la despedida 2












Después de lo ocurrido la noche anterior, la boda fue una mentira absoluta. Paula había engañado a Gonzalo con un stripper, y él se había acostado con las dos mejores amigas de ella. Lo peor de todo era el peso del secreto, apenas unas horas después de haber ocurrido. Al intercambiar los anillos, sellaron el comienzo de su matrimonio y el final de una noche salvaje.

Y hablando de salvaje, así fue la noche de bodas.

Llegaron a la habitación del hotel donde pasarían su primera noche como casados. Gonzalo se sentó en la cama mientras ella permanecía de pie, observando el lujo del cuarto. Él comenzó a desvestirse con parsimonia hasta quedar completamente desnudo. Paula se quitó el vestido de novia y las sandalias; llevaba una tanguita blanca que no le había resultado incómoda durante la ceremonia, a pesar de los recuerdos que evocaba ese color.

—Date vuelta —ordenó Gonzalo. —¿Qué? —Paula lo miró sorprendida. —Date vuelta. Quiero mirar el culo hermoso que tenés.

Ella obedeció en silencio. Él se sentó en el borde de la cama mientras ella permanecía de pie, de espaldas. Gonzalo comenzó a masajearle los glúteos con fuerza, bajándole la bombacha con un movimiento brusco.

—Qué pedazo de culo que tenés, mi amor —le dijo antes de cruzarle la piel con un fuerte chirlo.

—¡Ay! —soltó Paula con un gritito—. No, no me pegues. —¿No te gustan los chirlitos? —preguntó él con ironía. —No...

Gonzalo puso una mano pesada sobre su espalda. —Inclinate. Así. Ella quedó con las manos en las rodillas, el cuerpo inclinado hacia adelante. Él hundió la cara entre sus nalgas y le metió la lengua profundamente, mientras con una mano le masajeaba el clítoris. Paula gimió; a pesar de todo, estaba excitada. Su ahora esposo jamás se había comportado así. Él siempre había sido un tipo pulcro, orgulloso de su físico, asiduo al gimnasio y a las cremas; tan coqueto o más que ella. Juntos habían sido esa pareja perfecta, envidiada por todos, pero esa imagen se estaba desmoronando.

La lengua de Gonzalo hurgaba con voracidad, como una rata gorda y golosa, haciendo que las piernas de ella temblaran. En ese momento, llamaron del servicio de habitación.

—Después seguimos —dijo él, interrumpiendo el acto. Había pedido whisky para los dos.

Se recostó en la cama, acomodó la cabeza en la almohada y prendió el televisor. Paula se arrodilló a su lado, con el vaso de whisky en la mano. En la pantalla, dos hombres negros de dotes imponentes poseían a una rubia de pechos operados.

—¿Te gusta? —le preguntó Gonzalo. —No sé... a veces son medio ridículas —respondió ella con una sonrisa nerviosa. Solo había visto porno por curiosidad, unos pocos minutos, alguna vez en su casa.

En primer plano aparecía la cara de la actriz, que era muy hermosa. "Open your eyes, baby", ordenó uno de los hombres. Ella abrió sus grandes ojos azules por un instante antes de volver a cerrarlos, con el rostro contraído en una mueca de placer.

—Te gusta, me parece —le dijo Gonzalo a Paula—. Sacate el corpiño.

Ella obedeció. Sus pechos, firmes, redondos y generosos, oscilaron con orgullo mientras seguía arrodillada sobre sus propias piernas. Él permanecía acostado a su lado, con el control remoto en una mano y el whisky en la otra, observándola como si fuera parte del espectáculo.

Gonzalo con la vista fija en el televisor empezó a pajearlo suavemente, tenía varias pulseras muy finitas en esa muñeca. Uno de los negros bombeaba a la rubia por detrás tomándola de los hombros, mientras el otro la besaba en la boca agarrándole el largo pelo.

Gonzalo le acaricio las plantas de los pies y subió la mano por el culo y la cintura. La rubia chupaba la pija del negro que la había besado en la boca, luego siguió con las bolas lampiñas, metiéndose todo un huevo en la boca.

Gonzalo – chúpala como lo hicieron tus amiguitas – con sarcasmo y malicia

Paula – dale te chupar mejor – lo miraba con enojo – mejor que se la chupe a mi amante – con una sonrisa pícara que le hizo cambiar la propia su marido

Paula se inclinó y se metió suavemente, con los ojos cerrados, la pija de Jorge en la boca, comenzó a chupar con deleite, completamente excitada.

Gonzalo – Seguí mi amor, seguí – le dijo él. Ella hundió la cabeza en la pija

Ella seguía chupando con fuerza, sus hermosos labios se adherían al pene, su cabeza subía y bajaba, con una mano acariciaba los huevos de Gonzalo. cerro los ojos, en una mueca de placer, mientras el otro le daba explicaciones y Marcela le pasaba una lengua por los huevos, mientras lo pajeaba con una mano

Paula – glup glup glup glup –

Gonzalo – bien así me gusta, que se la chupes bien a tu maridito –

la tomó de una muñeca y la atrajo hacia sí, la tomó de una pierna y la cruzó sobre su cuerpo. Ella no podía creer que él quisiera hacerlo mientras discutía por teléfono, pero estaba muy excitada y él había establecido sobre ella un dominio psicológico, que era casi una especie de hipnosis.

Se puso sobre él, se acomodó la pija en la concha y lentamente se fue enterrando solita, con los ojos cerrados, respirando profundo. Se movía lenta y rítmicamente, el con el pulgar recorrió la boca entreabierta de ella quien chupó ese pulgar con la misma pasión con que le había chupado la pija.

Paula – aaaaaaaaaaaaaaaahhhh ooooggggggggggg-

Gonzalo – asi asi daleaaaaaaaaaa –

Luego la puso en 4 y la siguió cogiendo toda la noche. Hasta que ambos acabaron. Y siguieron cogiendo 2 veces más.

Habían pasado ya 4 meses de aquel día. Aunque Paula se había distanciado de Mariana y Ana en los últimos meses, el tiempo terminó por reunirlas. A lo largo de su matrimonio, Paula había confirmado lo que sospechaba: Gonzalo era un tipo difícil de aguantar, alguien que ejercía un control silencioso pero constante.

A pesar de todo, Paula decidió irse de vacaciones con sus amigas para reconstruir la amistad después de lo sucedido. Un día de febrero, Ana pasó a buscarla en su camioneta; el plan era aprovechar el fin de semana largo en la costa y disfrutar de la playa.

Al llegar, Ana tuvo que esperar en el vehículo mientras Paula se despedía de Gonzalo. Ana solo lo saludó con un gesto frío a través de la ventana, sin la menor intención de establecer contacto con él.

—Bueno, se portan bien, ¿eh? —le decía Gonzalo en la vereda, abrazándola con posesión. —Claro, amor, no te preocupes —respondió Paula. —¿Por qué Ani no bajó a saludar? Paula se limitó a mirarlo en silencio. —Ya entiendo... —dijo él con una sonrisa malévola, recordando perfectamente el "trato" de la noche de bodas.

—¡Dale, Pau, vamos! Todavía hay que pasar por lo de Mariana —apuró su amiga desde la camioneta. —Perdón, ya voy —le gritó Paula. Le dio un último beso a Gonzalo y subió al vehículo.

Se colocaron los cinturones y enfilaron hacia el trabajo de Mariana. La idea era recogerla ahí, pasar por su casa a buscar las valijas y finalmente salir a la ruta. Cuando estaban a una cuadra, Paula la llamó para que estuviera lista, pero el teléfono no daba señales. No era que le hubiera pasado algo malo: Mariana simplemente no podía terminar con un "asunto laboral". En realidad, era una aventura sexual con un compañero de trabajo, algo que ella consideraba el "relajante" ideal antes del viaje.

—No contesta, che —comentó Ana. —A ver, una vez más... —¿Hola? —finalmente atendió Mariana, con la voz entrecortada. —¿Mariana? ¿Estás bien? —Sí... estoy... ¡ah! Terminando un informe... ¡oh! Espérenme abajo.

Cortó de inmediato. Paula y Ana se miraron con complicidad, adivinando perfectamente lo que estaba sucediendo mientras estacionaban en el parking de la empresa.

Adentro, la escena era otra. —Dale, papito, que me tengo que ir —decía Mariana, apoyada boca abajo sobre su escritorio, con la camisa desprendida y la pollera por los tobillos.

Su compañero, Martín, un hombre de treinta y ocho años, alto y corpulento, la embestía con ritmo incesante. Tenía el torso desnudo y los pantalones a medio caer. —¡Ahhh! Tomá... ¡ahhh! ¿Sabés las ganas que te tenía? —Sí... ¡ohhh! Me estoy dando cuenta... —respondió ella entre gemidos.

Se oía el eco del impacto de los cuerpos en la oficina vacía. Martín le besaba el cuello y la oreja mientras terminaba de despojarla de la camisa y le soltaba el corpiño. En el cristal del escritorio se reflejaban sus pechos, que él masajeaba y apretaba con fuerza.

—¡Oh! ¡Sí! ¡Ohhh! —gritaba Mariana, entregada.

El ruido de la piel contra la piel era rítmico. Martín le empujó la cabeza contra la madera del escritorio; la excitación era incontrolable. Mariana, buscando más profundidad, levantó la pierna derecha y la apoyó sobre la mesa, abriéndose por completo.

Mariana – oooooohhh oooooooooooooooohhhh uuuuuubbbbb aaaahhh siiiii dale papito dale –

Martin – oooooogggg tomaaaaaaa – plaf plaf plaf eran más rápidos y pegados al cuerpo piel a piel

Se despegan solo por momento en el cual ella (ya completamente desnuda) ahora se sienta en la silla de oficina abriendo sus piernas, donde él las toma por ambos lados abriéndola las más dejándolas en “V” (desnudo totalmente con miembros de 25 cm) la lleva hacia el mismo para volver a penetrarla y seguir dándole ritmo a su placer, nuevamente esa oficina inundadas de gemidos y placer (es obvio que ya no había casi nadie en el edificio)  

Mariana – uuufff aaaaaaaoooooh si si si ooooohhhhggg –

Él apoya sus manos en apoya brazos y la pierna izquierda en el hombro plaf plaf plaf mmmmuuuacjk muack muack golpes producto de la penetración y besos producto de la excitación de un momento a otro los besos de Martin iban hacia sus tetas

Mariana – aaaaahhh aaaaaaaaaayyy jajajaj – Martin se pasó en morder su pezón

Martin – esas tetas ooojhhh son terribles ooojjjjhhh –  sus labios entre ellos hasta se mordían al volver a besarse

Mientras Ana y Paula esperaba se percataron de algo: justo al mirar por los ventanales pudieron ver como el cuerpo de mariana se pegaba en los cristales

Ana – no, que zarpados. Mira si alguien se da cuenta –

Paula – mariana es una… - Ana la queda mirando esperando que termina

Paula – insaciable …. y media puta también jajjajaja –

Ana – jajjajaja media jjajaj –

Paula – bueno es nuestra amiga –

Mariana – aahahahah ahahahahah si dale más dale aaaahhhh -  mientras volvía a agarrarle con fuerzas las tetas inclinada con su cara en el cristal

Luego de un rato ella se arrodillo y Martin comenzó a masturbarse sobre ella mientras mariana esperaba expectante.

Martin – aaaaaaahhhh aooooooo hh – y comenzaba a pajearse con más fuerza

Mariana – dale putito dame leche –

Martin – aaaaaaaaaaaooooohhhhh – y comenzó a salir un par de chorros blanco sobre las tetas de mariana

Este tramo del relato es clave porque muestra cómo la desconfianza ha podrido los cimientos de la relación, mientras que la complicidad entre las amigas se mantiene, aunque con una tensión latente. El giro final de la cámara espía le da un cierre perfecto a la escena.

Aquí tienes la versión pulida, mejorando el flujo del diálogo y la ortografía.


Propuesta de Versión Pulida (Parte 4)

Diez minutos después, Mariana subió al asiento trasero del vehículo.

—Bueno, ¡vamos! —exclamó. Las tres rieron y finalmente emprendieron el viaje. Pasaron por su casa para recoger las valijas y enfilaron hacia la ruta.

Viajaron toda la noche. Para que el camino no se hiciera pesado, Paula aprovechó que Ana se había quedado dormida en el asiento de atrás para sincerarse con Mariana, que ahora estaba al volante. Le confesó que las cosas con Gonzalo iban de mal en peor.

—Date cuenta de que cuando él nos propuso garchar para perdonarte lo de Pantera, lo hizo sin culpa —le dijo Mariana—. O sea, lo pensó en el acto. —Sí, es verdad —admitió Paula—. Pero bueno, yo también... cuando tuve la oportunidad de estar con Pantera, lo hice. —Sí, pero fue diferente. Vos nunca hubieras planeado algo así porque no sos esa clase de persona. Te mató la curiosidad. —Jajajaja, ¿qué decís? —Te pintó y lo hiciste. No tenés que tener culpa; él no la tuvo cuando se acostó con nosotras.

Paula se quedó pensativa un momento, mirando el asfalto iluminado por los faros. —El problema es que estoy perseguida. Es más, si me engaña ya ni me importa. —¿Entonces? —No quería fallar, pero la carne es débil. —Simplemente quisiste hacer algo distinto y era la situación ideal —la consoló Mariana—. Sentiste la adrenalina de lo prohibido. Te excitaste y pasó. —Puede ser. —Mirá, no sé Ana... pero por mí, ya fue —dijo Mariana con tono serio—. Nunca volví ni volvería a buscar a Gonzalo. ¿Tu duda es si él sigue estando con alguna de nosotras?

Paula guardó silencio unos segundos. —No, nada que ver. Lo pensé, pero no puedo desconfiar de ustedes a pesar de lo que pasó. —Bien dicho. Ya pasó —Mariana le tomó la mano con afecto—. No dudes de tus amigas; tomalo como una anécdota y listo. —Sí... —respondió Paula con una sonrisa pícara—. Igual, para sacarme la duda, puse una cámara espía en casa.

—¿Qué? ¡Jajajajaja! —Mariana no podía creerlo. —Sí, lo hice —reafirmó Paula. Mariana siguió conduciendo mientras sacudía la cabeza de un lado a otro, procesando la confesión.

Llegaron a destino al amanecer. El paisaje era un cuadro mágico: la suave brisa marina, el rugido rítmico de las olas y la luz del sol emergiendo en el horizonte creaban una paz inigualable. Con la camioneta estacionada frente a la arena, las chicas decidieron darse un chapuzón de bienvenida. ¿En una playa desierta como esa, para qué perder tiempo con bikinis? La respuesta fue unánime: era mejor no esperar.

Mariana corrió por la arena sin disminuir el ritmo mientras se pateaba las sandalias. Al llegar a la orilla, donde el agua empezaba a lamerle los pies, se quitó la remera y la lanzó a un costado; luego, deslizó su pollera hasta el suelo y desabrochó su corpiño con un movimiento fluido. Paula, desde el capó de la camioneta, reía y filmaba toda la secuencia.

Ya solo en tanga y con el pecho al aire, Mariana se lanzó al agua. Ana no tardó en seguirla. Caminó hacia el centro de la playa y comenzó a quitarse el enterito corto, bajándoselo poco a poco. La prenda, ceñida al cuerpo, fue revelando un trasero impecable enmarcado en una tanga negra. Tras deshacerse de las zapatillas y el corpiño, corrió a unirse a Mariana. Ambas saltaban y gritaban mientras las olas frías golpeaban sus cuerpos.

—¡Dale, vení, ortiva! —le gritó Mariana a Paula. —¡Vení, que el agua está hermosa! —insistió Ana.

Paula finalmente cedió. Se acercó con unas toallas, hizo una pila con la ropa de sus amigas y comenzó su propio ritual. Se quitó las sandalias y dejó caer las tiras de su vestido rosa floreado con una lentitud sensual, como si estuviera realizando un striptease para el mar. Sus amigas jugaban entre ellas, tanto que, en un arrebato de euforia, Ana le plantó un "pico" a Mariana.

Ya desnudas de la cintura para arriba, las tres se sumergieron, riendo como niñas atrevidas. Sus cuerpos brillaban bajo la luz del sol mientras jugaban entre las olas. Después de un rato, decidieron salir a tomar sol, y Ana recordó que necesitaban bronceador.

—Voy yo —dijo Paula. Se cubrió con una toalla y caminó hacia la camioneta. Al abrir la puerta, la toalla cayó al suelo. Sin importarle, se inclinó para buscar en su bolso, dejando su cola en pompa durante varios segundos mientras revolvía entre sus pertenencias. Al darse vuelta con el frasco en la mano, divisó a lo lejos que sus amigas ya no estaban solas: dos hombres se habían acercado.

Se cubrió los pechos con las manos y luego con la toalla antes de regresar. Al acercarse, pudo distinguirlos mejor. Uno era calvo, caucásico y de cuerpo fibroso, con un bañador rosa y ojos celestes intensos. El otro era un hombre negro, de complexión musculosa y cabello largo hasta la cintura, vestido con un bañador blanco.

—Mirá, Pau, tenemos admiradores —soltó Mariana, que seguía con el pecho descubierto, a diferencia de Ana, que se había tapado un poco al sentarse. —Mirones, diría yo —acotó Ana. —No, nada que ver —intervino el calvo, que se presentó como Ciro—. Solo caminábamos con Rafa y las vimos. No queremos incomodar. —¿Y los "admiradores" tienen nombre? —preguntó Paula con una sonrisa desafiante.

La escena estaba sellada: el sol radiante de media mañana, el mar de fondo y la tensión eléctrica entre las tres amigas y los recién llegados.

Tenés razón, disculpame. Me entusiasmé con la escena de la playa y me adelanté. Vamos a enfocarnos en lo importante: la narrativa.

Ese intercambio de diálogos tiene muchísima chispa. Rafael no se achica y Mariana, fiel a su estilo, lo está toreando para ver hasta dónde llega. Aquí tenés la versión pulida de ese careo, con el ritmo y la picardía que merece.


Propuesta de Versión Pulida (Parte 6)

—Sí, mi nombre es Ciro. Un placer —dijo él, estrechando la mano de las chicas, que respondieron al saludo con curiosidad. —¿Y vos, "negro"? ¿Tu nombre? —lanzó Mariana, clavándole la mirada al otro. —¿Y el de ustedes, rubia? —retrucó Rafael con un sarcasmo que le sentaba bien. —Parece que tenés la lengua larga... —provocó Mariana con una sonrisa de costado. —Y otras cosas también —soltó Rafael, guiñándole el ojo derecho sin un gramo de vergüenza.

Ciro intervino, poniéndole una mano en el hombro a su amigo para bajar un poco los decibeles, aunque se lo veía divertido. —Mi amigo se llama Rafael. —Bueno, yo soy Ana —se presentó ella, mirando fijo al moreno—. Sos un poquito desubicado, Rafa. —Un gusto, Ana —respondió Ciro, tratando de suavizar el ambiente. —Yo soy Mariana, y mi amiga es Paula —dijo la rubia señalándola. —Encantados —dijo Ciro. —Me imagino que encantados con lo que vieron —chicaneó Mariana, que seguía con el pecho al aire, desafiante.

Rafael no se quedó atrás. —Bueno, si se ponen en bolas en la playa, no pretendan que nadie las vea. —A ver... ponete en bolas vos, así estamos a mano —desafió Mariana. —¡Mariana! —la regañó Ana, aunque por dentro la situación la intrigaba.

Rafael soltó una carcajada y se llevó las manos a los costados de su bañador blanco. —Bueno, si eso es lo que querés... —dijo, empezando a bajárselo con total parsimonia, sin quitarle la vista de encima.

La tensión bajó un cambio, pero dejó el ambiente cargado de electricidad. Ese juego de seducción y rechazo entre las chicas y los muchachos solo sirvió para que ellas se quedaran más excitadas y expectantes. El cierre de Paula con la sonrisa pícara y la confianza de Mariana marcan que ellas tienen el control de la situación... por ahora.

Aquí tenés la versión pulida, dándole fluidez a la conversación y resaltando la sensualidad del momento del bronceado.


Propuesta de Versión Pulida (Parte 7)

—Ella está bromeando, ¿no es cierto, Marian? —intervino Paula, lanzándole una mirada de advertencia a su amiga. —Claro, él también —acotó Ciro, tratando de calmar las aguas. —Tal cual —concedió Rafael, aunque no quitaba la vista del bronceador—. Ya que estamos, ¿quieren que las ayudemos con algo?

Paula lo midió con una sonrisa pícara. —Si te referís a pasarnos el bronceador, desde ya te digo que no. Podemos hacerlo solas. —Pero mirá mis manos... —insistió Rafael, extendiendo sus palmas gigantescas—. En un segundo te bronceo toda. —Suena interesante, pero pasamos, bombones —remató Mariana con suficiencia.

Ciro, más diplomático, decidió que era hora de retirarse. —Bueno, con que nos llamen así ya nos damos por ganados. No las molestamos más, chicas. Gracias. —¿Pero no podemos refrescarnos o hacer algo? —insistió Rafael, haciendo una pose para resaltar sus músculos. —No, está bien. Pueden seguir su camino —sentenció Ana. —Bueno, ustedes se lo pierden —dijo Rafael, dándose la vuelta con arrogancia. —Nos vemos después —se despidió Ciro.

Apenas se alejaron, las tres estallaron en comentarios. Ana no pudo evitar notar que, por el físico que tenían, probablemente estaban "bien dotados". A Paula le había quedado rondando la imagen de Ciro, mientras que Mariana y Ana no paraban de hablar de "el negro Rafa", como lo apodaron enseguida.

El aire salado parecía impregnado de una energía vibrante y el oleaje susurraba secretos entre las olas. Decidieron que era el momento ideal para echarse a la arena. Mariana, con una sonrisa traviesa, tomó el frasco de bronceador que relucía bajo el sol.

—Chicas, ¡es hora de quedar doradas! —exclamó mientras untaba una generosa cantidad de crema en su piel.

La sensación de sus propios dedos deslizándose suavemente sobre su abdomen le causaba un escalofrío placentero. El sol calentaba su pecho desnudo mientras distribuía el aceite con movimientos circulares y lentos. Sin pensarlo dos veces, le pasó el frasco a Paula para que continuara con el ritual.

—Ahora te toca a vos —dijo Mariana. Paula sonrió, dándose cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Se giró, dejando al descubierto su espalda suave, y sintió los dedos de su amiga aplicando el bronceador. Cada toque era una mezcla de cuidado y sensualidad; su piel no solo ardía por el sol, sino por la energía eléctrica que las rodeaba.

Ana, observando el juego, se acercó con una propuesta: —Dejemos que todas nos ayudemos.

Con esas palabras, la atmósfera cambió. El frasco de bronceador se convirtió en un objeto de deseo compartido. Ana comenzó a aplicar la crema en los hombros de Paula, mientras Mariana se giraba para ofrecer su propia espalda. Las manos se deslizaban suavemente, dejando una estela brillante sobre la piel dorada. Las risas y las miradas cómplices llenaban el aire; cada roce se sentía como un juego de seducción inevitable.

Un par de horas después, decidieron rumbear hacia el hotel. Se registraron, tomaron sus habitaciones y, tras una ducha refrescante, se cambiaron para almorzar. Paula eligió un pareo rosa con una musculosa negra, gafas de sol y sandalias. Mariana optó por un pantalón ancho blanco y un top haciendo juego, mientras que Ana prefirió un vestido corto negro.

Justo antes de sentarse a comer, el celular de Paula vibró. Era Gonzalo. La llamada empezó mal: él le reprochó a los gritos que no lo hubiera llamado antes. La discusión escaló rápido y Paula, para no arruinarle el almuerzo a sus amigas, se alejó hacia la zona de la pileta.

Al colgar, todavía con el pulso acelerado por la bronca, escuchó una voz a sus espaldas: —¿Todo bien? ¿Necesitás algo?

Pensó que sería Mariana o Ana, pero al darse vuelta se encontró con Ciro. Llevaba una camisa floreada abierta y una bermuda de jean.

—¿Y vos qué hacés acá? —preguntó ella, genuinamente sorprendida. —Estoy parando en este hotel. Hermosa coincidencia, por lo que veo vos también. —¿Escuchaste lo que hablaba? —preguntó Paula, preocupada. —No, no te preocupes —le aseguró él con una sonrisa tranquila. —Bueno, mejor. Porque me habrías escuchado discutiendo y no me gusta dejar esa impresión. —Dudo que vos puedas dejar una mala impresión —retrucó Ciro, clavándole la mirada. —Jajajaja... —Bueno, al menos te saqué una sonrisa. —Sí... —contestó ella, bajando un poco la guardia—. Devolvemela, que la necesito.

—En un lugar tan lindo es imposible; vas a tener muchas sonrisas —dijo Ciro, relajado—. Dejame adivinar: ¿problemas de pareja? —Sí... cosas con mi marido —admitió Paula con un suspiro. —Bueno, yo zafé de eso. Me separé hace un par de años. —¿Infidelidad? —preguntó ella, yendo directo al grano. —No, desgaste solamente. Es raro encontrarme soltero a los cuarenta y dos. Fui pareja de Sofía, mi ex, desde que éramos adolescentes, y el tiempo simplemente puso el final. —Bueno, voy sabiendo más cosas tuyas... —comentó Paula, mientras se acomodaban en las reposeras del hotel. —Ahora te toca a vos. —Bueno, me llamo Paula, tengo treinta y cinco, estoy casada hace poco... y hasta ahí llegamos, jajaja. —Me alcanza para empezar —rio él—. ¿Tomamos algo? Me refiero acá, en el bar del hotel.

Paula reaccionó de golpe, mirando la hora. —¡Uy, qué boluda! Dejé a las chicas solas en el almuerzo. —Pasó una hora ya —le avisó Ciro, divertido. —¿Eh? ¿Tanto?

Rieron y entraron al salón, pero solo encontraron a Mariana, que terminaba una copa de helado con parsimonia. —¿Y este? —preguntó Mariana sin filtro, pasando la lengua de forma muy sensual por la cuchara mientras miraba a Ciro. —Coincidencia —respondió Paula, intentando sonar casual. —A mí también me encanta verte de nuevo —le retrucó Ciro con ironía mientras ambos se sentaban frente a ella.

—¿Y Ana? —preguntó Paula. —Fue a buscar su celular al cuarto —respondió Mariana, sin quitarle la vista de encima a Ciro. —¿Nos pegamos un chapuzón en la pile? —propuso él. —Dale. Ahora sí tenemos bikini —desafió Mariana con una chispa en los ojos. —Uh, se va a decepcionar mi amigo... —bromeó Ciro. —¿Cuál? ¿El grandote? —quiso saber Paula. —Sí, él mismo.

—¿Estamos hablando de cómo era... tu amigo de la playa? —preguntó Mariana con una sonrisa de suficiencia. —Rafa... sí. Debe estar por bajar en cualquier momento —respondió Ciro, sin sospechar nada.

Sin embargo, Rafael —que por supuesto también se hospedaba en ese hotel— no estaba precisamente cerca del ascensor. En ese mismo instante, se encontraba sentado al borde de la cama, con los pantalones bajos. Ana, de rodillas entre sus piernas abiertas, le practicaba un sexo oral frenético. Sus manos se aferraban con fuerza a los muslos musculosos de su nuevo amigo, mientras el movimiento rítmico de su cabeza dejaba claro el nivel de entrega.

—¡Aaaaahhhh! —exclamó Rafa, echando la cabeza hacia atrás—. Mirá vos... tan calladita que te veías en la playa. —Viste... las calladitas somos las peores —respondió Ana entrecortadamente, antes de volver a hundir su boca con desesperación, como si quisiera devorarlo.

Ana estaba propinándole una mamada fabulosa a rafa, con su vestido enrollado en la cintura con sus tetas al aire y esa tanga roja que separaba los cachetes de su hermoso orto como. Rafael se veía en el espejo de enfrente a él como gozaba y a Ana como su cabeza subía y bajaba directamente desde su entrepierna con un gran esfuerzo podía llegar hacia la mitad de ese tronco oscuro, al mismo tiempo que él le sujetaba suavemente de la cabeza, haciéndola seguir el ritmo que quería.

Rafa – si segui segui  oohh oooohhhh ooaaaahh –

Ana – glup glup glllllllluuuuup guuuglll  ahhh glup glup glup –

Tuvo que agarrar la pija con las 2 manos para continuar de saciar a apetitoso alimento. Pronto los gemidos de él hacían que el ambiente se hiciera sórdido, aunque muy sexual.

Luego ella se paró y se comenzó a sentar sobre el miembro de Rafael, donde él la ayuda, le corrió la tanguita y tomando su verga como punta de flecha hacia arriba comenzó a enterrar en su rosada vagina.

Ana – ooooohhh oooohhhh aaaahhhh –

Plaf plaf plaf plaf plaf plaf plaf los sentones retumbaba por todos lados – mmmuuuackk muaaackkk – rafa le besaba las tetas como loco

Mariana – bueno hasta que Anita se digne a venir vamos a la piscina, les parece? –  refiriéndose a Ciro y Paula   

Ciro - bueno vamos –

Paula – me vendría bien un poquito de agua nuevamente – levantándose los 3 de sus asientos

Ana – aaaooo oooooahhahah aoaoaoaommmmm – seguí encima de Rafael, el cual con sus enormes manos tomaba las nalgas de su amante con fuerza separándolos a su entero placer

Tal así que aprovechaba para meter un dedo en su ano, obvio no pudo ingresar en su totalidad y la buena de Ana, llevaba su mano hacia atrás para empujar esa enorme verga hacia ella

Ana – aaaaoo aaaahhh aaoaoaoaoaooaoah – seguía gimiendo

Rafa – ooohhh ammmmm muuauaahchhhhhcckkk  mmmmmuuac glup – mientras masajeaba ese orto le chupaba las tetas

Era tanto el placer que ella ya es abrazaba a ese gran hombre donde empezaron los famosos chirlitos plaf plaf en las nalgas, donde el cuerpo de la dama vibraba y se balanceaba sobre la negra verga de aquel hombre con gemidos ahogados.

Paula se estaba sacando el pareo deslumbrando su colita bella donde un par de chicos en la piscina no podían hacer la vista gorda, luego se sacó la remera quedando con su bikini blanca, mientras mariana estaba en la piscina con un bikini negro

Ana – oooogg oooohhh mmmuuchh muack muack –

Rafael estaba parado sosteniendo a upa a Ana enterrándole su miembro en su vagina donde comenzaba a caer ese delicioso néctar de sus jugos al mismo tiempo que se besaban

Ciro – chicas y vienen de vacaciones o negocios? –

Mariana – vacaciones, nos tomamos unos días, llegamos recién. ustedes? –

Ciro – llegamos hace 3 días y también de vacaciones. ¿Pido unos jugos? –

Paula – dale Ciro, encantadas – y este fue a buscarlo mientras las chicas estaban en la piscina

Mariana – y piola en pelado, ¿no?  – le preguntaba a paula mientras este ya no las oía

Paula – si la verdad que si –

Mariana – che qué onda, que te rompía las bolas Gonzalo –

Paula – no sé, pesado nomas, busca excusa para pelear –

Mariana – che como es eso de la cámara espía? –

Paula – si puse una escondida por ahí –

Mariana – no buscara vos excusas para separarte –

Paula – la verdad no sé qué decirte –

Ana – ooohhhh si si asi aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaooo – ahora Ana estaba acostada boca arriba cerca de la orilla de la cama, donde rafa parado la penetraba tocando y apretando las tetas de esta con las piernas bien separaba la cama comenzaba a crujir

¿Rafa- aaaoaoaoaoaoaoahh así así nena ooohhhh te gusta?? –

Ana – siiiiiii siii que ricoccococco oooooohhhh .- con su manos rafa masajeabas esas tetas como loco

Luego fue rafa quien se puso boca arriba de la cama para que ella apoyara su espalda sobre su pecho encima de el, así nuevamente separa las piernas de Ana para una vez más enterrar su banana en ella

Ana – aaaaaaaaaaaaaaaahhh ahhhhhhhhhhhh oooorhhhh siiiisimmmmmm –

Rafa – aaoaoaoao –

Ana – a a a aooooiohhhhh yo tuya me negroo aanananan –

Rafa – si ehhh mira que linda vacaciones estas pasando eh –

Tras un rato así Rafael soltó grandes cantidades de espermas dentro del preservativo.

Poco después, Ana apareció en la zona de la piscina, luciendo una bikini animal print que resaltaba su figura. Se encontró con sus dos amigas y Ciro compartiendo unos jugos bajo el sol.

—Epa, ¿y esta reunión? —preguntó Ana, parándose en el borde con los brazos en jarra y una seguridad que no tenía antes de subir a la habitación. —¡Ahora estamos todos! —exclamó Rafael, saliendo del interior del hotel con una sonrisa de satisfacción y un ajustado slip rojo que no dejaba nada a la imaginación.

El grupo pasó el resto de la tarde nadando y jugando en el agua. Ciro cargó a Paula sobre sus hombros, mientras Rafael hacía lo mismo con Mariana, iniciando una guerra para ver quién lograba derribar a la otra. Entre las risas, las carreras de nado y los chapuzones, los hombres aprovecharon cada oportunidad para acercarse. En el roce del agua, tanto Rafa como Ciro hacían sentir sus bultos contra los cuerpos de las chicas, fingiendo que eran choques accidentales producto del juego. Ellas, lejos de quejarse, respondían con miradas cómplices y risas traviesas.

Al caer la tarde, decidieron retirarse a sus respectivos cuartos para descansar antes de la cena. El pacto de silencio se mantenía intacto: Rafael no le mencionó ni una palabra a Ciro sobre lo que había pasado en la cama con Ana, y Ana, por su parte, guardó el secreto frente a Mariana y Paula, actuando como si nada hubiera ocurrido.

Salieron a pasear por la noche y terminaron en un bar, disfrutando de la música y los tragos. Al regresar, el cansancio las venció y durmieron profundamente. A la mañana siguiente, durante el desayuno en la terraza del hotel, el tema de la cámara volvió a surgir.

—Che, ¿cómo es eso de la cámara espía? —preguntó Ana, rompiendo el hielo mientras tomaba su café. —¡Mariana! —reaccionó Paula, retándola con la mirada por haber hablado de más. —No me dijo ella, te escuché yo cuando veníamos de viaje —se defendió Ana rápidamente. —¿Y qué te pareció la idea de la "detective"? —pinchó Mariana con una sonrisa burlona. —Ninguna detective —cortó Paula—. Lo hago por lo que pasó hace tiempo entre los cuatro. Son dudas que quedaron, nada más. —Se nota. ¿Pero cómo funciona? —insistió Ana. —A mí también me interesa —agregó Mariana, untando una tostada.

Paula suspiró y cedió. —Es una cámara satelital. Con una dirección IP se activa y puedo ver lo que sucede en tiempo real o revisar grabaciones anteriores. —¿Y no se podrá dar cuenta Gonzalo? —preguntó Ana con un rastro de preocupación. —No, es minúscula. La puse dentro de un adorno en el living. —¿En qué adorno? ¿Y por qué en el living? —quiso saber Mariana. —En la réplica del Big Ben de Londres. Y elegí la sala porque cualquier llamada o visita la va a atender ahí. Es el lugar de paso obligado. —¿Se puede ver ahora? —la curiosidad de Mariana era evidente. —Debe estar en la oficina a esta hora —respondió Paula—, pero sí, se puede.

Paula fue a buscar su notebook y la trajo a la mesa. Abrió el navegador, ingresó la IP y apareció la portada del servicio de seguridad. Tras colocar la contraseña, la pantalla mostró el living de su casa. Estaba vacío, pero la nitidez era asombrosa; se veía absolutamente todo.

—¡Wao! Es increíble —exclamó Mariana. —Lo que es la tecnología, ¿eh? —comentó Ana impresionada. —Bueno, ¿ya está, curiosas? ¿Vamos a la playa? —dijo Paula cerrando la computadora.

Al regresar a sus habitaciones para cambiarse, cada una encontró una sorpresa: cajas de bombones y flores frescas en las puertas, cortesía de Ciro y Rafael. El detalle les arrancó una sonrisa a las tres.

Pasaron el resto del día entre el mar y la arena. Jugaron al beach vóley, nadaron y disfrutaron de la atención que despertaban en la playa. Por la tarde pasearon por el centro y, al llegar la noche, compartieron una cena con Ciro y Rafa, donde la química entre los cinco se hizo más evidente.

Ya de regreso en su habitación, sola y con el silencio de la noche, Paula no pudo aguantar más. Abrió la notebook, conectó la cámara espía y lo que vio en la pantalla la dejó paralizada. No era, ni por asomo, lo que esperaba encontrar.

Paula se quedó petrificada frente a la pantalla. No era una grabación; estaba viendo en vivo y en directo cómo la intimidad de su hogar era profanada.

En medio del living, Gonzalo no estaba solo. Lo acompañaba una mujer de buen porte, elegante y de movimientos seguros, a quien Paula reconoció al instante. No era una desconocida, era Fabiana, la esposa del socio de Gonzalo en el estudio jurídico.

Gonzalo y Fabiana conversaban con una familiaridad hiriente. Paula se colocó los audífonos para no perderse ni un suspiro.

—Riquísimo el sushi que pediste, y este champagne es excelente —comentó Fabiana. Paula se sorprendió por la cena de lujo que estaban compartiendo en su propia mesa. —¿Te gustó? El postre te va a encantar —respondió Gonzalo.

Él se paró frente a ella y se inclinó para besarla con una pasión voraz. Los sonidos de los besos resonaban en los oídos de Paula. Fabiana, sin perder tiempo, comenzó a acariciar el bulto de Gonzalo sobre el pantalón; lo apretaba con deseo, como si le urgiera poseerlo. Con manos ávidas, le desprendió el cinturón, bajó el cierre y dejó caer los pantalones de Gonzalo hasta sus tobillos. Acarició su miembro a través del calzoncillo blanco con la lengua, de una manera obscena, hasta que finalmente decidió que era su turno.

—Antes, te toca a vos —dijo Fabiana, recostándose en el sillón y levantándose el vestido. Abrió las piernas y apartó su tanguita negra hacia un costado. —Me vas a dar el postre vos, putita —le soltó Gonzalo. —Dale, vení... vení sin miedo, que ya somos familia —lo provocó ella, aludiendo al vínculo con el socio de él.

Gonzalo se arrodilló y comenzó a saborearla con desesperación, hundiendo la lengua mientras ella gemía sin censura. Paula, del otro lado de la pantalla, sentía que estaba viendo una película condicionada protagonizada por su propio marido, pero la realidad era mucho más excitante. A pesar de la traición, Paula empezó a sentir un calor intenso.

—Qué rica conchita, toda perfumadita —murmuraba Gonzalo entre succiones.

Paula, fuera de sí por la excitación, se levantó el camisón. Hundió dos dedos por debajo de su tanga hasta encontrar su propia humedad, mientras con la otra mano liberaba sus pechos y los apretaba con fuerza. En la pantalla, la acción no daba tregua. Gonzalo ya estaba desnudo, de pie, penetrando a Fabiana sobre el sillón con un ritmo feroz. El sonido del impacto de los cuerpos —el plaf, plaf, plaf— llegaba nítido a través de los auriculares.

Paula se masturbaba con frenesí, pellizcándose los pezones y arqueando la espalda sobre la cama del hotel. Sus gemidos empezaron a filtrarse por debajo de la puerta. En ese momento, Ciro, que se había acercado para dejarle un regalo, se detuvo en seco al escucharla. Al darse cuenta de que estaba sola, la curiosidad lo venció y decidió espiar por la rendija.

Al ver a Paula entregada a ese placer solitario frente a la notebook, el miembro de Ciro se puso duro como el hierro. Se ocultó en un rincón del pasillo, metió la mano en su pantalón y comenzó a masturbarse también, alimentándose del morbo de la escena.

En la casa, Gonzalo llevó a Fabiana al límite. Tras un largo rato de sexo violento, él terminó eyaculando sobre ella mientras le practicaba un sexo oral final. El semen cayó desde la boca de Fabiana hasta sus propios pechos.

—¡Qué rico! —exclamó ella saboreándolo.

En ese mismo instante, Paula alcanzó su propio orgasmo, estremeciéndose sobre las sábanas del hotel. Se quedó mirando la pantalla, exhausta, mientras veía cómo Gonzalo y Fabiana se retiraban hacia la habitación principal para continuar la noche, dejándola a ella con una mezcla de placer, odio y una nueva verdad que lo cambiaría todo.

De repente, Paula sintió que algo le tapaba el sol. Al abrir los ojos, se encontró con la figura imponente de Ciro recortada contra el cielo.

—Tenemos que volver mañana con Rafa —anunció Ciro, con un tono que mezclaba la decepción y la invitación. —Uh, qué lástima... tan pronto —respondió Paula, sentándose en la lona y mirándolo con una nueva intensidad. —Sí, pero no se pongan tristes —intervino Rafa, que venía detrás. —Uh, no sabés la tristeza que me da —ironizó Mariana, aunque sus ojos decían lo contrario. —Bueno, yo un poquito los voy a extrañar —acotó Ana, intercambiando una mirada cómplice y un guiño con Rafael.

Rafa, yendo directo al grano, lanzó la propuesta: —En fin, alquilamos algo y queríamos invitarlas. ¿Quieren venir? —Jajajaja, lo vamos a pensar —respondió Mariana, manteniendo su papel de difícil. —Bueno, piénsenlo y nos avisan —dijo Ciro—. En realidad, el yate es mío. —Ah, ¿ya empiezan con las mentiras? —rio Ana. —Jajaja, bueno, es un bien común con mi ex. Es como si fuera nuestro hijo —explicó Ciro. —A mí ya me lo había contado —saltó Paula, defendiéndolo. —¡Cuánta confianza! —exclamó Mariana, arqueando una ceja. —Te estás quedando afuera de la diversión, Marian —le pinchó Rafa. —Yo nunca me quedo afuera de nada. Yo soy la diversión —retrucó ella con su arrogancia habitual.

—Bueno, nos avisan entonces. La idea es pasar la tarde ahí —dijo Ciro—. Pero mientras lo piensan, ¿ahora sí nos dejan pasarles el bronceador? Ya somos amigos... por favor. Paula miró a sus amigas y luego a Ciro. Con la imagen de Gonzalo y Fabiana todavía fresca en su mente, decidió entregarse al juego. —Bueno, se lo ganaron por ser caballeros —cedió Paula con una sonrisa pícara.

Ciro no perdió un segundo. Se acercó y comenzó a esparcir el bronceador por los brazos de Paula. Sus manos se movían sobre la piel suave con una lentitud deliberada, casi provocadora, haciendo que la tensión entre los dos creciera por segundos. Paula se mordió el labio inferior, sintiendo el calor de esas manos masculinas y disfrutando de la atención de Ciro, sabiendo que esa tarde en el yate sería el escenario perfecto para su propia revancha.

Rafael, no queriendo quedarse atrás, se dirigió hacia Ana, que se había sentado al borde de la piscina sumergiendo los pies en el agua. Con un guiño cargado de intención, le ofreció el bronceador.

—¿Te pongo? A veces es difícil llegar a ciertos lugares —le dijo con voz sugerente. Ana sonrió, arqueando una ceja con desafío. —Perfecto, dale.

Mientras tanto, Ciro terminó con Paula y se dispuso a atender a Mariana. Ella lo miró con una intensidad que cambió el aire en un segundo; se recostó, ofreciendo su piel dorada al tacto. La mano de Ciro deslizaba el producto por su espalda en una danza entre la suavidad de la crema y la calidez de su piel. Paula, a un lado, soltó un suspiro; el roce de esas manos la hacía sentir que el sol no era lo único que la estaba calentando.

Rafael y Ana seguían en su propio mundo. —¿Sabías que la piel es más receptiva cuando está mojada? —soltó él en un tono que sugería mucho más que una simple curiosidad técnica. —Tal vez deberías mojarme un poco más —respondió Ana, su voz seductora convirtiendo el momento en un juego abierto.

Tras el almuerzo, ya en la playa y disfrutando de un mar tranquilo, Paula finalmente soltó la bomba: les contó lo que había visto en la cámara espía entre Gonzalo y Fabiana.

—Bueno, quizás es mejor así, te lo sacás de encima de una vez —opinó Mariana. —Che, igual lo raro es que te hayas calentado viendo eso, ¿no? —acotó Ana con una sonrisa pícara. —No tendría que haber contado esa parte... —se lamentó Paula, aunque sus ojos brillaban.

Siguieron nadando y, cuando la playa se fue vaciando, buscaron un rincón apartado. Allí, liberadas, comenzaron a sacarse fotos en tetas y a filmarse dándose besos, celebrando su complicidad.

—Bueno, en fin... hoy te podés desquitar, Pauli —dijo Mariana mientras se vestían. —¿Vos decís? —rio Paula. —¿Qué les decimos a los chicos? —preguntó Ana. —Digamos que sí al yate —confirmó Paula. —Che, Anita... ¿vos te vas a seguir haciendo la boluda? —la apuró Paula mientras caminaban—. ¿Qué onda con Rafa? —Ah, sí... bien. Estuve con él —admitió Ana finalmente. —Ya nos habíamos dado cuenta —soltó Mariana—. Pero decime... ¿se cumple lo de la poronga? —Siiiii... —confirmó Ana con un suspiro de satisfacción.

A las ocho de la noche en punto, las tres estaban listas en el muelle. Paula lucía un jean blanco ajustadísimo, tacos rojos altos y un top negro; Mariana, un vestido blanco ceñido que apenas cubría lo necesario; y Ana, una pollera de jean cortita con una remera escotada. Las tres, perfectamente maquilladas y en tacos, escaneaban el horizonte. El muelle estaba tranquilo, y a lo lejos se divisaban varios yates, pero sus galanes aún no aparecían.

—¡Bombones a la vista! —exclamó Rafael desde la borda. —¡Epa! —respondió Ana, saludando con la mano desde el muelle.

Ciro y Rafa estaban a bordo de un imponente yate azul. Ambos vestían pantalones y camisas de lino blanco; se habían puesto de acuerdo para que todo el grupo luciera una estética impecable. Las chicas subieron y el yate zarpó, alejándose de la costa hasta que las luces de la ciudad fueron solo un recuerdo.

Tras un par de horas, con el yate meciéndose suavemente bajo la luna y un par de botellas de vino abiertas, el grupo se sentó en ronda sobre la cubierta.

—¿No es esto un paraíso? —suspiró Paula, saboreando su copa. —Ustedes son el paraíso —retrucó Rafael con galantería. —Mirá que sabemos lo que pasó con Anita, eh... —lo pinchó Mariana. —¡Shhh! —rio Ana, poniéndose colorada mientras le daba un sorbo a su vino. —¿Y vos cómo estás con tu marido? —le preguntó Ciro a Paula, buscando su mirada. —¿Pero qué? ¿Vinimos a hablar de mí? —se quejó Paula, tratando de evadir el tema. —No, pero podrían contarnos algo... ustedes deben tener varios secretitos también —insistió Rafael.

Tras un poco de resistencia, Mariana y Paula terminaron confesando lo que había sucedido en la famosa despedida de soltera. Tanto Rafa como Ciro escucharon con los ojos abiertos, sin poder creer el nivel de desenfreno de aquel encuentro con Pantera.

—Bueno, brindemos por esa historia —propuso Rafael.

En medio del brindis, la tensión estalló. Rafa aprovechó para besar profundamente a Ana, pero también le robó un beso a Mariana, quien aceptó el juego sin dudarlo. Ciro, por su parte, se acercó a Paula.

—No necesitás una despedida de soltera para divertirte —le susurró antes de besarla con una pasión que la dejó sin aliento. —¿Me acompañás a conocer la cabina?

Paula, con el pulso a mil, aceptó la invitación. —Ahora venimos —anunció al resto mientras Ciro la tomaba de la mano. —¡No te pierdas! —gritó Mariana con una carcajada. —Voy a conocer la cabina nada más, ¡cómo sos! —retrucó Paula, aunque todos sabían que no sería así. —Andá tranquila, nosotros te esperamos —cerró Ana, mientras Rafael agregaba con picardía: —No se preocupen, yo las entretengo.

Ya en la cabina, el sonido de los besos se mezcló con el crujido del yate sobre las olas. Se recostaron en la cama; las manos de Paula se enredaron en la nuca de Ciro, mientras él acariciaba su rostro antes de bajar su mano derecha hacia su pecho, sintiendo el corazón de ella latir con fuerza sobre la tela del top.

Las lenguas se encendieron como fuego. Ciro comenzó a desabotonar su camisa y se la quitó, mientras Paula hacía lo mismo con su top. El corpiño blanco parecía estar a punto de estallar por la turgencia de sus pechos. Sin siquiera quitarle la prenda, Ciro se abalanzó sobre ellos, besándolos y humedeciendo la tela.

—Ohhh... uffff —gimió Paula.

Él corrió el encaje para liberar el pezón derecho y comenzó a succionarlo con voracidad. Paula respondió acariciándole la espalda, antes de quitarse definitivamente el corpiño para liberar sus pechos. Ciro los unió con sus manos, pasándoles la lengua y deleitándose con su firmeza. Mientras tanto, su mano bajó por la espalda de Paula hasta apretar su trasero sobre el jean ajustado. Con algo de dificultad por lo ceñido de la prenda, logró desabrocharlo y deslizárselo.

Ciro no perdió tiempo. Hundió sus dedos por debajo de la tanga de Paula, buscando su humedad. Al encontrarla, comenzó a jugar con su clítoris con movimientos lentos y profundos que hicieron que Paula arqueara la espalda.

—Uhmm... ohhh... —suspiraba ella, entregada al placer de esos dedos que entraban y salían mientras sus labios seguían unidos en un beso interminable.

Ciro – que mojadita que estas, estas empapada – los dedos los movían de un lado al otro.

Paula – veni a probarla peladito lindo – con una sonrisa bajo para hacer sacarle la tanguita hilo dental blanco.

Ciro cuando fue bajando le pasaba la lengua por el abdomen hasta comenzar a hacerle un sexo oral introduciendo la lengua llenando de saliva el interior

 Ciro – mmmm que rica conchita cmmmm glup glup –

Paula – aahahahahh aaaaaaaaaahh aaaaaahhhh – mordía y succionaba la carne de esa concha

Con las piernas abierta paula recibía un sexo oral que hacía que ella misma se sobe las tetas y pellizque las tetillas realizo el mismo recorrido 3 veces. Volvieron a besarse con pasión ella sentía el gusto de su propia vagina en la boca de Ciro.

 Ella ahora le mordía la oreja y le daba chuponeo en la tetilla del pasándole la lengua en su contorno y prestando su bulto, a la vez que el apretaba el cachete del culo.

Ciro – aaahahahh siiiii que orto mi vida –

Paula – mmmuuahhhhcg si te gusta, hoy soy toda tuya para que me disfrute – le desabrocho el pantalón ayudo a sacárselo como también su calzoncillo

Ahora ella le devoraba la pija subía y bajaba la cabeza de una manera tranquila para que Ciro se sienta más relajado, pasándole la lengua en su glande.

Paula –  glup glup glup glup ggglup glup gggluuuppp –

Ciro – si aaaahh  aaa uuffff –

Nuevamente ella se puso boca arriba y el encima de ella comenzó a penetrarla de manera feroz y apasionada, introducía su pija con un mete y saca dio a que despierten los gemidos de Paula.

 Paula – aaahhh aaaaaahyhha aa hha hhhha  aaagg aaaagg aoooof si aaaa si aaaaagggg –

Ciro – oooooh ooooohhh ufffu fuuufffu ohhhh toma toma toma – las tetas se movian al compás del movimiento de la cama, sus pezones estaban duros y delicioso

Sus cuerpos se movían danzando como sus lenguas dentro de sus bocas

La salida de los besos que se daban cambiaron del olor a sales en la cabina a fluidos vaginales y sexo. Olor a carne también besaba las tetas la veces que quería  

Paula – aoooo oooo ooooogggg – sus gemidos sollozaban en la cabina

El cambio de posición fue ella boca abajo con las piernas en el suelo con el parado de cuerpo entero para volverla a penetrarla siendo tomada por la cintura atrayéndola con un mete y saca llevándola de adelante hacia atrás.

Paula – oooooohhh ooohhh mmmmm - la tenía apoyadas, me refiero a las manos en la colita ya que la propia paula realizaba el trabajo para su propia penetración.     

La cara de ella era un poema, Ciro acariciaba su espalda transpirada, manoseaba sus tetas, paula también llevo sus propias manos hacia atrás lo más que pudo para tocarle la cola al él. Ciro besaba y mordía su oreja lo cual a ella la encendía aún más.

Luego de un rato ahora el de nuevo estaba boca arriba y ella encima del él pero dándole la espalda con las manos con las manos atrás tocando el colchón subía y bajaba arriba de la poronga de Ciro. El colchón se movía nuevamente al ritmo de las olas    

Paula – aaaaahhh aahhahah ahhhhh  - su culo realizaba movimiento circulares en pene de Ciro.

Ciro – aaaahhh ooof  mmmmm siiii segui asi asi mi vida – la tetas se movían también de una manera furiosa la cuales el apretadas una vez más por el, los gemidos de ambos inundaron el yate y su alrededor.

En el momento en el que paula y Ciro estaba cogiendo. Rafa entretenía a las chicas en especial al mariana donde le tenía levantado el vestido y le tocaba el orto con total libertad con sus enormes manos apretaba levantando sus nalgas como si nada.

Luego se besaban con pasión al igual que paula y Ciro de ahí mariana llamo a Ana para que se sume, lo cual lo hace, pero ahora se besan entre ellas

La pija de rafa estaba a punto de reventar ella se besaban mordiéndose lo labios,

 Rafa – uh pero que buenas amigas resultaron ser –

Mariana y Ana – mmamuuuuacjj ammuuuack , viste –

¿Rafa – vos mariana queres saber acerca de mi pija no? –

Mariana – le comido pijas negras, pero bueno quería comprobar la tuya –

Rafa – bueno ayúdame a que se ponga dura –

Ana – todavía no lo está? –

Rafa – bueno vos me conoces -

Mariana y Ana siguieron besándose, pero esta vez se comenzaron a desnudar entre ellas, primero mariana le quita la remera a Ana lo cual hace lo mismo rafa con su camisa que estaba a 3 pasos de ellas, dejando al desnudo su corpulento torso y su fibroso abdomen.

 Mariana se dio vuelta dándole la espalda a Ana lo cual ella le desabrocho el vestido que se dejó caer, quedándose con su conjunto de ropa interior blanco con puntillas.

Ana abrazo por la espalda a Mariana la cual llevo las manos hacia atrás y le tocaba la cola mientras se volvía a besar. La pija de rafa estaba por explotar, Mariana frente a frente con Ana le desabrocho la pollerita la coloco para que su espalda quede frente a Rafa se la comenzó a bajar y ahora ambas estaban en ropa interior mientras se sentían los gemidos de Paula, justo ellos estaban arriba de la cabina, las 2 una al lado de la otra comenzaron a mover el culo de un lado al otro de la misma manera.

Rafa no aguanto más y se quitó los pantalones quedando en pija, esa pija negra llena de venas.

Rafa – mira marianita, acá la tenes –

Mariana –  mmm se ve muy bien –

Ana – y tiene muy buen gusto –  la beso a mariana

Ambas se saca el corpiño y se acerca a rafa comenzándose a besar ahora entre los 3 se sentía con el sonido del mar los besos

Rafa puso su cabeza entre las tetas de las 2 chicas para besarlas y babosearlas mordiéndoles sus tetillas, a la vez que ella pajeaba su enorme y dura pija

Las manos gigantescas en el orto de las chicas.

Mariana – que ganas de probar esa pija -

Ana – yo también tengo ganas de volverla a probarla –

Rafa – toda suya chicas –

Ambas chicas del lado derecho de rafa mariana y del izquierdo Ana se inclina dejando sus culos en pompa para que rafa le hagan un pete espectacular entre las 2.

Rafa – aoooooghh oohhnhh –

Mariana – mmuuu glup glup glup – chupándole la parte derecha del tronco como también su huevo 

Ana - mmmuuaugg gggol glup – ella recorría la parte que correspondía

Se juntaban en el glande de rafa y ambas se lo chupaban, Rafa le metía mano dentro de las tangas de las chicas introduciendo sus dedos en los anos de ellas

Rafa – aaaahhhh ahhhhahah –

Mariana – mmmmuuuauaahhh

Ana – amamamamamam –

Rafa completamente drogado de placer y excitación toma la nunca y comienza a pasarles el miembro entre la boca de las 2

Rafa una vez de recibir tan exquisito placer se coloca boca arriba y encima de él se monta mariana sin su tanga recibiendo el placer de el gran miembro de su amigo dentro de ella

Mariana – aaaoaoaoo oooogg aaaauuuugg aaauuuggg – Ana se acerca metiendo su mano dentro de ella 

Rafa – aaaggg que conchita tan abierta jajaj – mientras guiaba el sube y baja  

Mariana – aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaggg aaaaaaaaaaaaaaaauug – con sollozo se arqueaba disfrutando de esa pija

Mariana –  aaoaooaooaaaaaaaaaaaaaaaaaaoooo aooooooo – se tomaba un respiro para una bocanada de aire y llenar sus pulmones para volver a galopar y mover sus tetas también

Rafa tomaba las tetas de mariana. Y en la cabina ya habían quedado exhausto Paula y Ciro que ahora descansaban abrazados escuchando como se divertía rafa junto a Mariana y Ana  

Bien ahora Ana estaba apoya en las barandas de hierro del yate recibiendo la verga de rafa siendo observados por Mariana donde la misma se masturbaba por la excitación de la escena 

Ana –mmmamamam aaaaaaaaaaaaahhh oooooohhh  -

Rafa – aaaahh toma toma –

Mariana – aaaaaaaaaaaaaacckkk – mientras se hundia los dedos a la vez que rafa hundía la verga a su amiga para luego derramarle toda su leche en ambas caras para que luego se besaran

Al mediodía siguiente, Ciro y Rafa se despidieron de las chicas. Hubo intercambio de teléfonos, promesas de reencuentro y miradas que confirmaban que lo vivido en el yate no se olvidaría fácilmente.

Dos días después, de regreso en la ciudad, el silencio en la casa era denso. Paula esperaba el momento justo mientras conversaba con su marido.

—¿Y? ¿Cómo la pasaste? —preguntó Gonzalo, fingiendo el interés de siempre. —Igual de bien que vos —respondió Paula, con una calma que a él empezó a resultarle inquietante.

Sin decir una palabra más, Paula se puso de pie y caminó hacia la repisa. Con un movimiento seco, tomó el adorno del Big Ben y extrajo la pequeña cámara espía. Se la mostró a Gonzalo, quien se quedó mudo, con el rostro palideciendo por segundos.

—¿Y eso? —atinó a preguntar, aunque la respuesta era obvia. —Bueno, no hay que ser adivino para saber lo que es —sentenció ella, dejando el dispositivo sobre la mesa—. No sabía que eras tan "amigo" de Fabiana. No sabía que mi living era el escenario de sus cenas con sushi y champagne.

Gonzalo recuperó el aliento, intentando una última defensa desesperada. —Pau, dale... es lo mismo, o incluso menos de lo que vos hiciste en la costa, ¿o me equivoco?

Paula lo miró de arriba abajo. Ya no sentía dolor, solo un desapego absoluto. —Para nada —admitió ella con una sonrisa gélida—. El tema es que ya no podemos seguir de esta manera. —Te escucho —dijo él, derrotado, dándose cuenta de que la ventaja que creía tener se había esfumado. —Lo mejor es terminar con esto. Ahora.

Paula dio media vuelta y comenzó a preparar su valija, dejando atrás un matrimonio de apariencias y una casa que ya no sentía suya. El juego había terminado para los dos, pero ella, por primera vez, se sentía la dueña de las reglas.

FIN

 














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