el favor






Mauricio hablaba con su mujer, Natalia, sobre cómo pedirle un favor a su primo Pablo.

—Él puede ayudarnos, mi amor —insistió Mauricio—. Confía en mí, nos quiere... nos hará el favor de prestarnos su semen. Es la única posibilidad y, encima, llevaría mi sangre.

—Pero, amor, ¿lo pensaste bien? —preguntó Natalia—. Yo tendría que acostarme con él. Sería estar con otro hombre después de mucho tiempo; sería tocar otra piel que no sea la tuya.

—Sí, mi vida. Es algo que tendremos que soportar juntos. Solo será sexo, Nati.

—No quiero que esto provoque una ruptura en nuestra relación, Mauri. Imagínate lo que sería separarnos por esto y, peor aún, estando embarazada de tu primo.

—No va a pasar eso. Yo no puedo darte un hijo, pero tampoco voy a arrancarte el deseo de ser madre. Es tu sueño y yo estoy aquí para apoyarte.

Tras conversar largamente, llegaron al acuerdo de seguir adelante con el plan: pedirle a Pablo que dejara embarazada a Nati. La realidad es que Mauricio, de 41 años, es estéril. Trabaja como taxista tras haber sido despedido de la fábrica de su tío Tomás, padre de Pablo; un despido que, irónicamente, ocurrió porque Mauricio asumió la culpa para cubrir a su primo.

Natalia, por su parte, es una mujer impactante. Trabaja como docente, donde a diario debe lidiar con el asedio de colegas y padres de alumnos, pero está profundamente enamorada de Mauricio a pesar de ser diez años menor. Se conocieron hace tres años, cuando él recién comenzaba en el taxi; la madurez de él la cautivó y, en menos de un año, ya convivían en su casa. Desde que conoció a la familia de su pareja, fue evidente que Pablo había quedado encantado con ella; siempre le lanzaba indirectas para ver si podía pasar algo. A Natalia, aunque le atraía el físico de Pablo —quien es mucho más apuesto y tiene un cuerpo más trabajado—, jamás se le ocurrió engañar a Mauricio, y mucho menos con un familiar. Pablo, sin embargo, no necesitaba estrategias para conquistar a nadie: solía estar con la mujer que quería, especialmente si eran casadas, que era lo que más le interesaba.

Solteras, mayores o menores que él; para Pablo no había límites. Aparte de su atractivo y su buen "chamuyo", el dinero de su familia y el cómodo departamento que poseía ayudaban bastante.

Natalia y Mauricio, por su parte, decidieron que ya no era necesario cuidarse en sus relaciones. A pesar de que llegaban con lo justo a fin de mes, sentían que era el momento oportuno para cumplir el sueño más anhelado de Natalia: ser madre. Sin embargo, tras varios meses de intentarlo sin protección, el embarazo no llegaba.

Decidieron consultar a un especialista —de hecho, visitaron a varios— y finalmente recibieron la terrible noticia: Mauricio es estéril. Fue un golpe bajo para ambos. Para Mauricio, significó un impacto demoledor a su orgullo; para ella, ver cómo se desvanecía su sueño. Mauricio, no queriendo verla sufrir, le propuso la adopción, pero Natalia se negó rotundamente. Buscaron otros especialistas, pero nada dio resultado. La última opción que les quedaba era la inseminación artificial, pero el costo era demasiado elevado para su economía.

Así que, sin más preámbulos, la decisión estaba tomada: Natalia mantendría relaciones con otro hombre para quedar embarazada. ¿Pero quién? ¿Quién sería la persona de confianza ideal? Fue entonces cuando surgió la idea del primo Pablo.

El viernes, Mauricio, con todos los nervios del mundo, arregló una cita con su primo en un bar para pedirle ese gran favor. A los pocos minutos de su llegada, se produjo el encuentro.

—¡Hola, Mauri, campeón! ¿Cómo estás? —saludó Pablo con su habitual confianza.

—Bien, Pablo... bien —respondió Mauricio, tratando de ocultar su inquietud.

—¿Y vos? —preguntó Mauricio.

—Todo bien, ya sabés... dándole de comer al ganso —respondió Pablo con una sonrisa sobradora. Era la expresión que usaba siempre para presumir de su vida sexual activa.

Se pusieron a hablar de temas triviales que no venían al caso, hasta que llegó el momento de la propuesta cuando Pablo hizo la pregunta que Mauricio esperaba:

—¿Y Natalia? ¿Cómo está? Hace tiempo que no la veo.

—Y... mira, no está bien —confesó Mauricio—. Está muy depresiva con la situación de no poder ser madre.

Vale aclarar que Pablo estaba al tanto de todo; Mauricio lo apreciaba como a un hermano y siempre confiaba en él para contarle sus problemas, y esta no era la excepción.

—Bueno, tampoco se termina el mundo por no tener un pibe —soltó Pablo, restándole importancia.

—Bueno, de eso te quería hablar. Somos primos y yo confío en vos... entonces, yo pensé... —Mauricio hablaba con un nerviosismo evidente, la voz se le entrecortaba.

—¡Ah, no te preocupes! —lo interrumpió Pablo—. ¿Querés que me haga una paja y te dé la leche? Mirá que yo te firmo cualquier papel para no tener que hacerme cargo del pibe. ¿Por eso me llamaste? Qué boludo, me hubieses dicho por teléfono, no hay drama.

—Mira, es más complicado que eso —dijo Mauricio bajando la voz—. No tenemos guita para una inseminación, así que... tendrías que acostarte con ella.

A Pablo le brillaron los ojos ante la idea de estar con semejante mujer.

—¿Querés que me coja a tu mujer? —soltó Pablo, sin filtro.

—No lo digas así y, por favor, no grites, que no quiero que nadie se entere —le suplicó Mauricio—. Ya bastante me mata saber lo mal que la voy a pasar con todo esto.

—No te preocupes, primo —respondió Pablo, tratando de disimular su entusiasmo—. Mirá, ¿qué te parece si para hacerlo más rápido arreglamos para mañana y lo liquidamos de una?

—Bueno, dale... pero ¿cómo lo hacemos?

—Vengan a casa —propuso Pablo—. Comemos algo como si nada y de ahí, si surge, lo hacemos. De última, vos te volvés a tu casa y, cuando terminemos, yo la mando a Nati en un remís.

Después de pulir los últimos detalles, sellaron el acuerdo. Esa misma noche, Mauricio le contó el plan a Natalia; ella, aunque nerviosa, aceptó seguir adelante.

Llegó el sábado y, con él, la hora del encuentro. Pablo se había encargado de cada detalle: pidió sushi y compró varias botellas de vino. Desde que aceptó la propuesta, no había dejado de fantasear con Natalia. Preparó su departamento minuciosamente, especialmente el dormitorio; puso sábanas de seda rojas y velas para ambientar. Se depiló todo el cuerpo, prestando especial atención a sus genitales para que su miembro resaltara aún más. Para la ocasión, eligió un jean negro tipo chupín muy ajustado, camisa blanca y zapatos a juego.

Por otro lado, Mauricio y Natalia también se alistaron. Ella, perfectamente depilada, eligió un vestido negro que resaltaba su figura y sandalias con plataforma blancas. Mauricio optó por algo más sencillo: un jean clásico azul, remera negra y zapatillas blancas.

Con los nervios a flor de piel, Mauricio conducía hacia el departamento de su primo mientras Natalia, a su lado, se debatía entre la incomodidad y la ilusión de ser madre. Al llegar, estacionaron en el garaje del edificio, ya que Pablo había gestionado el permiso con el encargado. Subieron por el ascensor y, al llegar a la puerta, Pablo los recibió con una amabilidad exagerada.

Al ver a Natalia, Pablo quedó alucinado; el deseo era tan evidente que no pudo ocultar su erección, un detalle que no pasó desapercibido para ella.

—Bienvenidos, pasen... pónganse cómodos —dijo Pablo mientras les indicaba dónde sentarse, sin poder quitar la vista de las curvas de Natalia, sabiendo que en un par de horas finalmente podría disfrutarlas.

El relato ha llegado al punto de máxima tensión dramática y erótica. He corregido el texto para mejorar la fluidez narrativa, la puntuación de los diálogos y la precisión de las descripciones, manteniendo el tono intenso de la escena.


—Sí, gracias... y gracias por lo que vas a hacer —alcanzó a decir Mauricio.

—Hola. Estás cada día más lindo, y además adivinaste que me encanta el sushi —saludó Natalia. Se fundieron en un gran abrazo que Pablo aprovechó para tantear, con disimulo, la cola de ella.

Comieron y, durante la cena, Pablo fue el alma de la fiesta. Mauricio, por su parte, necesitaba beber mucho alcohol para intentar sobrellevar la noche. Pablo se encargó de cautivar a Natalia durante toda la velada. Tras dos horas, al ver que los nervios de Mauricio no cedían, Pablo tomó una determinación feroz. Eran las doce de la noche.

Ya estaban los tres en la sala; la pareja en un sillón y el dueño de casa en otro. En un momento en que Mauricio fue rápidamente al baño, Pablo se sentó junto a Natalia para apurarla, mientras le acariciaba la pierna derecha para que empezaran con lo que habían ido a hacer. Cuando salió del baño, Mauricio vio la situación y se sentó en el lugar que antes ocupaba su primo. Por los nervios, intentó seguir una charla trivial, cortando el clima que se había generado entre ellos y sirviendo más vino.

Finalmente, Pablo se levantó y le extendió la mano a Natalia.

—Bueno, Natalia, vamos. No demos más vueltas —dijo guiñándole un ojo. Luego miró a su primo—: ¿No pasa nada, no? Tu mujer y yo vamos a pasar un buen rato.

—Está bien —respondió Natalia. Se levantó con una sonrisa y tomó la mano de Pablo—. No pasa nada, amor, nadie se va a enterar.

Pablo y Natalia, tomados de la mano, se dirigieron a la habitación. Antes de entrar, Pablo le puso música a Mauricio para aislarlo de lo que sucedería. Sin mirar atrás, entraron al cuarto y cerraron la puerta. Mauricio se quedó solo en la sala, sumido en una mezcla de nervios, morbo y angustia.

Ya en la habitación, Pablo y Natalia se miraron fijamente. Ella se notaba algo nerviosa. Frente a la cama, Pablo tomó la iniciativa.

—Vamos a pasarlo bien —le susurró mientras le acariciaba el rostro.

—Por supuesto —respondió ella, dándose la vuelta por la vergüenza que le daba besarlo, aunque en el fondo se moría de ganas.

Pablo se apoyó por detrás, enterrando su miembro entre los glúteos de Natalia sobre el vestido; la tela del pantalón no impidió que ella sintiera la dureza del primo de su pareja. Él comenzó a acariciarle los pechos por encima de la prenda y empezó a desabrochar los botones delanteros del vestido mientras besaba su cuello. Ambos podían verse a través del espejo que tenían enfrente.

Cuando terminó de desabrochar los cuatro botones, Pablo notó que Natalia no llevaba corpiño, lo que permitió que sus senos quedaran liberados fácilmente. Con el vestido abierto de par en par, comenzó a acariciarlos con calma, rozando sus pezones y elevando la excitación de la mujer. Bajó sus manos y levantó la falda del vestido para contemplar aquel enorme culo atrapado en una tanga negra, mientras seguía presionando su miembro, que pedía a gritos salir de su cautiverio. Natalia comenzó a entregarse por completo; empezó a acariciarlo también, comprobando finalmente el tamaño de lo que Pablo escondía.

Siguieron así un buen rato: él besándole el cuello, con la mano izquierda recorriendo su cola y la derecha apretando sus pechos. Ella, por su parte, le acariciaba el pene sobre el pantalón mientras le refregaba el culo con intensidad.

Finalmente, Natalia se dio vuelta para quedar frente a frente y se fundieron en un beso cargado de pasión. Con el jazz de fondo, sus lenguas parecían entablar una guerra dentro de sus bocas, mientras el sonido de sus labios encontrándose se repetía una y otra vez.

—Te haría veinte pibes, qué buena que estás —le susurró Pablo mientras masajeaba su enorme orto y aprovechaba para meter un par de dedos en su vagina, corriendo la tanga hacia un costado.

—Con que salga uno con una verga como esta, me conformo —dijo Natalia mientras se la apretaba sobre el pantalón. No sabía si lo decía por la excitación, para provocarlo o por puro sentimiento.

—¿Querés verla? —preguntó Pablo.

—Por favor...

Él la sentó en el borde de la cama. Frente a ella, se sacó la camisa mostrando sus pectorales trabajados y se desabrochó el pantalón, bajándolo hasta las rodillas. Antes de que él terminara con su ropa interior, ella se quitó el vestido por encima de la cabeza. Fue entonces cuando Pablo liberó su miembro al bajarse el calzoncillo: era una verga completamente erecta, más larga que la de Mauricio, con la cabeza sobresaliendo en un color rojizo que la invitaba a probarla.

—Chúpamela —ordenó Pablo, con el tono de un dueño que le habla a su perra.

Ella obedeció. Abrió la boca todo lo que pudo y comenzó a acercarse. Para apurar el asunto, Pablo tomó la cabeza de ella con ambas manos y la empujó con fuerza hacia su entrepierna.

—¡Apará un poquito! —alcanzó a decir ella entre ahogos, antes de retomar el ritmo por su cuenta.

Como una profesional, Natalia comenzó a cabecear con delicadeza, metiéndola y sacándola mientras con la mano derecha lo masturbaba y con la izquierda le acariciaba los testículos.

—¡Ahhh! Es más grande que la de mi primo, ¿no? —gritó Pablo, elevando la voz a propósito para que Mauricio escuchara desde la sala.

—¡Por supuesto, Pablito... o mejor dicho, Pablote! —respondió ella, totalmente entregada a la excitación.

Ella continuó con su trabajo; cuando se la sacaba de la boca, la recorría de costado con la lengua como si estuviera disfrutando de un helado. Luego, subía con lentitud, pasando la lengua desde los testículos hasta la punta.

Mauricio, desde la sala, escuchaba cada palabra. Intentó convencerse de que ella solo actuaba así para calentar a Pablo y asegurar el objetivo. Siguió bebiendo vino y escuchando música mientras leía cualquier noticia en su celular para despejar la mente. Sin embargo, minutos más tarde, el primer gemido real de Natalia lo descolocó por completo. Incapaz de seguir allí, decidió salir del departamento para fumar un cigarrillo en la vereda del edificio.

—¡Ahhh... ahhh! —gemía Natalia.

Ya estaban ambos desnudos sobre la cama. Pablo la había puesto boca abajo; arrodillado detrás de ella, le introducía los dedos con fuerza mientras devoraba los cachetes de su monumental culo y recorría su zona anal con la lengua. Luego, la obligó a darse vuelta. Pablo le levantó las piernas hasta la cabeza, apoyándolas sobre sus propios hombros, y hundió su rostro entre los muslos de ella para lamerle la vulva con desenfreno.

—¡Ahhh... sí, papito! Seguí chupando... pero me vas a hacer acabar —gritaba Natalia fuera de sí.

—Tranquila, ya te lo voy a meter, pero primero quiero saborear esta concha carnosa que tenés —respondió él.

En el cuarto solo se escuchaba el sonido de la succión y la respiración agitada de Natalia, quien movía la pelvis de arriba abajo, entregada al placer de la lengua de su "macho".

Afuera, ya habían pasado más de treinta minutos. Mauricio iba por su tercer cigarrillo; al mirar el reloj, vio que marcaban las 12:40. No sabía cuánto tiempo más debía esperar, pero lo que él no imaginaba era que, en la habitación, la penetración ya era un hecho.

Pablo estaba acostado boca arriba, contemplando con satisfacción cómo su miembro desaparecía dentro de la vagina que tanto había anhelado. Ella estaba encima, dándole la espalda para que él pudiera observar cómo se sacudía su culo mientras gemía como una loba herida.

—¡Ahhh... ahhh! ¡Uff! —Natalia se meneaba frenéticamente de arriba abajo y de adelante hacia atrás.

Pablo la ayudaba, empujando con fuerza para enterrarse más profundo. A través del espejo que tenía en el techo, observaba con la mirada de un cazador cómo su presa gozaba. Natalia se enderezó para cabalgar como loca, mientras las manos de él la sujetaban con firmeza de las caderas para marcar el ritmo.

—¡Uf! ¡Cómo te encanta coger! —exclamó Pablo entre dientes.

—¡Sí... sí! ¡Me encanta! —gritaba ella, fuera de sí por el placer.

Ya era la una y media de la mañana. En la vereda, Mauricio empezaba a considerar que era hora de volver al departamento, sin imaginar que el encuentro estaba lejos de terminar. Dentro, los amantes se abrazaban frente a frente; ella seguía sentada sobre él, mientras Pablo le besaba los senos sin dejar de penetrarla. De pronto, la levantó de la cama, la acostó boca arriba y, enderezándose, comenzó a darle con más fuerza, metiéndole los dedos en la boca para ahogar sus gritos.

—Decime, putita... ¿a qué viniste acá? —ordenó Pablo, convirtiendo la pregunta en un mandato de sumisión.

—A que me cojas... para tener un bebé —logró responder Natalia, con la voz entrecortada por los orgasmos y la falta de aire.

—¡Decí que querés un bebé! ¡Gritalo! —le ordenó Pablo, mientras arreciaba el ritmo.

—¡Ahhh! ¡Quiero un bebé! ¡Quiero que me hagas un pibe! ¡Ahhh! —gritó ella, entregada por completo al momento.

De repente, la habitación se llenó de jadeos pesados mientras los chorros de semen se introducían en el cuerpo de Natalia. Tras unos instantes de intensidad absoluta, ambos quedaron exhaustos sobre las sábanas de seda.

Justo en ese momento, Mauricio volvió a entrar al departamento. Pablo salió de la habitación con total desparpajo, con su miembro ya flácido, y le guiñó un ojo a su primo, dándole a entender que la tarea estaba cumplida y que la noche llegaba a su fin.

Esperaron unos minutos en un silencio cargado de tensión hasta que Natalia salió del cuarto. Sin decir mucho más, la pareja se retiró del lugar, dejando atrás el departamento de Pablo y el secreto que cambiaría sus vidas para siempre.

FIN



 














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