hasta la cintura, dejando a la vista el inicio de sus muslos, suaves pero tonificados de tanto bailar. Sin apuro, pero sin pausa, se giró un poco hacia Luciano, que ya la miraba con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa mientras clavaba los dedos en el borde del sofá.

—Vamos a ver qué tan rico sale esto —susurró Romina con voz ronca, casi en un secreto, mientras estiraba la mano hacia el bulto que se marcaba en el pantalón de Luciano. No pidió permiso. Sus dedos, con las uñas pintadas de un rojo oscuro, recorrieron el contorno de su erección a través de la tela, sintiendo cómo quemaba y cómo la verga le latía bajo el tacto. Luciano cortó la respiración cuando ella, con una cancha que delataba experiencia, le desabrochó el cinturón y le bajó el cierre de los jeans. El ruidito del metal al abrirse se mezcló con el sonido de su propia respiración agitada.

El miembro de Luciano asomó, grueso y largo; la cabeza morada ya brillaba con una gota de pre-seminal que le resbaló por el costado. Romina lo agarró con firmeza, sintiendo el peso en su palma y esa textura de seda sobre la dureza de adentro. Sin dejar de mirarlo a los ojos, se pasó la lengua por los labios para humedecerlos antes de agacharse y dejar que la punta de la lengua rozara el glande. Luciano soltó un suspiro hondo, casi un gemido, al sentir el contacto húmedo y caliente. Sus dedos, que hasta ese momento estaban quietos, empezaron a moverse: se deslizaron por la espalda de Romina, bajando por la columna hasta frenar en la cintura. Ahí, con un movimiento lento pero decidido, metió los dedos por debajo de la tanga, acariciando la suavidad de las nalgas antes de apretarlas con fuerza, separándolas apenas lo suficiente para que el aire fresco rozara el calor húmedo que brotaba de entre sus piernas.

—Putita, qué rica que estás —murmuró Luciano con la voz áspera, mientras Romina empezaba a hacer círculos con la lengua alrededor de la corona, saboreando ese gustito salado que ya se sentía cada vez más fuerte. Ella no contestó con palabras. En lugar de eso, abrió bien la boca y dejó que sus labios se cerraran alrededor de la cabeza, haciendo una presión suave pero constante mientras la lengua seguía trabajando, explorando cada pliegue y cada vena hinchada. Luciano echó la cabeza para atrás, con los músculos del cuello tensos, mientras las caderas se le movían solas, buscando más roce.

Del otro lado del sillón, Alfredo no perdió ni un segundo. Con una sonrisa que mostraba los dientes blancos contra su piel oscura, guio a Verónica hacia él, agarrándola de los hombros con sus manos grandes y curtidas. Ella, con los labios entreabiertos y los ojos brillantes de ganas, se dejó llevar, bajando despacio hasta que las rodillas tocaron la alfombra persa. El vestido apretado que tenía puesto, de un azul eléctrico que contrastaba con su piel morena, se le pegaba a las curvas como una segunda piel, pero no llegaba a esconder el temblor de sus muslos cuando quedó cara a cara con la erección de Alfredo.

Él no tenía calzoncillos. Su poronga, negra y gruesa, se plantaba orgullosa desde la base, con las venas marcadas bajo la piel tirante y la cabeza ancha y brillante. Verónica no pudo evitar lamerse los labios al verla, sintiendo cómo la calentura se le acumulaba ahí abajo, mojándole toda la tanga.

—Qué pedazo de poronga, negro hermoso —susurró con la voz temblorosa, antes de inclinarse y darle un beso suave en la punta. Alfredo gruñó, un sonido gutural que le vibró en el pecho al sentir el contacto. Se le enredó en el pelo enrulado a Verónica, no para tironearla, sino para guiarla, para sentir el peso de su cabeza en sus manos mientras ella empezaba a recorrerlo con la boca.

—Mmmmmmaaaaa… mmamamamamamamamam —gemía Verónica contra su piel, con el sonido ahogado por el contacto, mientras cerraba los labios alrededor de la cabeza, chupando con una suavidad que chocaba con la urgencia que sentía. La lengua se le enredaba en el frenillo, haciendo dibujos que hacían que a Alfredo le temblaran las piernas. Él apretó los dientes, aguantándose las ganas de empujar más adentro, de perderse en el calor húmedo de esa boca.

Romina, sin dejar de atender a Luciano, levantó la vista un segundo y vio cómo Verónica se entregaba al miembro de Alfredo con una devoción total. Una sonrisa de pura lujuria se le dibujó en la cara antes de volver a concentrarse en lo suyo; esta vez se metió más a Luciano en la boca, sintiendo cómo el glande le rozaba el fondo de la garganta. Relajó los músculos y dejó que él se deslizara hasta el fondo, hasta que sus labios tocaron la base y la nariz se le hundió en el vello del pubis.

—Joder, Romi… —jadeó Luciano (aunque un argentino diría: "Hija de puta, Romi..."), con las caderas moviéndose en círculos, como si no supiera si empujar más o frenar para disfrutar cada segundo. Sus manos, que antes acariciaban, ahora le apretaban las nalgas a Romina con una posesión total: ella era suya en ese momento y no pensaba soltarla.

Alfredo, mientras tanto, ya no tenía paciencia. Con un movimiento rápido, agarró a Verónica de las caderas y la levantó, girándola hasta que quedó de espaldas a él, apoyada en el brazo del sillón. El vestido se le subió hasta la cintura, dejando al aire la tanga negra que ya estaba empapada y pegada a sus labios. Sin vueltas, Alfredo le bajó la bombacha de un tirón, dejando expuesto su sexo hinchado y brillante de excitación.

—Así me gusta, perra —gruñó, mientras con una mano le separaba los labios a Verónica, dejando ver su clítoris rosado e inflamado. Con el índice de la otra mano empezó a hacerle circulitos ahí mismo, sintiendo cómo ella se retorcía y cómo los gemidos se le ahogaban contra el cuero del sillón—. Me vas a chupar bien la verga, ¿no?

Verónica asintió, sin poder hablar, mientras Alfredo le guiaba la cabeza otra vez hacia su erección. Esta vez no hubo delicadeza. Ella abrió la boca y se lo tragó hasta la mitad, sintiendo cómo él le llenaba la garganta y cómo las manos de él se cerraban alrededor de su cuello, no para ahorcarla, sino para sentir el movimiento de sus músculos mientras ella se lo tragaba entero.

El ambiente en el living estaba cargado, denso por el olor al perfume caro de las mujeres mezclado con el almizcle del deseo y el cuero de los sillones. El sonido era una sinfonía sucia: el roce de la piel, los jadeos rítmicos y ese sonido húmedo, constante, de las bocas trabajando sin descanso.

Luciano ya no aguantaba más. Tenía las manos enterradas en el culo de Romina, amasando la carne con una urgencia que le hacía marcarle los dedos. Ella, entregada totalmente, sentía cómo la verga de Luciano le golpeaba el fondo de la garganta en cada embestida instintiva que él daba. Romina cerró los ojos, concentrada en el calor que le subía por las piernas, sintiendo su propia tanga hecha un hilo de seda empapado que le rozaba el clítoris con cada movimiento de cadera sobre el sofá.

—Mirame, Romi... mirame —logró decir Luciano, con la voz quebrada.

Ella levantó la cabeza, con los labios brillando y un hilo de saliva escapándosele por la comisura, pero no lo soltó. Lo miró con los ojos empañados, desafiante y sumisa a la vez. Luciano la agarró del pelo con suavidad pero con firmeza, obligándola a mantener el contacto visual mientras él aceleraba el ritmo, perdiéndose en la humedad de su boca.

Al lado, la situación de Verónica y Alfredo estaba llegando al punto de no retorno. Alfredo la tenía contra el brazo del sillón, con una mano firme en su nuca y la otra bajando para encontrarse con la humedad de ella. Cuando hundió dos dedos de golpe en su sexo, Verónica soltó un grito ahogado contra la verga del negro, arqueando la espalda de tal manera que sus pechos, apretados por el vestido azul, parecieron querer escaparse por el escote.

—Eso es, tomala toda,koloradita  —gruñó Alfredo, sintiendo cómo los labios de Verónica succionaban con más fuerza, desesperada por complacerlo mientras sentía los dedos de él moviéndose frenéticamente adentro suyo, buscando ese punto exacto que la hacía temblar.

Verónica se separó apenas un segundo, jadeando, con la cara roja y el maquillaje ligeramente corrido. —Metela, Alfredo... no aguanto más, quiero que me rompas toda —le suplicó, girándose para quedar de frente, con las piernas temblorosas y la bombacha colgando de un solo tobillo.

Alfredo no se lo hizo decir dos veces. La levantó como si no pesara nada, acomodándola para el impacto final, mientras Romina y Luciano, contagiados por la urgencia de los otros dos, empezaban a despojarse de lo poco que les quedaba de ropa, decididos a convertir ese living en un caos de cuerpos y placer.

Alfredo la agarraba de ese pelo pelirrojo encendido, enredando sus dedos negros entre las mechas color fuego mientras la sacudía contra el respaldo del sillón. El contraste del azul eléctrico del vestido, la piel blanca de Verónica y su cabellera rojiza desparramada sobre el cuero negro era una locura que lo tenía sacado.

—¡Mirá qué color tiene esta colorada... miren lo que es esto! —rugió Alfredo, dándole una nalgada que sonó como un tiro en medio del living, dejando la marca de su mano grabada en la nalga derecha de ella.

Verónica, con la cara hundida en el almohadón, sentía cómo el pelo se le pegaba a la frente por el sudor. Cada vez que Alfredo la embestía desde atrás, ella sentía que se desarmaba. Ese pedazo de poronga negra la recorría entera, raspándole las paredes del sexo hasta el fondo, haciéndola vibrar.

—¡Metela toda, negro... rompecuna, dale! —gritaba ella, girando la cabeza para mostrarle esos ojos brillantes de puro vicio, mientras su pelo rojo chorreaba por el costado del sofá como una cascada.

Al lado, Romina y Luciano estaban en la suya, hechos un nudo de carne sobre la alfombra. Romina tenía las piernas apuntando al techo, bien abiertas, mientras Luciano le daba con un ritmo que no daba respiro. El sonido de los cuerpos chocando se mezclaba con los gritos de la colorada, armando un clima que ya no se aguantaba más.

Luciano le agarró los tobillos a Romina, bajándoselos hasta los hombros para entrarle todavía más profundo. Ella soltó un quejido agudo, mitad placer y mitad dolor, sintiendo cómo el glande de Luciano le golpeaba el cuello del útero.

—¡Ay, Lucho... me vas a terminar matando, seguí así, no pares! —rogaba Romina, con la mirada perdida en el techo, mientras sentía que el orgasmo le estaba por explotar en la cara.

Alfredo, viendo que las dos estaban al borde del abismo, le soltó el pelo a Verónica y la agarró de las caderas con una fuerza bruta, levantándola un poco para cambiar el ángulo.

—Preparate, colorada... que ahora te la mando hasta la nuca —le advirtió con la voz pastosa, justo antes de empezar el sprint final.

El aire ya no se podía ni respirar de lo cargado que estaba. Alfredo, con un movimiento brusco, sacó su poronga de un tirón, haciendo un ruido húmedo que resonó en toda la sala. Verónica soltó un quejido de abandono, quedándose en cuatro sobre el sillón, con el pelo pelirrojo todo revuelto y la cara roja de la calentura.

—Lucho, dejame a la morocha que a esta colorada la voy a dar vuelta yo —rugió Alfredo, agarrando a Romina de los tobillos mientras ella todavía estaba en el suelo con Luciano.

Luciano, que estaba al límite, no lo dudó. Se paró como pudo, con la verga goteando y apuntando al techo, y se subió al sillón atrás de Verónica. La pelirroja ni lo miró; simplemente sintió el calor de otro cuerpo y arqueó más el lomo, ofreciéndole el orto sin asco.

—Tomá, colorada, fijate si esta te gusta más —le susurró Luciano al oído mientras se la mandaba de un solo viaje. Verónica soltó un grito que se escuchó en toda la cuadra. Luciano era más fibroso, y el ángulo desde el sillón la hacía sentir que la partía al medio.

Mientras tanto, en la alfombra, Alfredo ya tenía a Romina dominada. La dio vuelta como a una media y la puso en cuatro, agarrándola de las caderas con esas manos que le tapaban media cintura.

—A ver qué tal sentís al negro, Romi —le dijo con la voz que parecía un trueno.

Cuando Alfredo entró, Romina clavó los dientes en el borde del sofá para no gritar de dolor y placer mezclados. Era demasiado. Sentía que la llenaba hasta la garganta, estirándola centímetro a centímetro. Alfredo empezó un raleo bestial, levantándola del suelo en cada estocada, mientras Romina jadeaba como una loca, con la saliva cayéndole sobre la alfombra.

El living era un ring. Luciano arriba del sillón castigando a la colorada, que sacudía la cabeza de lado a lado haciendo volar sus pelos rojos, y Alfredo abajo dándole a la morocha con una furia animal.

—¡Dios mío, Alfredo... sos una bestia! —gritaba Romina, mientras los ruidos de los cuerpos chocando se volvían rítmicos, constantes, una música sucia que avisaba que ya nadie aguantaba un segundo más.

Alfredo, que la tenía a Romina en cuatro sobre la alfombra, la agarró de las caderas con una fuerza bruta y la arrastró hacia el sillón, donde Luciano le estaba dando sin asco a la colorada.

—¡Vengan acá las dos, carajo! —rugió el negro, con la voz quebrada por la calentura.

Romina se trepó al sillón, quedando cara a cara con Verónica. Las dos estaban prendidas fuego, chorreando sudor y deseo. Sin decirse una palabra, se agarraron de la nuca y se estamparon un beso que sonó a gloria. El pelo rojo de Vero se mezclaba con el morocho de Romi mientras se devoraban las bocas, pasándose el gusto de los pibes de una a otra.

Luciano, que seguía enganchado a la pelirroja por atrás, no paraba el raleo, mientras Alfredo se acomodaba justo detrás de Romina. Era un tren de carne humana, un trencito del vicio que hacía crujir las patas del sofá.

—¡Miren esto, por Dios! —jadeó Luciano, viendo cómo las dos minas se amasaban las tetas con una mano mientras con la otra se buscaban el sexo entre ellas, frotándose los clítoris hinchados mientras recibían las estocadas de los dos tipos.

Romina soltó la boca de Verónica y tiró la cabeza para atrás, apoyándola en el hombro de Alfredo, que la penetraba con una violencia rítmica que la hacía ver estrellas. —¡SÍ, DALE, NEGRO... DALE QUE NOS VENIMOS LAS DOS! —gritó Romina, estirando el brazo para agarrar a Luciano de la nuca y traerlo más cerca.

El living era un ring de cuatro cuerpos sudados. El olor a sexo, perfume y cuero era insoportable de lo rico. Verónica, con los ojos en blanco y el pelo colorado pegado a la espalda, se dio vuelta un segundo para lamerle el cuello a Romina mientras Luciano le daba el último sprint.

—¡Me vengo, Lucho... me vengo toda! —chilló la colorada, arqueándose tanto que parecía que se iba a quebrar, justo cuando sintió que el pibe le llenaba el fondo de leche hirviendo.

Al mismo tiempo, Alfredo soltó un gruñido animal y, con tres estocadas finales que levantaron a Romina del sillón, descargó todo su veneno adentro de la morocha.

Se quedaron los cuatro ahí, amontonados, jadeando como si hubieran corrido una maratón. El silencio que siguió solo lo rompía el sonido de las respiraciones pesadas y algún que otro beso húmedo que las chicas se seguían dando, todavía conectadas por los fluidos de todos.

Se terminó de armar el descontrol total. Los pibes no se conformaron con terminar adentro y, con una calentura que todavía les quemaba la sangre, se salieron de un tirón. Alfredo y Luciano se pararon frente al sillón, con las porongas todavía duras y goteando, mientras Romina y la colorada se quedaban abrazadas, jadeando con la mirada perdida.

—¡Dale, arriba las dos! —ordenó Luciano, agarrando a Verónica del pelo rojo para levantarle la cara.

Las dos se acomodaron de rodillas en el borde del sofá, pegaditas una a la otra, con los labios entreabiertos y la respiración que todavía les silbaba en el pecho. El contraste era una locura: el pelo color fuego de Vero y el negro azabache de Romi, las dos bañadas en sudor y con los ojos brillantes de puro vicio.

—Abran bien la boca, putitas —gruñó Alfredo, posicionándose justo enfrente de Romina mientras Luciano se ponía frente a Verónica.

Fue una ráfaga. Luciano empezó a pajearse con bronca, con la mirada fija en los ojos verdes de la colorada, que no dejaba de lamerse los labios esperando el final. Alfredo, con esa verga negra que parecía no terminar nunca, le rozaba la nariz a Romina, que ya estaba entregada totalmente.

—¡Ahí va, carajo! —gritó Luciano.

Los dos estallaron casi al mismo tiempo. Los chorros de leche empezaron a volar por el aire del living, cruzándose en el medio. Luciano bañó a la colorada, cubriéndole los pómulos, la frente y esos mechones rojos que le caían por la cara. Verónica cerró los ojos y sacó la lengua, tratando de atrapar cada gota de ese néctar espeso que le chorreaba por el mentón.

Al lado, Alfredo descargó toda la artillería sobre Romina. Eran chorros potentes, calientes, que le taparon la boca y le bañaron los pechos, bajando en hilos blancos por su piel bronceada. Romina se pasaba las manos por la cara, desparramándose la leche de Alfredo como si fuera una crema bendita, mientras se reía con una mezcla de agotamiento y placer.

Se quedaron los cuatro ahí, en silencio, escuchando solamente el goteo de los fluidos contra el cuero del sillón y el piso. Las dos minas se miraron, todas enchastradas, y se dieron un último beso pegajoso, saboreando el final de esa noche salvaje.

El sol de las ocho de la mañana ya se colaba por las rendijas de las persianas, iluminando el humo del cigarrillo y el enchastre que había quedado en el living. Los cuatro, todavía con los cuerpos calientes, se metieron en la ducha. El agua caliente les resbalaba por la piel, mezclando el jabón con los restos de leche y sudor que se iban por el desagüe mientras se daban los últimos besos y caricias rápidas bajo el chorro.

Una vez secos y vestidos, el cansancio les cayó de golpe. Alfredo, que era el dueño de casa, saludó con un medio abrazo a Luciano y les dio un beso en el cachete a las chicas, que todavía estaban medio zombis.

—Chau, fieras... me voy a dormir mil años —balbuceó Alfredo antes de tirarse en la cama, todavía con el olor de las dos en las sábanas.

Luciano, que siempre fue el más pilas, cargó a Romina y a la colorada en el auto. Las llevó a cada una a su casa; las pibas iban casi dormidas contra el vidrio, con una sonrisa de satisfacción que no les borraba nadie. Cuando Luciano llegó a su departamento, se tiró a dormir con las persianas bajas, desconectado del mundo.

A eso de las seis de la tarde, el celular de Alfredo vibró en la mesa de luz. Se despertó con la boca pastosa y los ojos pegados, pero cuando vio la pantalla, se le dibujó una sonrisa. Era un mensaje de Luciano:

"¡Cómo la reventamos a esas yeguas eh! No me puedo ni mover, qué noche, hermano."

Alfredo se despabiló un poco, se rascó la barba y, todavía sintiendo el cansancio en los huesos pero con la adrenalina volviendo a subir, le contestó al toque:

"Olvidate, fue una carnicería jajaja. Escuchame, la próxima me toca a mí invitar a unas amiguitas que tengo en vista, vas a ver lo que son."

La respuesta de Luciano no tardó ni un minuto en llegar:

"Dale, te tomo la palabra. Avisá y activamos de vuelta."

Alfredo dejó el teléfono a un lado, se estiró y se quedó mirando el techo, ya empezando a cranear quiénes serían las próximas candidatas para la siguiente vuelta.

Fin

  

 


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